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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— Lo sé. —Richard tendió las riendas a la hermana Verna y rápidamente hizo las presentaciones—. Mis amigos te lo explicarán todo. Rachel, ¿te encuentras bien? —preguntó a la niña, hincando una rodilla en el suelo frente a ella. La niña llevaba al cuello una cadena de la que pendía la piedra de Lágrimas de oscuro color ámbar, tal como la recordaba—. ¿Cómo te sientes?

Rachel alzó la mirada hacia él.

— Estaba en un lugar muy bonito, Richard.

— Éste también es bonito. Ahora todo irá bien. Rachel, ¿te dio Zedd esta piedra?

La niña asintió.

— Me dijo que te la guardara hasta que vinieras a buscarla.

— Por eso he venido. ¿Me la darás, Rachel?

La niña sonrió y se quitó la cadena por la cabeza. Richard la abrió y sacó la piedra de Lágrimas. Al sostenerla en una mano percibió su calor así como la presencia de Zedd.

La cadena era demasiado pequeña para él. Así pues, se la devolvió a Rachel, diciéndole que a ella le quedaba mucho mejor, y luego ensartó la piedra en la cinta de cuero que llevaba al cuello, junto al agiel y el colmillo del dragón. Por el rabillo del ojo distinguió a lo lejos un punto en el cielo que iba creciendo.

— Richard —dijo Warren—, después de presenciar lo ocurrido con las torres, no dudo ya de que puedas hacer lo que dices, pero no tienes tiempo para llegar adonde debes ir. Y, si no lo consigues, mañana el mundo se acabará. ¿Qué piensas hacer?

— ¿Adónde vamos, esposo mío? —inquirió Du Chaillu.

— Tú no vas a ninguna parte. Tú te quedarás aquí, con tu gente —repuso Richard.

— ¿Esposo? —Lentamente una ceñuda expresión se fue apoderando de la faz del guardián.

— No soy su esposo. No es más que una estúpida idea que se le ha metido en la cabeza. —Richard observó la figura escarlata que crecía en el cielo—. Mira, no tengo tiempo para explicártelo. La hermana Verna y Warren te lo contarán todo.

La hermana Verna dio un paso hacia él, recelosa.

— ¿Qué piensas hacer? Warren tiene razón, ya es demasiado tarde.

En la distancia, el dragón extendió sus alas rojas al tiempo que se lanzaba en picado. Richard desató la mochila de la silla de Bonnie y se la puso a la espalda. A continuación se despidió de la yegua dándole un abrazo y se colgó del hombro la aljaba y luego el arco. Por el rabillo del ojo percibió el vertiginoso descenso del dragón.

— Tendré tiempo. Ahora debo irme, Hermana.

— ¿Cómo que irte? ¿Cómo?

En el último segundo el dragón salió del picado. Con su largo cuello estirado y las alas completamente extendidas, se lanzó hacia ellos a increíble velocidad y pasó casi rozando el suelo.

— Mi única oportunidad para llegar a tiempo es ir volando.

— ¡Volando! —exclamaron al unísono Warren y la Hermana.

Escarlata remontó el vuelo lanzando un rugido. Entonces los demás la vieron. El dragón batió sus inmensas alas para frenarse.

La súbita racha de viento hizo ondear todas las ropas y aplastó la hierba. Warren, la hermana Verna y Du Chaillu retrocedieron, sorprendidos. Escarlata se posó en el suelo.

— Richard —dijo la hermana Verna, sacudiendo lentamente la cabeza—, tienes unas mascotas realmente extrañas.

— Los dragones rojos no son la mascota de nadie, Hermana. Escarlata es una buena amiga.

Richard se acercó al leviatán rojo, cuyas escamas brillaban a la luz del sol. La dragona lo saludó con una pequeña nube de humo gris.

— ¡Richard, qué alegría volver a verte! Puesto que me has llamado con tanta urgencia, usando mi colmillo, supongo que te has metido en un lío, para variar.

— Sí, en un buen lío. —Richard le palmeó una reluciente escama bermeja—. Te he echado mucho de menos, Escarlata.

— Bueno, ya he comido, así que supongo que podría darte un paseo por el cielo para abrir el apetito. Y luego te comeré.

Richard se echó a reír.

— ¿Dónde tienes a tu pequeño?

— Cazando. —La dragona movió las orejas—. George ya no es ninguna cría. Te echa de menos y le encantaría volver a verte.

— Y a mí también, pero tengo una prisa terrible. Apenas me queda tiempo.

— ¡Richard! —Du Chaillu corrió hacia él—. Yo también debo ir. ¡Mi deber es acompañar a mi esposo!

Richard se inclinó hacia la oreja de Escarlata. La dragona bajó la cabeza y clavó en él su mirada amarilla.

— Suelta una pequeña llamarada, Escarlata —susurró—. Sólo para asustarla. No le hagas daño.

Du Chaillu saltó hacia atrás chillando cuando una llamarada achicharró la hierba a sus pies.

— Du Chaillu, los baka ban mana ya han recuperado su tierra. Debes permanecer con ellos. Tú eres su guía espiritual y te necesitan. Quiero pedirte otra cosa. Guarda las torres que se alzan en vuestra tierra. Ignoro si pueden causar algún mal, pero como Caharin ordeno que nadie entre en ellas. Vigiladlas y no dejéis que nadie entre.

»Vivid en paz con todos aquellos dispuestos a vivir en paz con vosotros, pero continuad practicando con las armas para ser capaces de defenderos.

Du Chaillu se irguió en toda sus estatura. Las delgadas bandas de tela sujetas a su vestido de plegarias volaron en la brisa, así como su espesa melena negra.

— Eres sabio, Caharin. Me encargaré de que tus órdenes se cumplan hasta que regreses junto a tu esposa y tu gente.

— Richard —dijo la hermana Verna con cara muy seria—. ¿Sabes dónde está Kahlan?

— En Aydindril. Seguro que ha ido allí; la profecía sucede ante su gente. Tiene que estar en Aydindril.

— Es el momento de elegir, Richard. ¿Adónde irás?

Richard y la Hermana se sostuvieron la mirada.

— A D’Hara —dijo al fin.

Tras evaluarlo en silencio un momento, Verna lo abrazó cálidamente y le besó en una mejilla.

— ¿Y luego?

Richard se pasó los dedos por el abundante pelo.

— Impediré lo que va a ocurrir en D’Hara, aún no sé cómo, y luego iré a Aydindril antes de que sea demasiado tarde. Cuídate, amiga mía.

— Lo haré. Warren y yo nos ocuparemos de la gente que ha sido liberada de los hechizos. Se sentirá perdida. He sido Hermana de la Luz durante casi doscientos años. Mi único deseo ha sido siempre ayudar a quienes lo necesitaban. Pero tú no lo necesitabas. Nada justifica tu rapto, ni el de los otros chicos. Quiero intentar arreglarlo.

Warren abrazó a Richard con firmeza.

— Gracias, Richard. Gracias por todo. Espero que volvamos a vernos.

— Trata de evitar las aventuras —le aconsejó Richard, guiñándole un ojo.

— Yo voy contigo —declaró Chase.

— No. No, vete a casa, Chase. Lleva a Rachel con su nueva madre y sus hermanos. Emma debe de estar muerta de preocupación; hace mucho tiempo que te fuiste. Regresa a casa con tu esposa y tu familia. Yo volveré pronto al hogar.

»Tenemos que hacer algo con esas seis Hermanas —añadió, hablando a Verna—. Se dirigen a la Tierra Occidental. La gente de allí no podrá protegerse de su magia. Las Hermanas serán como zorros en un gallinero.

— Creo que tardarán bastante en llegar. Tienes tiempo de sobras, Richard.

— Bien. Kahlan querrá casarse en la aldea de la gente barro. Luego volveré para que me aconsejéis sobre el mejor modo de enfrentarme a esas seis Hermanas. Habla con Nathan y con Ann. Juntos decidiremos qué hacer.

— Ten cuidado —dijo Warren. El joven lo miraba estoicamente, con las manos metidas en las mangas de la túnica—. Y no me refiero sólo a ti. No olvides lo que Nathan y yo te hemos dicho. No olvides que el destino de todos depende de lo que hagas con la piedra de Lágrimas. Me temo que aún no te ha llegado el momento de elegir.

— Lo haré lo mejor que sepa.

Escarlata se agachó para que Richard pudiera montarse sobre sus hombros. El joven se agarró a las espinas de punta negra y se subió. Luego le palmeó una roja escama.

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