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Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]

Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:

Tras ser herido en un campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial, Holger deja de ser un moderno soldado para encarnarse en un caballero armado, exiliado en un mundo de brujería y magia donde se libra una sangrienta guerra. La hechicera Le Fay utilizará su espada contra Caos; la doncella-cisne querrá que ayude a su apacible pueblo. Al principio, él se negará a servir a ambas en un intento de retornar a la realidad, pero la Tierra era su exilio: es aquí, bajo el ardiente aliento del dragón, donde deberá luchar y morir…
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—Me llamo Holger de Dinamarca. El hombre lobo se presentó ante mí y ante otros muchos. Sólo por la piedad de Dios rescatamos al niño que había robado. Y lo hemos rastreado hasta aquí.

—Sí —dijo Hugi—. El rastro llega claramente hasta vos.

Un grito surgió entre el pueblo, como el primer viento antes de una tormenta.

—¡Mientes, enano! He estado sentado aquí esta noche. Ningún animal entró —sir Yve apuntó con la espada hacia Holger—. No hay nadie presente, salvo mi dama, que está enferma, y mis dos hijos. Si afirmáis otra cosa, deberéis demostrarlo sobre mi cuerpo.

Su voz temblaba. No era demasiado bueno como fanfarrón. Raoul fue el primero en gruñir:

—Si las cosas son como decís, sir Yve, entonces uno de los vuestros será el desalmado.

—Os perdono por esta vez —contestó frenéticamente sir Yve—. Sé que estáis sobreexcitado. Pero el siguiente que pronuncie esas palabras colgará de la horca.

Frodoart se adelantó, con las lágrimas cayéndole por las mejillas.

—Enano, Enano, ¿cómo puedes estar seguro? —gimió.

Sir Yve captó la pregunta.

—¿En quién confiáis, en este hombrecillo malformado y el caballero desconocido, o en vuestro señor que os ha defendido todos estos años?

Apareció tras él un muchacho de unos 14 años, delgado y rubio. Se había puesto un casco, cogido la espada y el escudo, pero con evidente precipitación, pues en otro caso llevaría la colorida túnica y la capucha que era el equivalente local de una corbata. Evidentemente, pensó Holger, en un puesto alejado de la civilización todo aristócrata se vestiría para una cena.

—Aquí estoy, padre —jadeó el joven. Sus ojos verdes se estrecharon al mirar a Holger—. Soy Gui, hijo de Yve de Lourville, y aunque todavía no me han nombrado caballero os llamo falso y os desafío a combatir. Hubiera resultado más impresionante de no haber soltado un gallo de adolescente, pero fue, sin embargo, conmovedor.

¿Por qué no iba a ser así? El licántropo es una persona muy decente, salvo cuando el furor le hace cambiar de piel.

Holger suspiró y apartó su hoja.

—No quiero luchar —dijo—. Si vuestras gentes no me creen, me iré.

Los pueblerinos empezaron a moverse, miraron al suelo, volvieron a mirar a Holger y a Yve. Frodoart lanzó una patada furtiva a Hugi, que la esquivó. Entonces llegó Odo el herrero y abrió camino a Alianora.

—Debería hablar la doncella—cisne —dijo con voz resonante—. La doncella—cisne que salvó a Lusiane. Callaos ahí, cabezas de chorlitos, u os la veréis conmigo.

Se produjo un siseo que terminó en un silencio en el que podía oírse aullar a los perros del exterior. Holger vio que Raoul apretaba tanto su lanza, que tenía los nudillos blancos. Un hombrecillo de ropa sacerdotal se puso de rodillas con un crucifijo en la mano. La mandíbula imberbe de Gui cayó hacia abajo. Sir Yve se estremeció como si le hubieran herido. Nadie dejaba de mirar a Alianora. Estaba en pie, esbelta y bien erguida, con las luces de las velas brillando en su cabello cobrizo, y entonces dijo:

—Algunos de vosotros conocéis mi nombre, pues habito en el lago Arroy. No me gustan las fanfarronadas, pero en los lugares cercanos a mi casa, como Tarnberg y Cromdhu, os dirán cuántos niños perdidos en el bosque he devuelto y cómo cogí a la propia Mab para que le quitara la maldición que había echado a Philip el molinero. He conocido a Holger toda mi vida y voto por él. Ninguno de nosotros ganaríamos nada con la calumnia. Ha sido una fortuna para vosotros que el mejor caballero que ha vivido nunca haya llegado a tiempo para liberaros del warg aunque tome forma humana. ¡Os pido que lo escuchéis! Se adelantó un anciano, medio ciego, se quedó parpadeando y dijo a la multitud:

—¿Quieres decir que es el Defensor?

—¿De qué está hablando? —preguntó Holger con consternación.

—El Defensor… el que regresará en nuestros momentos de máxima necesidad… la leyenda, gran señor, no me dice su nombre, ¿pero sois vos, señor caballero, sois vos?

—No… —la protesta de Holger quedó ahogada por un murmullo como el de la marea. Raoul saltó hacia adelante con la lanza preparada.

— ¡Por los cielos que no es mi amo quien roba niños! —gritó el campesino.

Frodoart le lanzó una estocada, pero débilmente. El campesino pudo apartar el golpe con el palo de la lanza. Un momento más tarde, cuatro hombres habían sujetado al escudero.

Sir Yve saltó sobre Holger. El danés sacó la espada justo a tiempo para parar el golpe.

Lo devolvió con tanta fuerza que agrietó el borde del escudo del otro. Yve se tambaleó. De otro golpe, Holger derribó la espada de Yve. Dos campesinos cogieron de los brazos de su señor. Gui trató de atacar, pero con una horca le punzaron en el pecho y le hicieron apoyarse en el muro.

—¡Odo, Raoul, controlad a estas gentes! —gritó Holger—. Que no hieran a nadie. Tú, y tú, y tú —dijo señalando a varios jóvenes fornidos—. Defended esta puerta. Que no pase nadie. Alianora, Hugi, venid conmigo.

Volvió a envainar la espada y entró rápidamente en un corredor recubierto por madera tallada que corría transversal—mente a la sala principal, con una puerta a cada lado y otra en el centro. Holger empujó esta última. Al abrirse, mostró una cámara de la que colgaban pieles y un tapiz comido por la polilla. La luz de los cirios iluminaba a una mujer que yacía en una cama con dosel. Sus cabellos grises caían lacios alrededor de un rostro hermoso y enrojecido; estornudó y se sonó con un pañuelo. Un mal caso de gripe, pensó Holger. La joven que estaba sentada al lado de la cama, y que se levantó en ese momento, era más interesante: sólo tendría 16 años, pero poseía una figura agradable, largas trenzas rubias, ojos azules, nariz ligeramente inclinada y boca atractiva. Llevaba puesto un vestido simple, recogido con un cinto dorado.

Holger hizo una reverencia.

—Perdonadme la intromisión, señora, señorita. La necesidad obliga.

—Lo sé —dijo la joven con inquietud—. Lo he oído.

—¿Sois la señorita Raimberge?

—Sí, la hija de sir Yve. Y ella es mi madre Blancheflor —la dama se limpió la nariz y miró a Holger con un miedo emborronado por la desgracia física. Raimberge se retorcía sus pequeñas manos—. No puedo creer lo que pensáis, señor. Que uno de nosotros es… es esa cosa… —se mordió los labios para no llorar. Era la hija de un caballero.

—La peste llega hasta aquí —dijo Hugi.

—¿Acaso habéis presenciado la entrada de la bestia? —preguntó a Holger.

Blancheflor lo negó con un gesto de la cabeza. Raimberge explicó verbalmente:

Estábamos separadas en nuestras cámaras, Gui en la suya y yo en la mía, preparándonos para la cena, y mi madre dormía aquí. Nuestras puertas estaban cerradas. Mi padre se hallaba en el salón principal. Cuando escuché el tumulto, corrí a consolar a mi madre.

—Entonces el propio Yve debe ser el warg —dijo Alianora.

—¡No, mi padre no! —susurró Raimberge. Blancheflor se cubrió el rostro. Holger se dio la vuelta.

—Echemos un vistazo.

La habitación de Gui estaba al pie de la torre, a la que conducía una escalera. Estaba llena de recuerdos infantiles. Raimberge se encontraba en el extremo opuesto del corredor, con un arca llena con el ajuar, una rueda de hilar y todas las cosas que suele poseer una joven de cuna ligeramente alta. Las tres habitaciones traseras tenían ventanas, y Holger no podía seguir el aroma con detalle. Dijo que estaba por todas partes. El lobo había vivido en esa parte de la casa una noche tras otra. Y nadie necesitaba verlo aparecer. Podía utilizar una ventana para salir y entrar de nuevo, cuando todos los demás estaban dormidos.

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