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Электронная книга - «Un amor secreto». Краткое содержание книги:

Cuando Joanne conoció a Nico, el hijo de tres años de su difunta prima, el corazón se le derritió. También le dio un vuelco al volver a ver al padre del pequeño; la atracción entre Franco y ella seguía siendo tan fuerte como siempre.
Cuando Franco se casó con su prima, Joanne se apartó discretamente y mantuvo su amor por él en secreto. Pero Franco en ese momento le pedía que se quedara, aunque sólo fuera por el bienestar de Nico. Sin embargo, necesitaba creer que el deseo que sentía por ella no se debía a que se pareciera a su prima, sino porque la quería por sí misma…
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– Al principio, te miré y la vi a ella -indicó él al rato-, y hubo un momento doloroso en que volví a enfrentarme otra vez a la verdad. Ya no. Ahora te veo a ti. Tu voz es distinta, y dices cosas que ella jamás habría dicho. Y me alegro de estar aquí contigo.

Sus palabras hicieron que a Joanne el sol le pareciera más brillante. Pero no lo demostró.

– A eso me refería al decir que podía ser tu puente. Y ahora vayamos a divertirnos.

Regresaron a la casa para ducharse y vestirse. Ella se puso un vestido azul de algodón y se cepilló el pelo, dejando que cayera sobre sus hombros. Franco lucía unos vaqueros y una camisa blanca. Volvía a parecer joven, con un aspecto menos severo, y diez veces más atractivo.

Al llegar la hora de la cena avanzaron unos metros por la playa y se vieron devorados por la familia. Franco la presentó a todo el mundo, pero Joanne no tardó en perder el hilo de los maridos, esposas e hijos.

Pero entonces descubrió un inconveniente. Ese lado del lago pertenecía a la región del Véneto, y Joanne, cuyos oídos empezaban a acostumbrarse al piamontés, se encontró entre gente que no lo empleaba. La madre lingua, como se conocía el italiano, era útil para ver la televisión y tratar con los funcionarios, pero en casa la gente civilizada hablaba en veneciano.

Al principio tuvo la certeza de que no iba a encajar, pero con esas personas alegres no era una opción ser un adorno. Entre dos idiomas, un dialecto y muchas risas, todos encontraron un modo de comunicarse.

La cena consistía de sopa de mejillones seguida de filetes al brandy y Marsala. Luego se servirían naranjas al caramelo y asiago, un queso de la región.

En el exterior se habían juntado dos mesas para conformar una grande, con el fin de que todo el mundo se pudiera ver las caras. Papá Terrini trajo botellas de un suministro en apariencia inagotable de Raboso y Soave, le dio una palmada a Franco en el hombro, besó la mano de Joanne y gritó: «¡Comed! ¡Comed!».

Italia era un país de abundancia, y eso nunca se demostraba mejor que al recibir a invitados. Los Terrini eran pobres, pero comían y bebían con ganas, reían y amaban con vigor y no pensaban en el mañana. Joanne, que dedicaba mucho tiempo a preocuparse por el mañana, descubrió que sus tribulaciones se desvanecían en un caos de color, vino y placer.

Y lo mejor era que Franco parecía verse afectado de la misma manera. Desde el otro lado de la mesa alzó su copa hacia ella. Joanne le devolvió el gesto, vació su copa y de inmediato Tonio, Plinio, Marco o quien fuera se la volvió a llenar.

Regresaron a casa a la luz de la luna, con Nico entre ellos, demasiado cansado para hablar. Después de acostarlo, ella bostezó.

– No estoy acostumbrada a una existencia tan agitada -murmuró-. Apenas soy capaz de mantener los ojos abiertos.

– Fue un viaje largo. Y el vino bastante potente.

– Y abundante -añadió ella con una risita-. He bebido más de lo que debía.

– Se te ve un poco acalorada -acordó Franco con una sonrisa-. Cuanto antes te acuestes, mejor -la escoltó hasta su habitación y le abrió la puerta-. Si lo deseas, mañana duerme hasta tarde. Buenas noches, Joanne.

Tenía intención de aprovechar el ofrecimiento, pero el aire del lago era estimulante y despertó temprano, sintiéndose descansada y lista para disfrutar. Durante el desayuno los otros se mostraron deseosos de realizar un recorrido en el bote que uno de los hermanos de Gina les había ofrecido. Joanne declinó de inmediato.

– No me siento bien en las embarcaciones. Me mareo pronto. Id vosotros dos.

– Tú debes venir -Nico protestó.

– No si de verdad te vas a sentir mal -intervino Franco-. Pero no podemos irnos y dejarte.

– Tonterías. Me divertiré explorando. Hay algunas ruinas cerca de aquí. Alguien me habló de ellas anoche…

– Pero no recuerdas quién -se burló Franco.

– No, aunque sí recuerdo lo de las ruinas. Me llevaré el cuaderno de dibujo y lo pasaré muy bien.

Resistió todos los intentos de convencerla. Consideraba que padre e hijo debían pasar algún tiempo juntos sin ella, aparte de que se mareaba de verdad en un bote. Cuando Franco comprendió que hablaba en serio, le dio las llaves del coche, le deseó que se divirtiera y siguió a Nico a la playa.

Disfrutó recorriendo las pintorescas ruinas y haciendo un boceto tras otro; regresó a la villa a última hora de la tarde.

Se detuvo en el poblado para comprar crema protectora para el sol y miró algunas tiendas. De pronto la ropa fina que había adquirido para el viaje le pareció una pérdida de dinero. Quería algo colorido y loco; cuanto más loco mejor. Encontró una tienda donde compró una falda de colores vivos y un pañuelo a juego. Luego, en un impulso, eligió un biquini. Era más bien decoroso, pero comprarlo le pareció un acto de liberación.

Al salir distraída de la tienda tropezó con alguien que entraba.

– Lo siento -dijo una voz juvenil-. Estaba a punto de llamar tu atención.

– ¡Leo!

Capítulo Nueve

– ¡Leo! -repitió-. ¿Qué haces aquí?

– No pareces muy encantada de verme -repuso él con tristeza-. Sobresaltada, sí. Pero no encantada. Deja que te invite a un café -fueron a sentarse a la terraza de Luigi's-. Iba a llamar a tu puerta. Qué suerte encontrarte sin la mirada asesina de Franco.

– ¿Qué haces aquí, Leo? -preguntó otra vez. Empezaba a mostrarse suspicaz.

– ¿Qué crees que estoy haciendo?

– Creo que has venido para alguna maldad.

– Bueno… -sonrió-, reconozco que eso me gusta. Vamos, ¿no estás un poco contenta de ver a un hombre que te adora?

Las palabras hicieron que se enfrentara al hecho de que no le gustaba nada. Se sentía más bien irritada con él por amenazar con estropear esos días mágicos.

– Claro que sí -insistió él-. Quizá no muy contenta, ya que te aferras como una tonta a Franco. Pero sí un poco -su actitud era bromista pero confiada, como un niño que supiera que podía librarse de todo.

– Ni siquiera un poco -informó.

– Podrías ser deprimente para un hombre que no tuviera mucha seguridad en sí mismo -se quejó.

– ¿Qué sabes tú sobre la falta de seguridad? -inquirió ella con una sonrisa renuente.

– Pongámoslo de esta manera. Si dijeras que no te gustaba nada, no te creería. Porque aún recuerdo el beso que me diste aquella noche en casa de los Antonini. Si Franco no hubiera aparecido… ¿quién sabe?

– Me gustabas un poco -expresó-. Me recordabas mucho a alguien, aunque no se me ocurría a quién. Desde entonces lo he descubierto.

– ¡Aja! ¡Eso está mejor! ¿A quién te recordaba? ¿A Mel Gibson? ¿A Warren Beatty?

– A Franco, tal como era hace unos años.

Por una vez Leo se quedó atónito. Abrió y cerró la boca, y soltó el aire.

– Bueno, supongo que ha vuelto a hacerlo -indicó.

– ¿Hacer qué?

– Hace años me frenó en el palio. Y ahora se repite la misma historia. No puedo ganarle.

– Depende de lo que intentes ganar. En realidad a mí no me quieres. Sólo estás jugando.

– ¿Y tú no quieres jugar conmigo?

– No.

– Entonces, ¿no me acompañarás esta noche a cenar?

– No, pero te invitaré a cenar a casa con Franco, Nico y yo.

– Gracias -hizo una mueca-, pero declino una invitación tan encantadora. Apenas dispongo de tiempo para volver a casa. No hay nada que me retenga aquí, ¿verdad?

– No -contestó con firmeza-. No lo hay. Adiós, Leo.

De regreso a casa debatió si contarle a Franco la visita de Leo, pero decidió en contra. Puede que pensara algo equivocado.

Los dos ya habían llegado. Era evidente que había sido un día agotador, ya que no tuvieron mucho que decir sobre lo que habían hecho. Franco parecía un poco distraído, y rechazó la invitación de Gina de ir a cenar con ellos.

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