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Al final del invierno [At Winter's End - es]

Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:

Tras miles de años, el Largo Invierno producido en la Tierra por el bombardeo de cometas que causaron las estrellas de la muerte llegó a su fin. Los que salieron del capullo para enfrentarse a los peligros del mundo exterior en busca de la Nueva Primavera se llamaban a si mismos humanos... Su destino era la creación de un nuevo mundo.
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De ese modo — si todo salía bien — ella pasaría a la historia de las crónicas como una de las más grandes conductoras, como la que orquestó por sí sola el renacimiento de la raza humana. Eso era vanidad, lo sabía. Pero sin duda no constituía un pecado imperdonable albergar tales ambiciones.

Con todo, las responsabilidades pesaban. Estaban cruzando una tierra peligrosa hacia un destino desconocido. Cada día traía consigo algún nuevo problema que ponía a prueba la resolución de la tribu, y no era extraño que la misma Koshmar se sintiera a menudo insegura del rumbo. Pero su Pueblo no debía enterarse de estas dudas.

Los reunió, y les dijo por fin que se dirigían a Vengiboneeza. Los de más edad conocían el nombre por las historias que Thaggoran les había contado en los días del capullo, pero los más jóvenes se quedaron mirándola.

— Háblales de Vengiboneeza — ordenó a Hresh.

El pequeño se acercó y describió las inmensas torres de la antigua ciudad, los palacios de piedra bruñida, las máquinas prodigiosas, los estanques tibios y radiantes, los jardines de trémula luz… Eran imágenes que había descubierto al tocar las páginas de las crónicas e invitarlas a surgir en su mente.

— Pero ¿de qué nos servirá ir a Vengiboneeza? — preguntó Harruel en cuanto Hresh hubo terminado.

— Será el comienzo de nuestra grandeza — respondió Koshmar con brusquedad — Las crónicas nos dicen que allí aún pueden encontrarse las máquinas del Gran Mundo, y que quienes las encuentren serán poderosos gracias a ellas. Por eso nos dirigiremos a Vengiboneeza y buscaremos sus tesoros. Tomaremos de ella lo que necesitemos, y seremos los amos del mundo, y construiremos para nosotros una ciudad grande y gloriosa.

— ¿Una ciudad? — preguntó Staip — ¿Nosotros, una ciudad?

— Claro que tendremos una ciudad — replicó Koshmar — ¿O pretendes que vivamos como criaturas salvajes, Staip?

— Vengiboneeza se convirtió en polvo hace ya setecientos mil años — declaró Harruel con tono sombrío — Allí no habrá nada que nos sea de provecho.

— Las crónicas no dicen lo mismo — refutó Koshmar.

Se produjeron rumores de ambas partes. Staip continuó mascullando, y también Kalide, y algunos de los de mayor edad. Koshmar vio que Torlyri la contemplaba con pesar y desconsuelo, y supo que su poder sobre la tribu estaba pasando por un momento de zozobra. Al exigirles que emprendieran tan agobiante viaje, quizá les estuviera pidiendo demasiado. Los había privado de las comodidades del capullo para internarlos en un mundo de vientos inclementes y fríos amargos. Los había expuesto al cruel resplandor del sol y a la gélida luz de la luna. Los había lanzado a una realidad de avesangres, cardofuegos y extrañas bocas con forma de caverna. Con perseverancia, habían tolerado todas las pruebas y dificultades, pero su paciencia estaba llegando al límite. Ahora debía prometerles recompensas si esperaba que la siguieran de allí en adelante.

— ¡Escuchadme! — gritó — ¿Tenéis alguna razón para dudar de mí? Soy Koshmar, la hija de Lissiminimar, y vosotros me elegisteis como cabecilla en épocas de Thekmur. ¿Os he defraudado alguna vez? ¡Os llevaré a Vengiboneeza y todas las maravillas del Gran Mundo serán nuestras! ¡Y luego volveremos a partir, y nos convertiremos en los amos del mundo! ¡Dormiremos a resguardo y beberemos refrescos dulces, y habrá comida, y ropa fina y una vida holgada para todos! ¡Os lo prometo: es la promesa de la Nueva Primavera!

Pero aquí y allá, seguía habiendo ojos recelosos. Staip se revolvía con inquietud. Koshmar vio que Konya le murmuraba algo al oído. Kalide también parecía insegura, y se volvió para decir unas frases a Minbain. Harruel parecía distante, perdido en sus cavilaciones. Pero nadie se pronunció abiertamente contra la idea. Koshmar advirtió que para todos era el momento de decidir.

— ¡Rumbo a Vengiboneeza! — exclamó Koshmar.

— ¡Rumbo a Vengiboneeza! — repitió Torlyri.

— ¡Vengiboneeza! — gritó Hresh.

Fue un momento terrible. Los demás permanecían en silencio. Los ojos se aferraban al recelo. Koshmar descubrió que su gente estaba preocupada, cansada, pronta a rebelarse. Sólo Torlyri y Hresh se habían alzado en su favor. Pero Torlyri era su compañera de entrelazamiento y Hresh una criatura, su sirviente. ¿Habría alguien más que se plegara al clamor?

— ¡Vengiboneeza!

Al fin, una voz clara y fuerte: la de Orbin, ese buen niño fornido. Y luego, sorprendentemente, la de Haniman, seguida de algunas voces mayores: Konya, Minbain, Striinin. Por fin, todos… incluso Harruel, incluso el desconfiado Staip. De nuevo eran una tribu que hablaba con una sola voz: ¡Vengiboneeza! ¡Vengiboneeza!

Prosiguieron. ¿Pero cuánto tiempo pasaría, se preguntaba Koshmar, antes de que tuviera que persuadirlos nuevamente para que la apoyaran?

La marcha les deparó nuevas pérdidas. Un día de ráfagas tórridas y extrañas, el joven Hignord fue arrastrado por algo verde que se retorcía sobre muchas patas y que salió de un hoyo oculto en la tierra. Unos días más tarde, la niña Tramassilu, quien había partido a cazar sapitos entre unos árboles, fue atravesada por una criatura inmensa y lunática que se movía a saltos. Se abalanzó sobre ella apuntando con un largo pico rojo y permaneció revoloteando sobre su cuerpo hasta que Harruel la derribó de un mazazo.

Eso elevaba a cuatro el número de muertes sufridas entre los sesenta que habían iniciado la travesía. Los vientres de las parejas de progenitores acusaban la labor para recuperar a los caídos, pero una vida no se lograba de un día para otro, y la muerte era una acechanza cotidiana. Koshmar se preocupaba por las pérdidas de la tribu, y temía que los miembros disminuyeran peligrosamente si seguían muriendo más mujeres. Hasta ese momento, dos de los fallecidos habían sido hembras fértiles. Un hombre bastaba para fecundar a toda una tribu, Koshmar lo sabía. Pero quienes gestaban a los niños eran las mujeres, y la labor llevaba su tiempo.

Las espesas nubes se abrieron y llovió durante diez días y diez noches, hasta que todos quedaron empapados y malolientes por tanta humedad. Hasta entonces no había llovido durante el viaje. Pero la visión de la lluvia cayendo del cielo pronto perdió toda fascinación.

El fenómeno dejó de constituir una novedad para convertirse en un azote y tormento.

— Vengiboneeza… — comenzaron a decir —. ¿Cuánto falta hasta Vengiboneeza?

Había quienes repetían que en algún punto lejano tenía que haber caído alguna estrella de la muerte, y que debido a la larga distancia no habían oído el impacto, pero que la lluvia era el comienzo de otra época de oscuridad y frío.

— No — declaró Koshmar con vehemencia — Esto es algo que sucede sólo aquí. Antes estábamos en un lugar seco, y éste es húmedo. ¿No veis que estos pastos son tupidos, que el follaje es profuso?

Ella estaba en lo cierto. Prosiguieron, vencidos y calados por el agua, oliendo a pelo mojado. Y al cabo de un rato la lluvia cesó.

Y luego, los días comenzaron a acortarse. Desde que habían abandonado el capullo, cada día había sido un poco más largo que el anterior; pero ahora, sin lugar a dudas, el sol cada vez se ponía más temprano por las tardes.

— ¿Y Vengiboneeza? — comenzó a murmurar de nuevo la tribu.

Koshmar asentía y señalaba al oeste.

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