Las Huellas Del Hombre Muerto
- Автор: Джеймс Питер
- Серия: Detective Comisario Roy Grace #4
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:
– ¿Dónde estamos? -le preguntó al conductor.
– En Brooklyn.
– Ah, vale -dijo Ronnie-. Todavía estamos en Brooklyn.
Vio un cartel en un edificio que decía Yeshiva Center. Le parecía que llevaban siglos conduciendo. No sabía que Brooklyn fuera tan grande; lo bastante grande como para perderse en él, desaparecer.
Unas palabras acudieron a su mente. Era una frase de una obra de Marlowe, El judío de Malta, que había visto recientemente con Lorraine y los Klinger en el Theatre Royal de Brighton:
Pero eso fue en otro país.
Y, además, la muchacha está muerta.
Y la calle seguía estando muerta más adelante. Cruzaron una intersección, donde el elegante ladrillo rojo daba paso a edificios de hormigón prefundido más modernos. Luego, de repente, aparecieron debajo del paso elevado de acero verde oscuro del metro elevado.
– Rusia. Toda esta zona de mierda de aquí es Rusia.
– ¿Rusia? -preguntó Ronnie, que no sabía a qué se refería.
El conductor señaló una hilera de fachadas estridentes. Un salón de uñas, la Escuela de música, arte y deporte Shostakovich. Había letras rusas por todas partes. Vio el cartel de una farmacia en cirílico. A menos que supieras ruso, no sabías de qué eran la mitad de todas estas tiendas. Y él no hablaba ni una palabra.
Rusia. Ronnie lo comprendió.
– Little Odessa -dijo el conductor-. Una colonia enorme, joder. Cuando yo era pequeño no lo era. La perestroika, la glasnost, ¿sabes? Les dejaron viajar y ¡vinieron todos aquí! El mundo está cambiando… ¿Sabes qué quiero decir?
Ronnie tuvo la tentación de cerrarle la boca al hombre y decirle que en su día el mundo también había cambiado para los nativos americanos, pero no quería que lo echara de la camioneta.
– Sí -dijo simplemente.
Giraron a la derecha en una calle residencial sin salida. Al final había una hilera de bolardos negros con un paseo marítimo entarimado detrás y, más allá, la playa. Y luego el océano.
– Brighton Beach. Un buen sitio. Aquí estaremos a salvo de los aviones -dijo el conductor, indicando a Ronnie que aquí terminaba el viaje.
El hombre se giró hacia los fantasmas de detrás.
– Coney Island, Brighton Beach. Tengo que volver a por mis escaleras, mis arneses, todas mis cosas. Es un material caro, ya sabéis.
Ronnie se desabrochó el cinturón, dio las gracias al hombre efusivamente y estrechó su mano grande y callosa.
– Cuídate, colega.
– Igualmente.
– Seguro.
Ronnie abrió la puerta y saltó al asfalto. El aire olía a sal marina, y muy ligeramente a fuego y carburante. Era un olor lo bastante suave como para sentirse seguro en este lugar, pero no tanto como para sentirse libre de lo que acababa de vivir.
Sin mirar atrás a los fantasmas, siguió caminando hasta el paseo entarimado, casi a saltos, y sacó su móvil del bolsillo para comprobar que estuviera apagado.
Entonces se detuvo y miró la inmensidad llana del océano azul verdoso y ondulado que se extendía más allá de la arena y la mancha neblinosa de tierra a kilómetros de distancia. Respiró hondo. Luego otra vez. Su plan aún era muy vago y tenía que trabajarlo.
Pero estaba emocionado.
Eufórico.
La mañana del 11 de septiembre no hubo mucha gente en Nueva York que saltara de júbilo. Pero Ronnie sí lo hizo.
36
Octubre de 2007
Abby se sentó con una taza de té entre las manos temblorosas, mirando la calle de abajo a través de una rendija entre las persianas. Le dolían los ojos después de tres noches seguidas de insomnio. El miedo se arremolinaba en su interior.
«Sé dónde estás.»
Su maleta estaba junto a la puerta, llena y con la cremallera cerrada. Miró la hora: las 8.55. Dentro de cinco minutos realizaría la llamada que llevaba planeando hacer todo el día de ayer, en cuanto abrieran las tiendas. Era irónico, pensó, que durante la mayor parte de su vida hubiera detestado los lunes por la mañana. Pero se había pasado todo el día de ayer deseando que llegara.
Nunca en su vida había tenido tanto miedo.
A menos que estuviera totalmente equivocada, y presa de un pánico innecesario, él estaba ahí fuera en algún lugar, esperando y observando. La carta de Abby estaba marcada. El la esperaba, la observaba, y estaba muy enfadado.
¿Le había hecho algo al ascensor? ¿Y a la alarma? ¿Habría sabido cómo hacerlo? Se repetía las preguntas a sí misma una y otra vez.
Había trabajado de mecánico, sí. Sabía arreglar aparatos mecánicos y eléctricos. Pero ¿por qué querría estropear el ascensor?
Intentó comprenderlo. Si realmente sabía dónde estaba Abby, ¿por qué no la había acechado? ¿Qué ganaba con dejarla atrapada en el ascensor? Si quería tiempo para intentar colarse en su piso, ¿por qué no había esperado a que saliera de casa simplemente?
¿Acaso, debido a su estado de pánico, estaba sumando dos más dos y le daba cinco?
Quizá sí o quizá no, no lo sabía. Así que la mayor parte del día de ayer, en lugar de salir, comprar los periódicos del domingo y holgazanear delante del televisor, como habría hecho normalmente, se quedó sentada, en el mismo lugar donde estaba ahora, observando la calle de abajo, pasando el tiempo escuchando una lección de español tras otra, con los auriculares puestos, pronunciando y repitiendo palabras y frases en voz alta.
Había hecho un domingo de perros, con un viento del suroeste procedente del Canal de la Mancha que mandaba ráfagas de lluvia hacia la acera, los charcos, los coches aparcados, los peatones.
Y eran los coches y los peatones lo que estaba observando, como un halcón, a través de la lluvia que seguía cayendo a cántaros. A primera hora, cuando se levantó, estudió todos los coches y furgonetas aparcados. Sólo habían cambiado un par desde la noche anterior. En este barrio no había mucho sitio para aparcar, así que cuando la gente encontraba un lugar, solía dejar el coche allí hasta que realmente necesitara ir a otra parte. De lo contrario, en cuanto salían, otro vehículo ocupaba su lugar y cuando volvían quizá tuvieran que aparcar a varias calles de distancia.
Ayer había recibido dos visitas: un fotógrafo del Argus, a quien le dijo por el interfono que se marchara, y el conserje, Tomasz, que fue a disculparse, preocupado tal vez por conservar su empleo y con la esperanza de que no se quejara de él si se mostraba amable. Le explicó que los obreros debían de haber sobrecargado el ascensor y dañado el sistema de poleas. Pero no fue capaz de explicarle, de manera convincente, por qué había fallado la alarma, que tendría que haber sonado en su piso. Le aseguró que la empresa de ascensores estaba trabajando en ello, pero que tardarían varios días en arreglar los daños que los bomberos habían causado.
Abby se deshizo de él tan deprisa como pudo para velar la calle otra vez.
Llamó a su madre, pero ella no le comentó que hubiera recibido una llamada de nadie. Abby continuó con la mentira de que seguía en Australia y lo estaba pasando genial.
A veces los mensajes de texto se extraviaban y acababan en el número equivocado por error. ¿Era posible que ésa fuera la: explicación?
«Sé dónde estás.»
Era posible.
Que hubiera saltado encima del ascensor parado. ¿Estaba sacando conclusiones precipitadas debido a su estado paranoico? Era reconfortante pensar eso, pero la autocomplacencia era un lujo que no podía permitirse. Se había embarcado en todo esto sabiendo los riesgos que entrañaba, sabiendo que sólo lograría salirse con la suya si recurría a su ingenio, veinticuatro horas al día, siete días a la semana, durante el tiempo que hiciera falta.