Un amor secreto
- Автор: Гордон Люси
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un amor secreto». Краткое содержание книги:
Cuando Franco se casó con su prima, Joanne se apartó discretamente y mantuvo su amor por él en secreto. Pero Franco en ese momento le pedía que se quedara, aunque sólo fuera por el bienestar de Nico. Sin embargo, necesitaba creer que el deseo que sentía por ella no se debía a que se pareciera a su prima, sino porque la quería por sí misma…
– Gracias, pero esta noche no -esbozó una sonrisa fugaz-. Cenaremos fuera.
Encontraron una pequeña trattoria y pidieron pasta y sopa de pescado. Joanne estaba desconcertada. Sobre ellos parecía haber caído un extraño silencio. Todos se alegraron cuando la velada terminó.
La noche anterior había dormido como un tronco. Esa noche se sintió inquieta y no paró de moverse hasta las dos de la mañana. Al final se levantó y se puso una bata con la intención de bajar.
Pero en el pasillo oyó su nombre y se detuvo. El sonido procedía del cuarto de Nico. Por la puerta abierta Joanne pudo ver a Franco sentado en la cama, escuchando a su hijo.
– Pero ¿por qué la tía Joanne no nos contó que quería ver al tío Leo, papá? ¿Por qué fingió que no le gustaban los botes?
– Quizá pensó que no nos gustaría que lo viera.
– ¿A la tía Joanne le gusta más el tío Leo que tú?
– Tal vez. Nosotros le gustamos de forma diferente. Sabes que no somos sus dueños.
– Pero ¿no vas a casarte con la tía Joanne?
Había estado a punto de empujar la puerta, decirles que los había oído y aclarar el malentendido. Pero ante esa pregunta se quedó quieta. El silencio pareció prolongarse una eternidad hasta que Franco habló.
– No lo sé.
– ¿No sería estupendo si lo hicieras? -comentó Nico con añoranza.
– Sí, lo sería -coincidió él en lo que Joanne consideró una voz extraña.
– ¿No puedes hacer que el tío Leo se vaya?
– ¿Y si no se va?
– Lo hará si le dices que a la tía Joanne tú le gustas más.
Silencio.
– Ya ha sido suficiente por esta noche, hijo -dijo él con tono atribulado.
Joanne retrocedió. Había oído demasiado y demasiado poco. Suficiente para saber que Franco estaba al tanto de su encuentro con Leo y que pensaba que ella lo había arreglado. Suficiente para saber que le importaba. Pero no lo bastante como para saber por qué o qué sentía realmente por ella. Quiso reír y llorar.
Franco arropó a su hijo, le dio un beso y se dirigió hacia la puerta. Se quedó allí largo rato contemplando al niño dormido. Al salir al pasillo se detuvo y se preguntó si había oído un ruido. Pero el corredor estaba vacío y la casa silenciosa.
– A propósito -comentó de forma casual a la mañana siguiente durante el desayuno-, ayer me encontré con Leo en el poblado; tomamos un café.
– ¿Y por qué tuvo que venir? -preguntó Nico con tono rebelde-. No lo queremos.
– Nico, no seas descortés -amonestó Franco. Pero habló sin énfasis, como si en secreto estuviera de acuerdo con su hijo.
– Bueno, pues ya se ha marchado, así que no volveremos a verlo -indicó Joanne con alegría-. Sólo venía de paso.
– ¿Seguro que no volverá? -demandó Nico.
– Si lo hace, le diré que no lo queremos -prometió ella.
Nico pareció más feliz y Joanne se sintió aliviada. Lo peor habría sido que el pequeño pensara que los había engañado para ver a Leo en secreto. Franco le sonrió, como si también él se hubiera librado de un peso.
– ¿Podemos ir a la playa? -inquirió Nico.
– Podemos hacer lo que te apetezca -señaló su padre con cariño-. A la playa pues.
En su habitación Joanne no se decidía por el traje de baño o el biquini. Al final respiró hondo y se puso el biquini, cubriéndose con la falda de colores vivos.
Los dos la esperaban impacientes al pie de las escaleras.
– Nico dice que si no te das prisa el agua se habrá ido -comentó Franco. Salieron de buen humor.
En el acto los vio la familia Terrini, que se unió a ellos con algarabía. Nico se fue a jugar con los otros niños, mientras dos de los jóvenes Terrini, adolescentes, se sentaron a admirar a Joanne.
El día anterior la habían tratado con distante respeto, como correspondía a la esposa de un hombre mayor que ellos. Pero era evidente que habían descubierto que Franco y ella no estaban casados, aparte de que Gina les habría contado que tenían habitaciones separadas. Se sintieron libres para arrojarse a sus pies.
Al quitarse la falda para ir a nadar silbaron con admiración y se pelearon para ver quién se mantenía más cerca de ella en el agua. Luego, mientras todos disfrutaban de un refrigerio, los jóvenes se desvivieron por anticipar cualquiera de sus deseos. Pero la situación se volvió un poco caótica cuando anunciaron su intención de salir en el bote con ella.
– Imposible -Joanne trató de descartar el asunto con una sonrisa-. Me pongo nerviosa en los botes.
– Pero te mantendremos a salvo -protestaron ellos-.Vendrás con nosotros.
Durante unos minutos hubo un tira y afloja, hasta que por último la agarraron de las manos y comenzaron a empujarla por la arena hasta el borde del agua.
– ¡No! -gritó, algo alarmada.
– Está bien. Cuidaremos de ti.
– ¡Basta! -la voz de Franco fue como el restallar de un látigo-. Soltadla.
Los jóvenes se lo quedaron mirando, asombrados por la transformación de alegre compañero a hombre con una encendida ira en los ojos. Para recalcar su orden rodeó la cintura de Joanne y la apoyó con firmeza contra él, soltando un comentario seco en veneciano. Ella no entendió el significado, pero los chicos la soltaron y se apartaron con expresión avergonzada.
– ¿Te encuentras bien? -preguntó Franco sin soltarla.
– Sí… estoy bien -esperó no sonar tan jadeante como se sentía. El biquini ya no parecía tan decoroso al notar la piel de él.
– Sólo son niños. No pretendían asustarte, pero no saben cuándo poner fin a una broma.
– Sí, desde luego.
– ¿Estás segura de que te encuentras bien? -le tocó levemente la cara-. Aún pareces inquieta.
No estaba inquieta, sino agitada por su proximidad. ¿Cómo podía sostenerla de esa manera, medio desnuda, delante de todo el mundo y mantenerse tan tranquilo?
Entonces vio palpitar la vena de su cuello y comprendió que no se sentía nada tranquilo. Sin previo aviso apretó más el brazo en torno a su cintura y le plantó un beso. Fue algo breve, y de inmediato él se apartó riendo un poco nervioso.
– Ya no volverán a molestarte -musitó-. He dejado bien clara la situación.
– ¿Y está clara para ti? -susurró ella.
– No, en absoluto -respiró entrecortadamente-. Se torna más confusa por momentos.
La soltó y se volvió con rapidez. Joanne sintió que se le ruborizaba todo el cuerpo mientras el clan de los Terrini miraba e intercambiaba unos gestos de asentimiento y sonrisas de comprensión.
Después de aquello no tuvo ninguna posibilidad de disfrutar de un momento de privacidad. Las madres de los jóvenes se acercaron para disculparse por la conducta de sus hijos. Para que se sintieran mejor las acompañó a la casa a tomar un café y a charlar; todos rieron ante las dificultades idiomáticas y lo pasaron bien. Pero Joanne sabía que pensaban en la escena de la playa y la miraban con curiosidad.
Después de la cena se sintió aliviada al poder dejar de ser el centro, salvo durante un incómodo momento en que los jóvenes se disculparon, con los ojos nerviosos posados en Franco. Les dijo que lo olvidaran y ellos salieron alegres.
Al ver el cansancio de Nico, Joanne se despidió de todos. Franco la observó con mirada tierna mientras llevaba a su hijo en brazos. Al rato se dio cuenta de que Papá Terrini le hablaba.
– Perdón -se disculpó en el acto.
– Preguntaba si querías un poco más de vino.
– No… sí… gracias.
– ¿Es un sí o un no? -preguntó Papá con paciencia.
– Hmm… un no, supongo.
– Amigo mío, estás en mala forma.
– Sí, creo que sí -musitó Franco. Se obligó a sonar alegre-. Quiero decir, sí, gracias, tomaré otro vaso.