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El reinado de witiza

Электронная книга - «El reinado de witiza». Краткое содержание книги:

El argumento arranca de un misterioso hecho acaecido en el cementerio municipal de Tomelloso. Antonio El Faraón, popular comerciante de vinos del pueblo, había abierto recientemente un nicho de su propiedad para que se aireara de cara a la inminente toma de posesión del mismo por parte de su señora suegra (todo un detalle de amor filial y de afición a la limpieza, sin duda). Pues bien, un día el susodicho nicho amanece tabicado. El Faraón acude a denunciar ante los municipales el tan extraño como vergonzoso atentado contra su patrimonio. Desplazados al lugar el Jefe de la Policía, su ayudante oficioso y el médico forense se ordena al encargado del camposanto romper la pared para comprobar qué sorpresa aguarda dentro. Y en el hueco -tampoco voy a engañar a nadie- aparece lo que cabe esperar que aparezca al abrir un nicho: un cajón con su correspondiente muerto incorporado. Empieza entonces en Tomelloso el llamado reinado de Witiza en recuerdo de aquella frase con la que los manuales escolares de la época comenzaban a evocar la figura de aquel monarca visigodo: Oscuro y tormentoso se presentaba el reinado de Witiza… Pues oscura, muy oscura y bastante tormentosa se presenta también para Plinio la investigación sobre la identidad de un cadáver anónimo, sobre la causa de su muerte y sobre sus posibles asesinos y, especialmente, sobre las razones que llevaron a darle sepultura de aquella forma.
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Pliniose bajó del coche y, sin decir nada, a buen paso y seguido de don Lotario pasó al Depósito. A ambos lados de la mesa de mármol vacía había dos hachones apagados y en la cabecera, sujeto a la pared, un gran crucifijo. Echaron una ojeada al cajón que permanecía en su sitio y luego a toda la habitación.

– Se lo debieron llevar por la ventana; la encontré abierta de par en par – dijo tímidamente Anacleto desde la puerta del Depósito. Junto a él estaba Matías.

– ¡Pasa tú también, Matías. No te quedes ahí fuera!

Ambos quisieron entrar a la vez y se armaron un barullo.

– Vamos a ver, Anacleto de la mierda, y tú, Matías, que un día te van a quitar lo que yo me sé y no te vas a enterar; contestadme con mucho cuidado a las preguntas que os voy a hacer.

– Sí, Jefe.

– Oiga usted, que yo… – apuntó Matías.

– Vamos a ver, idiotas. ¿A qué hora vinieron las señoras esas a velar el cadáver?

– A eso de las diez y media. A poco de marcharse usted – dijo Anacleto -…y trajeron esas velas y el crucifijo.

– ¿Vino alguien con ellas?

– Sí, el de la funeraria de Argamasilla. Pero se marchó al contao que colocó las cosas.

– ¿Quién vino más?

– El cura párroco de Tomelloso.

– ¿Qué hizo?

– Rezó ante el cadáver y luego habló un buen rato con las señoras. Cuando se marchó el cura las mujeres volvieron a entrarse y venga de rezar otra vez. Matías les pasó unas sillas.

– ¿Y qué más?

– Matías se entró a cenar y yo me quedé aquí fuera charlando con el chófer de ellas.

– ¿Y qué más?

– Ya no vino nadie. Matías se fumó un cigarro conmigo y a eso de las doce se acostó.

– Eso es – asintió el sepulturero.

– Y luego, hacia la una y media, salieron del Depósito dos señoras y le dijeron al chófer que las llevara al Hostal a dormir.

– ¿Cómo dos?

– Sí, Jefe. Dejaron a la gordita. A la de la berruga en el carrillo.

– ¿Y dónde está?

– Ahí dentro, con mi mujer – dijo Matías con media risa -… la pobre está hecha un baño de lágrimas.

– Coño, Matías; no le veo la gracia para que te rías – dijo Plinio.

– Quite usted, hombre… si es que hay cosas…

– Pero bueno, a ver si os explicáis, que cada vez lo entiendo menos. ¿Dónde se quedó la gordeta?

– En principio, ahí, rezando – aclaró Anacleto.

– ¿Y tú?

– Yo por aquí paseando y echando pitos… Pero, luego, al cabo de un ratejo, la mujer salió… claro, se había cansado de rezar o lo que fuera.

– ¡Es que pasan unas cosas! – dijo Matías sin poder contener la risa.

– ¿Qué cosas, puñeto?; pues sí que estamos para risas.

– Sí, señor-empezó Anacleto un poco más animado-, es que verá usted, salió esa señorita gordeta como digo. Y pegó la hebra con un servidor. Empezamos hablando de la vida, del cadáver, del tiempo que hacía… y poco a poco nos fuimos enzarzando… La pobre por lo visto estaba muyprecisá… yo le caí bien, y ya sabe usted, que nos pusimos melosos. Uno no es de piedra y está soltero, que no es como ustedes… Y ya ciegos, pues que me la llevé a una era de por ahí detrás a darle regocijo… No podía hacer otra cosa, ¿sabe usted? Un hombre como yo… y como usted, Jefe, cuando una mujer…

– A mí no me mezcles. Sigue.

– Cuando una mujer es tan buena que no dice esta boca es mía, sino que hace lo que le digan ¿qué va a hacer uno? Un polvo se le echa a un pobre, Jefe.

Quedó sin saber cómo continuar, pero Plinio, adrede, puso cara de esperar más:

– Bueno, y ¿qué? – dijo al fin muy serio.

– ¿Qué, Jefe…? ¿Qué quiere que le diga…? Ya estáto dicho.

– ¿Pero no me dijiste por teléfono, so ladrón, que te habías quedado dormido?

– Sí, señor. Nos quedamos dormidos los dos, pero después… del trajín… Quiero decir de los trajines, porque tenía mucha hambreatrasála pobrecica mía.

Matías empezó a dar tales carcajadas al oír las últimas palabras de Anacleto que, contagiados guardia y veterinario súbitamente, los tres se desternillaban al unísono sin poderlo remediar. Y aquellas risas templaron un poco el miedo de Anacleto, porque las restantes palabras las dijo ya más expedito.

CuandoPlini o consiguió acorralar la risa, recompuso el gesto y continuó el interrogatorio:

– ¿A qué hora os despertasteis, pichones?

– Cuando lo llamé a usted. A eso de las cinco, calculo.

– Pero oísteis algún ruido… Algo.

– No, señor. Nos despertamos. Vamos, me desperté yo, la llamé y nos vinimos para acá.

– ¿Tan contentos?

– Hombre, ya puede usted figurarse, así en lamadrugó, con alguna resequez. Y cuando llegamos aquí, pues el cadáver que había volado… Ella se entró para seguir velando y salió la pobre despavorida, llamándome. Entré y estaba la ventana abierta, los velones apagados y el muerto ido… Fíjese usted el cuerpo que se nos puso.

– ¡Desgracio,virulo! De momento te vas arrestado al cuerpo de guardia. Después ya veremos.

– Como usted diga.

– Un momento… Durante la… fiesta o un poco después, ¿tampoco apreciasteis nada especial? ¿Algún coche o camión?

– No, señor; nadica. La verdad es que estábamos bastante lejos y muy en lo nuestro.

– ¿Y antes, el poco rato que estuviste cumpliendo con tu deber?

– No, señor, nada.

– Y tú, Matías… Supongo que no estarías también de fiesta.

– Ca, no, señor. De fiestas, nada. Mi mujer está yamu cavilosa y ajena a las cosas del cachondeo.

– Mejor me lo pones. ¿Tampoco oísteis nada?

– Sí, señor. Yo a eso de las tres o tres y media sí que oí pasos y ruidetes, pero claro, pensé que eran de éste o de la señorita. Ni por un pelo sospeché.

– ¿Y coches?

– Coches y camiones también. Pero es natural, pasando la carretera por delante del Cementerio.

Plinio quedó en silencio, serio, sin argumentos para continuar preguntando. Don Lotario le miraba con mucha lástima. El sol, ya con toda la rueda de su luz sobre el horizonte, daba a los paseos y al campo ese aspecto de renuevo, de vida sin memoria alguna de lo pasado.

Plinio, sin decir nada, volvió a entrar solo en la "Sala Depósito". Cerró la puerta tras él. No quería que lo viesen desarmado, sin una idea, sin saber por dónde tirar. Como pudo haber hecho otra cosa, examinó con cuidado el suelo de bastas baldosas. Luego, la caja de pino. Miró y remiró la mesa de mármol. Después se aproximó a la ventana, la abrió, observó los cristales, la parte de fuera. "No sé por qué tienen que haberlo sacado por la ventana, como dice el tonto ese – pensó-, si de nuevo tenían que salir al zaguán… Bien que hayan observado por ella, pero no habiendo aquí nadie, maldita la necesidad que tenían de hacer semejante maniobra."

En efecto, la puerta del Depósito daba al portalillo y la ventana al primer patio del Cementerio. Para ir al patio tenían que pasar por el portal… "Sin embargo, dice que encontró la ventana abierta… Han tenido que ser dos por lo menos. No creo que lo hayan sacado por lo alto de las tapias, ¡qué barbaridad!"

Sin saber por dónde tirar, encendió un cigarro y se sentó a media anqueta sobre la mesa de mármol para las autopsias. Con aire meditativo quedó mirando la ventana abierta.

"Estas mañanas tan hermosas también llegan a los cementerios. Cantan los pájaros… Y así de espaldas a la mesa parece que está uno en una casa feliz, una casa de vivos, de mozas que cantan y niños que juegan."

Plinio pensaba en la vida de pueblo. Vidas quietas como lagos. Miles y miles de días iguales. Y muy de tarde en tarde un raro acontecimiento, un crimen, una catástrofe que a todos saca de su letargo y queda como una página histórica, molturada en miles de conversaciones durante años.

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