La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
Me pasaba horas posando desde el borde de la bañera, contemplando en el espejo a la extraña en la que me estaba convirtiendo. Los cambios en mi ser me alborozaban y deprimían a partes iguales. Cada progreso hacia la madurez era un paso que me acercaba a Dimitri y otro que me alejaba de la niña que había sido para mi madre. Ya no era la hija pequeña a la que había cantado canciones sobre champiñones, o a quien le había producido un moratón en la manita al apretársela con fuerza; por no querer separarse de ella. Me preguntaba si mi madre lograría reconocerme.
Dimitri fue fiel a su promesa y me visitaba cada miércoles. Corrimos los sofás y las sillas a los extremos del salón de baile y le rogamos a Serguéi que nos enseñara a bailar. Tal y como Dimitri había predicho, Serguéi insistió en enseñarnos el vals vienés. Bajo la severa mirada de los retratos que colgaban en las paredes, Dimitri y yo girábamos y nos deslizábamos, perfeccionando nuestros movimientos. Serguéi era un profesor exigente y nos detenía con frecuencia para corregir nuestro juego de pies o la posición de los brazos y las cabezas. Pero yo me sentía feliz por encima de mis propias expectativas. ¿Qué importaba el estilo de baile o el tipo de música, mientras pudiera bailar con Dimitri? Cuando estaba con él, aquellas pocas horas a la semana, lograba olvidar la tristeza. Al principio, me preocupaba que Dimitri únicamente me visitara porque sintiera lástima por mí, o porque Serguéi le hubiera instado en secreto a hacerlo. Sin embargo, le observaba como un gato a un ratón, en busca de la más mínima señal de interés: finalmente acabé por encontrar varias. Nunca llegaba tarde a nuestras clases y parecía decepcionado cuando se terminaban, demorándose en el vestíbulo más tiempo del necesario para recoger el abrigo y el paraguas. A menudo, cuando creía que yo no le miraba, le sorprendía observándome. Yo me giraba rápidamente y él apartaba la mirada, simulando que se interesaba por otra cosa.
Para la época en la que rebrotaban los primeros narcisos y los pájaros volvían al jardín, tuve mi primera menstruación. Le rogué a Luba que le pidiera a Serguéi que me dejara ir al Moscú-Shanghái. Ya era una mujer. La respuesta me llegó en una tarjeta plateada, que llevaba pegada una ramita de jazmín:
Aguarda a tu decimoquinto cumpleaños. Necesitas más experiencia como mujer.
No obstante, Serguéi le dijo a Dimitri que nos enseñaría a bailar boleros. Yo anhelaba bailar el tango y, como nunca había oído hablar del bolero, me sentí decepcionada.
– No, este baile es mucho más simbólico -me aseguró Dimitri-. Serguéi y Marina bailaron un bolero el día que se casaron. No nos lo enseñaría si pensara que no nos lo tomamos en serio.
La semana siguiente, Serguéi atenuó las luces del salón de baile. Colocó la aguja del tocadiscos y nos situó a Dimitri y a mí de modo que estuviéramos el uno frente al otro; yo me puse ligeramente hacia la derecha y tan cerca de él que notaba los botones de su camisa apretados contra mi pecho. Podía sentir el pulso de Dimitri y el latido de su corazón contra mis costillas. La luz ambarina le daba un aspecto demoníaco al rostro de Serguéi, y nuestras sombras se deformaban en siluetas grotescas moviéndose por las paredes. La música fluía con un implacable ritmo de marcha, marcado por la percusión de los tambores. Después, la flauta, hipnótica como la de un encantador de serpientes, comenzaba una melodía. Las audaces trompetas y las apasionadas trompas se unían al frenesí. Serguéi comenzó a bailar, enseñándonos los pasos sin pronunciar ninguna palabra. Dimitri y yo le seguíamos, manteniendo el ritmo del sonido metálico de los platillos, bajando y subiendo, dando un paso al frente y después meciéndonos lentamente hacia atrás, balanceando nuestras caderas en la dirección opuesta a la de los pies. La música me embargó y me arrastró como un remolino hacia un misterioso mundo subterráneo. Por un momento, me imaginé que Dimitri y yo éramos el rey y la reina de España presidiendo nuestra corte; al momento siguiente montábamos a caballo por las extensas planicies castellanas en compañía de Don Quijote; sin embargo, inmediatamente después, pasábamos a ser un emperador romano y su emperatriz, desfilando en una cuadriga ante nuestros súbditos. Aquel baile era una fantasía, la experiencia más erótica de mi vida. Serguéi se movía dando zancadas a nuestro alrededor, con los brazos flotando sobre su cabeza, pero con un movimiento de pies claramente varonil. Dimitri y yo casi nos tocábamos, deteniéndonos imperceptiblemente y al momento siguiente, nos separábamos. La melodía de la música se repetía una y otra vez, abocándonos a los brazos del otro para después separarnos, impulsándonos hacia delante, seduciéndonos, atrayéndonos hacia el clímax.
Cuando Serguéi indicó una pausa, a Dimitri y a mí nos faltaba la respiración. Nos aferramos el uno al otro, temblando. Serguéi era un mago que nos había transportado de ida y vuelta a los infiernos. Yo estaba ardiendo por la fiebre, pero no podía hacer que mis piernas se movieran al otro lado de la habitación para sentarme.
La aguja chasqueó en el tocadiscos y Serguéi encendió las luces. Me sobresalté al ver a Amelia, con un cigarrillo colgando de la punta de los dedos y su elegante cabello negro, como una estola de visón, resaltándole el rostro. Al verla, me estremecí. Hizo un anillo de humo, contemplándome como si fuera un general del ejército calibrando el tamaño y la naturaleza del enemigo. Deseé que dejara de mirarme. Estaba arruinando el entusiasmo que había sentido al acabar el bolero. Debió de leerme el pensamiento, porque dejó escapar una risita, se dio media vuelta y se marchó.
Apenas había creído la promesa de que Serguéi me llevaría al Moscú-Shanghái tras mi decimoquinto cumpleaños, pero un día en agosto del año siguiente, emergió de su estudio y anunció que, por fin, podría ir al club aquella noche. Amelia sacó el vestido color verde esmeralda que la señora Woo me había confeccionado, pero casi no podía metérmelo por la cabeza, de lo mucho que había crecido. Serguéi llamó a una costurera para que hiciera un reajuste de urgencia. Cuando se fue, Mei Lin vino a peinarme. Amelia entró detrás de ella, balanceando un hermoso estuche entre sus manos. Me coloreó de maquillaje las mejillas y los labios, y me aplicó perfume de almizcle en las muñecas y detrás de las orejas. Cuando acabó, se inclinó hacia atrás y sonrió, satisfecha por el resultado.
– Ya no me molestas tanto, ahora que eres adulta -me dijo-. Es a los niños llorones a quienes no soporto.
Sabía que estaba mintiendo. Todavía no podía soportarme.
Me senté entre ella y Serguéi en el coche. Pasamos por el camino del pozo de la risa como en una película muda. Había mujeres jóvenes de todas las nacionalidades junto a las puertas de los clubes nocturnos, brillando con vestidos de lentejuelas y boas de plumas. Saludaban a los transeúntes, atrayendo a los clientes con sus sonrisas. Grupos de juerguistas avanzaban dando tumbos por las concurridas aceras, chocándose en sus ebrios tambaleos con otros peatones y vendedores ambulantes, mientras que los tahúres se apiñaban en las esquinas, como insectos alrededor de las luces de neón.
– ¡Ya hemos llegado! -anunció Serguéi. La puerta se abrió y un hombre vestido de cosaco me ayudó a salir del coche. Su gorro era de piel de oso y no pude resistirme a tocarlo, al tiempo que miraba boquiabierta la magnificencia que se desplegaba ante mí. Una alfombra roja recorría la amplia escalinata de piedra, bordeada a ambos lados por una cuerda trenzada de color dorado. Una cola de hombres y mujeres esperaba para entrar en el club, ostentando vestidos de noche, pieles, rasos y joyas que brillaban a la luz de las farolas de color sepia, a la vez que el aire se electrificaba con la algarabía de sus conversaciones. Al final de las escaleras, se elevaba un pórtico con gigantescas columnas neoclásicas y dos leones de mármol que guardaban la entrada. Dimitri esperaba allí. Nos sonreímos mutuamente, y él se apresuró a bajar la escalinata para recibirnos.