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Электронная книга - «Un amor secreto». Краткое содержание книги:

Cuando Joanne conoció a Nico, el hijo de tres años de su difunta prima, el corazón se le derritió. También le dio un vuelco al volver a ver al padre del pequeño; la atracción entre Franco y ella seguía siendo tan fuerte como siempre.
Cuando Franco se casó con su prima, Joanne se apartó discretamente y mantuvo su amor por él en secreto. Pero Franco en ese momento le pedía que se quedara, aunque sólo fuera por el bienestar de Nico. Sin embargo, necesitaba creer que el deseo que sentía por ella no se debía a que se pareciera a su prima, sino porque la quería por sí misma…
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Joanne depositó al pequeño en la cama y comenzó a quitarle la camisa y los vaqueros. Él la ayudó un poco moviéndose en su sueño, y cuando lo cubrió con el edredón aún no había abierto los ojos.

Pero una parte de su mente aún seguía con ella, ya que se aferró a su mano. Joanne se sentó en la cama y esperó. Cuando la respiración regular le indicó que dormía, se soltó con gentileza. Se agachó, le besó la frente y salió de la habitación.

Gina se encontraba en la cocina después de seguirla. Joanne le sonrió y salió de la casa. Necesitaba un paseo bajo la fresca brisa.

En la playa se quitó los zapatos y paseó hasta el borde del agua, dejando que la paz del lago la invadiera. En la atmósfera flotaba el dulce sonido de un acordeón.

– ¿Se ha quedado dormido?

Sobresaltada, giró y vio a Franco sentado en un bote invertido en la playa. No había notado su presencia.

– ¿Nico? Sí, ni siquiera despertó cuando lo desvestí.

– Confía en ti. Me alegro -sus ojos la invitaron y ella fue a sentarse a su lado en el bote, reclinándose un poco para observar las estrellas-. Ten cuidado, no te eches demasiado atrás -le sostuvo los hombros con el brazo.

Joanne no se movió y disfrutó de la sensación de su cercanía. En ese momento no pensaba en la pasión, sólo en la dulzura de estar juntos en silencio.

Franco quitó con gentileza el brazo y juntó las manos con la vista clavada en el agua. Al rato habló sin mirarla.

– ¿Qué me dices de Leo, Joanne?

– Ya lo sabes. Pasaba por aquí.

– Esa historia es apropiada para Nico, no para mí. Condujo hasta aquí con un objetivo claro. ¿Intercambiasteis las palabras de los amantes? Sé que no tengo derecho a preguntártelo. Pero, de todos modos, lo hago -su voz y su actitud no revelaron nada, pero ella percibió su tensión y se preguntó si el corazón le latía con tanta fuerza como el suyo-. No me respondes -añadió él al fin-. Tal vez esa sea mi respuesta. ¿Te marcharás pronto con él?

– Desde luego que no. ¡Como si pudiera abandonar a Nico de esa manera!

– ¿Y a mí, Joanne? -preguntó en voz baja.

– No, tampoco te abandonaría a ti.

– ¿Le dijiste a Leo que se fuera y que volviera más tarde?

– No, le dije que se fuera.

– ¿Sólo eso? -se volvió para mirarla.

– Sólo eso. Nunca hubo nada -sonrió-. Aún sigue furioso contigo por provocar que cayera en el palio.

– Lo sé. Siempre lo estará. Somos cordiales en nuestro trato, pero no para de buscar formas de molestarme. Y en esta ocasión lo ha conseguido -le tomó la mano-. Me importa. Puede que no tenga derecho, pero me importa.

– No hay nada de qué preocuparse, Franco. De verdad.

No respondió directamente, sino que se quedó sentado contemplando la mano de ella en la suya.

– He empezado a recordar cosas de ti de hace ocho años. El modo en que cuidaste de Ruffo para mí aquella vez que tuve que marcharme y tú te quedaste con él toda la noche. Le salvaste la vida.

– Tú lo salvaste al rescatarlo de aquellos brutos.

– Ese sólo fue el comienzo. Tú le diste amor. Vi cómo te recibió después de todos estos años. Te recuerda. Igual que yo te recuerdo.

Guardó silencio. Joanne tuvo la impresión de que se hallaba sumido a medias en un sueño. ¿Cuánto de lo que decía era recuerdo y cuánto proyección desde el presente? Sea cual fuere la respuesta, era muy dulce estar sentada allí sosteniendo su mano.

– ¿Qué recuerdas, Franco?

– ¿De ti? Muchas cosas. La forma en que siempre tenías prisa, tu vitalidad, tu deseo de hacerlo todo en el acto. Eras tan joven y abierta. En ti parecían anidar todas las posibilidades del mundo. Pero a veces captaba una expresión extraña en tu cara, como si tuvieras un secreto que te entristeciera. ¿Por qué?

– No lo recuerdo -repuso-. Todo parecía tan importante a esa edad.

– ¿Y luego creciste y las mismas cosas ya no son importantes?

– Bueno… algunas lo son. Otras incluso lo son más.

Él enarcó una ceja con curiosidad, pero ella se cerró. Se había acercado a la verdad lo más que se atrevía, pero ya no pensaba avanzar más.

– Solíamos poder hablar como amigos, ¿no? -inquirió Franco.

– Casi todas nuestras conversaciones se reducían a la promesa que me pedías de no contarle a tu madre algo que habías hecho -rió.

– Es verdad -también él sonrió.

– Pero si ahora necesitas una amiga, aquí estoy para ti.

– ¿Y es lo único que serás para mí Joanne?

– No lo sé -musitó-. El tiempo lo dirá.

– Qué sabia eres. Al principio me mostraba renuente a traerte aquí, donde fui tan feliz con ella. Pensé que no sería justo para ti, y me daban miedo los recuerdos. Pero ahora los recuerdos son todos amables. Esta noche me siento en paz por primera vez en un año, como si el mundo volviera a ser un lugar bueno, un lugar donde puedo encontrar un hogar. Y eso es gracias a ti.

Sin soltarle la mano, se levantó y la condujo de vuelta a la casa. Se despidieron de Gina, y mientras él echaba los cerrojos, Joanne se deslizó arriba para comprobar el sueño de Nico. Dormía en la misma postura que lo dejó. Franco se acercó por detrás y los dos se quedaron mirando un rato antes de retroceder en silencio.

– Joanne -susurró ante la puerta de ella-. Joanne…

La besó con gentileza, sujetándole la cara con una mano mientras exploraba su boca con movimientos lentos y tentativos. Cuando sintió que se apoyaba en él dejó caer el brazo y la pegó a su cuerpo.

No se pareció en nada a la última vez, cuando Franco la besó con fiera urgencia. En ese momento ella pudo sentir su incertidumbre, como si cada paso fuera un campo de minas. Ambos estaban inseguros, sin saber qué les aguardaba delante, pero queriendo hallar el camino hacia el otro.

– ¿Estoy loco? -murmuró Franco contra su boca.

– Si lo estás, entonces yo también.

– Llevo todo el día deseando besarte… y ayer… cuando te vi con Leo podría…

– Shh, ya te lo he explicado.

– Te lo advertí, soy un hombre celoso. Y ahora dime que no tengo derecho a estar celoso. Dime que lo que haces no es asunto mío… si puedes.

Resultaba difícil buscar palabras mientras su boca abría un surco ardiente a lo largo de su mandíbula. Sus palabras la tentaron, pero su boca la tentó aún más. Respiró agitadamente.

– No tienes necesidad de estar celoso -musitó con dificultad.

– Tengo celos de todos los hombres que te miran. No me faltaron ganas de juntar con fuerza las cabezas de esos muchachos.

– Si son sólo niños -le recordó sus propias palabras.

– Te miraban con ojos de hombres, y quise apartarte de su vista. Ahora lo único que me importa eres tú, y la sensación tan grata que es tenerte en mis brazos. Dime que tú sientes lo mismo.

Le respondió, pero no con palabras, sino con la boca y el movimiento de sus manos. Se encontraba donde quería estar, y no había nada más salvo ese hombre y el amor que sentía por él. Sin palabras ni discusiones, sólo la maravillosa sensación de su proximidad, que la anhelaba con todo su ser. Y la gloriosa certeza de que podía darle lo que él necesitaba.

En silencio abrió la puerta y de la mano lo condujo al interior de la habitación. El cuarto se hallaba a oscuras, salvo por la luz de la luna que penetraba por el ventanal. Fuera el lago estaba en calma, centelleante, como una escena sacada de un mundo hermoso y nuevo. Ése era todo el mundo que Joanne anhelaría alguna vez.

Franco la aprisionó con los dos brazos al tiempo que apoyaba la mejilla en su cabello.

– ¿Estás segura? -susurró.

– Estoy muy segura. Shh, no hagas preguntas.

Le enmarcó el rostro entre las manos y la observó con intensidad. La besó, no en la boca, sino en la frente, luego en los ojos, casi sin tocarla. Al fin depositó los labios en los suyos y la besó como si reclamara su posesión. Ella se entregó sin ninguna reserva. Si la deseaba, era suya para que la reclamara.

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