Las nubes
- Автор: Saer Juan Jose
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las nubes». Краткое содержание книги:
Aunque los carromatos eran tirados por caballos y no por bueyes, avanzábamos despacio: en primer lugar, después de las lluvias casi constantes, el estado de los caminos, si podemos llamar así a las huellas tortuosas que seguíamos en pleno campo, dificultaba nuestro avance; pero hay que decir también que nuestro convoy, que debía consistir al principio en un grupito de carros rápidos para ir ganando durante el día, una a una, la línea de postas paralelas al río, a pocas leguas unas de otras, hasta alcanzar al fin, al cabo de diez o doce días el edificio blanco de Las tres acacias, se convirtió en una laboriosa caravana, demasiado lenta y demasiado larga, frenada por continuas indecisiones, igual que una serpiente irresoluta y poco ágil, cuya cola y cuyo estómago tuviesen la pretensión de dirigirla al mismo tiempo que la cabeza. No quiero decir con esto que ningún miembro del convoy sano de cuerpo y alma, si en la circunstancia que atravesábamos esa expresión significaba todavía algo, haya pretendido reemplazar al triunvirato deliberativo que formábamos el sargento Lucero, Osuna y yo, al que habría que agregar para ciertos casos la opinión de un indio que acompañaba a la tropa, sino que, en un grupo tan numeroso de personas, ya que éramos treinta y seis en total, los deseos de todo el mundo pueden muy bien no coincidir palmo a palmo en todo momento, durante un viaje que se anunciaba ya desde el comienzo largo y dificultoso.
Aparte de los seis carromatos, uno para cada enfermo más el mío, conducidos por carreros de la compañía de transportes que los traerían de vuelta desde Buenos Aires hasta Asunción con un cargamento diferente, había dos carros más destinados a satisfacer las necesidades del viaje. Uno era una especie de almacén, pulpería y cocina, cuyo propietario, un vasco que hacía años andaba por América, había hecho de su almacén ambulante una verdadera profesión. Según me dijo una noche, solía acompañar a las tropas de soldados, a las caravanas de comerciantes o de simples viajeros, hacia el Brasil, el Paraguay, o Santiago de Chile, del otro lado de la cordillera. Tenía toda clase de mercaderías en su carro, uno de cuyos paneles laterales se levantaba y, sostenido por una varilla de hierro que se enganchaba en el borde inferior de la abertura, podía inclinarse hacia el exterior como una especie de alero, dejando a la vista verdaderas estanterías y un mostrador angosto, detrás del cual vendía yerba, azúcar, bizcochos, aguardiente, vino, tabaco, o hilo, botones, y muchas cosas más, o si no despachaba, en el mostrador, algunas bebidas y picaditas de queso o de fiambre. En un rincón del carromato tenía su camastro, y un espejito que colgaba del techo y en el que se afeitaba con minucia todas las mañanas. Mucha gente de la región y tal vez del sur del continente lo conocía, y según Osuna se había hecho rico gracias a la usura. En el otro carro viajaban tres mujeres de las que me habían hecho creer al principio que se trataba de las esposas de tres soldados a los que acompañaban siempre en sus desplazamientos, hasta que, una vez iniciado el viaje, apenas las vi me di cuenta de que eran tres rameras, y que los tres soldados que se hacían pasar por sus maridos eran tres vulgares proxenetas. El sargento Lucero me explicó que esas mujeres que seguían a las compañías de soldados por la llanura eran un fenómeno común en la región, y que a veces podía tratarse de auténticas esposas, cuando no de las dos cosas a la vez. Con resignación a causa de mi falta de ductilidad pensé que lo que a mí me dejaba perplejo, hubiese constituido un atractivo para el doctor Weiss, ya que esa combinación esposa-ramera de la que hablaba el sargento era de algún modo la encarnación de su ideal femenino. Una de esas tres mujeres era francesa y rubia por añadidura, y sobresalía de entre las otras dos que tenían la piel oscura, los pómulos altos, los cabellos negros y lacios y ese perfil aguileño que tanto las hace parecerse a las sirvientas o, si se prefiere, a las reinas y a las diosas egipcias. A pesar de su pelo amarillo y de su piel blanca no se me ocurrió al principio que aquella mujer podía venir de Francia, pero un día me oyó corregir el francés macarrónico de Troncoso, y me abordó con el inconfundible acento de los barrios populares de París, lo que representó para mí una experiencia curiosa, ya que las palabras que profería la mujer parecían desentonar en ese paisaje, pero al mismo tiempo me daban la oportunidad de practicar en medio del desierto el idioma de Rousseau y de Buffon. Varias veces vino a mi carro para contarme las increíbles peripecias que la habían conducido a su situación actual, pero como al cabo de dos o tres conversaciones sus versiones diferían, empecé a dudar de su veracidad, y nuestras relaciones se degradaron del todo cuando un día, a la cuarta o quinta visita, me sugirió que ella en realidad estaba trabajando, y que esos momentos que pasábamos en mi carromato yo debía pagárselos como si la suya se tratara de una visita profesional. Hubiese podido indignarme por esa situación vergonzosa si no resultase evidente que, aun cuando sea cierto que las circunstancias exteriores modelan nuestra vida, siempre hay algo dentro de nosotros que nos hace perder de vista esas circunstancias y tiende a darles el color de nuestra percepción, siempre empañada por algo de lo que ni siquiera llegamos a darnos cuenta de que es puro desvarío. (A propósito de esas tres mujeres, debo decir que fueron derrotadas en su propio terreno por sor Teresita, que al principio las frecuentó mucho, pero que ellas terminaron por repudiar a causa de lo que podríamos llamar su competencia desleal. Mi confidente francesa vino un día a contarme que había sorprendido a la monjita con dos soldados, acostada entre los pastos a cierta distancia del campamento. La mujer parecía escandalizada y repetía a cada momento, sacudiendo la cabeza: Tous les deux, monsieur, tous les deux! Ce n’est pas malheureux? Cuando, de vuelta a la Casa de Salud le conté una noche la historia, el doctor Weiss, riéndose, comentó: Uno de los aspectos más sorprendentes de la teología es el enorme trabajo que se dan los teólogos para elaborar un sistema que tiene como base una experiencia incomunicable. Santo Tomás interrumpió la redacción de la Suma Teológica el día que tuvo por fin, después de tanto sudor, una auténtica experiencia mística. Un hecho tan importante como la certeza sobre la existencia de la divinidad puede prescindir de todo comentario. Pero la teología, que es esencialmente política, no molesta a nadie. La mística en cambio es teología empírica, y siempre he pensado que su aplicación práctica es capaz de sembrar el pánico en la Iglesia, en la Corte y en los lupanares.
Nuestra escolta estaba compuesta de dieciséis soldados, más el sargento Lucero que los mandaba y el indio Sirirí, un mocobí manso del que si tuviese que señalar dos rasgos principales diría que eran la mojigatería y el odio por el cacique Josesito, cuya sola mención en su presencia lo hacía adoptar una expresión feroz. Las exigencias más irrazonables de la Iglesia Católica, que ya ni siquiera en Roma eran tomadas en serio, parecían haber encontrado en Sirirí el terreno apropiado para arraigarse y prosperar hasta la caricatura. No bebía, no fumaba, no decía malas palabras ni juraba en vano, y cualquier pretexto le venía bien para persignarse y para besar una medallita dorada que colgaba de su cuello. El sargento Lucero, que en realidad lo estimaba porque era un buen guía y además le servía de intérprete, decía de él, cuando no estaba presente desde luego, que de chico se había tragado un catecismo y que todavía no había terminado de digerirlo. Cuando se hablaba del cacique Josesito su expresión de odio se volvía tan inquietante que por contraste uno empezaba a encontrar simpático al asesino musical, que por lo menos mostraba cierta humanidad cuando se emborrachaba o cuando se ponía a tocar el violín. Sus principios tan estrictos debieron sufrir muchas pruebas rigurosas durante ese viaje, en el que no solamente había la prostitución, el alcohol y la brutalidad para debilitar los cimientos de su moral, sino también el suplemento desmesurado de la locura para echar abajo las paredes de ese edificio sin puertas ni ventanas en el que la religión había encerrado a su alma predestinada y salvaje. Osuna, que parecía estar compuesto de dos personas diferentes, según estuviese fresco o borracho, lo respetaba de día a causa de su real conocimiento del desierto, y lo aborrecía de noche.
Eramos un convoy diverso y colorido: una parte de la escolta nos precedía y la otra cerraba la marcha. Mi vivienda ambulante venía a la cabeza, detrás seguían las de los cinco enfermos, después el almacén del vasco, y por último el carromato de las mujeres. Entre los habitantes de los carros, únicamente Troncoso y yo nos desplazábamos a caballo, él en su azulejo alto y nervioso y tan tenso y vivaz, refrenado casi todo el tiempo por una rienda corta, dispuesto a partir a cada instante al galope, que parecía haber contraído también él ese extraño mal de su jinete que lo mantenía en un estado de actividad exagerada, morbosa y constante. Los soldados de la escolta no sólo no llevaban uniforme sino que estaban vestidos del modo más caprichoso, y si algunas prendas militares, rotosas y descoloridas, habían sobrevivido en ese vestuario abigarrado, la heterogeneidad del resto terminaba por hacerle perder toda identidad. De esa variedad no premeditada, opuesta en todo al diseño elaborado que supone el uniforme, y que busca la repetición, el orden y la simetría, se desprendía sin embargo un efecto igualmente vivaz, que estaba dado sobre todo por los colores y los dibujos de los ponchos, lisos, a rayas, oscuros o claros, con o sin flecos que, en el espacio vacío del desierto, parecían cobrar una nitidez suplementaria, sobre todo en los primeros días en los que el viento helado del sur los inflaba o los hacía flamear en el lomo de sus propietarios. También los carros brillaban un poco al principio, porque habían sido limpiados, engrasados y repintados en parte con los colores de la compañía por los propios carreros, a su llegada del Paraguay. Detrás de los últimos soldados una manada de caballos de recambio se dejaba arriar con docilidad por los jinetes que se iban turnando en la tarea. Y por último, diez o doce perros vagabundos nos seguían con la misma obstinación, indigencia y avidez con que las gaviotas siguen la estela de los barcos en busca de alimentos.
Mi primera responsabilidad era desde luego ocuparme, en tanto que médico, de mis enfermos, pero por algunas alusiones de Osuna, comprendí que se esperaba de mí una actitud de jefe o de patrón, por lo que decidí encerrarme en mi carro a reflexionar sobre el modo en que esa actitud podría manifestarse con mayor claridad, para llegar a la conclusión de que la mejor manera de hacerlo consistía en subrayar el hecho de que era yo el que pagaba los gastos de nuestra expedición, pero después comprendí que esos mercenarios rotosos a los que llamábamos nuestra escolta, algunos de los cuales, que venían de Corrientes y de Asunción, apenas si conocían algunas palabras en castellano porque su lengua materna era el guaraní, esperaban que yo fuese tomando las decisiones que el rumbo de nuestra caravana poco común exigiese. Como me era imposible cumplir ese cometido sin Osuna y sin el sargento, decidí adoptar una actitud distante y reflexiva, sin responder de inmediato a las propuestas que me hacían, y simulando más bien pesar el pro y el contra de cada una antes de tomar una decisión definitiva. Debo decir que mi comedia dio un resultado mucho más grande del que esperaba, porque el que parecía tener más dudas acerca de mis capacidades, es decir el propio Osuna, resultó ser el más crédulo de todos. Muchos años más tarde, todavía solía hablar de mí como hombre de la llanura, aunque nunca en mi presencia. En realidad, no sé si mi autoridad se impuso a causa de los sueldos que fueron pagados en las cantidades y en los plazos prometidos, o gracias a mi reputación profesional, porque con mi valijita llena de instrumentos médicos y de remedios de urgencia, pude tratar todos los males que esos hombres rústicos padecieron durante el mes largo que duró nuestro viaje. Resfríos, diarreas, lastimaduras, forúnculos, picaduras de insectos, fiebres, dolores de espalda o hemorroides, cuando no dolencias viejas, ya inseparables del ser de sus víctimas, que con el traqueteo del viaje recrudecían, no hubo un solo día en el que uno de esos gauchos -uso treinta años más tarde esta palabra con precaución, aunque creo saber que ha perdido el sentido casi insultante que tenía en esa época- no se llegase hasta mi carro, entre cohibido y desamparado, a consultarme.