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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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Entonces tuve al tercero de mis visitantes. Llegó al mediodía, lo cual es una hora extraña para un rom, la hora oscura, el momento más misterioso de la jornada.

Era el mediodía del Doble Día, ¿entienden?, de modo que era una hora doblemente extraña, cuando los dos soles de Mulano se hallan a su máxima altura a la vez y la luz de uno borra las sombras del otro. Un instante sin sombras, un momento muerto en el tiempo. Cuando llega ese momento paro todas las cosas que esté haciendo y cierro mis fosas nasales al aire, porque, ¿quién sabe qué espíritus viajan libremente en ese instante?

El día del tercer visitante el aire era curiosamente cálido —cálido para Mulano, quiero decir—, como si la primavera estuviera ya en camino. Había un débil brillo en la superficie del hielo, una especie de fusión de apenas unos milímetros de grosor, y los espectros indígenas se arracimaban sobre ella, siseando y crepitando con una peculiar excitación.

Había salido a dar un largo paseo aquella mañana del Doble Día, hasta el borde del glaciar y subiendo hasta la mitad de su lentamente deslizante ladera, tallando mi camino con un hacha para el hielo como algún cazador prehistórico. Había una cueva que me gustaba en la ladera del glaciar. Era honda y de techo bajo, con unas paredes vítreas que resplandecían con un fuego bermellón cuando la luz de ambos soles penetraba a través de su techo, y muy al fondo había una lengua espiralada de hielo que rampaba desde el suelo de la cueva como si fuese alguna especie de antiguo altar, aunque dudaba que fuera nada más que una formación accidental. Iba a menudo allí, apoyaba mis enguantadas manos sobre sus pulidas curvas, y cenaba los ojos, y sentía todas las estrellas en sus rumbos girar por mi cerebro.

En mi camino de vuelta de aquel lugar llegó el momento del mediodía, y me detuve inmóvil con todas mis aberturas cerradas. En aquel momento entre momentos una profunda e intensa voz dijo: —Sarishan, primo.

La sorpresa me llegó con la fuerza de una patada. Sentí la urgencia de echar a correr y huir instintivamente. Un súbito y espontáneo fluir de hormonas primordiales de miedo inundó mi sangre. Pero reaccioné casi con la misma rapidez para recuperar el control, deteniendo el fluir, ordenando a las células de mi sangre que devoraran aquel repentino torrente invasor antes de que pudiera alcanzar mi cerebro.

—¡Damiano! —exclamé —. ¡Primo!

Como si se hubiera materializado de un banco de nieve. Una figura larga y esbelta, con la tensa y contenida fuerza de un látigo enrollado. Todos los roms son mis primos, pero Damiano en realmente mi primo, el hijo del hijo del hermano menor de mi padre. Sus ojos son roms y su grueso y caído bigote es rom, pero ha vivido la mayor parte de su vida bajo el abrasador sol de Marajo el de las destellantes arenas, y como protección su piel ha adoptado gruesos pliegues apergaminados que hacen que no me parezca ni rom ni gaje sino algo que ni siquiera es humano.

Manteniéndose a una cierta distancia de mí, miró a su alrededor y agitó la cabeza.

—¡Vaya lugar, primo! ¡El muchacho dijo que era desolado, pero nunca imaginé algo así!

—Hay una gran belleza aquí, primo. Es un lugar maravilloso. Quédate una o dos semanas y lo verás.

—Acepto tu palabra. ¿Te molesto, primo?

—¿Molestar?

—Me das la impresión de que no te alegra verme.

Devlesa avilan —dije, la vieja fórmula de bienvenida —. Es Dios quien te trajo.

Devlesa oraklam tume —respondió Damiano —. Es con Dios que te encontré. El muchacho dijo que este lugar era todo hielo, pero no le creí. No me dijo ni la mitad. ¿No hay nada vivo aquí excepto tú?

—Hay ríos helados por los que nadan brillantes peces como si lo hicieran por el agua. Hay criaturas espectro de pura energía a todo nuestro alrededor mientras hablamos. Hay pequeños animales que corren por el hielo y se alimentan de plantas invisibles o unos de otros. Y en el otro lado de esa colina hay un gran bosque, primo, aunque creo que no reconocerás los árboles como tales árboles.

—¿Y eres feliz aquí?

—Nunca he sido tan feliz.

—Sólo soy Damiano, primo. No necesitas bailar alrededor de la verdad conmigo.

Mis ojos llamearon.

—¿Has recorrido cinco mil años luz para llamarme mentiroso?

—Yakoub, Yakoub…

—¿Dijo el muchacho que parecía feliz?

—Sí. Lo dijo.

—Y yo lo digo ahora. ¿Hay que pedir a los espectros que declaren como testigos también?

—Yakoub.

—Damiano…, primo… —Luego estábamos riendo, y luego finalmente nos abrazamos, y nos palmeamos mutuamente la espalda, y bailamos una pequeña danza de alegría en la brillante y delgada costra de hielo semifundido —. Ven —dije, y le conduje, medio corriendo, de vuelta por encima de las colinas y valles a mi burbuja de hielo.

Jadeó a la vista del bosque.

—¡Chorian no dijo nada de eso!

—Nunca lo vio. Cuando estuvo aquí yo vivía en otra parte.

—¿Ésos son tus árboles?

—Puedo mostrarte cómo crecen, debajo del hielo.

Se estremeció.

—En otra ocasión, quizá.

Abrí varias de las botellas que me había dejado Julien de Gramont, y le preparé una comida como espero que Damiano no se hubiera atrevido a esperar nunca de mí en Mulano; el vino fluyó libre, y él lo engulló a la manera de cualquier rom errante, un vaso entero de un simple trago. Creo que eso le hubiera dado a Julien un ataque de apoplejía, ver un vino de una cosecha tan rara descender de aquella manera por el gaznate de mi primo. Pero Julien estaba muy lejos, y no sentíamos la necesidad de honrar sus productos de la manera que merecían en su ausencia: imité a Damiano trago a trago, hasta que nos sentimos bien y relajados el uno con el otro y su piel extrañamente apergaminada brilló como un fuego de carbón.

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