Las Huellas Del Hombre Muerto
- Автор: Джеймс Питер
- Серия: Detective Comisario Roy Grace #4
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:
– Lo siento -dijo ella, e intentó cerrar la puerta de inmediato. Pero el hombre la atascó con el pie.
– Sólo quiero unas palabras rápidas para citarlas.
– Lo siento -respondió-. No tengo nada que decir.
– ¿No está agradecida al cuerpo de bomberos por rescatarla?
– No, yo no he dicho…
«Mierda.» Ahora el hombre escribía algo en su libreta.
– Mire, señorita… ¿Señora Jennings?
Abby no mordió el anzuelo.
El periodista prosiguió.
– Tengo entendido que acaba de pasar por una experiencia terrible… ¿Le parece bien que le envíe a un fotógrafo?
– No, no me parece bien -dijo-. Estoy muy cansada.
– ¿Mañana por la mañana tal vez? ¿A qué hora le iría bien?
– No, gracias. Y quite el pie, por favor.
– ¿Creyó que su vida corría peligro?
– Estoy muy cansada -contestó-. Gracias.
– Bien, entiendo, ha sido muy duro. Le diré qué haremos. Me pasaré mañana con un fotógrafo. ¿Sobre las diez de la mañana le parece bien? ¿No será demasiado pronto para un domingo?
– Lo siento, no quiero publicidad.
– Bien, bueno, la veré por la mañana entonces. -Quitó el pie.
– No, gracias -dijo Abby con firmeza, luego cerró la puerta y giró la llave con cuidado. Mierda, era lo último que necesitaba, maldita sea, su foto en el periódico.
Temblando, y con una vorágine de pensamientos arremolinándose en su mente, sacó los cigarrillos de su bolso y encendió uno. Entonces, entró en la cocina.
Un hombre que estaba sentado en la parte trasera de una vieja furgoneta blanca, aparcada en la calle de abajo, también se encendió un cigarrillo. Luego abrió una lata de cerveza Foster's, procurando no salpicar el caro equipo electrónico que tenía al lado, y bebió un sorbo. Gracias a la lente insertada en el minúsculo agujero que había perforado en el techo de la furgoneta, normalmente gozaba de una vista perfecta de su piso, aunque en estos momentos quedaba parcialmente tapado por un coche de bomberos que bloqueaba la calle. Aun así, pensó, aliviaba la monotonía de su larga vigilia.
Y vio con satisfacción, por la sombra que se movía detrás de la ventana, que ella estaba en casa.
«Hogar dulce hogar», pensó para sí, y sonrió con ironía. Casi le pareció gracioso.
32
11 de septiembre de 2001
Lorraine, que todavía llevaba solamente la parte de abajo del bikini y la pulsera de oro en el tobillo, estaba sentada en un taburete en la cocina, mirando el pequeño televisor montado sobre la encimera, esperando a que hirviera el agua. Delante de ella, en el cenicero, había media docena de colillas. Acababa de encenderse otro cigarrillo y estaba dando una calada honda cuando se acercó el teléfono a la oreja para hablar con Sue Klinger, su mejor amiga.
Sue y su marido, Stephen, vivían en una casa que Lorraine siempre había codiciado, una mansión impresionante en Tongdean Avenue considerada por muchos como una de las residencias más elegantes de Brighton y Hove, con vistas a toda la ciudad que se extendían hasta el mar. Los Klinger también tenían un chalet en Portugal y cuatro hijos preciosos. A diferencia de Ronnie, Stephen era un rey Midas. Ronnie le había prometido a Lorraine que si Sue y Stephen vendían la casa alguna vez, encontraría la forma de reunir el dinero para comprarla. «Sí, seguro. Ni en sueños, cariño.»
Repitieron las imágenes de los dos aviones chocando contra las torres otra vez, y luego una vez más, y otra y otra. Era como si quien produjera o dirigiera el programa tampoco pudiera creer lo que había pasado y tuviera que repetirlas para asegurarse de que era real. O tal vez alguien en estado de shock pensara que si reproducía las imágenes las veces suficientes, al final los aviones errarían el blanco y seguirían volando tranquilamente, y sólo sería un martes por la mañana normal en Manhattan, como si no hubiera ocurrido nada. Lorraine observó la repentina bola de fuego naranja, las densas nubes negras, y cada vez se sentía más y más mareada.
Ahora volvieron a mostrar las torres derrumbándose. Primero la sur, luego la norte.
El agua comenzó a hervir, pero Lorraine no se movió, no quería apartar los ojos de la pantalla por si se le escapaba una imagen de Ronnie. Alfie se restregó contra su pierna, pero ella no le hizo caso. Sue estaba diciéndole algo, pero no la oyó porque miraba el televisor con intensidad, estudiando cada cara.
– ¿Lorraine? ¿Hola? ¿Sigues ahí?
– Sí.
– Ronnie es un superviviente. Estará bien.
El hervidor de agua se apagó con un clic. «Un superviviente.» Su hermana también había utilizado esa palabra.
Un superviviente.
«Mierda, Ronnie, será mejor que sea así.»
Un pitido le dijo que tenía una llamada en espera. Apenas capaz de contenerse, gritó emocionada:
– ¡Sue, podría ser él! ¡Ahora te llamo!
«Oh, Dios mío, Ronnie, por favor, tienes que estar al teléfono. Por favor. ¡Por favor, que seas tú!»
Pero era su hermana.
– Lori, acabo de oír que han cancelado todos los vuelos de Estados Unidos. -Mo era azafata de vuelos transoceánicos de British Airways.
– ¿Qué…? ¿Qué significa eso?
– Que no dejan despegar ni aterrizar ningún vuelo. Yo tenía que volar a Washington mañana. Se ha cancelado todo.
Lorraine sintió una nueva oleada de pánico.
– ¿Hasta cuándo?
– No lo sé… Hasta próximo aviso.
– ¿Significa que Ronnie podría no volver mañana?
– Me temo que sí. Sabré más cosas dentro de un rato, pero han mandado regresar a todos los aviones que están volando hacia Estados Unidos, lo que significa que no aterrizarán donde debían. Será un caos.
– Genial -dijo Lorraine desanimada-. Es genial, joder. ¿Cuándo crees que podría volver?
– No lo sé… Te lo diré en cuanto sepa algo.
Lorraine oyó que un niño gritaba y que Mo decía:
– Un minuto, tesoro. Mamá está hablando por teléfono.
Lorraine apagó el cigarrillo. Entonces se bajó del taburete de un salto y, mirando todavía el televisor, sacó una bolsita de té y una taza y vertió el agua. Aún sin apartar la vista de la pantalla, retrocedió unos pasos, se dio un golpe en la cadera con la esquina de la mesa de la cocina y se hizo daño.
– ¡Mierda! ¡Joder!
Bajó la mirada un momento. Vio la marca roja nueva entre los moratones irregulares, algunos negros y recientes, otros amarillos y casi invisibles. Ronnie era listo, siempre le pegaba en el cuerpo, nunca en la cara. Siempre le hacía morados que ella podía ocultar fácilmente.
Siempre se echaba a llorar y le suplicaba que lo perdonara después de uno de sus ataques de furia, cada vez más frecuentes, provocados por el alcohol.
Y ella siempre lo perdonaba.
Lo perdonaba por lo inepta que se sentía ella. Sabía cuánto quería lo único que Lorraine no había sido capaz de darle, de momento: el niño que tanto deseaba.
Y porque le aterraba perderle.
Y porque le quería.
33
Octubre de 2007
No había sido el mejor fin de semana de su vida, pensó para sí mismo Roy Grace a las ocho de la mañana del lunes, mientras se sentaba en la sala de espera minúscula y abarrotada del dentista, hojeando las páginas de la revista Sussex Life. De hecho, no tenía en absoluto la sensación de que la semana anterior hubiera terminado.
La autopsia del doctor Frazer Theobald se había hecho interminable y acabó por fin sobre las nueve de la noche del sábado. Y el domingo Cleo, que durante la autopsia estaba normal, parecía molesta con él, algo atípico en su carácter.
Los dos sabían que no era culpa de nadie que sus planes para el fin de semana se hubieran estropeado, pero por alguna razón Grace sentía que Cleo le responsabilizaba a él, igual que Sandy solía culparle cuando llegaba a casa tarde o tenía que cancelar algún plan en el último minuto porque surgía una emergencia. Como si fuera culpa suya que un tipo que hacía footing hubiera descubierto un cadáver en un desagüe el viernes por la tarde a última hora en lugar de en un momento más oportuno.