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El fin de la infancia

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El fin de la infancia
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— Creo — replicó Sullivan cautelosamente — que una vez un ballenero fue tragado y expulsado sin sufrir daño alguno. Pero naturalmente, si hubiese estado en el interior de la ballena unos pocos instantes, habría muerto sofocado. Y no sé cómo no chocó con los dientes. Es una historia increíble casi, pero no totalmente imposible.

— Muy interesante — dijo Karellen. Se quedó un momento mirando la mandíbula y al fin se volvió hacia el pulpo. Sullivan confió en que el supervisor no hubiese oído su suspiro de alivio.

— Si hubiese sabido en qué me estaba metiendo — dijo el profesor Sullivan — lo hubiese echado de la oficina tan pronto como trató usted de contagiarme su locura.

— Lo siento — dijo Jan —. Pero ya hemos salido de eso.

— Espero que si. Buena suerte, de todos modos. Si cambia de parecer, tiene por lo menos unas seis horas.

— No las necesito. Ahora sólo Karellen puede detenerme. Gracias por todo — Si vuelvo y escribo un libro sobre los superseñores se lo dedicaré a usted.

— No me servirá de nada — dijo Sullivan de mal humor — Por ese entonces ya estaré bien muerto.

Sullivan descubrió sorprendido, y con cierta consternación, pues no era un sentimental, que la despedida comenzaba a afectarlo. Durante estas semanas en que habían conspirado juntos había llegado a encariñarse con Jan. Además temía haberse convertido en el instrumento de un complicado suicidio.

Sostuvo firmemente la escalera mientras Jan subía hacia la boca del animal, evitando la hilera de dientes. A la luz de la linterna eléctrica vio que el joven se volvía y lo saludaba con la mano antes de perderse en la cavernosa abertura. Se oyó el sonido con que se abría y se cerraba la cámara de aire, y, luego, silencio.

A la luz de la luna, que había transformado la inmóvil batalla en una escena de pesadilla, el profesor Sullivan caminó lentamente hacia su oficina. Se preguntaba aún qué había hecho, y cómo terminaría este asunto. Pero, naturalmente, no lo sabría nunca. Jan volvería a caminar por aquí, pues el viaje hasta el hogar de los superseñores y el retorno a la Tierra no le llevarían más que unos meses. Pero si lo lograba, se encontraría del otro lado de la infranqueable barrera del tiempo, ya que habrían pasado ochenta años.

Las luces del cilindro metálico se encendieron tan pronto como Jan cerró la puerta. No quiso entregarse a meditaciones de ninguna clase y comenzó enseguida a revisar los alrededores. Los objetos y los alimentos habían sido almacenados con anterioridad, pero luego de una nueva revisión se sentiría más tranquilo.

Una hora después, se declaró satisfecho. Se acostó de espaldas en la hamaca de goma, e hizo una recapitulación de sus planes. Sólo se oía el débil murmullo del reloj calendario que le advertiría el momento en que el viaje tocaba a su fin.

Sabía que no podía sentir nada aquí, dentro de su celda, pues las tremendas fuerzas que impulsaban las naves de los superseñores tenían que estar perfectamente compensadas. Sullivan había confirmado esta suposición, advirtiendo que su escena se haría pedazos si se la sometía a una presión de unas pocas atmósferas. Sus… clientes le habían asegurado que no había ningún peligro.

Tendría que producirse, sin embargo, una considerable alteración de la presión atmosférica. Esto no tenia importancia, ya que los modelos podían «respirar» a través de varios orificios. Antes de dejar su celda, Jan tendría que uniformar la presión. Era posible, además, que la atmósfera del interior de las naves fuese irrespirable. Una simple máscara y un cilindro de oxígeno evitarían esos inconvenientes; no había necesidad de mayores complicaciones. Si podía respirar sin la ayuda de aparatos, mucho mejor.

No había por qué seguir esperando; sólo se pondría más nervioso. Sacó la jeringa con la solución cuidadosamente preparada. La narcosamina había sido descubierta mientras se estudiaba la hibernación de los animales; no era cierto — como se decía comúnmente — que suspendiese la vida. Sólo hacía más lentos los procesos vitales; el metabolismo continuaba a un reducido nivel. Ocurría algo así como si alguien cubriese de cenizas el fuego de la vida, reduciéndolo a rescoldos. Pero cuando, después de semanas o meses, se borraba el efecto de la droga, el fuego se encendía otra vez y el durmiente volvía a vivir. La narcosamina era totalmente inofensiva. La naturaleza la había usado durante un millón de años para proteger a sus criaturas del estéril invierno.

Así que Jan se durmió. No llegó a sentir el tirón de los cables cuando la gigantesca armazón de metal comenzó a elevarse hacia el carguero. No oyó las puertas que se cerraban, para no volver a abrirse durante trescientos billones de kilómetros. No oyó, a lo lejos y débilmente, a través de las fuertes paredes, el grito de protesta de la atmósfera cuando la nave se elevó con rapidez hacia su natural elemento.

— Y no advirtió el movimiento de la nave.

14

La sala de conferencias estaba siempre repleta en estas reuniones semanales, pero la aglomeración era tanta ese día que los periodistas apenas podían escribir. Por centésima vez se gruñeron unos a otros a propósito del conservadorismo de Karellen y de su falta de consideración. En cualquier otra parte del mundo hubiesen podido usar cámaras de TV, aparatos grabadores, y todos los otros instrumentos de su tan mecanizado oficio. Pero aquí tenían que contentarse con herramientas tan arcaicas como lápiz, papel, y — parecía increíble — taquigrafía..

Se habían concebido, por supuesto, distintos planes para introducir subrepticiamente algunos grabadores. Pero, una vez afuera, una simple ojeada a las cámaras humeantes había bastado para comprobar la inutilidad de la experiencia. Todos entendieron entonces por qué se les había advertido que no entrasen en la sala con relojes y otros objetos metálicos…

Para hacer las cosas más incómodas, el mismo Karellen registraba todas las palabras. Los periodistas culpables de algún descuido, o de alguna mala interpretación — aunque esto era muy raro —, habían sido sometidos a cortas y desagradables sesiones con los ayudantes de Karellen. Durante esas sesiones se les había obligado a escuchar atentamente todo lo que el supervisor había realmente dicho. No era necesario repetir la lección.

Era curioso cómo corrían los rumores. No se hacía ningún anuncio previo, pero siempre había un lleno cuando Karellen anunciaba algo importante. Esto ocurría dos o tres veces al año.

El silencio descendió sobre la murmurante multitud. La puerta se abrió de par en par y Karellen se adelantó hacia el estrado. La luz era escasa — sin duda bastante similar a la del distante sol de los superseñores —, de modo que Karellen no traía los anteojos oscuros que solía usar al aire libre.

— Buenos días a todos — respondió Karellen al desordenado coro de saludos. Luego se volvió hacia la alta y distinguida figura situada en primera fila. El señor Golde, decano del Club de la Prensa, podía haber inspirado a aquel mayordomo que había anunciado una vez — : Dos periodistas, milord, y un caballero del Times. - Golde se vestía y actuaba como un diplomático de la vieja escuela: nadie hubiese dudado en darle su confianza, y nadie lo hubiese lamentado después.

— Una verdadera multitud, señor Golde. Deben de estar faltos de noticias.

El caballero del Times sonrió y carraspeó.

— Espero que pueda usted rectificar esa falta, señor.

El señor Golde observó a Karellen atentamente mientras éste meditaba su respuesta. Parecía tan raro que los rostros de los superseñores, rígidos como máscaras, no traicionasen ninguna emoción. Los grandes ojos abiertos, las pupilas contraídas con fuerza, aun en esta luz tan débil, se clavaban profundamente en los ojos francamente curiosos de los hombres. Los dos orificios gemelos entre las mejillas — si esas estriadas superficies de basalto podían llamarse mejillas — emitian unos silbidos casi imperceptibles, mientras los hipotéticos pulmones respiraban el tenue aire terrestre. Golde alcanzaba a ver la móvil cortina de finos pelos blancos, mientras respondían al doble y rápido movimiento del ciclo respiratorio de Karellen. Se decía comúnmente que eran filtros de polvo, y sobre esa débil suposición se habían construido unas complicadas teorías a propósito de la atmósfera natal de los superseñores.

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