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Электронная книга - «Carolina se enamora». Краткое содержание книги:

Regresa el fenómeno, regresa Moccia. La esperada nueva novela del best-seller italiano, Carolina se enamora, desembarca en nuestro país con un sólo objetivo: volver a arrasar. Con A tres metros sobre el cielo, Tengo ganas de ti, Perdona si te llamo amor y Perdona pero quiero casarme contigo, Moccia ha superado ya la cifra de 1.000.000 ejemplares vendidos en nuestro país, seduciendo tanto a jóvenes como a no tan jóvenes con sus relatos de amor adolescente.
Carolina no sólo tendrá que lidiar con este primer desengaño, que la alejará poco a poco de su infancia, sino que deberá enfrentarse a las difíciles relaciones familiares en la novela más intergeneracional de Moccia. La adolescente, como muchas otras de su generación, aprenderá a comprender las preocupaciones de su madre o a entender a su violento, aunque en el fondo adorable, hermano. Gracias a su admirada abuela, Carolina paso a paso irá averiguando qué significa crecer, hacerse adulto.
Como sus obras anteriores, Carolina se enamora, narrada en primera persona, conecta con los adolescentes, enganchados al iPod y a sus móviles. Aunque también deviene un libro imprescindible para los padres que quieran conocer qué hacen y sienten sus hijos cuando salen por la puerta de casa. Sin duda, los libros de Moccia radiografían con humor, ritmo y cascadas de emociones la juventud mediterránea de principios del siglo XXI. Los adultos del mañana.
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– Se nota que lo he cambiado por un Aston, así corre más,

– Se nota, se nota,…

Tenemos que subir más la música para entender la letra. Gibbo entra en el Trastevere, enfila una callejuela que hay a mano derecha. San Pancrazio. Gira a toda velocidad varias curvas y en menos que canta un gallo llegamos al Gianicolo.

– ¿Ves a donde te he traído? -Sí, es precioso…

Ahora el Chatenet azul metalizado avanza lentamente por la plaza. El tubo de escape ruge sin armar tanto estruendo. Gibbo aparca en un espacio libre, no muy lejos de un muro con vistas a la ciudad.

– ¿Bajamos? -le digo.

– Claro.

Echamos a andar, llegamos junto al muro y me apoyo en él; está congelado.

– Mira, Caro… Mira los coches que corren ahí abajo. ¿Los ves, con los faros encendidos? Bonito, ¿no?

– Sí, quizá sean todos microcoches, ¡pero ninguno es tan bonito como el tuyo!

– Eres un cielo.

– Te lo digo en serio.

Después nos quedamos en silencio, contemplando la zona de la ciudad que queda a nuestros pies.

– Hace frío, ¿eh?

– Un poco.

Me rodeo el cuerpo con los brazos.

– Es que aquí hay un montón de árboles. -Gibbo sonríe-. Sí, ésta es una zona verde, al menos en un setenta por ciento. ¿Sabes que son las plantas las que producen este frío porque oxigenan el aire cada cuatro minutos al sesenta por ciento? Por eso, en los sitios donde hay plantas hace más frío.

– Ah, no lo sabía. -En realidad creo que ni siquiera sé un uno por ciento de lo que sabe él-. Pero sí sé lo que me gustaría tomar ahora, Gibbo.

– ¿Qué?

– ¡Un chocolate!

– Vamos a ver si hay algún sitio abierto por aquí.

– Vamos… ¡Me encantaría! ¿Sabes el que me pirra? El de Cióccolati, es chocolate negro fondant. -Miro el reloj-, Pero a esta hora seguro que ya está cerrado.

Gibbo sonríe y camina con cierta chulería.

– ¿Y si te lo preparase yo directamente en el coche?

– Anda ya, el de Ciòccolati…

– Sí, precisamente el de Ciòccolati.

¿Y cómo piensas hacerlo? No me digas que es un coche mágico.

– Ni más ni menos. ¿Qué me dices?

– ¡Venga, enséñamelo!

Me dirijo hacia el microcoche. Él me detiene.

– ¡No, no le tengo!

– ¿Ves? ¿Lo sabía?

– ¿Ah, sí? ¿Estás segura?

– Al ciento por ciento, casi como de esa historia de los árboles, que al final resulta que si hace frío es por culpa suya…

Gibbo se ríe.

– En ese caso, apostemos…

– Vale, lo que quieras.

Gibbo arquea las cejas. Me preocupo.

– ¡Eh, sin exagerar!

– Decides tú, entonces.

– No, tú.

Reflexiona por un instante.

– Bien, en ese caso, si te preparo en el coche un chocolate caliente…

– Negro fondant como el de Cióccolati…

– Negro fondant como el de Cióccolati, tú…

Se queda pensativo por unos segundos, me escruta.

– ¿Yo?

– Tú me das un beso.

Me callo,

– ¿Un beso… beso?

– Claro, ¿acaso el chocolate no es chocolate chocolate? Permanezco en silencio. ¿Quiere un beso? Sonrío mientras le pienso.

– Pero si acabas de asegurar que no tengo chocolate en el coche… ¿qué más te da? No puedes perder.

Lo está haciendo adrede. Es un farol. O tal vez no.

– Gibbo, dado que sabes hacer todos esos cálculos, ¿qué probabilidades tengo?

– Bueno, teniendo en cuenta que no debe ser un chocolate cualquiera, sino un chocolate fondant tipo Cióccolati…

– Ah, claro, ¡eso es fundamental!

– En ese caso, yo tengo un treinta por ciento de posibilidades de ganar, y tú un setenta.

Abre los brazos. Lo miro por un instante a los ojos. Lo observo con detenimiento. Quiero comprobar si está mintiendo. Tiene el semblante tranquilo de alguien que no oculta nada.

– Bien. Acepto.

Subimos al coche. Gibbo sonríe y pulsa un botón, tac. No me lo puedo creer. Debajo del salpicadero se abre un pequeño cajón con un cazo, agua, una plancha eléctrica, un cable conectado al encendedor y… una infinidad de sobres diferentes de Cióccolati: ¡con leche, avellanas y chocolate fodant! Y no sólo eso, porque también los tiene con distintos porcentajes de cacao: setenta y cinco, ochenta y cinco y noventa por ciento.

– ¡Esto no vale!

– ¡Sí, claro, nunca vale cuando gana el otro!

¡Pero tú lo sabías!

– Y tú podrías haber dicho que no…

Gibbo abre en seguida la botella de agua, la vierte en el cazo y lo pone encima de la plancha. A continuación conecta el cable con el enchufe al encendedor y arranca el motor.

– No puedes decir que te he obligado.

– Eso es cierto…

Gibbo coge los sobrecitos.

– ¿Setenta y cinco, ochenta y cinco o noventa?

– Ochenta y cinco.

Echa el chocolate en el cazo y lo mezcla con una cucharilla. ¡Si hasta tiene una cucharilla! El chocolate está listo en un abrir y cerrar de ojos.

– Pero me hiciste creer que no tenías.

– No, eso sí que no. Me preguntaste si tenía un coche mágico, y yo te contesté que no, que no lo tenía. -Sirve el chocolate en dos tazas-. Y es cierto, -Me pasa la mía-. Mi coche no es mágico, sólo está bien preparado.

Miro la taza.

– Nooo, no me lo puedo creer. ¡Si tiene escrito mi nombre!

– Sí.

Esboza una sonrisa y bebe su chocolate. Y yo me bebo el mío, está delicioso.

– Mmmm, qué rico. Te ha salido realmente bien.

Guardamos silencio por un momento. Gibbo pone otro CD con una música preciosa. Creo que es Giovanni Allevi, me parece que he oído esa canción en un anuncio. Intento beberme lo más lentamente posible el chocolate, pero ya no me queda casi en el fondo.

Gibbo se da cuenta, me coge la taza de las manos y la vuelve a poner en el cajoncito. Acto seguido me pasa un pañuelo.

– Ten.

– Gracias… ¿¡Pero es que las tazas llevan los nombres de todas las chicas que suben en este coche!?

– No, sólo hay una taza. -Se aproxima a mí-, Y lleva tu nombre.

– ¿Sí?

Se acerca más.

– Sí.

Se acerca más aún. Sonrío.

– Se ha hecho tarde, debería volver a casa.

– Pero antes tienes que pagar la apuesta.

Me vuelvo y miro por la ventanilla. Cambio de idea, me vuelvo de nuevo, lo miro y sacudo la cabeza.

– ¡No me lo puedo creer! Pero Gibbo… si es que somos amigos desde siempre.

– No. Desde hace ochocientos veinticuatro días, desde que nos conocimos, y me gustas desde hace ochocientos veintitrés días.

Llegados a este punto, ya no hay nada que hacer.

– Pero podrías habérmelo dicho, ¿no?…

No me deja acabar. Me besa. Me resisto por mi instante, pero luego me abandono… Al fin y al cabo, he perdido, es justo pagar las apuestas y, además… sabe a chocolate, ¡está rico!

Nos separamos al cabo de un rato.

– Ya está. Ya he pagado la apuesta… -Simulo estar un poco enfadada- ¿Podemos irnos?

– Faltaría más.

Gibbo arranca el motor, dobla una curva y se dirige hacia mi casa. Dios mío, ¿qué pasará ahora que nos hemos besado? ¿Cambiará nuestra relación? Ya no seremos amigos.

Lo miro por el rabillo del ojo y veo que sonríe.

– ¿Qué te pasa? ¿En qué piensas?

Se vuelve hacía mí. Ahora parece realmente divertido.

– ¡Imagínate cuando se entere Filo!

– ¿Por qué? ¿Acaso piensas decírselo?

– No, no -se disculpa-. ¡Pero quizá llegue a saberlo!

– ¿Y cómo? Si ninguno de los dos dice nada, no veo que haya muchas posibilidades… -Lo escruto-. Eh, ¿no será que también has apostado algo con él?

– Pero ¿qué dices?

– Que has apostado que esta noche me besarías. Mira que si es eso te conviene decirlo cuanto antes porque, como lo descubra, no volveré a hablarte en la vida.

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