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El fin de la infancia

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El fin de la infancia
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Vio de pronto una figura oscilante que subía por la colina, siguiendo la sombra de las palmeras y desafiando abiertamente la existencia del camino. George volvía de su primera conferencia. Era hora de interrumpir los sueños y ocuparse de la casa.

Un golpe metálico anunció la llegada de la bicicleta. Jean se preguntó cuánto tardarían en aprender a manejar ese vehículo. Este era otro de los inesperados aspectos de la isla. Los coches privados estaban prohibidos, y realmente eran innecesarios, ya que la mayor distancia que se podía recorrer en línea recta no pasaba de quince kilómetros. Había en cambio varios vehículos públicos: camiones, ambulancias y coches de bomberos, que no podían viajar, salvo en casos de emergencia, a más de cincuenta kilómetros por hora. Como resultado, los habitantes de Atenas hacían mucho ejercicio, las calles estaban siempre descongestionadas, y no había accidentes de tránsito.

George le dio a su mujer un rápido beso y se dejó caer en la silla más próxima.

— ¡Uf! — exclamó secándose la frente —. Todos me pasaban cuesta arriba, así, que me imagino que uno al fin se acostumbra. Me parece que ya he perdido diez kilos.

— ¿Cómo has pasado el día? — preguntó Jean cortésmente. Esperaba que su marido no estuviese demasiado fatigado para ayudarla a desempaquetar.

— Muy bien. Ha sido muy estimulante. Claro, no recuerdo la mitad de las gentes que me presentaron, pero eran todos muy agradables. Y el teatro es tan bueno como yo lo esperaba. La semana que viene comenzamos a trabajar en Vuelta a Matusalén de Bernard Shaw. La escenografía estará enteramente a mi cargo. Me parecerá increíble no estar rodeado por una docena de personas que me dicen lo que tengo que hacer. Sí, creo que esto nos va a gustar.

— ¿A pesar de las bicicletas?

George reunió bastante energía como para sonreír.

— Sí — dijo —. Dentro de un par de semanas ni notaré que existe esta loma.

No lo creía de veras, pero era perfectamente cierto. Pasó otro mes sin embargo antes que Jean dejara de extrañar el coche y descubriese todo lo que se podía hacer en una cocina.

Nueva Atenas no había aparecido de un modo natural y espontáneo como aquella otra ciudad del mismo nombre. Todo en la isla había sido planeado deliberadamente, como consecuencia del estudio emprendido durante varios años por un grupo de hombres notables. El proyecto había comenzado como una conspiración contra los superseñores, un implícito desafío a su política, si no a su Poder. En un principio los fundadores de la colonia habían tenido casi la seguridad de que Karellen se opondría totalmente, pero el supervisor no había hecho nada, nada en absoluto. Esto no había tranquilizado a nadie. Karellen disponía de mucho tiempo: podía estar preparando un contragolpe. O estaba tan seguro del fracaso del proyecto que no había creído necesario intervenir.

Casi todos habían predicho que la colonia iba a fracasar. Sin embargo, aun en el pasado, mucho antes de que se conociese realmente la dinámica social, habían existido numerosas comunidades dedicadas a fines determinados, religiosos o filosóficos. Cierto era que el índice de mortalidad había sido muy alto, pero algunas habían llegado a sobrevivir. Y las bases de la nueva colonia tenían toda la garantía de la. ciencia moderna.

Había muchas razones para haber escogido una isla. Las psicológicas no eran las menos importantes. En una época de transporte aéreo universal, el océano ya no era una barrera, pero aún daba sin embargo una cierta impresión de aislamiento. Además, la limitación del terreno impedía que la colonia albergara a demasiada gente. La población máxima había sido fijada en cien mil habitantes. Un poco más y se perderían las ventajas de una comunidad reducida y compacta. Los fundadores habían pensado que todos los miembros de Nueva Atenas tenían que conocer a los ciudadanos que compartían sus mismos intereses, y además, y Por lo menos, a un uno o dos por ciento de los otros habitantes.

El hombre que había hecho posible Nueva Atenas era judío. Y, como Moisés, no había vivido lo bastante como para entrar en la tierra prometida. La colonia había sido fundada tres años después de su muerte.

Había nacido en Israel, la más joven de las naciones independientes. El fin de las soberanías nacionales se había sentido allí con más amargura que en ninguna otra parte. Es difícil abandonar un sueño por el que se ha luchado durante siglos.

Ben Salomon no era un fanático, pero los recuerdos de la niñez debían de haber influido, y no poco, en la filosofía que había llevado a la práctica. Podía recordar aún cómo era el mundo antes de la llegada de los superseñores, y no quería volver a él. Como otros muchos hombres, inteligentes y bien intencionados, sabía apreciar todo lo que Karellen había hecho por la raza humana, aunque los planes del supervisor no lo hiciesen feliz. ¿No era posible, se decía a veces a sí mismo, que a pesar de su enorme inteligencia los superseñores no entendieran, realmente, a la humanidad y estuviesen cometiendo, con la mejor de las intenciones, un terrible error? ¿Y si en nombre de una altruista pasión por el orden y la justicia hubiesen decidido reformar el mundo sin comprender que estaban destruyendo el alma humana?

El declive apenas había comenzado, pero ya era fácil descubrir los primeros indicios. Salomón no era un artista, pero sabía apreciar finamente el arte, y sabía que esta época no había alcanzado, en ese orden, las cimas del pasado. Quizá todo se arreglase un día, cuando desapareciera el aturdimiento provocado por la llegada de los superseñores. Pero un hombre prudente tenía que tomar algunas medidas.

Nueva Atenas era esas medidas. Había costado veinte años de trabajo y algunos billones de libras, fracción relativamente pequeña del total de las riquezas mundiales. Durante quince años no había pasado nada; todo había ocurrido en el último lustro.

La tarea de Salomón hubiera sido irrealizable si algunos de los artistas más famosos del mundo no hubiesen comprendido que el proyecto era realmente posible. Los artistas le habían dado su apoyo porque el plan satisfacía sus aspiraciones, no porque fuera importante para la salud de la raza. Pero, una vez convencidos, el mundo ya no regateó su ayuda moral y material. Tras esta espectacular fachada de talentos temperamentales, los verdaderos arquitectos de la colonia comenzaron su tarea.

Una sociedad está formada por seres humanos cuya conducta individual es imposible predecir. Pero si se toman algunos grupos básicos comienzan a aparecer ciertas leyes, como ya lo habían descubierto, en otros tiempos, las compañías de seguros. Nadie puede decir quién morirá en determinada época, pero es posible predecir el número total de muertes con considerable exactitud.

Había otras leyes, más sutiles, ya sospechadas en el siglo anterior por matemáticos como Wiener y Rashavesky. Estos habían argüido que sucesos tales como las depresiones económicas, el resultado de las carreras armamentistas, la estabilidad de los grupos sociales, las elecciones políticas, etc., podían ser analizadas con ciertas técnicas matemáticas. La gran dificultad era el enorme número de variables, difíciles de representar en términos numéricos. No era posible trazar una serie de curvas y declarar definitivamente: — Cuando se llegue a esta línea estallará la guerra —. Y no era posible tampoco tener en cuenta el asesinato de un hombre clave o los efectos de un nuevo descubrimiento científico… Menos aún terremotos e inundaciones, los que pueden tener un efecto muy profundo en gran número de personas y en el correspondiente grupo social.

Sin embargo, gracias a los conocimientos pacientemente acumulados durante el último siglo, podían hacerse muchas cosas. La tarea no hubiese sido posible sin la ayuda de las máquinas gigantescas capaces de realizar el trabajo de mil matemáticos en unos pocos segundos, A esa ayuda se había recurrido principalmente cuando se planeó la colonia.

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