Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
Tenía que funcionar a la perfección.
Pero diez años más tarde, se estaba investigando a Frank Rosenthal como el gángster de los casinos de la ciudad, como presunto cerebro de una operación de defraudación multimillonaria. Se le había denegado una licencia de juego y actuaba de presentador en un programa de debate involuntariamente jocoso de noventa minutos, al que él con toda modestia había bautizado como El Show de Frank Rosenthal. Se sospechaba que trabajaba compinchado con su amigo de la infancia, Anthony Spilotro, Tony El Renacuajo, de quien el FBI afirmaba que era el principal representante de la mafia de Chicago en la ciudad, un asesino a sueldo de quien se sospechaba que había cometido como mínimo una docena de homicidios. En el momento de la explosión del coche de El Zurdo, se acusaba a Spilotro, junto con otros ocho miembros de su banda, de extorsión, de préstamo con usura y de organizar una banda para el robo de una joyería de su propiedad en el Strip. Era asimismo el principal sospechoso del intento de asesinato de El Zurdo, como hombre con un motivo para ello: tenía un asunto amoroso con la esposa de Rosenthal El Zurdo. En realidad tal vez no fuera un asunto amoroso -casi nada de lo que ocurría en Las Vegas tenía relación con el amor-, pero sí era un asunto, un asunto documentado por los agentes del FBI a quienes se había asignado el seguimiento de Spilotro y que finalmente ya era de dominio público.
El hecho de haber llegado a aquel punto en unos cuantos años era algo que no sólo habría obsesionado a El Zurdo sino también a los capos de la mafia que lo habían colocado en la dirección de los casinos. En lugar de tranquilidad, El Zurdo les proporcionó el caos. En lugar de una senda segura hacia la nueva Las Vegas, El Zurdo y su colega Spilotro habían organizado tal alboroto, habían provocado tal investigación policial que los septuagenarios capos de la mafia de Chicago, Kansas y Milwaukee, lejos de jubilarse empollando los limpios huevos de los millones que habían despistado, tuvieron que enfrentarse con una condena a perpetuidad.
No tenía que haber acabado así. Tenía que haber sido tan agradable… Todo estaba en su sitio. Aquello era mejor que una apuesta igualada. Era una jugada que no se podía perder. Y sin embargo, ocho años más tarde, todo saltó por los aires en el aparcamiento de la avenida East Sahara.
Primera parte
1
«Mis colegas creyeron que yo era el mesías.»
Rosenthal El Zurdo no creía en la suerte. Creía en las probabilidades. En los números. En las posibilidades. En las matemáticas. En las fracciones de datos que había acumulado copiando estadísticas de equipos en ficheros. Consideraba que los partidos estaban decididos de antemano y que se podía comprar a los árbitros. Conocía a algunos jugadores de baloncesto que practicaban durante muchas horas al día el arte del lanzamiento al aro y a otros jugadores que apostaban por el intermedio entre las probabilidades existentes y conseguían un beneficio del diez por ciento del dinero apostado. Estaba seguro de que determinados atletas hacían el vago y otros el lesionado. Creía en las rachas de victoria o derrota; creía en la gama de puntos, en las apuestas sin límite y en los que dominaban hasta tal punto la mecánica de las cartas que podían repartir sin cortar el celofán de la baraja. En otras palabras, en lo referente al juego, El Zurdo creía en todo menos en la suerte. La suerte era el enemigo en potencia. La suerte era la tentadora, la que susurraba con aire seductor y le alejaba a uno de los datos. No tardó El Zurdo en aprender que si quería dominar la técnica y convertirse en un profesional, tenía que eliminar del proceso incluso la más remota posibilidad de casualidad.
Frank Rosenthal, El Zurdo, nació el 12 de junio de 1929, unos meses antes del crash de la Bolsa. Creció en el West Side de Chicago, un barrio pintoresco, mafioso, donde los locales de los corredores de apuestas, los polis y cargos municipales corruptos y la boca cerrada constituían un sistema de vida. En palabras de Rosenthaclass="underline"
Mi padre era un mayorista de verduras. De la rama administrativa. Se le daban bien los números. Listo. Próspero. Mi madre era ama de casa. Crecí leyendo las hojas de información sobre las carreras de caballos. Casi siempre las rompía. Sabía todo lo que se tenía que saber al respecto. Las leía en clase. Era un muchacho alto, delgaducho, tímido. Yo medía un metro ochenta cuando era más joven y era un muchacho reservado. Era bastante solitario y las carreras de caballos constituían un reto para mí.
Mi padre poseía unos cuantos caballos, por eso yo estaba todo el tiempo en las pistas con él. Vivía en las pistas. Era mozo de cuadra, el que pasea el caballo. Limpiaba la cuadra. Estaba allí a las cuatro y media de la mañana. Me convertí en una parte de la cuadra. Empecé a frecuentar el ambiente cuando tenía trece o catorce años y era hijo de un propietario. Nadie me molestaba.
En mi casa pusieron mala cara cuando empecé a meterme en las apuestas deportivas. Mi madre ya sabía que jugaba y no le gustaba, pero yo era muy duro de mollera. No escuchaba a nadie. Me gustaba consultar los marcadores, las clasificaciones anteriores, los jockeys, las posiciones en meta. Solía copiar todo el material en mis propias fichas en mi habitación, por la noche.
Un día falté a la escuela para ir a las pistas. Me llevé a dos compañeros. Chicos listos. Nos quedamos ocho carreras y yo acerté siete ganadores. Mis compañeros creyeron que yo era el mesías. Mi padre apartó la vista cuando me descubrió allí. No quería dirigirme la palabra. Le cabreaba que hubiera faltado a la escuela. No le dije nada cuando volví a casa. No hubo ninguna discusión. Tampoco dije nada sobre las ganancias. Al día siguiente falté a la escuela otra vez, volví a las pistas y lo perdí todo.
Pero donde realmente aprendí a apostar fue en las gradas de Wrigley Field y Comiskey Park. Allí había unos doscientos tipos en cada partido y apostaban por todo. Cada lanzamiento, cada swing. Todo tenía un precio. Había tíos gritándote números. Era colosal. Era un casino al aire libre. Acción constante.
Si tenías talento, algo de ego y conocías el juego, te sentías inducido a aceptar la apuesta. Habías metido dinero en el bolsillo y sentías que podías conquistar el mundo. Había un tipo llamado Stacy; tendría más de cincuenta años y llevaba el bolsillo lleno de billetes. Aceptaba apuestas de todo el mundo.
– Eh, chaval, ¿van a marcar en esta entrada o no?
En vez de dejado pasar, ponías tu amor propio en ello, aceptabas la apuesta y pagabas el montante. Stacy siempre hacía que tú fijaras el montante.
Pongamos por caso que Chicago gana por seis a dos en la octava y tú quieres apostar que marcarán de nuevo o que perderán en la novena. O bien que alcanzarán un doble juego al final de la entrada. Si quieres, con un hit de cuatro bases ganarán el partido. Un doble, un triple o un fly. Lo que sea. Stacy quería acción y ofrecía posibilidades. Había dado la vuelta a una de veinticinco a una. ¡Pum! Así, sin más. Un fly, veinte a uno. Un «eliminado», ocho a cinco. Si buscabas acción, tú hacías la apuesta y él establecía sus probabilidades.
Yo no lo supe al principio, pero cada una de las apuestas que aceptaba Stacy se basaba en unas probabilidades determinadas. Una eliminación por strikes al final del partido, por ejemplo… no recuerdo las probabilidades reales ahora, pero podía ser de ciento sesenta y seis a una, y no treinta a una… lo que Stacy estaba apostando.