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Электронная книга - «Las nubes». Краткое содержание книги:

Viaje irónico, viaje sentimental, esta novela de Saer concentra en su peripecia los núcleos básicos de su escritura: sus ideas acerca del tiempo, el espacio, la historia y la poca fiabilidad de los instrumentos con que contamos -conciencia y memoria- para aprehender la realidad. Las nubes narra la historia de un joven psiquiatra que conduce a cinco locos hacia una clínica, viajando desde Santa Fe hasta Buenos Aires. Con él van treinta y seis personajes: locos, una escolta de soldados, baquianos y prostitutas, que atraviesan la pampa sorteando todo tipo de obstáculos. Allí se encuentran con Josecito, un cacique alzado, que toca el violín y ante quien uno de los locos predica la unidad de la raza americana. Esta falsa epopeya -tanto como la historia de nuestro país- transcurre en 1804, antes de las Invasiones Inglesas y de la Revolución de Mayo, un momento de nuestra historia en el cual no hay imagen del país ni nada está constituido.
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Les parecerá algo novelesco a mis lectores, pero durante días esperamos ansiosos el agua, y en lugar del agua, sobrevino el fuego. Fue el veintinueve de agosto de mil ochocientos cuatro. Si esta precisión despierta las sospechas de mi posible lector, sugiriéndole que me valgo de ella para acrecentar la ilusión de veracidad, deseo que quede bien claro que esa fecha es inolvidable para mí, ya que marca el día más singular de mi vida. Desde hacía muchas horas, un intenso olor a quemado, que fue haciéndose cada vez más inequívoco y más fuerte, motivaba los comentarios de la caravana, pero como no soplaba ninguna brisa y no había ningún signo visible de fuego en todo el horizonte, resultaba difícil precisar de dónde venía el olor. La expresión preocupada de Osuna, y sus conciliábulos con el sargento Lucero y con Sirirí, constituían para mí las únicas pruebas palpables de que ese fuego invisible y ubicuo era bien real, de modo que cuando Sirirí partió en exploración hacia el sur, y Osuna sugirió que desviáramos un poco el rumbo hacia el este, entendí que la situación les parecía a nuestros expertos mucho más grave de lo que me había imaginado. Osuna me explicó que si había fuego, era posible que ese fuego viniera del sur, razón por la cual Sirirí galopaba en esa dirección con el fin de determinar a qué distancia se encontraba, y que si había hecho desviar hacia el este la caravana, era porque en las tierras húmedas cercanas al río el fuego tenía menos posibilidad de propagarse. Según Osuna, si había fuego, lo que podía darse como cosa segura, el origen era tal vez algún rayo caído en una de esas tormentas secas que anticipan a veces de algunos días, las lluvias torrenciales que se abaten sobre la región. En cuanto al fuego, y siempre según Osuna, podía ser poco importante o, por el contrario, constituir un frente de muchas leguas; el calor y los pastos resecos lo ayudaban a propagarse despacio a causa de la ausencia de viento, pero si por casualidad la sudestada que suele acompañar a la tormenta de Santa Rosa empezaba a soplar, la velocidad de propagación se multiplicaría en poco rato. De ahí que Osuna y Lucero hubiesen tomado la precaución de desviar nuestro rumbo hacia el río.

Osuna, que miraba con frecuencia y con aprensión hacia el sur, pretendía que debíamos apurarnos, pero, si no lo he dicho hasta ahora, creo que es el momento de precisar que, aun tirados por cuatro caballos, nuestros carros aunque más veloces que las carretas de carga tiradas por bueyes, sin contar la consideración que le debíamos a los enfermos que transportábamos, avanzaban muy despacio. Si nuestro viaje resultó tan largo, la causa no residía únicamente en los obstáculos naturales y en los incidentes que lo retardaron, sino sobre todo en la lentitud de los vehículos que componían la caravana, y al ritmo de los cuales debían adaptarse los jinetes que los escoltaban. En la tarde del día veintiocho, unas nubes negras, inmóviles y espesas, empezaron a divisarse a nuestra derecha, hacia el sur, mientras enfilábamos hacia el este. Durante un rato, pensé que era la tormenta tan esperada que se estaba formando, pero cuando Osuna y Lucero empezaron a hostigar a los carreros para que apuraran el paso, escudriñando con ansiedad los copos negruzcos que amurallaban el horizonte, comprendí que no eran nubes. Al oscurecer, el último resplandor rojizo que siempre se demora en la llanura después que el sol ha desaparecido, siguió encendido toda la noche, ocupando, hacia el sur, todo el horizonte. En la oscuridad pareja y bien negra, los puntos amarillos de las estrellas lejanas parecían más familiares y benévolos que la franja rojiza y fluctuante que señalaba con su trazo ancho, el arco del horizonte hacia el sudeste. Por primera vez desde nuestra partida, esa noche no nos detuvimos más que para cambiar los caballos exhaustos. Cuando amaneció, la luz del sol borró el fuego pero las masas rocosas de humo negro parecían más altas y daban la impresión de elevarse más acá del horizonte, en una cercanía inquietante. Escrutándolas un momento, el sargento dijo que si seguíamos hacia el este el fuego no nos daría tiempo de llegar hasta el río, y que debíamos cambiar otra vez de dirección, retrocediendo hacia el norte. De modo que empezamos a desandar lo andado, con el fuego a nuestros talones, no sin que, mientras iba sofrenando mi caballo para no alejarme demasiado de los carromatos en los que iban mis enfermos, me viniese a la memoria ese pensamiento misterioso de los sabios orientales que dice: el que se acerca, recula. Puede decirse que, en efecto, de algún modo, también nosotros alcanzamos nuestra meta, reculando una buena parte del trayecto.

Por más rápido que avanzáramos, la muralla de humo parecía siempre a la misma distancia, e incluso, por momentos, daba la impresión de ir acercándose, como si viajara más ligero que nosotros. En pleno día pudimos comprobar que no únicamente nosotros huíamos: los animales salvajes, cuya existencia presentíamos todo el tiempo, pero que rara vez se mostraban, olvidando las precauciones ancestrales, corrían también hacia el norte, y la mayor parte del tiempo, más rápido que el fuego y que nosotros. Había un revuelo de pájaros en el aire, sobre nuestras cabezas, y un resonar continuo de gritos, graznidos, chillidos, etcétera, pero observándolos un momento pude comprobar que si una buena parte se alejaba en la misma dirección que nosotros, muchos parecían ir al encuentro del fuego. Creí que, desorientados por el incendio, se equivocaban, pero cuando, unas horas más tarde, el fuego nos alcanzó, me di cuenta, y Osuna me lo confirmó tiempo más tarde, de que ciertos pájaros sobrevolaban el incendio para comerse los insectos que se dispersaban en todas direcciones y, sobre todo, los que habían sido cocinados por el calor, con tanta insistencia, temeridad y glotonería, que muchos de ellos caían atrapados entre las llamas.

Al atardecer llegamos a una laguna grande que, por hallarse un poco más al noreste del trayecto noroeste-sudeste que habíamos venido siguiendo, no tuvimos oportunidad de ver en los días precedentes. La sorteamos, interponiéndola entre el fuego y nosotros y, exhaustos, nos detuvimos a descansar. De forma vagamente oval, la laguna tenía unos trescientos metros de largo, y se extendía paralela a la línea de humo oscuro que bloqueaba buena parte del horizonte. Hacia el medio, la distancia entre las dos orillas debía corresponder más o menos a la mitad de su longitud. Ni hombres ni caballos estaban dispuestos a seguir adelante, y muchos animales salvajes parecían haber tomado la misma decisión. Teros, ñanduces, liebres, garzas, guanacos, perdices, y hasta un par de pumas, rondaban en las inmediaciones del agua. Aunque nuestra presencia los inquietaba, no se atrevían a alejarse de la laguna, de modo que se mantenían a distancia, y con lo que podríamos llamar, ya que no veo otra manera de hacerlo, muy buena lógica, habían razonado que éramos un enemigo menos peligroso que el fuego. Como los pumas inquietaban a las mujeres, dos soldados los corrieron, riéndose, y si los pumas adoptaban al principio actitudes feroces, cuando los soldados se acercaban demasiado, revoleando sus boleadoras, se alejaban corriendo y, parándose a cierta distancia, se ponían a temblar y a escupir.

Pocas veces me fue dado contemplar un atardecer más hermoso, y eso que en la llanura abundan, con la interminable caída del sol, durante la cual, a causa de que ningún obstáculo interfiere la mirada, hasta el más ínfimo rescoldo de luz se demora en la oscuridad que borra todo. Cuando el enorme disco del sol tocó la línea del horizonte en el oeste, el pasto amarillo empezó a cintilar, y parecía más brillante todavía con el contraste de la muralla de humo en el sur, mientras que la laguna, que reflejaba la luz cambiante y que ni la más imperceptible vibración arrugaba, fue una lámina roja primero, y como si hubiese ido enfriándose al mismo tiempo que la luz, al igual que el aire, las cosas y el cielo, se volvió azul y por fin negra: únicamente la línea roja del horizonte, en el sudeste, introducía, en la negrura pareja de la noche, cierta diversidad.

Si alguien puede pensar que la circunstancia que atravesábamos podía darme tiempo para admirar el atardecer, se equivoca, ya que fue en medio del ajetreo general, durante el cual cada uno, aparte de los enfermos, tenía algo que hacer, que esa belleza indiferente y sobrehumana del crepúsculo se fue formando, alcanzó la perfección, y naufragó en la noche. Con criterio excelente, Osuna y el sargento decidieron que si bien los hombres y los animales acamparían en la orilla, había que instalar los carros lo más adentro posible de la laguna, lo que llevó un buen rato, porque debíamos buscar las partes del fondo en las que el peso no haría empantanarse los carromatos cuando, una vez pasado el peligro, quisiéramos sacarlos del agua. Por cierto que un lugar lo bastante lejos de la orilla pero no demasiado hondo para que el agua no penetrara adentro de los carromatos era un objeto contradictorio no tan fácil de encontrar. Era noche cerrada cuando terminamos. El olor a quemado llenaba el aire y, a una distancia difícil de precisar, detrás de los carros sumergidos casi hasta la mitad en el agua, la franja roja del incendio brillaba, parpadeante y tenue.

Permanecimos acampados en la orilla tratando de percibir, en la noche cerrada, signos posibles que nos advirtieran de los progresos del fuego. Acostumbrados a la oscuridad, nuestros ojos empezaron a distinguir, en la negrura general, las siluetas más densas de las cosas que la poblaban. Los enfermeros y yo habíamos agrupado a nuestros enfermos para velar mejor sobre ellos. Al cabo de un rato de oscuridad, varias velas y faroles se encendieron, pero el sargento aconsejó apagarlas para escudriñar mejor el horizonte desde una oscuridad más completa. A mí me autorizó a dejar un par de velas prendidas que nos permitirían vigilar mejor a los locos. A decir verdad, de los únicos que podía esperarse alguna agitación era del mayor de los Verde y de la monjita, porque Prudencio Parra seguía tan indiferente como siempre a las contingencias de este mundo, y el único signo de agravación que presentó en la circunstancia fue cerrar más fuertemente el puño, y si bien Troncoso presentaba algunos leves sobresaltos de agitación, era evidente que la fase más grave había quedado atrás, y que un nuevo paroxismo era improbable por el momento. Por otra parte, el Ñato no se le despegaba, lo que me daba la certidumbre de que podría contar con él si alguna urgencia se presentaba: el esclavo devoto protegiendo en la desgracia al amo que en tiempos normales lo martiriza y lo humilla, es la eterna paradoja que suscita y suscitará la perplejidad eterna del filósofo. Y en cuanto a Verdecito, no existía ningún peligro de que lo perdiésemos de vista en medio del desorden general, porque no únicamente no se apartaba de mi lado, sino que además se había aferrado a la manga de mi camisa, y no me soltaba. Su excitación creciente se manifestaba con la multiplicidad de ruidos que salían de entre sus labios, y con las continuas preguntas que me dirigía, con una voz cada vez más apagada y temblorosa, de modo tal que yo ni siquiera las comprendía y, preocupado por la situación, sin detenerme a escucharlo, con la atención puesta en lo exterior, le respondía, sobre todo en los momentos más graves, cualquier cosa que, como era su costumbre, me hacía repetir varias veces. A pesar de la gravedad creciente de la situación, los enfermeros se reían de nuestro diálogo de sordos. Debo decir que los hermanos Verde fueron los dos problemas más difíciles de manejar en esas horas adversas, porque también la excitación del mayor crecía a medida que el peligro se aproximaba, y en los momentos de tensión, era su sempiterno Mañana, tarde y noche, dicho con las mil entonaciones diferentes de una conversación normal, que no se dirigía a nadie en particular, lo único que se escuchaba. Cuanto más grande era el peligro, más fuerte sonaba su voz, y más precipitado se volvía el ritmo y la variedad con que la profería. Sor Teresita, que se divertía hostigando a veces a los hermanos, los dejó tranquilos esa noche, aunque por razones poco meritorias, ya que pasó una buena parte de la espera susurrando y bromeando en la oscuridad con los soldados de su guardia personal y, por prudencia, y sobre todo porque pensé que los soldados se encargarían de protegerla, me abstuve de averiguar a qué condujeron esos manejos, que incluso se prolongaron cuando, rodeados por el fuego, debimos refugiarnos en la laguna con el agua hasta el cuello, porque, en el punto de la laguna donde ella estaba apretujada entre los soldados, podían oírse chapaleos, exclamaciones y gemidos más que elocuentes, y ya es sabido que, por razones misteriosas, el peligro estimula la voluptuosidad.

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