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Электронная книга - «Las nubes». Краткое содержание книги:

Viaje irónico, viaje sentimental, esta novela de Saer concentra en su peripecia los núcleos básicos de su escritura: sus ideas acerca del tiempo, el espacio, la historia y la poca fiabilidad de los instrumentos con que contamos -conciencia y memoria- para aprehender la realidad. Las nubes narra la historia de un joven psiquiatra que conduce a cinco locos hacia una clínica, viajando desde Santa Fe hasta Buenos Aires. Con él van treinta y seis personajes: locos, una escolta de soldados, baquianos y prostitutas, que atraviesan la pampa sorteando todo tipo de obstáculos. Allí se encuentran con Josecito, un cacique alzado, que toca el violín y ante quien uno de los locos predica la unidad de la raza americana. Esta falsa epopeya -tanto como la historia de nuestro país- transcurre en 1804, antes de las Invasiones Inglesas y de la Revolución de Mayo, un momento de nuestra historia en el cual no hay imagen del país ni nada está constituido.
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Apenas salimos de la ciudad hacia el norte la evolución del joven Prudencio Parra mostró, como ya lo he anticipado, una orientación inesperada: la postración total en la que se encontraba en su cama, manteniendo el puño apretado, la mirada fija en el vacío, y las profundas arrugas en la frente y en el entrecejo que le daban esa expresión doliente y apagada, dieron paso a cierta animación, que me atrevo a llamar así únicamente en comparación con la total inmovilidad que duraba desde hacía meses, y de la que el rasgo singular era la serie de movimientos que hacía con las manos, y que repetía de un modo incesante, incluso a la hora de la comida, que absorbía con indiferencia y docilidad. Se había incorporado en su camastro y, con la mirada fija en la penumbra del carromato, e indiferente a su traqueteo, comenzaba sus movimientos que podía repetir en forma idéntica, como un mecanismo, durante horas, echándole de tanto en tanto a las manos una mirada lenta y grave que terminaba en una sonrisa levísima y dolorosa.

Estiraba los dedos de la mano derecha y después los encogía con lentitud, hasta darle a la mano el aspecto de una garra, pero blanda y nada amenazadora; luego de una breve pausa continuaba el mismo movimiento hasta cerrar completamente el puño. Y por último, cuando el puño estaba cerrado desde hacía algunos segundos, la mano izquierda lo cubría y lo apretaba con fuerza. Durante el día entero, en todo caso cuando alguien estaba presente, ya que es difícil saber cómo se comporta una persona, loca o cuerda, cuando está sola, realizaba esos ademanes que, si bien me sorprendieron en un primer momento, volviendo a pensar en ellos antes de dormirme descubrí que me eran familiares y que, sin saber por qué razón, me traían a la memoria las arcadas de Alcalá de Henares en un mediodía soleado de primavera, suscitando en mí una sensación agradable. Al despertar a la mañana siguiente, la primera cosa que me estaba esperando cuando mi ser, cerrado durante la noche por las llaves del sueño, se entreabrió a la vigilia, era la respuesta a esa misteriosa impresión de familiaridad: en la clase de filosofía, habíamos estudiado las Académicas de Cicerón, y como se acercaba la época de los exámenes, íbamos con un amigo por la calle principal de Alcalá memorizando esa página en la que Cicerón describe la manera en que Zenón el estoico mostraba a sus discípulos las cuatro etapas del conocimiento: los dedos extendidos significaban la representación (visum); cuando los ponía algo replegados era el asentimiento (assensus), gracias al cual la representación se hace patente en nuestro espíritu; después, con el puño cerrado, Zenón quería mostrar cómo por vía del asentimiento se llega a la comprehensión (comprehensio) de las representaciones. Y por último, llevando la mano izquierda hacia el puño, envolviéndolo con ella y apretándolo con fuerza, mostraba ese movimiento a sus discípulos y les decía que eso era la ciencia (scientia). El descubrimiento me hizo saltar de la cama, vestirme en forma sumaria, y precipitarme al carromato del joven Prudencio que, debido a la hora temprana, dormía con expresión sosegada. Sus manos abiertas reposaban con las palmas hacia abajo sobre el poncho gris que lo cubría. El soldado paraguayo al que habían confiado en Asunción, porque había sido enfermero en el ejército, el cuidado de los hermanos Verde, y que con otro de sus camaradas tenía como misión ocuparse de los enfermos, le había arreglado el camastro con habilidad, y otra vez pude observar, como ya lo había hecho varias veces en su casa que, a juzgar por el estado de su cama cada mañana, las noches del joven Parra debían ser de lo más apacibles. Me quedé a esperar que despertase, porque me interesaba observar el modo en que, al pasar del sueño a la vigilia, la extraña maquinaria de sus manos se ponía en movimiento. Al cabo de un buen rato fue desentornando, como era su costumbre, de a poco los ojos y, si reparó en mi presencia, ningún signo exterior lo delató. Se fue incorporando con lentitud en la cama, siempre con los párpados medio entornados y, apoyando la espalda contra el panel del carro, empezó a estirar los dedos de la mano derecha y a preparar en el aire la izquierda para que, cuando los tres primeros movimientos del ciclo hubiesen sido cumplidos, el cuarto, consistente en cubrir con la mano izquierda el puño de la derecha, oprimiéndolo con fuerza, pudiera llevarse a cabo otra vez. Como cada vez que se los querían sacar Prudencio se ponía a berrear con tono lastimero, lo que me había inducido a dar la orden de que se los dejaran, las puntas de los dos sempiternos trapitos blancos sobresalían de sus oídos, pero el impresionante hundimiento que iba del pómulo a la mandíbula chupándole hacia adentro la mejilla se había rellenado un poco y su cara, todavía demasiado pálida, parecía sin embargo un poco más redonda y saludable. Como de costumbre, simulaba ignorarme, pero algo me decía que, desde el lugar remoto al que, desde hacía varios meses, para escapar del tumulto que reinaba al mismo tiempo en su propio ser y en el mundo, se había retirado, los vestigios de sí mismo mandaban, abandonados quizás en el rincón más negro del universo, señales de vida. La total identidad de sus movimientos con los ademanes que, según Cicerón, le servían a Zenón el estoico para hacer visibles ante sus discípulos las fases del conocer, no había que atribuirla a ninguna coincidencia inconcebible a priori entre los desvaríos de un muchacho enfermo y las imágenes forjadas, en la plenitud de su razón, por el padre de los estoicos, como si lógica y locura llegasen, por distinto camino, a los mismos símbolos, lo que puede ocurrir más a menudo de lo que se cree, sino al hecho, mucho más fácil de explicar, de que el joven Parra, en su período de lecturas ávidas y desordenadas, debió encontrar tal vez, en ese párrafo de Cicerón, haciéndolo suyo de inmediato, la explicación de ese mundo inextricable en cuyo desorden un día, sin saber por qué, su alma frágil, con extrañeza y terror, se había despertado.

Pero había algo todavía más curioso en esa actividad súbita aunque limitada y lenta del joven Parra, que no dejó de llamarme la atención y que pude observar a la luz de esa regla de oro que me inculcó el doctor Weiss, según la cual todos los actos de un loco, por nimios o absurdos que parezcan, son significativos: el puño que Prudencio mantenía cerrado con fuerza y obstinación desde muchos meses atrás, y que únicamente condescendía a abrir de tanto en tanto para dejarse cortar las uñas, no sin antes recoger, con la otra mano y con el mismo ademán, aunque un poco más blando, que hacemos para atrapar una mosca al vuelo, un hálito invisible que según él debía escaparse del puño abierto, ese puño que había requerido el esfuerzo de varias personas para desplegar después de tanto tiempo los dedos, se había distendido por alguna razón misteriosa apenas nuestro convoy dejó atrás la ciudad, y las dos manos habían comenzado a efectuar los movimientos pausados pero exactos que acabo de describir. Como creo haberlo dicho también, debimos, a causa de la crecida, subir durante dos días hacia el norte hasta encontrar un recodo del río lo bastante playo como para permitirnos cruzarlo, de tal modo que, una vez en la orilla opuesta, empezamos a desplazarnos en dirección contraria por la ribera oeste del río, volviendo, por decir así, a nuestro punto de partida. Esa circunstancia me dio la oportunidad de verificar el detalle más sorprendente en la conducta de Prudencio, o sea que, si bien su puño se aflojó apenas salimos de la ciudad, cuando empezamos a volver hacia atrás, aproximándonos, antes de girar hacia el oeste para internarnos en el desierto, al punto de partida, los movimientos de las manos se detuvieron y el puño, con fuerza al parecer renovada, se cerró otra vez. Mientras, a causa del itinerario que habíamos trazado, nos mantuvimos en las cercanías de su ciudad natal, el puño se apretaba con obstinación, pero apenas empezamos a alejarnos hacia el oeste, buscando tierras secas antes de enfilar hacia el sur, el puño se distendió, el cuerpo se incorporó un poco en el camastro y los movimientos de las manos, que dos mil años antes, bajo el pórtico de Atenas, habían sido tan familiares para los discípulos de Zenón, volviendo a lo visible por un camino inesperado, puntuales, recomenzaron. Una sola explicación me parece posible: cada lugar fragmentario pero único del mundo lo encarna en su totalidad, de modo que para el joven Parra su ciudad natal era la síntesis del universo cuya enigmática complejidad él había tratado de desentrañar con la ayuda de lecturas frenéticas y desordenadas, hasta perder un día la razón, así que, al alejarnos del escenario donde había tenido lugar la experiencia destructora, el terror disminuía, pero cuando nos acercábamos de nuevo, la proximidad de la ciudad cargada de ese pasado tan penoso, lo hacía recrudecer. (A esta explicación filosófica del doctor Real le podemos oponer hoy en día una más simple y sobre todo más probable: lo que se alejaba y se acercaba con las vicisitudes del viaje, y que había vuelto loco a ese pobre muchacho, no era el universo enigmático ni nada por el estilo sino, como salta a la vista, su propia familia. Nota de M. Soldi.)

Ya se habrá notado que, para alcanzar un lugar que estaba casi a la altura de nuestro punto de partida, tuvimos que viajar cuatro días, lo que hubiese debido cubrir, en tiempos normales, la cuarta parte de nuestro viaje, de modo que la quinta jornada, bien de mañana, arrancamos decididos hacia el oeste, buscando tierras secas que nos permitieran viajar hacia el sur. Así, en algunas horas, nos fuimos internando en la parte más chata, más vacía, más pobre de la llanura. Un viento del sur, persistente y helado a pesar del cielo límpido en el que no se divisaba una sola nube, nos golpeaba por nuestro flanco izquierdo cuando rumbeábamos tierra adentro, mientras que a ras del suelo sacudía los pastos grises y resecos que el invierno había ido haciendo ralear. Un día entero viajamos alejándonos del agua, hacia el puro desierto, y cuando acampamos al anochecer, frente a un sol redondo, rojo y bajo, enorme, que ya casi tocaba el filo del horizonte, acentuando con un halo rojizo y cintilante el contorno de las cosas, tuve la impresión, más triste que aterradora, de que era al centro mismo de la soledad que habíamos llegado. Sobre la tierra chata que pronto escamotearía la noche, me pareció, durante unos instantes, que éramos la única cosa viva retorciéndose bajo ese sol extranjero, aplastante y desdeñoso. Interrogué con la mirada el círculo entero del horizonte, sin percibir otro movimiento aparte de la inclinación temblorosa del pasto hostigado por el viento, ni otro sonido que no fuese el silbido de ese soplo helado que venía del sur. Y aunque yo sabía que en ese desierto pululaba no únicamente la vida animal, sino también la vida humana, nómade y solitaria, fue el hálito inhumano del paisaje lo que me hizo estremecer. Nunca, ni antes ni después de ese viaje, llegué a tener, como las que mandaban la tierra vacía, el enorme sol rojo y, unas horas más tarde, las estrellas abrumadoras, noticias tan claras sobre la condición real de todo lo que crecía, reptaba, aleteaba, latía y sangraba, agitándose en contorsiones grotescas, en medio del mecanismo ígneo que el azar había puesto, porque sí, en movimiento. Prendimos un fuego modesto, porque la leña no abunda en ciertas partes de la llanura, y después de comer, desvestido a medias para protegerme del frío, me metí en la cama y a la luz de una vela, antes de dormirme, leí unas páginas de Virgilio.

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