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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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Al oír esto, la vieja me miró por primera vez. No dijo nada, pero hizo un gesto con la cabeza para indicarme que me escuchaba.

– Por favor, señora -dije yo-, ¿está con usted una muchacha llamada Satsu?

– No, aquí no hay ninguna Satsu -respondió.

Estaba demasiado asustada para saber cómo responder; pero, en cualquier caso, de pronto, la vieja se puso alerta, porque un hombre avanzaba hacia la entrada. Se levantó a medias del asiento, le hizo varias reverencias con las manos en las rodillas y le dijo: «¡Sea bienvenido!». Cuando el hombre entró, volvió a aposentarse en el taburete y a descalzarse.

– ¿Pero todavía estás ahí? -me dijo la vieja-. Ya te he dicho que no tenemos ninguna Satsu.

– Claro que sí que tenéis una -dijo la joven al otro lado del callejón-. Tu Yukiyo. Recuerdo que antes se llamaba Satsu.

– Puede ser -contestó la vieja-. Pero no tenemos ninguna Satsu para esta chica. No quiero buscarme problemas por nada.

No entendí lo que quería decir con aquello, hasta que la más joven dijo entre dientes que yo no tenía pinta de tener más de un sen. Y tenía razón. Por entonces, un sen -que valía una centésima parte de un yen- era todavía una moneda de uso corriente, aunque con un solo sen no te podías comprar absolutamente nada. Desde que había llegado a Kioto no había tenido en la mano ni un sen ni ninguna otra moneda. Cuando hacía recados, los cargaba a la cuenta de la okiya Nitta.

– Si lo que quiere es dinero -dije-, Satsu se lo pagará.

– ¿Y por qué iba a pagar para hablar con alguien como tú?

– Soy su hermana pequeña.

– ¡Mírala! -le dijo a la mujer al otro lado de la calle-. ¿Te parece hermana de Yukiyo? Si nuestra Yukiyo fuera tan bonita como ésta, nuestra casa sería la más concurrida de la ciudad. Eres una mentirosa, eso es lo que eres -y tras esto me dio un puntapié y me echó al callejón.

Admito que estaba asustada. Pero estaba más decidida que asustada; ya había llegado muy lejos, y no iba a volver atrás sencillamente porque esa mujer no me creyera. Así que me volví y tras hacerle una reverencia le dije:

– Siento parecerle una mentirosa, señora. Pero no lo soy. Yukiyo es mi hermana. Si tuviera la amabilidad de decirle que Chiyo está aquí, ella le pagará lo que le pida.

Debió de ser la respuesta adecuada, porque por fin se volvió hacia la joven al otro lado de la calle.

– Sube tú en mi lugar. No estás muy ocupada esta noche. Además me duele el cuello. Yo me quedó aquí y vigilo a la chica.

La joven se levantó del taburete, cruzó el callejón y entró en el Tatsuyo. La oí subir las escaleras interiores. Por fin bajó y dijo:

– Yukiyo tiene un cliente ahora. He dejado dicho que la avisen cuando termine.

La vieja me dijo que me pusiera al otro lado de la puerta, pues estaba más oscuro y así no me verían. Esperé allí acuclillada. No sé cuánto tiempo pasó, pero empecé a preocuparme de que alguien en la okiya se diera cuenta de que no estaba. Tenía una excusa para salir, aunque Mamita se enfadaría igualmente conmigo; pero no tenía excusa alguna para no volver enseguida. Finalmente salió un hombre, curándose los dientes con un palillo. La vieja se levantó del asiento y le dio las gracias con una reverencia. Y entonces oí el sonido más agradable desde mi llegada a Kioto.

– ¿Me buscaba, señora?

Era la voz de Satsu.

Me puse en pie de un salto y me abalancé hacia ella. Estaba muy pálida, casi grisácea -aunque tal vez esto era sólo debido a que llevaba un kimono con unos amarillos y unos rojos muy chillones. Y también llevaba los labios pintados con un color muy brillante, del tipo que usaba Mamita. Estaba terminando de atarse la banda en el frente, como las mujeres que había visto antes de llegar. Sentí tal alivio al verla y tal excitación que tuve que contenerme para no lanzarme inmediatamente a sus brazos; y Satsu también dejó escapar un grito, que ahogó inmediatamente tapándose la boca con la mano.

– Si se entera, el ama se enfadará conmigo -dijo la vieja.

– Vuelvo enseguida -le dijo Satsu, y desapareció dentro del Tatsuyo. Un momento después estaba de vuelta y depositó unas monedas en la mano de la mujer, que le dijo que me llevara al cuarto vacío de la planta baja.

– Y si me oyes toser es que viene el ama -añadió-. Ahora date prisa.

Seguí a Satsu hasta el siniestro vestíbulo del Tatsuyo. Estaba iluminado por una luz marrón, más que amarilla, y olía a sudor. Debajo de la caja de la escalera había una puerta corrediza que se había salido del carril. Satsu la abrió de un tirón y la cerró, no sin dificultad, detrás de nosotras. Nos encontramos en un pequeña habitación con tatami y sola ventana cubierta con un estor de papel. La luz de fuera era suficiente para ver la forma de Satsu, pero no sus rasgos.

– ¡Ay, Chiyo! -dijo, y entonces alzó la mano para rascarse la cara. O al menos, eso creí yo, pues apenas se veía nada. Me llevó un rato darme cuenta de que estaba llorando. Tras lo cual no pude ya contener mis lágrimas.

– ¡Lo siento, Satsu! -le dije-. Ha sido todo por mi culpa.

Nos fuimos acercando a trompicones en la oscuridad hasta que nos abrazamos. Recuerdo que sólo podía pensar en que Satsu se había quedado en los huesos. Ella me acarició el pelo de una manera que me recordó a mi madre, con lo que los ojos se me inundaron de lágrimas y casi tenía la sensación de estar bajo el agua…

– No hables, Chiyo-chan -me susurró. Tenía la cara pegada a la mía y al hablar despedía un aliento con un fuerte olor acre-. Me darán una paliza si el ama se entera de que has estado aquí. ¿Por qué has tardado tanto?

– ¡Oh, Satsu! Ya sé que viniste a la okiya…

– Hace meses.

– La mujer con la que hablaste es una bruja. Tardó todo lo que pudo en darme el recado.

– Tengo que huir, Chiyo. No puedo quedarme aquí más tiempo.

– Me iré contigo.

– Tengo un horario de trenes escondido arriba, debajo del tatami. Siempre que puedo robo dinero. Tengo lo bastante para sobornar a Kishino. Cada vez que se escapa una chica la azotan. No me dejará ir, a no ser que le pague primero.

– ¿Y quién es ésa?

– La vieja que está en la puerta. Se va a ir. No sé a quién pondrán en su puesto. ¡No puedo más! Este lugar es horroroso. No caigas nunca en un sitio así, Chiyo. Ahora es mejor que te vayas. El ama estará al llegar de un momento a otro.

– ¡Pero, espera! ¿Cuándo huimos?

– Espérame en ese rincón sin hacer un solo ruido. Tengo que subir.

Hice lo que me dijo. Mientras estuvo fuera, oí a la vieja de la puerta saludar a un hombre y luego los pasos de éste subiendo la escalera, por encima de mí. No tardó en bajar alguien con paso apresurado, y se abrió la puerta. Sentí pánico por un momento, pero sólo era Satsu, muy pálida.

– El martes. Huiremos el martes, de madrugada. Dentro de cinco días. Ahora tengo que subir, Chiyo. Me aguarda un cliente.

– ¡Pero espera, Satsu! ¿Dónde nos encontraremos? ¿A qué hora?

– No sé… a la una. Pero no sé dónde.

Le sugerí que nos reuniéramos junto al Teatro Minamiza, pero Satsu dijo que allí nos encontrarían enseguida. Acordamos vernos justo al otro lado del río.

– Ahora tengo que irme -dijo.

– Pero… Satsu… ¿Y si no consigo salir? ¿Y si no nos encontramos?

– Estate allí, Chiyo. Sólo tengo una oportunidad. He esperado todo lo que he podido. Tienes que irte antes de que vuelva el ama. Si te pilla aquí, no podré escapar nunca.

Había tantas cosas que quería decirle, pero me condujo al vestíbulo y tiró de la puerta hasta cerrarla. La hubiera mirado mientras subía las escaleras, pero en ese momento la vieja de la entrada me tomó del brazo y me echó a la oscuridad de la calle.

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