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Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]

Электронная книга - «Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]». Краткое содержание книги:

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está debil. Debe volver a la lejana Tierra para recabar la ayuda del Guardián.
Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, deben afrontar una larga travesía por el desierto y dirigirse, aun sin saberlo, hacia el viejo puerto espacial de Armonía que, tras cuarenta millones de años, espera, en silencio y abandonado, la orden que ha de lanzar de nuevo las viejas naves interestelares hacia su largo retorno a la Tierra. Pero no todos los expedicionarios han elegido o aceptado su exilio ni los designios del Alma Suprema. Los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más arduo un viaje ya de por si difícil.
De nuevo Card se muestra como un maestro en la comprensión de la psicología de las personas y nos ofrece, como ya hiciera en El Juego de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. La lucha por el dominio de un pequeño grupo, los puntos de los diversos sexos, el difícil paso del matriarcado de Basílica a un patriarcado justificado por la dureza de la vida nómada son, en manos de Orson Scott Card, elementos más que suficientes para hacer de libro una narración que se recuerda con satisfacción y agradecimiento
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Volemak se irguió, se recostó en la roca donde estaba sentado.

—Eso fue todo. Salvo que aun al final, yo buscaba a Elemak y Mebbekew, esperando que se reunieran conmigo frente al árbol. Porque todavía tenía ese fruto en la mano, su sabor en la boca. Y todavía era deliciosa y perfecta, y no se disipaba; cada bocado sabía mejor que el anterior, y yo quería que toda mi familia, todos mis amigos, lo probaran. Que formaran parte de la vida de ese fruto. Y entonces supe que estaba despertando (todos saben cómo ocurre en los sueños) y pensé: Todavía puedo saborearlo. Todavía siento el fruto en las manos. Qué maravilla. Ahora podré llevárselo a Elya y Meb y ellos podrán saborearlo, porque si lo prueban se reunirán con nosotros ante el árbol. Y entonces desperté y descubrí que tenía las manos vacías, y Rasa estaba dormida, soñando sus propios sueños, de modo que ella no había probado el fruto, y Nafai e Issib aún estaban en sus tiendas, y nada de esto había sucedido.

Volemak se inclinó de nuevo hacia delante.

—Pero yo todavía podía saborearlo. Puedo saborearlo ahora. Por eso tenía que contarlo. Aunque el Alma Suprema niegue que me envió el sueño, era más real, más verdadero que cualquier sueño que yo haya tenido. Era más real que la realidad, y mientras comía el fruto yo estaba más vivo que nunca. ¿Esto significa algo para vosotros?

—Sí, Volya —dijo Rasa—. Más de lo que crees.

Hubo un murmullo general de asentimiento, y Volemak notó, mirando en torno, que la mayoría lucían pensativos, y muchos conmovidos, tal vez más contagiados por las emociones de Volemak que por la narración misma, pero al menos algo los había tocado. Volemak había hecho lo posible para compartir su experiencia con ellos.

—Esto me ha dado hambre —dijo Dol—. Tanto hablar sobre frutas y demás.

—Y esas aguas de cloaca. Qué sabroso —dijo Kokor—. ¿Qué hay de cenar?

Rieron. La solemnidad del ambiente se había disipado, pero Volemak no podía enfadarse. No podía esperar que su sueño transformara el resto de sus vidas.

Pero el sueño significa algo. Aunque no lo haya enviado el Alma Suprema, es verdadero, e importante, y jamás lo olvidaré.

Si lo olvido, me empobreceré.

Los que habían preparado la cena se levantaron para inspeccionar la comida y comenzaron a servir. Rasa fue a sentarse junto a Volemak y lo rodeó con el brazo. Volemak miró a Issib y vio que tenía lágrimas en las mejillas, y Nafai y Luet caminaban cogidos del brazo, meditabundos y enternecidos, ambos irradiando bondad. Volemak apenas conocía a la mayoría de los demás. Echó una ojeada instintivamente, buscando a Mebbekew y Elemak. Y cuando los vio se sorprendió, porque no parecían conmovidos ni encolerizados. Si Volemak hubiera puesto un nombre a lo que veía en sus rostros, lo habría llamado miedo.

¿Cómo podían oír ese sueño y tener miedo?

—Nos está preparando —susurró Mebbekew—. Ese sueño donde aparecemos separados de la familia… piensa desheredarnos.

—Oh, cállate —dijo Elemak—. Sólo nos da a entender que sabe lo que sucedió en el desierto, y no desea armar mucha alharaca por ello, pero lo sabe. Así que aquí termina todo, a menos que uno de nosotros cometa una gran estupidez.

Meb lo miró fríamente.

—Por lo que recuerdo, fuiste tú quien le apuntó a Nafai en el desierto, no yo. Así que no empecemos con acusaciones e insultos.

—Creo recordar un episodio más reciente —dijo Elemak.

—Del cual fuiste el único testigo. Ni siquiera el querido Nyef tenía la menor idea. Más aún, ni siquiera es cierto, tú inventaste todo, zopenco.

Elemak ignoró el insulto.

—Espero que yo nunca parezca tan estúpido como Padre, llorando frente a todos por causa de un sueño.

—Sí, todos son estúpidos menos Elemak —dijo Mebbekew—. Eres tan listo que te tiras pedos por los dedos.

Elemak no podía creer que Meb fuera tan infantil.

—¿Tienes doce años, Meb? ¿Todavía te causa gracia rimar pedos con dedos?

—Eso es lo más irónico, zopenco ignorante —dijo Meb con su voz más meliflua—. Eres tan listo que no captas la ironía. Con razón crees que todos los que te rodean son tontos… nunca entiendes lo que dicen, así que crees que no se hacen entender. Te contaré algo que en este campamento es un secreto a voces, Elya, mi hermano favorito. Sabrás cómo sobrevivir en el desierto, pero eso es lo único que sabes. Hasta Eiadh comenta con las demás mujeres que te corres tan pronto que no tiene tiempo de enterarse que has empezado. Ni siquiera sabes complacer a una mujer, y debo decirte, Elya, que todas son muy fáciles de complacer.

Elemak escuchó los agravios y las insinuaciones sin inmutarse. Conocía a Meb cuando estaba con ese ánimo. Cuando eran niños, Elemak lo zurraba cuando se ponía así, pero al fin comprendió que eso era precisamente lo que Mebbekew quería. Y no le importaba el dolor mientras Elemak estuviera colérico y arrebatado, sudoroso, con las manos magulladas de golpear los huesos de Mebbekew. Porque entonces Meb sabía que dominaba la situación.

Elemak, pues, no se dejó provocar. Se alejó de Meb y se unió a los que cenaban frente al fuego. Eiadh servía el guisado. No habían tenido tiempo de cocinar la liebre, así que la única carne era charqui, pero Rasa había llevado gran cantidad de especias, de modo que al menos la sopa de esa noche tendría algún sabor. Y Eiadh lucía tan encantadora llenando los cuencos que Elemak sintió deseo por ella. Sabía que Meb mentía —Eiadh no tenía quejas sobre su vida sexual— y pronto llevaría un hijo en el vientre, si ya no lo llevaba. Esa certeza era reconfortante para Elemak. Esto es lo que yo buscaba en esos viajes. Y si esto es lo que Padre quiso decir con su árbol de la vida —participar en la gran empresa del amor, el sexo, el nacimiento, la vida y la muerte— entonces Elemak sí había saboreado el fruto de ese árbol, y era delicioso, más que nada en la vida.

Si Padre pensaba que Elemak se avergonzaría de no haberse acercado al árbol en ese sueño, se sentiría defraudado, porque Elemak ya estaba ante el árbol y no necesitaba que Padre le indicara el camino.

Después de la cena, Nafai y Luet se dirigieron a la tienda del índice. Habrían ido antes de comer, tan ansiosos estaban, pero sabían que no quedaría comida para después. Tenían que comer cuando se servía la comida. Al caer la noche, entreabrieron la puerta y entraron, y descubrieron que Issib y Hushidh ya estaban allí, las manos unidas sobre el índice.

—Perdón —dijo Luet.

—Reuníos con nosotros —dijo Hushidh—. Estábamos pidiendo una explicación del sueño. Luet y Nafai rieron.

—¿A pesar de que el significado es transparente?

—Conque Padre también te contó eso —-dijo Issib—. Bien, supongo que tiene razón. Es una especie de lección moral general acerca de cuidar la familia, desdeñar la vida frívola y demás… como los libros que les dan a los niños para enseñarles a comportarse.

—Pero… —dijo Nafai.

—¿Pero por qué ahora? ¿Por qué nosotros? —dijo Issib—. Eso es lo que estamos preguntando.

—No olvides que él vio lo que vimos los demás —dijo Luet—. Lo que vio el general Moozh.

—¿A qué te refieres? —preguntó Issib.

—Issib no estaba allí —les recordó Hushidh—. Aún no le he contado… mi sueño.

—Vimos sueños —dijo Luet—. Y aunque todos nuestros sueños eran diferentes, todos tenían algo en común. Todos vimos esas criaturas velludas que volaban. Yo las consideré ángeles, aunque no son precisamente dulces. Y el Alma Suprema nos dijo que el general Moozh, padre mío y de Hushidh, también las vio. Y también nuestra madre, la mujer llamada Sed, que impidió que Hushidh se casara con el general Moozh. Y los que estaban en el suelo, también…

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