El ojo del mundo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #1
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Переводчик: Maria Dolors Gallart
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
—Perdona, Rand —murmuró Mat—. Pero no se me presenta a menudo una oportunidad de hacer algo aparte de ordeñar las vacas de mi padre. —Se irguió ante las miradas atónitas de sus amigos—. Pues, sí, las ordeño, y cada día.
—El jinete negro —les recordó Rand—. ¿Qué pasará si hace daño a alguien?
—Sea quien sea —contestó Mat—, la guardia dará con él.
—Tal vez —dijo Rand—, pero se diría que desaparece cuando quiere. Sería preferible que lo supieran para buscarlo.
—Se lo contaremos a maese al’Vere cuando nos presentemos como voluntarios —propuso Mat—. Él se lo dirá al Consejo y ellos avisarán a las patrullas.
—¡El Consejo! —exclamó Perrin con incredulidad—. Estaremos de suerte si el alcalde no se echa a reír delante de nosotros. Maese Luhhan y el padre de Rand ya se han forjado la opinión de que fueron imaginaciones nuestras.
—Si tenemos que decírselo —apuntó Rand con un suspiro—, tanto da que se lo digamos ahora. No va a reírse más hoy que mañana.
—Quizás —aventuró Perrin, mirando de reojo a Mat— deberíamos tratar de encontrar a otra gente que lo haya visto. Esta noche veremos a casi todos los del pueblo. —Aunque Mat fruncía el entrecejo, no dijo nada. Los tres comprendían que la intención de Perrin era buscar testigos que gozaran de más credibilidad que Mat—. Tampoco se reirá más mañana —añadió Perrin al percibir dudas en Rand—, y preferiría contar con el apoyo de alguien más antes de ir a verlo. La mitad de las personas del pueblo me parecerían apropiadas.
Rand asintió. Ya se imaginaba las risas de maese al’Vere. Por cierto, no vendría mal contar con más testigos, y, si ellos tres habían visto a aquel sujeto, era probable que también lo hubieran visto otros. Seguro que lo habrían visto.
—Mañana, entonces. Vosotros dos os encargáis de indagar esta noche y mañana iremos a hablar con el alcalde. Después…
Sus dos compañeros lo miraban en silencio, sin atreverse a formular la pregunta sobre lo que ocurriría si no lograban encontrar a nadie que hubiera visto al hombre de la capa negra. La pregunta, sin embargo, estaba expresada en sus ojos, y él no podía darles ninguna respuesta. Suspiró profundamente.
—Será mejor que me vaya —concluyó—. Mi padre debe de estar preguntándose si me he caído dentro de un pozo.
Tras despedirse, salió corriendo hacia el patio del establo, donde se encontraba su carro apoyado sobre los varales.
El establo era un edificio largo y estrecho, rematado por un puntiagudo techo de paja. Los pesebres, con el suelo cubierto de paja, flanqueaban ambos lados del interior en penumbra, iluminado tan sólo por las puertas dobles abiertas en ambos extremos. Los caballos del buhonero mascaban sus raciones de avena en ocho comederos, y los magníficos ejemplares de maese al’Vere —el tiro que alquilaba a los granjeros cuando éstos debían arrastrar pesos superiores a la capacidad de sus monturas— ocupaban seis plazas más, pero las restantes permanecían vacías, a excepción de tres. Rand pensó que podía identificar sin problemas a los propietarios de cada uno de los caballos. El poderoso semental negro de anchos pectorales que alzaba con fiereza la cabeza debía de ser de Lan. La esbelta yegua blanca de cuello arqueado, que caminaba con pasos rápidos tan airosos como los de una danzarina, aun en las caballerizas, sólo podía pertenecer a Moraine. Y el tercer animal desconocido, un ágil caballo castrado de polvoriento pelo castaño, iba en perfecta consonancia con Thom Merrilin.
Tam permanecía en la parte trasera del establo, sujetando el cabestro de Bela mientras conversaba en voz baja con Hu y Tad. No bien Rand hubo caminado dos pasos en dirección al interior, su padre se despidió con un gesto de los mozos, hizo salir a Bela y se reunió con él sin decir palabra.
Enjaezaron la peluda yegua en silencio, pues Tam parecía tan profundamente sumido en cavilaciones que Rand se contuvo de hacer ningún comentario. En verdad no abrigaba grandes expectativas de convencer a su padre acerca de la realidad del jinete de capa negra y aún menos al alcalde. Sería más oportuno intentarlo al día siguiente, cuando Mat y Perrin hubieran localizado a otros que lo habían visto. En caso de que los encontrasen.
Al emprender la marcha el carro, Rand tomó el arco y se ciñó desmañadamente el carcaj al pecho mientras caminaba a medio trote junto al vehículo. Cuándo pasaron la última hilera de casas del pueblo, dispuso una flecha, la cual sostuvo medio elevada con la cuerda a medio tensar. Ante su vista no había más que árboles desprovistos de hojas; sin embargo, sus hombros estaban rígidos. El jinete negro podía abalanzarse sobre ellos sin que se dieran cuenta y acaso no dispondría de tiempo para tensar el arco.
Sabía que no sería capaz de mantener durante mucho tiempo la tensión en la cuerda. Él mismo había fabricado el arco y Tam era uno de los pocos de la zona que podía tirar de él hasta la mejilla. Trató de ocupar su mente en algo distinto del sombrío jinete. No obstante, aquello no era fácil en medio del bosque, con las capas agitadas por el viento.
—Padre —dijo finalmente—, no comprendo por qué tenía que interrogar el Consejo a Padan Fain. —Se esforzó en apartar los ojos de los árboles para mirar a Bela y a Tam—. A mí me parece que la decisión a la que habéis llegado habría podido tomarse en el mismo momento. El alcalde ha asustado mucho a la gente, hablando de Aes Sedai y del falso Dragón aquí en Dos Ríos.
—La gente es curiosa, Rand. Las mejores personas son así. Piensa en Haral Luhhan, por ejemplo; es un hombre fuerte y valiente, pero no puede resistir ver cómo se sacrifica a un animal. Se vuelve más pálido que una sábana.
—¿Qué tiene eso que ver? Todo el mundo sabe que maese Luhhan no puede soportar la sangre y a nadie le parece mal, excepto a los Coplin y los Congar.
—Sólo eso, muchacho. Las personas no siempre piensan o se comportan de la manera en que uno se sentiría inclinado a esperar. Esa gente que había allí… aunque el granizo les destroce las cosechas y el viento levante todos los tejados del distrito y los lobos acaben con la mitad de su ganado, simplemente se arremangarán dispuestos a comenzar de nuevo. Refunfuñarán, pero no malgastarán el tiempo en quejas.
»Sin embargo, sólo la mera noción de que hay Aes Sedai y un falso Dragón en Ghealdan, les hará creer sin tardanza que Ghealdan no está tan lejos del Bosque de las Sombras y que, en línea recta de Tar Valon a Ghealdan, se pasa bastante cerca de nosotros por el lado este. ¡Cómo si las Aes Sedai no fueran a tomar en su lugar la carretera que atraviesa Caemlyn y Lugard! Mañana por la mañana la mitad del pueblo tendría ya la convicción de que todo el peso de la guerra estaba a punto de caer sobre nosotros. Tardaríamos semanas, en disuadirlos de su error. ¡Bonita fiesta de Bel Tine habríamos tenido! Por eso Bran ha querido llegar a una conclusión antes de que pudieran hacerlo ellos.
»Han visto cómo el Consejo tomaba en consideración las circunstancias y ahora escucharán las decisiones que se han tomado. Ellos nos eligieron para formar parte del Consejo porque confían en nuestra superior capacidad de raciocinio. Confían en nuestras opiniones, incluso en las de Cenn, que no dan, supongo, una imagen muy favorable de la institución. En todo caso, oirán que no existe ningún motivo de preocupación y lo creerán. No es que ellos pudieran o no llegar finalmente a la misma conclusión, sino que de esta forma no aguaremos la fiesta y nadie tendrá que soportar un estado de intranquilidad durante semanas por algo que seguramente no va a ocurrir. Si sucediera, contra toda previsión… bien, las patrullas nos avisarán con suficiente antelación para tomar las medidas pertinentes. No obstante, estoy seguro de que ese momento no llegará.
Rand echó una bocanada de aire. Al parecer, ser miembro del Consejo era más complicado de lo que había creído. El carro avanzaba bamboleándose a lo largo del Camino de la Cantera.