Las nubes
- Автор: Saer Juan Jose
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las nubes». Краткое содержание книги:
Unas horas después de haberlos examinado, durante la fiesta, pude comprobar que la placidez aparente del campamento disimulaba más de un conflicto, y que la sinrazón más reprobable provenía de las personas consideradas normales. Después de la cena, la mujer francesa con la que había conversado dos o tres veces al principio de nuestro viaje, vino a informarme acerca de ciertas cosas que habían ocurrido en el campamento durante nuestra ausencia. Si bien su palabra no me resultaba enteramente digna de crédito, a causa de las muchas contradicciones que pude notar cuando me contaba su propia vida y los motivos que según ella la habían obligado a ejercer su profesión, los hechos que me refirió, por excesivos que me pareciesen a primera vista, y exagerados quizás por los celos y quizás también por un sentimiento de indignación profesional, parecían bastante probables: según la mujer, durante mi ausencia, sor Teresita, que unos días antes la misma mujer había sorprendido revolcándose en los pastos con dos soldados, había tenido comercio carnal con todos los hombres que habían quedado en el campamento, excepción hecha de los enfermeros, del sargento Lucero y del indio Sirirí. Según la mujer, todas las noches los soldados se turnaban para entrar en el carromato de la monjita, y durante el día la invitaban a tomar copas con ellos en el negocio del vasco. Estaban todo el tiempo juntos según la mujer, y una o dos noches, ella había dormido al sereno, tirada en el pasto en medio de los soldados. Un grupito de cinco o seis sobre todo, no se le despegaba, y la monjita hacía con ellos lo que se le antojaba, mientras que ellos se comportaban como si fuesen su escolta personal. Durante el día, como no tenían otra cosa que hacer más que esperar que volviéramos, los soldados iban a cazar del otro lado de la laguna, para entretenerse y tratar de comer otra cosa que tasajo, y ella los acompañaba, con un cigarro entre los labios que la hacía muequear todo el tiempo. Según la mujer, la monjita, a la vista de todos, se alejaba unos pocos pasos y, levantándose las polleras hasta la cintura y abriendo las piernas, orinaba de parada como un hombre. Esos detalles, más que sus actividades voluptuosas, eran los que me incitaban a acordarle algún crédito al relato de la francesa, porque yo ya había podido observar en sor Teresita una tendencia a asumir una conducta varonil como si, en su búsqueda incesante de la fusión entre el amor divino y el humano, quisiese también reunir los dos sexos en su propia persona. El aborrecimiento que la monjita le inspiraba a la mujer que me estaba contando, airada, lo que había ocurrido durante mi ausencia, era a decir verdad la consecuencia de un malentendido, porque el modo de actuar de la monjita también la englobaba a ella, y debe de haber sido cuando empezó a evangelizar a las prostitutas de la ciudad que le vino la idea de poner en práctica de esa manera la orden recibida según ella directamente de Cristo en el Alto Perú. En algún sentido, en vez de evangelizar a las mujeres de mala vida, había sido evangelizada por ellas, y lo que las mujeres tomaban como una afrenta de parte de la monjita, era en cierta manera un homenaje que les rendía.
Para tener las cosas claras, me saqué de encima a la mujer prometiéndole ocuparme del asunto, ya que el aspecto comercial de las cosas no era ajeno a su rencor, y fui a ver al sargento Lucero. Las evasivas un poco confusas que obtuve de él probaban quizás que la mujer no había exagerado, pero cuando lo intimé a recobrar su sinceridad habitual, me confesó que a su modo de ver los rumores tenían algo de cierto, pero como todos los soldados estaban implicados en el asunto, sería difícil obtener de ellos las precisiones necesarias. Más que aprovecharse de ella, me dijo el sargento, los soldados parecían protegerla, y obedecerla incluso. Daba la impresión de que la estimaban realmente, y no era ella la que les inculcaba la obediencia, sino ellos mismos los que, en forma espontánea, la practicaban, por un respeto grave que, no se sabía bien por qué, ella parecía inspirarles. Lucero era demasiado razonable como para no entender que la monjita, por excelente persona que fuese, estaba loca y que mi obligación como médico era tratar de curarla de su locura y no de permitirle implicar a medio mundo en ella, así que nos pusimos de acuerdo para impedir, en los días de viaje que faltaban, que esas complicaciones desagradables se repitieran.
Al día siguiente, después de la fiesta, nos costó trabajo arrancar, y a media mañana los soldados dormían todavía a la sombra de los carros, ya que se habían acostado a la madrugada calculando de antemano la trayectoria que esa sombra seguiría en la mañana. A los caballos, ni siquiera ese cálculo les estaba permitido, y no tenían en ese inmenso lugar vacío un solo árbol para ampararse a su sombra. Es que el verano de San Juan, como le dicen en la región, alcanzaba en esos días su máxima intensidad. Había llegado poco a poco, subrepticio, fundiendo en los primeros días la escarcha acumulada durante la primera semana glacial después de la lluvia y, caldeando el aire y la tierra, había creado para la vegetación impaciente, un simulacro fugaz de primavera. Del suelo agrisado y endurecido por el frío, el pasto nuevo empezó a brotar, haciendo reverdecer el campo chato, pero a los dos días nomás, por no decir a las pocas horas, el calor aumentó tanto que las hojitas empezaron a decaer, y casi enseguida los campos se resecaron otra vez transformándose en una interminable extensión amarilla. Durante varios días no vimos, en el cielo de un azul profundo y turbulento, ni una sola nube, nada aparte del sol llameante que pasaba dejando el aire, la tierra y las cosas exhaustas y calientes, y como no soplaba ninguna brisa, y las noches eran tan calurosas como los días, no tenían tiempo de refrescarse. Ese horno inmenso que atravesábamos durante el mes más frío del año, ese gran círculo amarillo por el que avanzábamos a duras penas, encerrado bajo su cúpula azul que únicamente la mancha árida del sol transitaba durante el día, y que de noche se ennegrecía y se llenaba de puntos luminosos, fue durante varios días el decorado único, tan idéntico a sí mismo en cada una de sus partes intercambiables, que por momentos teníamos la ilusión de empastarnos en la más completa inmovilidad. A partir de cierto momento movernos de día parecía imposible, pero esperar el atardecer para viajar con la fresca, como decía Osuna, era igualmente adverso, primero porque quedar detenidos en medio del campo, donde no teníamos más sombra que la de los carros resultaba más extenuante que viajar, ya que nuestro desplazamiento podía procurarnos, por irrisorio que fuese, algún soplo de aire, y en segundo lugar porque de noche no refrescaba lo suficiente, pero si acampábamos, la oscuridad, poniéndonos durante algunas horas al abrigo de la resolana, nos ayudaba a descansar. Con el calor, el silencio del campo vacío pareció aumentar, como si todas las especies que lo poblaban, incapaces de movimiento, yacieran exhaustas y aletargadas. También nosotros, que pretendíamos reinar sobre todas ellas, íbamos como adormecidos, hombres y mujeres, civiles y soldados, creyentes y agnósticos, ilustrados y analfabetos, cuerdos y locos, igualados por esa luz aplastante y ese aire ardiente y embrutecedor que borraban, reduciéndonos a nuestras lánguidas e idénticas sensaciones, nuestras diferencias. Encerrados en sus carromatos, los enfermos dormitaban el día entero y de noche apenas si se asomaban al exterior, excepción hecha de la monjita, siempre rodeada por su guardia de soldados, muchos de ellos casi enteramente desnudos, con apenas un calzón ajustado y rotoso que los cubría desde la cintura hasta un poco más arriba de las rodillas, y que por sus roturas dejaba ver ciertas partes del cuerpo que hubiese sido más prudente mantener ocultas, lo que les daba un aspecto indecente en el que ya nadie reparaba, y que incluso parecía respetable en comparación con las mujeres, que solían pasearse, cuando hacía demasiado calor, con los senos al aire y a veces completamente desnudas. Cuando pasábamos por algún río, casi todo el mundo se desnudaba, sin siquiera esperar la oscuridad, y se iba a retozar, con placer animal, en el agua tibia y turbulenta. El viaje, prolongándose más de lo habitual, nos había incitado, de un modo imperceptible, a crear nuestras propias normas de vida, y los caprichos del clima, que hacían sucederse las estaciones inapropiadas con la rapidez con que se suceden los días y las horas, sumados a la composición singular de nuestra caravana nos habían incitado a crear un universo exclusivo, más y más diferente a medida que pasaba el tiempo en el que habíamos estado habitando antes de la partida. Si bien nuestra autoridad se relajaba, resultaba fácil comprobar que ya no era necesaria: en la fiebre de esos días irreales, los intereses ordinarios parecían haber desaparecido. Sólo unos pocos rencores quedaban: Sirirí desaprobaba con amargura nuestro alejamiento cada día más evidente de las normas que le habían inculcado y que eran su única referencia en cualquier mundo posible, y el Ñato Suárez, que no se alejaba del carromato de su amo, como un perro fiel pero un poco desorientado, me indicaba con su mirada rencorosa que, a su juicio, no era la demencia sino yo el responsable del terrible derrumbe de Troncoso. Pero aun su odio, en ese infinito chato y amarillo, había perdido las riendas de la acción.
Como Osuna anunciaba para el treinta la tormenta de Santa Rosa todos espiábamos, ansiosos pero escépticos, por ver si avanzaban a nuestro encuentro, desde el sudeste hacia el que nos dirigíamos, cargadas menos de agua que de esperanza, las nubes salvadoras. Pero en los primeros días de expectativa ni una sola apareció. De tanto vigilarlo, el cielo vacío, que iba cambiando de color al paso de la luz, perdió el aura familiar, consecuencia de nuestra certeza de haber estado siempre ahí, y se volvió extraño, y con él la tierra amarilla, todo lo que abarcaba el horizonte visible, incluidos nosotros mismos. Las caras requemadas y sudorosas, en las que los ojos estaban como achicados, la boca siempre abierta y el ceño siempre arrugado, exhibían una expresión interrogativa constante. Por momentos hablábamos poco, intercambiando monosílabos retraídos, y por momentos, en general en un aparte entre dos o tres, intercambiábamos largos monólogos fragmentarios, confusos y precipitados, como si habiendo perdido, en la llanura monótona, el instinto o la noción que separa lo interno y lo exterior, el idioma que el mundo nos presta hubiese perdido también sus raíces dentro de nosotros y se hubiese puesto a hablar por sí mismo, prescindiendo del pensamiento y de la voluntad de los que, al dar los primeros pasos por el mundo, habíamos aprendido a utilizarlo.
Por fin, una tarde, las nubes empezaron a llegar. Como era temprano todavía, las primeras eran grandes y muy blancas, con los bordes festoneados en ondas, y cuando pasaban demasiado bajas, su propia sombra las oscurecía en la cara inferior, visible desde la tierra. Teníamos la esperanza de verlas ennegrecerse y, partiendo desde el horizonte en una masa gris pizarra interminable, cubrir al poco rato el cielo entero y derramarse en lluvia. Pero durante dos días, deshilachadas y mudas, desfilaban en el cielo, viniendo como creo haberlo dicho desde el sudeste, y desaparecían detrás de nosotros, en algún punto a nuestras espaldas de un horizonte ya recorrido. Según las horas del día, cambiaban de forma y de color y, sobre todo, flotaban a velocidades diferentes, como si el viento, cuya ausencia se padecía tanto a ras de tierra, abundara allá arriba. A veces eran amarillas, anaranjadas, rojas, lilas, violetas, pero también verdes, doradas e incluso azules. Aunque todas eran semejantes, no existían, ni habían existido desde los orígenes del mundo, ni existirían tampoco hasta el fin inconcebible del tiempo dos que fuesen idénticas, y a causa de las formas diversas que adoptaban, de las figuras reconocibles que representaban y que iban deshaciéndose poco a poco, hasta no parecerse ya a nada e incluso hasta asumir una forma contradictoria con la que habían tomado un momento antes, se me antojaban de una esencia semejante a la del acontecer, que va desenvolviéndose en el tiempo igual que ellas, con la misma familiaridad extraña de las cosas que, en el instante mismo en que suceden, se esfuman en ese lugar que nunca nadie visitó, y al que llamamos el pasado.