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Nadie Es Inocente

Электронная книга - «Nadie Es Inocente». Краткое содержание книги:

Un sacerdote, que en su juventud estuvo relacionado con la organizaci?n terrorista ETA, desaparece en compa??a de una hermosa mujer tras apoderarse de una importante suma de dinero de su congregaci?n. Para evitar el esc?ndalo se encargar? del caso otro religioso que antes de ordenarse hab?a sido polic?a. El pasado de ambos, reflejo del pasado y presente de una Euskadi que se debate entre la violencia y las ansias de paz, condiciona de tal manera la investigaci?n, que finalmente se convierte en un juego muy peligroso, donde lo importante no es la recuperaci?n del dinero, sino el ajuste de cuentas entre los dos contrincantes. Un ajuste de cuentas que parece personal, pero que en realidad contiene la clave de la violencia que ha sufrido el propio Pa?s Vasco.
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Creo que resulta ocioso manifestar que volví a visitar a Clara, como se llamaba aquella mujer, con gran asiduidad, al principio con Julián y más adelante sin compañía. Para lo que iba a hacer no la necesitaba. Sin darme cuenta había acabado por encoñarme. No estaba enamorado, o por lo menos eso creo. Yo no podía enamorarme de una puta, eso estaba bien en los folletines, pero Emilio Vázquez no podía presentarse ante su familia y amigos con esa mujer, por supuesto. Sin embargo, había algo en ella, y no sólo sexo ya que para eso cualquiera hubiera servido, que me atraía terriblemente y me hacía volver noche tras noche, sin tregua ni descanso. Pronto todo el mundo supo que Clara era mi puta y cuando tenía un rato libre me llamaban para que estuviéramos juntos.

A Julián la situación le hacía gracia y no me criticaba, aunque a veces me aconsejaba que fuera con otras.

– No es bueno que estés siempre con la misma, novato, puede llegar a hacerse ciertas ilusiones y crearte complicaciones a la larga.

– Por eso no hay ningún problema, Julián, los dos sabemos cuál es nuestro puesto. Es imposible que lleguemos a algo serio y ella lo sabe, así que no alberga ninguna esperanza absurda en su interior.

– Cómo se ve que no conoces a las mujeres, novato -me repetía siempre que llegábamos a este punto.

Poco a poco fui adquiriendo también experiencia policial. Julián no sólo conocía las mejores tascas y las mujeres más complacientes de Madrid sino que los años pasados en la policía le habían enseñado un montón de trucos que con el tiempo me fue transmitiendo. Recuerdo perfectamente nuestro primer trabajo policial, si es que puede llamársele así. Fue la segunda noche que patrullamos juntos. Nos habían pasado un aviso acerca de una riña callejera junto a la estatua de la Cibeles. Cuando bajamos del coche la pelea estaba en plena ebullición. Dos hombres de mediana edad, más bien enclenques, estaban atizándose mamporros a modo, bien jaleados por una numerosa concurrencia. Despejamos el lugar pese a las protestas del concurrido público y nos dirigimos hacia los dos contendientes, que en vano hicieron caso a nuestros ruegos y continuaron peleándose. Cuando Julián les conminó por segunda vez a que pararan uno de ellos, con los ojos febriles que delataban una hermosa borrachera, sacó una navaja y se acercó hasta mi compañero, que no parpadeó siquiera. Cuando la torpe mano del borracho intentó acercar la navaja a Julián éste cerró uno de sus brazos en la muñeca del agresor y apretó fuertemente hasta que el dolor le obligó a soltarla. Luego, aflojando su presa, le atizó un puñetazo en la cara que le hizo perder el sentido.

El segundo luchador al ver lo ocurrido intentó escaparse pero sorprendentemente Julián demostró que su gordura no le convertía en un tipo lento y antes de que pudiera cruzar la calle ya le había agarrado y noqueado de un duro golpe en el plexo solar. Agarrándole por una pierna le arrastró hasta los pies de la estatua y como si fuera un fardo le tiró al interior de la fuente, haciendo luego lo mismo con el que le había sacado la navaja. El contacto del agua fría les volvió a espabilar y salieron los dos completamente mojados y ateridos de frío.

– Venga, id a vuestras casas a cambiaros de ropa y calentaros, o acabaréis pillando una pulmonía. Y que no os vuelva a ver de nuevo haciendo el imbécil porque acabaríais con vuestros huesos en un sucio calabozo. Venga, largo, antes de que me arrepienta y decida emplumaros.

Cuando le recriminé por haberles dejado marchar volvió a llamarme novato y a recordarme que aún era mucho lo que tenía que aprender.

– Son dos desgraciados que han dado un mal paso, pero no son delincuentes. ¿De qué iba a servir que les metiéramos en el calabozo? No iban a darnos más que trabajo, aumentaría el papeleo y tendríamos a dos mujeres ajadas y una pandilla de rapaces maleducados llorando a moco tendido en la comisaría. Créeme, hemos hecho lo mejor que se podía hacer. Ya verás cómo no volvemos a encontrárnoslos en mucho tiempo -añadió, y debo reconocer que tenía razón. Nunca más tuvimos que intervenir en una pelea originada por aquellos dos hombrecillos, pero sigo pensando que su forma de aplicar el reglamento era curiosa, aunque efectiva.

Capítulo diecisiete

Estabas duchándote cuando ella ha entrado y sólo has sentido el sonido de la puerta al abrirse, por eso, al no poder comprobar si era ella efectivamente, hasta que no has oído su voz cantarína diciéndote «hola» te has quedado inmóvil en la bañera, como si esperaras que fuera otra persona la que se había introducido en la casa. Sabes que es una tontería pero todavía no has asimilado del todo que estás fuera del colegio, lejos de la comunidad, conviviendo con una mujer. Necesitas su constante presencia, escuchar su voz, para reafirmarte en el nuevo rumbo que has dado a tu vida. Te secas rápidamente y sales a recibirla con la toalla anudada al torso como única vestimenta, lo que produce su risa y sus comentarios irónicos sobre «lo preparado que estás últimamente para ciertas cosas». Acoges la broma como lo que es y después de besarla y vestirte preparas la mesa porque se acerca la hora de cenar. Una de las ventajas que te ha proporcionado el vivir en un piso con compañeros varones es que te has convertido en un perfecto cocinero y en muy poco tiempo preparas una tortilla de patata con pimientos y sin cebolla -a ella no le gusta la cebolla- como para chuparse los dedos.

Mientras cenáis en esa mesa camilla que os hace estar muy cerca piensas que quizá, en el fondo, eso sea la felicidad, algo tan burgués como cenar una tortilla de patatas junto a una hermosa mujer. Ver un poco la televisión y luego a la cama, para dormir si estás muy cansado o para hacer otras cosas si el cuerpo está tan vivo como el espíritu. Sí, quizá en eso estribe la felicidad y no en los grandes pensamientos que antes tenías, la entrega a Dios y a la humanidad, a tu pueblo y a todos los pueblos oprimidos, a los marginados y desfavorecidos. No reniegas de eso, sigues pensando que es importante, pero quizá te haya hecho renunciar a otras cosas; de todos modos no eres tan hipócrita o necio como para engañarte a ti mismo, si estás con ella no es porque de repente hayas descubierto el amor de una mujer, aunque poco a poco te hayas -¿os hayáis?- ido enamorando sino porque tenías un plan trazado que cumplir, un objetivo que realizar. Y las últimas palabras que pronuncia ella, mientras estáis recogiendo los platos, te devuelven a esa realidad.

– Vázquez ha estado en el Neskatilak. Me lo ha contado una antigua compañera.

– ¿Ya ha estado allí? -contestas tú algo asombrado-, no entraba en mis planes que acudiera tan pronto.

– Sí, pero se ve que se está moviendo con rapidez. Quizá haya conseguido identificarme de algún modo, supongo que aún mantiene contactos en la policía.

– No me gusta, no me gusta nada.

– No sé por qué te preocupas, antes o después sabíamos que aparecería por allí, para eso dejamos la fotografía, para que se la dieran.

– Sí, pero quería ser yo el que marcara el momento, no que se me adelantara.

– Por eso no te preocupes, sigue sin saber dónde localizarnos, seguimos siendo nosotros quienes tenemos todos los triunfos en la mano.

– No es eso lo que me desazona, pero hubiera preferido que visitara a mi familia antes que ese club.

– No veo el porqué. Para lo que nosotros queremos eso no tiene la menor trascendencia.

– Ya lo sé, es otra la cosa que me preocupa. No me gustaría que ese hijo de puta enseñara la fotografía en la que se nos ve desnudos a mi madre, pero es muy capaz de hacerlo con tal de jodernos.

– Bueno, ¿y qué pasa si ve tu madre la foto? ¿Te avergüenzas acaso?

– No es eso, pero mi madre es ya mayor, ha sufrido mucho en la vida y tiene otra mentalidad, compréndelo. Además, soy su hijo el sacerdote, iba a ser un palo muy fuerte para ella. No es que me avergüence, me gustaría que algún día, cuando todo haya pasado, la conozcas, pero en estos momentos eso no es posible, tú lo sabes mejor que yo.

– Sí, tienes razón, perdona -te dice mientras te besa cariñosamente.

Esa noche, cuando os acostáis, os abrazáis y besáis tiernamente, pero no hacéis el amor, no os apetece a ninguno de los dos. La reacción de ella te ha sorprendido, al protestar contra tu desazón porque tu madre vea la foto quizá te está diciendo que también ella alberga hacia ti sentimientos parecidos al amor. Pensar en ello te reconforta pero lo que has dicho sobre tu madre es cierto, el ver las fotos de su hijo sacerdote abrazando a una mujer, ambos desnudos, le causaría un grave disgusto, no en balde fue ella la que te impulsó a ingresar en el seminario. Y tus pensamientos vuelven hacia allí, hacia aquel viejo caserón en el que intentaban convertiros en buenos sacerdotes y religiosos, y en el que pronto llegaste a integrarte.

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