Un amor secreto
- Автор: Гордон Люси
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un amor secreto». Краткое содержание книги:
Cuando Franco se casó con su prima, Joanne se apartó discretamente y mantuvo su amor por él en secreto. Pero Franco en ese momento le pedía que se quedara, aunque sólo fuera por el bienestar de Nico. Sin embargo, necesitaba creer que el deseo que sentía por ella no se debía a que se pareciera a su prima, sino porque la quería por sí misma…
– Es verdad -dijo Joanne, entrando en la sala-. Rosemary heredó su debilidad de su madre. Pero ella y yo estábamos emparentadas por nuestros padres, que eran hermanos. No tengo nada que ver con la rama de su madre. Y soy fuerte.
– Lo bastante fuerte como para ponerte los zapatos de una mujer muerta, para lo que no tienes ningún derecho -se mofó Sofía.
– Eso debe decidirlo Franco.
– Exhibes mucha seguridad. Puede que no te mostraras tan segura si lo hubieras visto cuando ella murió. Por dentro él también quedó muerto. Me dijo que todo había acabado para él. Juró que nunca más volvería a amar, que no tenía derecho a amar otra vez. Sigue sin tenerlo. Y él sabe por qué -se volvió hacia Franco-. ¿Cómo puedes olvidar tan pronto a tu esposa, cuando fuiste tú quien la mató?
– Yo no la maté -repuso con la cara pálida.
– Como si lo hubieras hecho. Eras tú quien quería más hijos, eras tú a quien ella trataba de complacer.
– Pongo a Dios por testigo -juró con aspereza- de que si hubiera sabido que tenía el corazón débil jamás habría pedido otro hijo. Ella lo era todo para mí. ¿De haberlo sabido habría puesto en peligro su vida?
– ¿Y por qué no lo sabías? ¿Por qué ella ocultó la verdad? Porque sabía que tú no querías oírla -aguardó su respuesta, pero Franco la miró con ojos que habían visto el infierno. Joanne contuvo un sollozo. Anheló ayudarlo, pero ni siquiera su amor era capaz de conquistar sus demonios por él-. Dio su vida para satisfacerte -continuó Sofía con voz triunfal-. ¿Cómo puedes hacer que su sacrificio no valga nada? Si hubieras muerto tú, ¿ella habría vuelto a amar en un año? ¿En diez? ¿Alguna vez? Sabes que no.
– ¡Por el amor de Dios! -susurró Franco-. ¿Qué intentas hacer?
– Que veas la verdad de tus actos, antes de que sea demasiado tarde.
– No -dijo él con voz más firme-. Quieres crear problemas entre nosotros, igual que lo intentaste durante mi matrimonio. Entiéndeme, mamá, no lo permitiré. No sé por qué crees que debes destrozarlo todo, pero no te dejaré hacerlo.
– ¿Crees que puedes ahogar la verdad de esa manera? -Sofía lo miró con pena.
– Quiero que te marches, madre -pidió con voz inamovible.
– Muy bien, hijo. Me iré de inmediato -repuso con una leve sonrisa, sin dejar de mirarlo.
Joanne quedó sorprendida por esa fácil capitulación, pero sólo durante un instante. Había vislumbrado el triunfo en la actitud de la anciana, y eso le reveló lo peor.
Sofía se marchaba porque ya no tenía más necesidad de quedarse.
Cuando Franco regresó de acompañar a su madre al aeropuerto, fue a buscar a Joanne, a quien encontró en su habitación. Lo que vio hizo que se detuviera en el umbral.
– ¿Qué diablos estás haciendo? -demandó, mirando las maletas abiertas.
– Me preparo para irme.
– Sí, claro -repuso tras un momento-. Debes volver a la casa de los Antonini para acabar tu obra antes de casarnos.
– No, me marcho para siempre -lo miró con el rostro desolado-. No podemos casarnos, Franco. Ahora no, ni tampoco durante largo tiempo. Quizá nunca.
– ¡Tonterías! -exclamó con vehemencia-. Por supuesto que vamos a casarnos. Pensé que tenías más cordura para no creer lo que dijo mi madre.
– Eres tú quien lo cree. Ella logró lo que pretendía. Te sientes culpable, tal como lo desea Sofía.
Él titubeó unos momentos, y cuando habló lo hizo con voz forzada.
– Eso es absurdo. Me oíste decirle que perdía el tiempo tratando de estropear nuestra relación.
– Sí, te oí decírselo. Y tienes razón. No puede estropear lo nuestro, porque yo siempre te amaré, y creo que tú siempre me amarás. Pero no podemos casarnos, porque sin importar lo que digas, sin importar lo que intentes creer, tu mente está atribulada por Rosemary. Lo he visto, en esos momentos en que tú pensabas que no me daba cuenta. Éramos felices, y de repente tú recordabas que su felicidad se había terminado para siempre. Entonces te decías que era por tu culpa, y te preguntabas qué derecho tenías a ser feliz.
– ¿Por qué hablas así? -la miró con desesperación-. ¿Por qué no me ayudas a combatirlo?
– Porque no estoy segura de que se pueda combatir. Tú no tienes la culpa de la muerte de Rosemary, pero el resto es verdad. Compartisteis un amor extraordinario. Os sentíais como dos mitades de una persona, lo que significa que si ella está muerta, tú también deberías estarlo. Pero no es así. Has regresado a la vida y te encuentras preparado para seguir adelante, salvo por esa parte de ti que no cree que tengas derecho a hacerlo. Sofía explotó eso. Pero el verdadero problema radica aquí -se llevó una mano al pecho.
Él giró, apoyó el brazo en la ventana y bajó la frente. Joanne se sintió desgarrada por el deseo de ayudarlo. Sería tan fácil ceder y casarse con él de inmediato. Pero jamás disfrutarían de un momento de paz.
– Es sólo un estado de ánimo -repuso él al fin-. Tarde o temprano aparecería, pero pasará. ¿Dudas de que te amo?
– No, sé que me amas. En cierto sentido, puede que ése sea el problema…
– Sí -corroboró, captando en el acto lo que pretendía decir Joanne-. Si te amara menos, tendría menos causa para sentirme culpable. Pero como mi amor por ti es tan total, tan abrumador, parece una traición -tuvo un escalofrío-. Es verdad que yo la maté -afirmó con agonía.
– No, no lo es.
– Murió intentando complacerme. No sabía que su salud era tan precaria, pero tendría que haberlo sabido. Muchas veces le pregunté cuándo íbamos a tener otro hijo.
– Y ella guardó su secreto. Ésa fue su decisión.
– Porque sólo pensaba en mí, en mis deseos. Quizá si no la hubiera presionado, habría podido decirme que era imposible. ¿Por qué consideró que no podía hacerlo? ¿En qué le fallé? La amaba tanto, pero le fallé. Y por ello está muerta. Tienes razón. Muchas veces me he preguntado cómo podía dejar atrás su sacrificio y encontrar una nueva vida. He yacido contigo a mi lado, escuchando tu respiración, y te he besado mientras dormías, anhelando que se me mostrara el camino, porque separarme de ti me partiría el corazón -pareció sacudirse de los brazos de un sueño desdichado-. Pero pasará -añadió con presteza.
– No lo creo. Creo que la amaste demasiado para que pase. Pero, mi amor, hay algo más. No es que tú sólo te sientas culpable, yo también. Te contaré una cosa que he guardado en secreto hasta ahora. Me enamoré de ti hace años, pero tú amabas a Rosemary y te casaste con ella. Cuando murió aún te amaba, pero entonces no fui capaz de venir. ¿No comprendes por qué?
– Creo que sí… -repuso, despacio.
– Me habría parecido mal venir corriendo aquí para intentar tomar lo que era de ella. Así pensaba en ti… como de ella. En cierto sentido, aún lo hago. Todos estos años he envidiado a Rosemary porque te tenía, y cuando yo pude tener… bueno, no pude. E incluso ahora… -suspiró-… me parece un robo. Sé que es una locura…
– Entonces ambos estamos locos -musitó él.
– Quizá cuando alguien recibe un don tan preciado, se trata de algo que sólo puede tener lugar una vez, y no debe pedirse más… -calló porque sintió que la voz se le ahogaba.
– ¿Y qué me dices de Nico? -demandó él de pronto-. ¿Cómo vamos a explicarle que te va a perder? Te dije que no me casaba por él, y era cierto. Pero ahora te pediré que te cases conmigo por el bien de Nico. Olvida todo lo que hemos hablado hoy y piensa en él.
– No sirve, mi amor -repuso, desesperada-. El problema seguiría presente, y terminaríamos por separarnos. Nico lo vería, y sufriría más que si me fuera ahora -no pudo soportar el dolor en el rostro de Franco; abrió los brazos y él se arrojó a ellos ciegamente. Durante unos momentos se quedaron abrazados, en silencio y quietos.
– No puedo dejar que te vayas -dijo él al fin-. No me pidas eso.
– Puede que no sea para siempre. Algún día…