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El fin de la infancia

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El fin de la infancia
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Las imágenes eran ahora más claras y precisas. Jan alcanzaba a ver los peces extraños que se perseguían entre las rocas. En una ocasión una criatura de venenoso aspecto y mandíbulas entreabiertas cruzó lenta. mente ante un arrecife semiescondido. Un largo tentáculo surgió de las rocas, con tanta rapidez que el ojo no pudo seguirlo, y arrastró al pez hacia su destino mortal.

— Estamos cerca — dijo el piloto —. Podrá ver el laboratorio dentro de un minuto.

Estaban navegando lentamente sobre unas estribaciones que se elevaban desde la base de la montaña. La llanura comenzaba a hacerse visible. Jan juzgó que se encontraban a unos pocos centenares de metros sobre el lecho del mar. A un kilómetro de distancia, aproximadamente, se veía un grupo de esferas sostenidas por trípodes y unidas entre sí por tubos de conexión. Parecían exactamente iguales a los tanques de alguna fábrica de productos químicos, y en realidad estaban diseñados según principios semejantes. Sólo había una diferencia: estos tanques resistían unas presiones que estaban afuera y no adentro.

— ¿Qué es eso? — exclamó Jan súbitamente. Señaló con un dedo tembloroso la esfera más cercana. La curiosa estructura lineal se había transformado en una red de tentáculos gigantescos. Mientras el submarino se acercaba pudieron ver que los tentáculos terminaban en un saco grande y pulposo en donde asomaba un par de ojos enormes.

- Ése — dijo el piloto con indiferencia — es probablemente Lucifer. Alguien ha estado alimentándolo de nuevo. - Movió una llave y se inclinó sobre el tablero de controles. - S.2 llamando a laboratorio. ¿Quiere alejar a su mascota?

La respuesta llegó en seguida.

— Laboratorio a S.2, adelante y establezca contacto. Lucey se apartará en seguida.

Las curvas paredes de metal comenzaron a llenar la pantalla. Jan tuvo una última visión de un brazo gigantesco, tachonado de ventosas, que se sacudía alejándose. Se oyó una sorda campana y una serie de chirriantes ruidos mientras unas grampas buscaban un punto de apoyo en el casco liso y ovalado del submarino. En unos pocos minutos la nave se apretó fuertemente contra la pared de la base; los portalones de la entrada se unieron y comenzaron a moverse alrededor del casco del submarino como una tuerca gigantesca. Se oyó luego la señal que indicaba «presión compensada», se abrieron las escotillas y quedó libre el camino hacia el Laboratorio Abisal Uno.

Jan encontró al profesor Sullivan en un desordenado cuartito que parecía reunir los atributos de una oficina, un taller y un laboratorio. Sullivan examinaba a través de un microscopio lo que parecía ser una bomba pequeña: seguramente se trataba de una cápsula de presión que contenía algunos especímenes submarinos que nadaban felizmente bajo una presión de varias toneladas por centímetro cuadrado.

— Bueno — dijo Sullivan apartándose del visor —, ¿cómo está Rupert? ¿Y qué podemos hacer por usted?

— Rupert está muy bien — respondió Jan — y le envía sus saludos. Le hubiese gustado visitarlo si no fuese por su claustrofobia.

— Sí, se sentiría un poco incómodo aquí, con cinco kilómetros de agua encima de la cabeza. ¿A usted no le importa?

Jan se encogió de hombros.

— No más que estar en un cohete estratosférico. Si algo anduviese mal, el resultado sería el mismo.

— Un juicio correcto, pero es sorprendente que tan pocas personas se den cuenta. - Sullivan jugó un rato con los controles del microscopio y al fin lanzó hacia Jan una mirada inquisitiva — Le mostraré con gusto el laboratorio, pero le confieso que me sorprendí cuando Rupert me comunicó el deseo de usted. No pude entender qué razones tendría un explorador del espacio para interesarse en nuestra tarea. ¿No se habrá usted equivocado de camino? — Sullivan lanzó un risita divertida. - Personalmente nunca he comprendido por qué tienen ustedes tanta prisa por salir al espacio.

Pasarán siglos antes que hayamos encasillado y clasificado correctamente todo lo que hay en los océanos.

Jan suspiró, aliviado. Le alegraba que Sullivan hubiese tocado espontáneamente el tema, pues eso le facilitaba las cosas. A pesar de las bromas del ictiólogo tenían mucho en común. No sería demasiado difícil levantar un puente y atraerse la simpatía y la ayuda de Sullivan. Era un hombre de imaginación, si no no hubiese invadido este mundo sumergido. Pero Jan tenía que ser prudente, pues el pedido que iba a hacer era, para juzgarlo con benevolencia, bastante poco convencional.

Había algo que le inspiraba cierta confianza. Aunque Sullivan se rehusase a cooperar, guardaría seguramente el secreto. Y aquí, en esta oficinita, en el fondo del Pacífico, no había peligro aparentemente de que los superseñores — aunque gozasen de muy extraños poderes — fuesen capaces de escuchar la conversación.

— Profesor Sullivan — comenzó a decir Jan —, si estuviese usted interesado en el océano, pero los superseñores le prohibiesen acercarse a él, ¿cómo se sentiría?

— Muy molesto, sin duda alguna.

— Sí, estoy seguro. Y suponga que un día se le ofrece la oportunidad de realizar sus deseos sin que los superseñores se enteren. ¿Qué haría entonces? ¿Aprovecharía la oportunidad?

Sullivan nunca dudaba.

— Claro que sí. Ya vendrían más tarde las discusiones.

Has caído en mis manos, pensó Jan. Sullivan ya no podía retroceder, a no ser que temiese a los superseñores. Y era difícil que Sullivan tuviese miedo de algo. Se inclinó sobre el desorden de la mesa y se dispuso a exponer su proyecto.

El profesor Sullivan no era tonto. Antes que Jan comenzase a hablar los labios se le retorcieron en una sonrisa sardónica.

— ¿Así que éste es el juego, eh? — dijo lentamente —. Muy, pero muy interesante. Bueno, comience y dígame cómo puedo ayudarlo.

12

Una edad anterior hubiese considerado al profesor Sullivan como un lujo excesivo. Sus operaciones costaban tanto como una pequeña guerra; podía comparársele con un general que conducía una campaña perpetua contra un enemigo que no descansaba nunca. El enemigo del profesor Sullivan era el mar, que luchaba con las armas del frío, la oscuridad y, sobre todo, la presión. A su vez el profesor contraatacaba a su adversario con inteligencia y habilidad mecánica. Había ganado muchas batallas; pero el mar era paciente: podía esperar. Un día Sullivan cometería un error. Lo sabía. Se consolaba pensando que no iba a morir ahogado. Todo ocurriría con demasiada rapidez.

Sullivan no hubiera querido comprometerse, pero sabía muy bien qué le respondería a Jan. Se le ofrecía la oportunidad de hacer un experimento muy interesante. Era una lástima que no pudiese conocer el resultado; sin embargo, eso ocurría a menudo en la investigación científica, y él mismo había iniciado algunos trabajos que serían completados sólo después de varias décadas.

El profesor Sullivan era un hombre inteligente y capaz, pero al lanzar una mirada retrospectiva a su carrera observaba que ésta no le había dado la fama que salva un nombre del paso de los siglos. Tenía aquí una oportunidad, totalmente inesperada y por lo mismo más atractiva, de establecerse realmente en los libros de historia. Nunca hubiese admitido ante nadie esa ambición, y para hacerle justicia, hubiese ayudado a Jan aunque su participación en el complot pudiese pasar inadvertida.

En cuanto a Jan, ya se estaba enfrentando con las consecuencias de su proyecto. Aquella primitiva ocurrencia lo había llevado bastante lejos. Había realizado sus investigaciones, pero sin tomar ninguna medida como para que sus sueños se convirtiesen en realidad. Dentro de unos días, sin embargo, tendría que decidirse. Si el profesor Sullivan aceptaba, Jan no podría retroceder. Tendría que enfrentarse con el futuro que había elegido, con todas sus implicaciones.

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Сюжет
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Главный герой
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