Las Huellas Del Hombre Muerto
- Автор: Джеймс Питер
- Серия: Detective Comisario Roy Grace #4
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:
Había acampado en un coche de alquiler cerca del piso de su madre en Eastbourne y esperado a que Abby la llamara. No tuvo que esperar demasiado. Después, Donny sólo necesitó hacer una llamada a un tipo corrupto que trabajaba en un equipo de instalación de repetidores de telefonía móvil. En dos días logró establecer la ubicación de la antena que había recogido las señales del teléfono de Abby.
Averiguó que los repetidores de telefonía móvil en ciudades densamente pobladas rara vez estaban separados por más de unos cientos de metros de distancia y a menudo incluso menos. Y Donny le había explicado que, además de recibir y transmitir llamadas, las antenas actuaban de radiofaros. Incluso en espera, un móvil está en contacto con el repetidor más cercano, transmitiendo constantemente una señal y recibiendo otra.
La pauta de señales del teléfono de Abby mostraba que apenas salía del ámbito de un radiofaro en concreto, una macrocélula de Vodafone colocada en el cruce de Eastern Road y Boundary Road en Kemp Town.
Se encontraba a poca distancia de Marine Parade, que se extendía del Palace Pier hasta el club náutico, adornada en un lado por algunas de las fachadas de la Regencia más elegantes de la ciudad y por el otro por un paseo marítimo con una barandilla y vistas de toda la playa y del Canal de la Mancha. Justo detrás de Marine Parade había un laberinto de calles, la mayoría residenciales, casi todas con una mezcla de pisos, hoteles baratos y hostales.
Recordó lo mucho que le gustaba a Abby mirar el océano desde el piso de él y se imaginó que ahora viviría cerca del mar. Y casi sin ningún género de dudas, tendría vistas en él, lo que facilitó mucho el trabajo de identificar el grupo de calles en que debía de residir. Lo único que tenía que hacer era patrullar por allí, disfrazado, con la esperanza de que apareciera, algo que ocurrió tres días después. La vio entrar en un kiosco de Eastern Road y luego la siguió hasta la puerta de su casa.
Tuvo la tentación de agarrarla allí mismo, pero era demasiado arriesgado; había gente alrededor. Lo único que Abby tenía que hacer era gritar y el juego habría terminado. Ése era el problema. Ése era el poder que tenía sobre él, y ella lo sabía.
Ahora la lluvia todavía caía con más intensidad, repiqueteando ruidosamente, resonando a su alrededor. Sería agradable tener servicio de habitaciones en un día como éste, pensó. Pero, bueno, ¡no se podía tener todo! En todo caso, no sin tener un poco de paciencia.
De niño solía ir a pescar con su padre. Como a él, siempre le habían gustado los cacharros, así que compró uno de los primeros señuelos electrónicos que hubo. Con el primer golpe de un pez, al tirar del señuelo, se activaba un pitido corto y agudo en el pequeño transmisor situado en el suelo junto a sus sillas plegables.
Se parecía al pitido que oyó ahora en su sistema de intercepción, mientras pasaba los páginas del Daily Maiclass="underline" un pitido claro, penetrante, agudo, seguido de otro.
La zorra estaba llamando a alguien.
40
Octubre de 2007
– Gracias por llamar a Global Express -dijo la voz pregrabada-. Por favor, pulse cualquier tecla para continuar. Gracias. Para comprobar el estado de su entrega, por favor, pulse 1. Para solicitar la recogida de un paquete, pulse 2. Si es usted un cliente con cuenta y quiere solicitar la recogida de un paquete, pulse 3. Si es usted un cliente nuevo y quiere solicitar la recogida de un paquete, pulse 4. Para cualquier otra consulta, pulse 5.
Abby pulsó el 4.
– Para entregas dentro del Reino Unido, por favor, pulse 1. Para entregas al extranjero, pulse 2.
Pulsó el 1.
Hubo un silencio breve. Detestaba estos sistemas automáticos. Entonces oyó un par de clics seguidos de una voz de hombre joven.
– Global Express, le atiende Jonathan. ¿En qué puedo ayudarle?
Por la voz, Jonathan parecía más apto para trabajar ayudando a jovencitos a probarse pantalones en una sastrería.
– Hola, Jonathan -dijo Abby-. Tengo un envío.
– Ningún problema. ¿Tamaño carta? ¿Tamaño paquete? ¿Mayor?
– Un sobre tamaño DIN-A4 de un par de centímetros de grosor -contestó.
– Ningún problema -le aseguró Jonathan-. ¿Y adónde quiere mandarlo?
– A una dirección a las afueras de Brighton -dijo.
– Ningún problema. ¿Adónde iríamos a recogerlo?
– A Brighton -dijo Abby-. Bueno, a Kemp Town, en realidad.
– Ningún problema.
– ¿Cuándo pueden pasar a recogerlo? -preguntó.
– En su zona… un momento… Lo recogeríamos de cuatro a siete.
– ¿No puede ser antes?
– Ningún problema, pero hay un recargo.
Abby pensó deprisa. Si continuaba el mal tiempo, a las cinco ya habría oscurecido bastante. ¿Sería una ventaja o un inconveniente?
– ¿Enviarán una moto o una furgoneta? -preguntó.
– Si es de noche será una furgoneta -contestó Jonathan.
Su mente estaba corrigiendo el plan.
– ¿Es posible pedirles que no pasen antes de las cinco y media?
– ¿Que no pasen antes de las cinco y media? Déjeme ver.
Hubo unos momentos de silencio. Abby se esforzaba mucho en pensar con claridad. Había muchas variables. Se oyó un clic y Jonathan volvió con ella.
– Ningún problema.
41
Septiembre de 2007
«Oh, sí, qué maravilloso sería no estar aquí un lunes por la mañana», pensó el sargento jefe George Fletcher. Ya era suficientemente malo tener una resaca atroz un lunes por la mañana. Pero estar aquí, en el Departamento de Patología Forense del Instituto de Medicina Forense de Victoria, la agravaba sobremanera. Y odiaba toda esa gilipollez de la jerga moderna. Era el depósito de cadáveres, por el amor de Dios, el lugar donde los cadáveres morían todavía más. Era el último sitio antes del cementerio donde tu nombre aparecería escrito en el registro de entrada.
Y en estos momentos estaba agrediéndole un sonido chirriante, quejumbroso, que sacudía todos los átomos de su cuerpo en la sala abarrotada, observando cómo el cuerpo de la «mujer sin identificar» pasaba despacio por el arco en forma de donut del escáner.
Nadie la había tocado desde que la sacaron ayer del maletero del coche, cuando la habían metido en una bolsa y traído aquí, donde había pasado la noche en una nevera. El olor era desagradable, un hedor empalagoso a desagüe y una peste penetrante y agria que le recordó a las plantas acuáticas. No sólo tenía que luchar contra el ruido machacón en su cerebro, sino contra las arcadas que notaba en el estómago. La piel de la mujer tenía un aspecto jabonoso e hinchado, con grandes zonas de vetas negras. Su pelo, que seguramente había sido rubio y que seguía siendo claro, estaba apelmazado y tenía insectos, trozos de papel y lo que parecía un pedazo de fieltro. Resultaba difícil distinguir los rasgos de su cara, puesto que las partes que no estaban descompuestas estaban mordisqueadas. El patólogo calculó que tendría unos treinta y cinco años aproximadamente.
George llevaba una bata verde encima de la camisa blanca, la corbata y los pantalones del traje y botas de goma blancas, como su compañero, el sargento Troy Burg, que estaba a su lado. Delgado, de pelo áspero y actitud irritable, Barry Manx, el técnico forense jefe, manejaba la máquina, y el patólogo recorría con la mirada el cuerpo de la mujer arriba y abajo, leyéndolo como si fueran las páginas de un libro.
Era un proceso rutinario escanear todos los cuerpos que entraban aquí para practicarles la autopsia. Principalmente se buscaban señales de enfermedades infecciosas, antes de abrirlos.
A la «mujer sin identificar» le faltaba carne en varios lugares. Sus labios habían desaparecido parcialmente, igual que una oreja, y se veían los huesos de los dedos de la mano izquierda. Aunque había estado encerrada en el maletero de un coche, gran cantidad de flora y fauna acuática había logrado entrar en él y se había dado un buen festín con sus restos.