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Nadie Es Inocente

Электронная книга - «Nadie Es Inocente». Краткое содержание книги:

Un sacerdote, que en su juventud estuvo relacionado con la organizaci?n terrorista ETA, desaparece en compa??a de una hermosa mujer tras apoderarse de una importante suma de dinero de su congregaci?n. Para evitar el esc?ndalo se encargar? del caso otro religioso que antes de ordenarse hab?a sido polic?a. El pasado de ambos, reflejo del pasado y presente de una Euskadi que se debate entre la violencia y las ansias de paz, condiciona de tal manera la investigaci?n, que finalmente se convierte en un juego muy peligroso, donde lo importante no es la recuperaci?n del dinero, sino el ajuste de cuentas entre los dos contrincantes. Un ajuste de cuentas que parece personal, pero que en realidad contiene la clave de la violencia que ha sufrido el propio Pa?s Vasco.
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– Si juegas bien tus bazas no te faltarán de ahora en adelante mujeres, chaval -me dijo dándome un codazo que casi me desplaza del asiento.

Poco antes de las dos del mediodía aparcamos el coche y entramos en una taberna que hubiera podido ganar el concurso del local más sucio de España. Nada más vernos entrar -en realidad, nada más ver entrar a mi compañero- el tabernero desalojó a un desocupado de una de las mesas que había en el establecimiento y nos rogó que nos sentáramos. Con la palma de la mano tiró al suelo todos los desperdicios, colillas y restos de comida que habían anidado en la mesa y puso un trozo de tela al que pomposamente llamó mantel, que desde el día de su estreno no había sufrido el roce no ya del detergente sino ni siquiera del agua. Curiosamente, mi compañero estaba allí a sus anchas, ejerciendo un dominio absoluto sobre la concurrencia.

– Manolo -dijo hablando confianzudamente al tabernero-, te presento a mi nuevo compañero, el inspector Vázquez. Espero que le trates como a mí por lo menos.

– Descuide, don Julián, ya sabe usted que aquí somos de ley. Encantado, señor inspector -añadió saludándome-, ya sabe que en Casa Manolo tiene usted un amigo.

– Es su primer día de trabajo así que tiene mucha hambre -cortó Julián por lo sano-, ¿qué tenemos hoy para comer?

– Hay una ensalada muy buena, don Julián.

– Déjate de chorradas, queremos comer, no estamos a dieta. Venga, qué tienes de sólido.

– ¿Qué le parecerían unos callos de primero y después unas manitas de cerdo?

– Lo acompañarás con un buen tinto, supongo.

– La duda ofende, señor inspector.

– Estupendo, pero sírvenos cuanto antes, que tenemos prisa.

El tabernero salió escopeteado y al cabo de muy poco tiempo dos humeantes platos de callos extremadamente picantes aparecieron sobre la mesa. El vino era un tintorro barato pero mi compañero lo paladeó como si fuera el más fino de los borgoñas. Las manos de cerdo, aunque grasientas, tenían buen sabor. Para cuando Julián encendió un purito y se pidió una copa de Veterano estaba sudando a chorros, con la camisa blanca totalmente empapada. Aunque yo estaba incomodado él no parecía darse cuenta, disfrutaba como un niño. Eso era para él el colmo de la felicidad, la culminación de sus aspiraciones.

– Bueno -dijo de repente desperezándose-, es hora de volver al trabajo, el crimen nos espera -finalizó con lo que más tarde comprobé que era una de sus coletillas favoritas, mientras nos levantábamos de la mesa.

– ¿No pides la cuenta? -se me ocurrió comentarle, al ver que no hacía mención de pagar la comida.

– Eres un auténtico novato, chaval -contestó riéndose a carcajadas-, ¿desde cuándo tenemos que pagar lo que consumimos en las tabernas y sitios similares? Mira, hijo, si haces bien tu trabajo toda esta gente acabará debiéndote un montón de favores. Además, son ellos los más interesados en estar a bien contigo, así que incluso si quisieras pagar ellos mismos se opondrían a cobrarte, ya irás aprendiendo con el tiempo. Son las pequeñas satisfacciones que nos proporciona este trabajo y que, en cierto modo, compensan lo magro del sueldo.

Con el tiempo me fui introduciendo en ese mundo, no pagando en ningún sitio y aceptando favores e incluso sobornos. Una vez metido en la rueda no era fácil bajarse de ella y, sinceramente, tampoco me apetecía. Aunque tenía razón Julián al considerarme un novato y un pipiólo pronto comprendí que las ensoñaciones heroicas que las novelas leídas y las películas vistas me habían proporcionado acerca del trabajo policial no eran muy realistas. Además, pese a mi corta edad y a que aún tenía mucho que aprender y ver, lo que había vivido tanto en casa como en el colegio me habían vacunado contra la ingenuidad, de tal modo que en muy poco tiempo pude mostrarme como el más aventajado alumno que nunca tuvo mi compañero.

Con él tuve así mismo mi segunda experiencia sexual, a la que posteriormente siguieron otras muchas. Las mujeres eran su tema favorito y constantemente me aguijoneaba con el tema, insinuándome que seguramente era virgen y tal vez marica.

– Eres demasiado guapín para cosa buena, novato, seguro que te lo haces con tíos -solía decirme, sin conseguir que me enfadara, ya que yo me lo tomaba como lo que era, una broma entre compañeros, pero un día decidí contarle cómo me estrené en la vivienda de un embajador.

– Caramba con el novato, y parecía tonto cuando lo cambié por un condón usado -me contestó alborozado-, eso hay que repetirlo, aunque me temo que no conozco a hembras tan elegantes como la que me has descrito pero bueno, eso no tiene importancia, un chocho es un chocho y para lo que tenemos que hacer sirve lo mismo una princesa que una mendiga.

Aquella misma noche Julián dio por terminada nuestra jornada una hora antes de lo habitual y nos dirigimos a un burdel en el que era muy conocido. Nos recibieron como si fuéramos los reyes magos y pusieron a nuestra disposición dos de las mejores chicas que había en plantilla. Si las comparaba con la que me desvirgó salían perdiendo en la comparación, pero pronto me di cuenta de que mi compañero tenía razón, para echar un polvo cualquier mujer era buena. Esa noche se reforzó nuestro compañerismo, alimentado por el hecho de que follamos en la misma habitación. Para mí fue un corte al principio, ver en la cama de al lado a Julián y su puta joder como locos, pero la mujer que me había tocado en suerte consiguió hacerme entrar en calor y poco a poco se desvanecieron mis inhibiciones e imité a mi camarada.

La puta que me había tocado en el reparto no tenía nada que ver, como ya he dicho, con aquella que en la casa de los amigos de Fernandito me inició en el sexo, pero era también una auténtica profesional que sabía hacer gozar a un hombre. No poseía la dulzura y suavidad de mi primera mujer, pero su brusquedad era más excitante si cabe. Cuando metía mi polla en su boca y la chupaba tan fuertemente que parecía como si fuera a levantarme la piel a tiras, sentía algo en mi interior que no había sentido antes nunca y deseaba quedarme así para siempre. Su aspecto era más bien vulgar aunque no se puede decir que no fuera guapa, pero su modo de vestir, de pintarse y de hablar -con ella aprendí más tacos que en la propia comisaría- delataban en cualquier lugar su oficio. Su hermoso pelo negro acababa sobre la frente con un coqueto caracolillo como los que lucían algunas cantantes de moda y sus labios eran más rojos que el capote ensangrentado de un torero, pero lo más excitante de todo era la sensación que sentía cuando metía mi cara entre sus dos robustos pechos, su olor me recordaba al del obrador de una panadería en el momento más álgido del horneo.

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Главный герой
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