MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos
- Автор: MOLINA MAURICIO ARANGUREN
- Язык: испанский
- Жанр: Биографии и мемуары
Электронная книга - «MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos». Краткое содержание книги:
Con s�lo diecis�is a�os Casta�o ejecuta a su primer guerrillero de civil, el hermano de uno de los que mataron a su padre. �Recuerdo, como si fuera hoy, lo que le grit�: No creas que me vas a matar a traici�n y amarrado, como a mi padre, hijoeputa� Ah� le met� tres tiros m�s en la cabeza�.
Como es habitual en la historia de este pa�s, m�s de uno aprovech� la creaci�n del grupo vengativo para que les hicieran el trabajo sucio; como en una ocasi�n me confes� Casta�o, ellos fueron los tontos �tiles del r�gimen. Y, por supuesto, nadie puede negar la connivencia de las Fuerzas Armadas en la gestaci�n y posterior desarrollo de las AUC.
�Muchas veces se nos acerc� un polic�a o un cabo para decirme: Carlitos, ve ese hombre en la esquina del cementerio, es un guerrillero; no hay ninguna prueba contra �l, ustedes ver�n qu� hacen� Se coordin� la acci�n� y al salir el subversivo, lo ejecutaron�.
En otros apartados queda demostrada esa colaboraci�n, nada sorprendente por otro lado, ya sea dej�ndole seguir tras ser reconocido en un ret�n, o mirando hacia otro lado cuando su banda armada realiza una incursi�n.
A�n as�, Fidel Casta�o sugiri� en su d�a una separaci�n de las AUC y las Fuerzas Armadas. �Hermano, esto no es por donde lo estamos haciendo, al lado del Ej�rcito no vamos a llegar a ninguna parte, m�s adelante nos van a matar, aqu� vamos a pelear a nuestra manera. Esto es guerra de tierra arrasada�. En la actualidad, debido al esfuerzo conjunto de Gobierno y c�pula militar, poco reconocido en el exterior, la divisi�n es mayor pero a�n no es total.
Sobre la creaci�n de las AUC, Casta�o indica que uno de los pilares fue el mayor Alejandro �lvarez Henao, del Batall�n Bombon�, de Puerto Berrio, quien �ten�a muy claro que hab�a que combatir a la guerrilla con sus mismos m�todos irregulares�. Tanto el citado militar como �Caruso�, pap� de otro uniformado, y Fidel Casta�o �fueron los padres de la Autodefensa paramilitar en Colombia. Al mayor �lvarez la instituci�n le importaba un carajo, y dec�a: �Muerte a la guerrilla��.
M�s tarde crecieron hasta llegar a constituir el ej�rcito federado actual de 13.000 hombres, incluido en la lista de organizaciones terroristas elaborada por el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Entre sus comandantes y patrulleros, Casta�o reconoce que hay menos idealistas de los que �l quisiera y que la guerra y el caos general del pa�s es un gran negocio para muchos de ellos, como lo fue para su hermano.
�A m� me pueden pintar como Satan�s ante el mundo, pero la pregunta que tarde o temprano tendr�n que poner en la balanza es: �Qu� genera lo que ha liderado Casta�o?, eso es lo importante. S�lo me consuela que yo no empec� esta guerra, y las Autodefensas somos hijas leg�timas de las guerrillas en Colombia�.
Casta�o desvela la participaci�n de civiles supuestamente respetables, que fueron en algunos momentos el cerebro gris de su organizaci�n armada, el dedo que se�alaba los objetivos a eliminar. Habla del Grupo de los 6 que habr�an ordenado el asesinato de Bernardo Jaramillo al que Casta�o asegura que se opuso, si bien gentes cercanas a su grupo lo ejecutaron.
En cuanto al extermino de la Uni�n Patri�tica, se atribuye cincuenta cr�menes de los centenares que se produjeron y el resto se los achaca a Rodr�guez Gacha, �el Mejicano�. Y justifica los suyos por tratarse de verdaderos guerrilleros. Si bien m�s de uno discutir� la cifra, como si no fuese suficientemente aterradora, su confesi�n podr�a colocarle ante una Corte Penal Internacional, el anhelo de muchas de sus v�ctimas y de los que rechazamos de plano todos sus cr�menes. Sin embargo, no creo que llegue nunca ese momento. Esas fuerzas oscuras de las que tanto se habla en este pa�s acabar�n antes con su vida, cuando sientan que no lo necesitan m�s.
Dentro de las AUC Casta�o admite que hay 300 ex militares y 600 ex guerrilleros, tanto del EPL como de las Farc y del ELN. La incorporaci�n de los antiguos rebeldes a las filas de sus verdugos es una de las razones que explican la falta de l�gica de una guerra que Casta�o reconoce que s�lo sobrevive por los ingresos del narcotr�fico y los intereses particulares de diversos colectivos.
En el cap�tulo dedicado a las conversaciones secretas entre Casta�o y sus representantes con el gobierno de Andr�s Pastrana, lo m�s revelador es la falta de visi�n que tiene la presente administraci�n sobre el proceso de paz, su desconocimiento absoluto del personaje tanto como de la realidad social del Sur de Bol�var. No creo que ning�n lector levante las cejas de asombro por la improvisaci�n que reflejan las negociaciones y tal vez por ello resultan tan cre�bles. Incluso la entrada en acci�n de paracaidistas como Abel Matutes, ex comisario europeo y ex ministro de Exteriores espa�ol, as� como del ex presidente Felipe Gonz�lez, ambos desconocedores del terreno que tendr�an que pisar, dan credibilidad a la versi�n presentada de los hechos.
El libro tambi�n hace revelaciones sorprendentes sobre los Pepes, la colaboraci�n de Casta�o con el DAS en la captura de Pablo Escobar y en la desactivaci�n de varios carros-bomba, La Terraza, la guerra en Urab�, la lucha urbana contra la guerrilla, la confrontaci�n armada con el ELN, el entrenamiento militar de Casta�o en Israel, la nueva estructura de las AUC, Salvatore Mancuso, su probable sucesor, su matrimonio con la hija de 18 a�os de un ganadero, sus asesores pol�ticos, su relaci�n con los carteles de la droga�
En resumen, es un libro que generar� pol�mica. Ser� debatida la conveniencia misma de su existencia, la imparcialidad del periodista, de la que yo no dudo en absoluto; la sinceridad del personaje asumiendo cr�menes terribles, algo que nadie antes hab�a hecho. Tambi�n se discutir� la necesidad de que aparezcan documentos period�sticos con verdades parciales sobre los que se pueda m�s adelante investigar y, por encima de todo, la veracidad de los hechos que en �l se relatan.
El texto, por otra parte, ayuda a predecir unos pr�ximos meses caracterizados por un recrudecimiento del conflicto armado que asolar� m�s, si cabe, al pa�s.
En todo caso, para construir alg�n futuro en Colombia habr� que conocer bien el pasado y las causas que han conducido a la tragedia actual. Pienso que esta �Confesi�n�, para bien o para mal, contribuyen de alguna manera a ese prop�sito. Al menos, servir�n para que los gobiernos ineptos no sigan dando palos de ciego en la lucha contra los grupos armados, y para que quienes defienden y apoyan a alguna de las dos trincheras, reflexionen sobre la espiral de destrucci�n y muerte que su frivolidad, irresponsabilidad y falta de escr�pulos ha causado.
De esta guerra sucia, injustificable, son responsables muchos m�s colombianos que los 25.000 combatientes ilegales que la libran. Carlos Casta�o puede ser Satan�s, pero con otro Estado y otros dirigentes, con una sociedad justa de s�lidos valores, sin una guerrilla que hace a�os dej� de ser revolucionaria, y sin una legi�n de verdugos a la sombra peores que �l, jam�s hubiera llegado a formar las AUC con la fuerza y el poder que tienen en la actualidad.
I. LA EXHUMACI�N
S�lo cinco personas hab�an visto el cad�ver y conservar en secreto su muerte era la mejor estrategia de guerra. Carlos Casta�o sab�a que el misterio convierte a los guerreros en mitos que se alimentan de la incredulidad de los hombres. As�, durante tiempos impredecibles, prolongan sus vidas despu�s de la muerte. Tal ser�a el destino de su hermano, cuando lo alcanz� un disparo de fusil, destroz�ndole el coraz�n, el seis de enero de 1994. Cuatro meses m�s tarde, Carlos Casta�o conduc�a su campero Hammer hacia �el parchecito�, un lugar en la orilla del r�o Sin�, predios de la finca �las Tangas�, donde estaba la tumba de su hermano del alma y de sangre, Fidel Casta�o. El secreto de su muerte continuaba oculto y a pesar de los rumores, para la tropa, el pa�s y sus enemigos, el hombre al que apodaban �Rambo� segu�a vivo, y nadie se atrev�a a asegurar lo contrario, as� no lo hubieran vuelto a ver.
Aquella noche en C�rdoba, el verano hab�a pasado y una lluvia b�blica arreciaba. El cauce sinuoso del r�o y la fuerza muda de su corriente, delataban sus deseos de llevarse el cad�ver, al anegar poco a poco el claro de tierra donde, sin cruz, yac�a sepultado.