Nadie Es Inocente
- Автор: Abasolo Jose Javier
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie Es Inocente». Краткое содержание книги:
– Haga el favor de hablar en cristiano -dice y su voz retumba por todo el cementerio como si fueran las trompetas anunciadoras del Juicio Final.
Escuchas cómo el sacerdote, que tampoco quiere forzar la situación, reinicia sus oraciones, esta vez en castellano, y al terminar dos operarios del cementerio introducen el ataúd de tu hermano en el interior del panteón familiar. Sabías que tu hermano estaba muerto, pero cuando la losa se cierne sobre él te das cuenta, por primera vez, que la muerte es algo irreversible, que ya nunca más volverás a verle, que no oirás de nuevo su risa, sus palabras tranquilizadoras, que no te llevará nunca más a San Mames, como el día en que cumpliste nueve años, aquél sí que fue el mejor cumpleaños de tu vida. Y lloras, lloras por tu hermano y por ti, pero cuando disimuladamente te pasas la mano por la cara observas, atónito, que no está mojada, que no has derramado ninguna lágrima, has aprendido a llorar sin llanto, como tu madre, y de repente por ese sencillo hecho te sientes mucho más unido a ella.
Estáis ya fuera del cementerio cuando de entre los vecinos que han asistido al acto a distancia se destaca un joven desconocido que no debe de ser del pueblo y despliega una ikurriña con crespón negro, junto a la cual va adosado un retrato de tu hermano, y de repente el silencio es cortado por un irrintzi y un grito de Gora Euskadi Askatuta que es respondido al unísono por la gente, que empieza a huir al observar la furiosa reacción del contingente policial. Casi sin darte cuenta tienes enfrente tuyo a uno de esos amenazadores policías vestidos de gris que maneja en sus brazos una porra negra e inmensa. Intentas escapar pero el propio miedo te tiene agarrotado y eres incapaz de avanzar unos escasos metros. Sientes el golpe en la cabeza, un dolor muy fuerte y luego la nada. Te desvaneces pensando que vas a reunirte con tu padre y tu hermano, pero cuando abres los ojos no es a ellos a quienes ves sino a tu madre. También ha debido de ser golpeada, porque tiene una ceja partida y los labios tumefactos, pero se mantiene en pie mientras te aplica unas friegas en la frente y te musita al oído tiernas palabras antes de que vuelvas a perder el conocimiento.
Cuando despiertas definitivamente tu madre sigue estando a tu lado con un gran tazón de leche caliente y un cuenco de cuyo interior sale un cimbreante humillo delatador de que en su interior te está aguardando una exquisita sopa de pescado. Lo tomas con fruición y poco a poco tu cuerpo se va asentando. Cuando ve que tienes el estómago lleno tu madre sale de la habitación y regresa al poco tiempo acompañada por el padre Patxi, el párroco del pueblo.
– Aitá Patxi tiene que decirte algo, hijo mío -te dice dulcemente tu madre y tú comprendes que es algo importante pero no dices nada, te limitas a observarles en silencio.
– Ander, te conozco desde que te bauticé. Has sido alumno mío en la escuela y en la catequesis y desde que hiciste la primera comunión no has faltado a misa ningún domingo ni fiesta de guardar, habiéndome asistido en multitud de ocasiones como monaguillo. Poco antes de fallecer tu padre me confesó la ilusión que le haría el que ingresaras en un seminario, pero debido a su muerte creo que nunca te lo comentó. Tu madre, que hablaba a menudo con tu padre del asunto, también me ha dicho lo mismo y por eso me ha pedido que hable contigo. Yo estoy de acuerdo con los dos en que tienes capacidad y preparación, pero es un paso importante que sólo tú puedes dar, y debes estar totalmente convencido de lo que haces antes de darlo.
Tú te quedas callado, sin saber qué decir. Es cierto que en tus conversaciones con el aitá, poco antes de su muerte, te ha hablado a menudo de Dios, y que te encuentras a gusto cuando ayudas al padre Patxi en la iglesia, pero de eso a tomar los hábitos media un abismo. Es cierto que a veces, al igual que muchos compañeros de catequesis, has coqueteado con la idea, pero nunca en serio. Sin embargo, ahora que te lo plantean tan de sopetón, no te queda más remedio que pensar en ello y piensas, piensas mucho aunque apenas transcurren unos segundos antes de contestar. Presientes que tras de la oferta se esconde el deseo de tu madre de que no sigas los pasos de tu hermano Mikel, estás seguro de eso pero quizá por ello, quizá porque has visto en su rostro más de una vez el sufrimiento y porque tú mismo en tu interior deseas tomar otro camino y comprendes que en tu limitado mundo ése es el único modo seguro de escapar, respondes que sí, que estás dispuesto a ingresar en el seminario, y antes de que digas estas palabras tu madre ya te ha llenado de besos y el padre Patxi ha empezado a entonar un salmo de acción de gracias.
Capítulo catorce
– Ave María Purísima.
Esta vez el sacerdote no entonó, desde el interior del confesionario, la réplica de costumbre sino que con voz entrecortada dijo a la mujer que acababa de arrodillarse que se alegraba de que hubiera vuelto.
– Veo que me ha reconocido, padre, y lo celebro. Eso significa que se acuerda de mí.
¿Cómo podía no acordarse de aquella mujer de voz alegre y cantarína a la que acompañaba un perfume penetrante que hacía tan sólo dos semanas le había anunciado, con tono firme y sereno, que tenía la intención de matar a un hombre? ¿Y que había añadido que él iba a ayudarle a hacerlo? Era imposible olvidar a una mujer así y se lo dijo, aunque sin desnudar totalmente sus sentimientos.
– Te recuerdo, por supuesto que te recuerdo, es lógico. No todos los días vienen a este confesionario para anunciar la comisión de un crimen.
– Se equivoca, padre, yo no le dije que iba a cometer un crimen sino a matar a un hombre. No será una acción criminal sino de mera justicia.
– Eso sólo son palabras autojustificativas. La muerte violenta de un ser humano siempre es un crimen horrendo, el peor de todos, puesto que se le arrebata lo más sagrado que alguien puede tener, la propia vida.
– ¿Es usted sincero, padre? Sé quién es y cómo piensa, no quiero engañarle, por eso quiero que me diga la verdad, ¿no se ha alegrado usted nunca al enterarse de algún asesinato? Por ponérselo más fácil, si alguien hubiera asesinado a Adolf Hitler antes de llegar al poder, ¿le parecería a usted un acto criticable, un crimen horrendo?
La mujer había puesto el dedo en la llaga. Más de una vez el sacerdote había sentido, si no alegría, sí la sensación de que se había hecho justicia al producirse una muerte violenta; sin embargo, realizó un esfuerzo de voluntad para desechar esos pensamientos y reanudó su intento de convencer a la mujer para que desistiera, aunque se sintiera incapaz de encontrar argumentos suficientemente válidos.
– Todos hemos tenido alguna vez esos pensamientos, pero no debemos permitir que controlen nuestro comportamiento. La grandeza del ser humano estriba en vencer las pasiones, no en ser guiados por ellas. Matar es malo, siempre y en cualquier situación, no sólo porque sea la voluntad de Dios sino porque la violencia nos conduce irremisiblemente al abismo, tanto exterior como interior.
– Usted es sacerdote, padre, y habla como tal. Le agradezco sus esfuerzos porque eso demuestra que quiere, desde su punto de vista, salvarme, pero no es necesario. Si no estoy ya salvada nada ni nadie conseguirá hacerlo.
– Nunca es tarde para Dios.
– Entonces no tengo de qué preocuparme, pero me gustaría que dejáramos esta conversación teológica que no conduce a nada.
– En ese caso, ¿por qué has vuelto? No creo que sea por la necesidad de tener un público atento que escuche impasible tus proyectos. Aunque no quieras admitirlo expresamente el hecho de venir aquí a contarme por dos veces tus intenciones significa que, en el fondo, necesitas que te ayuden. Quizá yo no sea capaz de ayudarte, tal vez no sepa transmitir correctamente mis pensamientos, pero te suplico que te olvides de esa atroz idea o que, por lo menos, busques ayuda en algún lugar mejor.