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Nadie Es Inocente

Электронная книга - «Nadie Es Inocente». Краткое содержание книги:

Un sacerdote, que en su juventud estuvo relacionado con la organizaci?n terrorista ETA, desaparece en compa??a de una hermosa mujer tras apoderarse de una importante suma de dinero de su congregaci?n. Para evitar el esc?ndalo se encargar? del caso otro religioso que antes de ordenarse hab?a sido polic?a. El pasado de ambos, reflejo del pasado y presente de una Euskadi que se debate entre la violencia y las ansias de paz, condiciona de tal manera la investigaci?n, que finalmente se convierte en un juego muy peligroso, donde lo importante no es la recuperaci?n del dinero, sino el ajuste de cuentas entre los dos contrincantes. Un ajuste de cuentas que parece personal, pero que en realidad contiene la clave de la violencia que ha sufrido el propio Pa?s Vasco.
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– Lo siento, chaval, pero tienes que despejar, esta chica está ocupada.

– Pero, pero… -intentó hablar el joven sin ser capaz de pronunciar nada más que eso.

– Vamos, ahueca el ala si no quieres tener problemas -repitió agresivo el macarra.

– ¿Y mi dinero? Tendrá que devolverme lo que he pagado.

– No seas gilipollas, chaval. ¿Acaso no has pasado un buen rato?, no me digas que no das por bien empleado tu dinero. Venga, largo de aquí y que no te vea más. Los niñatos como tú no traéis más que complicaciones.

Cuando por fin se marchó el joven el macarra habló con la morena, que había observado impertérrita la escena.

– El señor es amigo del comisario Ansúrez, así que trátale bien. Invita la casa.

– Descuida, queda en buenas manos. ¿Por dónde quieres empezar? -le dijo al padre Vázquez cuando el macarra salió de la estancia-, excepto aquello que me produzca dolor puedo hacerlo todo, todo. ¿Te la preparo con un trabajito bucal o eres de los que van directamente al grano? O si lo prefieres, cualquier otra cosa que te guste. Dímelo y ya verás como Mónica no te defrauda.

– Lo primero de todo vístete -dijo Vázquez.

– Por supuesto -respondió la morena colocándose unos sujetadores y una braga de color carne y ciñendo su cuerpo en el interior de un camisón transparente-. ¿Eres de los que prefieres hacerlo vestido o es que te gusta ser tú quien desnude a las niñas?

– Vístete del todo -le espetó Vázquez-, como si fueras a prepararte para ir a misa. Y rápido, que no tengo tiempo que perder.

– Hace quince años que no voy a misa y además aquí no tengo más ropa que la que llevo puesta. Lo siento, cariño, pero tendrás que conformarte con lo que hay, que no está nada mal, por cierto -añadió acercándose a Vázquez y acariciándole la cara con las palmas de sus manos.

– Bueno, pues entonces quédate así pero estáte quieta -respondió Vázquez separándose de ella-. No he venido a follar sino a hablar.

– Vaya, hombre, así que has venido en plan madero, no a pasar un buen rato. Acabáramos. ¿Qué es lo que quieres?

– ¿Conoces a esta chica? -preguntó Vázquez sacando la fotografía de la mujer que había cobrado el talón y enseñándosela-. Por lo que me han dicho ha estado trabajando aquí así que piensa bien lo que me vas a contestar. No me gusta que me mientan.

– Tranquilo, hombre, tranquilo, no hace falta ponerse así, ya te habrás dado cuenta de que aquí nos gusta colaborar. Sí, la conozco, es Verónica, trabajó aquí durante un tiempo.

– Verónica, ¿qué más?

– Y yo qué sé, ¿acaso te crees que aquí vamos con la copia del carnet en la boca? Seguramente no se llama Verónica, así que como para saber sus apellidos.

– De acuerdo, de todos modos cuéntame todo lo que sepas sobre ella.

– No es mucho, estuvo aquí durante una corta temporada y se marchó.

– Así, ¿sin más? ¿Me tomas por idiota? ¿Desde cuándo tenéis por aquí libertad de movimientos?

– Te estoy diciendo la verdad. No sé cómo lo consiguió pero siempre andaba a su aire y cuando quiso dejarnos nos dejó, sin que nadie intentara retenerla. Era una mujer muy curiosa, se la veía con cierta cultura. Leía, leía mucho, pero no como las demás, revistas del corazón y tebeos eróticos, sino libros pesados, con muchas páginas. Una vez le pedí prestado uno pero no pude acabarlo. Ni siquiera pasé de la quinta página. Entre nosotras la llamábamos «La Estudiante». Aquí, excepto en el caso de las que se dedican a ello obligadas por la droga, normalmente no hay muchas tías con estudios, ¿sabes? No porque sean de otra pasta sino porque ese tipo de pibas se lo monta por lo legal, casándose con fulanos de pasta.

– ¿Alguna vez te dijo de dónde era, dónde vivía o por qué se metió en este rollo?

– No era muy dada a las intimidades personales ni a contar historias sobre sí misma. Además nunca se emborrachaba, que es por lo general cuando a todas se nos suelta la lengua, pero una noche que estaba particularmente tristona me habló acerca de una hermana.

– ¿Qué te dijo de su hermana?

– Apenas nada, ya que en cuanto se dio cuenta de que la estaba escuchando con simpatía e interés cambió de tema, como si le diera miedo hablar de esas cosas, pero creo que estaba muerta.

– ¿De qué había muerto?, ¿también se dedicaba a esta profesión?

– No lo sé, ya te lo he dicho. De hecho es lo único que puedo decirte porque no sé nada más, ni dónde está ahora, ni dónde se la puede encontrar, nada de nada. Ni siquiera conozco el nombre de su hamburguesería favorita. Lo que te he contado es lo único que sé y no preguntes a nadie más porque todos te dirán lo mismo, cura. Nadie sabe nada sobre Verónica, sólo lo que acabas de oír.

– Me acabas de llamar cura, ¿por qué?

– ¿No eres el padre Vázquez? Creo que en otro tiempo fuiste policía y follabas como Dios, ¿lo coges, cura? -dijo riéndose de su propio chiste.

– ¿Cómo sabes todo eso de mí? -preguntó Vázquez agarrándola bruscamente por un brazo y acercándola hacia él.

– Suéltame, bruto, te estaba esperando. Hace tres días apareció Verónica por aquí y nos comentó que seguramente un sacerdote, antiguo policía, vendría a preguntarnos por ella. Lo que no nos dijo era que se trataba de un amigo del comisario Ansúrez; por eso, hasta que no me has enseñado la fotografía, no he sospechado nada, pero en cuanto ha empezado el interrogatorio me he dado cuenta de todo. Pero puedes estar tranquilo, es cierto que te he contado todo lo que se sabe aquí sobre ella porque así nos lo pidió la propia Verónica. No entiendo muy bien el motivo pero es así.

– ¿Y no os explicó las razones de esa actitud?

– No, ni se lo preguntamos. Vino aquí, nos avisó de tu visita y nos pidió que contáramos todo lo que supiéramos con total tranquilidad, supongo que porque sabía que era muy poco lo que podíamos decir. Nos dio el recado y como vino se fue, sin tomar tan sólo una copa con nosotras.

– ¿Vino sólo para eso?

– Bueno, no, hay algo más. Nos dejó un sobre dirigido a ti.

– ¿Dónde está ese sobre?, ¿lo tienes aquí?

– ¿Cómo voy a tenerlo yo?, ni siquiera sabíamos si ibas a preguntar por alguna de las chicas. No, lo tiene el Sebas, el jefe. Pero Verónica puso una condición. Sólo te lo podemos entregar si follas con una de las chicas y creo que he sido yo la afortunada. Me dijo que cuando eras policía tenías fama de ser un jodedor nato y ahora voy a tener la ocasión de comprobarlo -dijo mientras volvía a quitarse la escasa ropa que tenía puesta.

– No digas chorradas, ahora soy sacerdote.

– ¿Y qué hay con eso, acaso a los curas no se os levanta? Porque lo que estoy viendo moverse debajo de tu pantalón no parece un rosario.

Por toda contestación Vázquez abrió la puerta y salió de la habitación. Iba sudando y fuera de control, pero cuando llegó al bar había vuelto a adquirir una apariencia de serenidad. Vio al macarra y se acercó hasta donde estaba.

– ¿Tú eres el Sebas? -le preguntó cuando estuvo a su alcance.

– ¿Cómo sabes mi nombre?

– Porque tienes un sobre para mí.

– Así que tú eres el cura. Nunca lo hubiera imaginado, pensaba que eras un poli.

– Lo fui durante un tiempo y todavía conservo ciertos recursos, no vayas a pensar que el sacerdocio me ha reblandecido, así que dame el sobre y acabemos de una vez.

– No sé si se lo habrá dicho Mónica, pero hay una condición.

– Déjate de condiciones y de hostias, dame el sobre si no quieres que el comisario Ansúrez te cierre el local.

– No lo hará, me debe más favores él a mí que yo a él, así que o cumples la condición o no hay sobre. ¿Qué pasa, que os la cortan cuando entráis en el seminario? Quizá necesitas algo de precalentamiento pero eso se puede solucionar. Nelly, ven aquí -añadió chasqueando los dedos en dirección a una mulata que se presentó al instante-, nuestro amigo está un poco frío, necesita que alguien le entone.

La mulata, obediente, se acercó hasta Vázquez atendiendo las indicaciones de su jefe y empezó a tocarle por todo el cuerpo, haciendo hincapié en los genitales. Vázquez sabía cómo desembarazarse de ella pero no quería recurrir a la violencia y, además, se sentía ridículo. Observaba cómo le miraba Sebas y deseaba agarrarle por el cuello y darle una buena patada en los morros, pero se suponía que había renunciado a la fuerza. A la fuerza y al sexo también pero, aunque su mente intentaba rechazar la situación, en su entrepierna se estaba creando un bulto que amenazaba con romper el pantalón. Casi sin darse cuenta agarró con sus dos brazos a Nelly por la cintura y la besó con una pasión con la que hacía años no besaba a una mujer.

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