Un amor dulce y peligroso
- Автор: Френч Никки
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un amor dulce y peligroso». Краткое содержание книги:
El resto del libro era puro delirio, pues Klaus describía el desastre tal como él (enfermo, desorientado, aterrado) lo había experimentado. No veía ni oía nada; de vez en cuando unas siluetas surgían de la ventisca y volvían a desaparecer en ella. Los alpinistas habían cruzado el paso hacia donde Claude, supuestamente, había tendido la cuerda azul que los conduciría hasta la cima, pero entonces nadie veía más allá de unos pasos ni oía nada a menos que se lo gritaran en la oreja. La única figura que surgía con claridad del caos, como una figura en medio de una tempestad iluminada por los destellos de los rayos, era Adam. Salía descendiendo de la tormenta, desaparecía, volvía a aparecer. Estaba en todas partes, manteniendo la comunicación, guiando a los dos grupos de clientes hasta un lugar que ofrecía cierto refugio en el paso. El objetivo prioritario era salvar a Greg y a Claude, que se hallaba gravemente enfermo. Con ayuda de Klaus, llevaron a Claude siguiendo la cuerda hasta el campamento más elevado. Entonces Klaus volvió a subir con Adam y le ayudó a bajar a Greg.
Después de eso, Klaus, aturdido por la fatiga, el frío y la sed, se derrumbó en su tienda, inconsciente. Adam subió de nuevo por la cresta para recoger a los clientes, prácticamente indefensos. Llevó al primer grupo, compuesto por Françoise y otras cuatro personas, hasta el principio de la cuerda fija: tendrían que bajar a tientas hasta el campamento. Adam los dejó allí y fue a buscar al segundo grupo; pero, cuando iba a bajarlos, vio que la cuerda fija había desaparecido: el viento se la había llevado. Empezaba a oscurecer, y la temperatura había descendido a 45 bajo cero. Adam llevó al segundo grupo hasta el paso. Entonces bajó por la cresta él solo, sin cuerda, para buscar su cuerda y pedir ayuda, si es que la había. Greg, Claude y Klaus estaban inconscientes, y no había ni rastro del primer grupo.
A continuación Adam volvió a subir por la cresta, tendió la cuerda amarilla y bajó al segundo grupo. Había personas que necesitaban atención médica; cuando se la hubo dispensado, Adam volvió a subir, solo en la oscuridad, para buscar al último grupo, que se había perdido. La situación era desesperada. Más tarde, aquella noche, Klaus se despertó y, delirante, supuso que Adam también se había extraviado, pero entonces lo vio entrar en la tienda y desplomarse.
Al primer grupo lo encontraron al día siguiente. Lo que ocurrió fue un error trágicamente simple. A oscuras, aturdidos por la nieve y el ruido, y después de que el viento hubo soltado y lanzado al vacío la cuerda fija, bajaron por el lado equivocado de la cresta Géminis, y llegaron a otra cresta desprotegida, con violentas pendientes a ambos lados. Los cadáveres de Françoise Colet y de otro cliente norteamericano, Alexis Hartounian, nunca aparecieron. Debieron de caer por el precipicio, quizá mientras luchaban para subir de nuevo por la cresta o avanzar hacia el campamento que creían tener delante. Los otros se apiñaron en medio de la tormenta y la oscuridad, y murieron lentamente. A la mañana siguiente los sherpas los encontraron. «Todos muertos -escribió Klaus con dolor, el dolor de un hombre que dormía mientras se producía la catástrofe-, salvo uno: otro norteamericano, Pete Papworth, que murmuraba una única palabra: "Help", una y otra vez. Pedía ayuda cuando nadie podía ofrecérsela.»
Leí las últimas páginas como aturdida, con la respiración alterada, y luego me quedé tumbada en el sofá, y debí de pasarme horas durmiendo.
Cuando me desperté, casi no me quedaba tiempo. Me duché y me puse un vestido. Fui en taxi al Pelican, en Holland Park, aunque habría llegado antes si hubiera ido andando; pero mi estado de ánimo me habría impedido encontrar el camino. Pagué al taxista y entré en el local. Sólo había un par de mesas ocupadas. En un rincón estaba Adam, con un hombre y una mujer a los que no reconocí. Fui directamente hacia allí, y ellos se volvieron, sorprendidos.
– Perdonad -les dije a los otros-. Adam, ¿puedes salir un momento, por favor?
Adam me miró con recelo.
– ¿Qué pasa?
– Ven un momento. Es muy importante. Será sólo un segundo.
Adam se encogió de hombros y se disculpó ante la pareja. Lo cogí de la mano y lo llevé afuera. En cuanto perdimos de vista a la pareja, me volví hacia él y le cogí la cara con las manos para poder mirarlo directamente a los ojos.
– He leído el libro de Klaus -dije. Su rostro expresó una súbita alarma-. Te quiero, Adam. Te quiero con toda mi alma.
Rompí a llorar, y no veía nada, pero noté sus brazos alrededor de mi cuerpo.
CATORCE
– La señora tiene los pies estrechos, señor Tallis.
Me sujetaba el pie como si fuera un trozo de arcilla, dándole vueltas con sus delgadas manos.
– Sí, bueno, quiero que le sujeten bien el tobillo, para que no le salgan ampollas, ¿de acuerdo?
Nunca había entrado en una de aquellas tiendas, aunque las había visto y me había asomado a sus lujosas y débilmente iluminadas profundidades. No me estaba probando unos zapatos, sino que me tomaban medidas para hacérmelos. Mi calcetín, de color violeta y gastado, parecía un guiñapo en aquel entorno.
– Y el empeine es alto.
– Sí, ya me he fijado.
Adam me sujetó el otro pie y lo examinó. Me sentía como un caballo al que están herrando.
– ¿En qué tipo de bota había pensado?
– Verá, como yo nunca he…
– De senderismo, sencilla. Bastante alta, para sujetar el tobillo. Y ligera -contestó Adam con firmeza.
– ¿Como las que hice para…?
– Sí.
– Las que hizo ¿para quién? -pregunté.
Ambos hicieron caso omiso de mi pregunta. Retiré los pies de sus manos y me levanté.
– Las necesito para el viernes que viene -dijo Adam.
– El viernes que viene es la boda.
– Por eso las necesito para el viernes -dijo él, como si fuera obvio-. Así podremos ir a pasear el fin de semana.
– Ah -dije.
Yo me había imaginado una luna de miel de dos días en la cama, con champán y salmón ahumado, y baños calientes entre polvo y polvo.
Adam me miró y dijo:
– El domingo voy a hacer una demostración de alpinismo en Lake District -me explicó brevemente-. Puedes venir conmigo.