El reinado de witiza
- Автор: Павон Франсіско Гарсія
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El reinado de witiza». Краткое содержание книги:
– ¿Se puede saber quién es este señor? – preguntó la viuda a Plinio con aire de reproche.
El médico levantó los ojos de las cartulinas con poca simpatía.
– Don Saturnino Oropesa, el médico forense.
– Ya.
El aludido continuó su cotejo sin decir palabra y mal sosteniendo la carterilla bajo el brazo.
– Algo se parece – musitó el forense.
– ¡Es!
– Mire, señora – dijo el médico devolviéndole las fotografías y con muy mal café -; el identificar el cadáver de un señor que pudo haber muerto hace quince días, sin más testimonio que esas fotografías es muy difícil.
– Entonces, dígame usted un medio más eficaz de identificación.
– Que usted me mostrase fotografías de este señor a la edad que ha muerto. Su marido, según estas fotos que acabo de ver, representa muchísima menos edad que ese cuerpo. Yo no le niego que sea, pero no tengo base suficiente para certificar la verdad.
– No lo comprendo.
– Es muy fácil. Como su esposo que era, ¿puede usted indicarme alguna señal, cicatriz o deformación de su cuerpo que podamos verificar ahora mismo? Dígame.
Doña Ángela quedó pensativa, mirando al suelo.
– Otra manera, la verdaderamente legal de comprobar las cosas, es que usted nos demuestre con pruebas irrefutables que ese cuerpo es del doctor Carlos Espinosa – dijoPlinio.
– ¿Le parece prueba más irrefutable que lo diga yo, su esposa, y estas señoritas, sus cuñadas?
– No basta… Vamos a ver. Admitamos que es su marido sin mayor examen. Primer punto a aclarar: ¿Cómo llegó aquí su cuerpo? – siguió Plinio.
– No tengo la menor idea.
– Pero… ¿Sí sabrá cuándo y dónde murió?
– No.
– ¿No vivía con usted?
– no.
– ¿Dónde vivía?
– Es una historia muy larga.
– Pero habrá que saberla.
La señora respiró con profundidad y, como tomando una grave decisión, dijo:
– Si no hay más remedio se la contaré a ustedes… Pero en otro lugar un poco más confortable. ¿No les parece?
– Muy bien – dijo Plinio, animado al ver que doña Ángela se humanizaba-. ¿Dónde?
– Supongo que habrá por aquí cerca algún sitio donde podamos estar tranquilos y libres de curiosos.
María Teresa, la gordita, dijo algo casi al oído de su hermana.
– María Teresa lleva razón. Podemos ir al Parador de Don Quijote, donde nos hemos hospedado, ahí en Argamasilla, si a ustedes no les importa salir de su pueblo.
– De acuerdo. Pues vamos. Allí nos encontraremos – animó Plinio.
Y sin más dilación salieron del Depósito. Ya había bastante gente aguardando para la visita. Los periodistas se acercaron al Jefe.
– Ya pueden ustedes entrar – les dijo sin más explicaciones.
Maleza y el Faraón estaban a la espera. Hicieron ademán de acercarse a Plinio, pero éste les contuvo.
– Estamos en el Hostal de Argamasilla. Volveremos pronto.
– Está buena la gordeta – dijo Anacleto al Faraón al ver salir a las tres señoras.
– Hombre, ¡tanto como buena!, no sé qué te diga.
Arrancó el "Seiscientos" del veterinario con Plinio y el médico, que no quería perderse la historia. El "Jaguar", conducido por el chófer de uniforme, salió inmediatamente.
– Sí, señor, está buena, y además se tima la jodia – insistió Maleza.
– Tú sueñas, muchacho.
Llegaron en cinco minutos a Argamasilla de Alba. Aparcaron los coches frente al Hostal. Y ocuparon sillas metálicas junto a una amplia mesa que había en la fresquísima glorieta pública que servía de terraza. Apenas había gente y la proximidad del Guadiana que cruza el pueblo, aunque con poquísimos ánimos, oreaba el ambiente.
Las tres hermanas Martínez Montorio y Rivas del Cid se sentaron juntas, como en tribunal, presidido, naturalmente, por doña Ángela.
El médico sin dejar la cartera, el veterinario sentado en el borde de la silla como siempre y Plinio sin atreverse a desabrocharse el cuello de la guerrera por aquello del respeto, aguardaban el importante y a buen seguro revelador discurso de la señora.
María Teresa, la gordita, siempre parecía sonreír y una leve gota de sudor alumbraba sobre el lobanillo de la mejilla. Paloma, como un boceto sin nervio de su hermana Ángela, miraba inexpresiva.
Acudió un camarero. Ellas pidieron cubalibres y ellos masagranes. Nombre éste que les hizo mirarse entre ellas como gente superdesarrollada ante congoleños.
Se habló levemente del pueblo en que estaban y de su posible linaje quijotil y, por fin, doña Ángela, después de mirar con mucha curiosidad los masagranes, de encender un cigarrillo rubio con gran resolución, darle una chupada y expeler el humo por ambas narices con absoluta simetría, comenzó de esta manera:
– Señores, van ustedes a escuchar una historia de familia, que me importaría mucho no trascendiera más allá de los puntos que resulten esenciales para la aclaración de este hecho tan insólito… Este favor espero de la cortesía y caballerosidad de todos ustedes.
Acabado este solemne introito, miró a los ojos de todos y cada uno de sus oyentes masculinos buscando la aceptación de su ruego, y empezó su historia con este énfasis galdosiano:
– El doctor Carlos Espinosa, aunque nació en Madrid, pertenecía a una ilustre familia valenciana. Le conocí hace… mucho tiempo en casa de unos amigos comunes. Ya en Madrid descollaba en su especialidad de enfermedades mentales. Había estado varios años por el extranjero y fue uno de los primeros médicos españoles que empezó a ocuparse seriamente del psicoanalismo. No duró un año nuestro noviazgo. Él era hijo único, tan apuesto, inteligente y educado, que a pesar de no pertenecer a nuestra clase me enamoré de él. Papá fue senador vitalicio, académico de la Real de Ciencias Morales y Políticas y barón consorte. Mamá fue la cuarta baronesa del Egido, título que hoy ostenta nuestro hermano. Durante unos años nuestro matrimonio fue una verdadera maravilla. Él trabajaba mucho, pero nos quedaba tiempo para viajar, asistir a fiestas, reuniones y espectáculos. Nuestra situación económica era más que holgada gracias a su capital, ganancias profesionales y las muchas atenciones que mis padres tenían con nosotros…
A Plinio, aquella historia contada con tanto reposo le fatigaba bastante. Mejor dicho, le parecía impropia para ser escuchada por un policía en plena actividad. Ganas le daban de interrumpir a la antiquísima señora, acosarla con las preguntas escuetas que él creía eficaces, y a otra cosa mariposa. Sin embargo, la verdad sea dicha, no se atrevió.
– Pero pronto empezaron las cosas a torcerse – continuó la casi baronesa -. El doctor, que me pareció siempre hombre muy indiferente para la política, al final de la Dictadura del general Primo de Rivera, de feliz memoria, comenzó a mostrarse peligrosamente inquieto. Devoraba los periódicos, cambió de amigos y tertulias, y surgieron las primeras divergencias conmigo y con los míos, que, como es natural, éramos… somos y seremos borbónicos, católicos, apostólicos y romanos hasta la hora de la muerte… Llegaba a casa a las tantas de la madrugada, recibía visitas de gente nada importante y viajaba con frecuencia. ¿A qué seguir? Culminó el proceso con una verdadera vergüenza para nuestra familia. Fue detenido y luego internado en la cárcel Modelo con otros personajillos que mejor es no recordar.
María Teresa, la gorda, de cuando en cuando, bebía un traguito de cubalibre, se pasaba la lengua por los labios y quedaba apoyada en la silla con una plácida sonrisa.
– Pocos días antes de la malhadada República- seguía impertérrita la dama – salió de la cárcel. Y a partir de aquel momento comenzó nuestra guerra a muerte. Dejamos de hablarnos. Convivíamos por guardar las apariencias, pero un muro nos separaba para siempre… Tal vez si hubiéramos tenido hijos se podría haber salvado algo. Pero Dios no lo quiso. Y, claro, inmediatamente de proclamarse la República comenzó su carrera… bueno, su carrerita política. Lo hicieron gobernador civil. ¡Fíjense ustedes! Él, un doctor famoso, de gobernador en no quiero recordar qué provincia subdesarrollada, como ahora se dice. Papá y yo le dimos el ultimátum. Si llegaba a tomar posesión del cargo, había terminado para nosotros. No hubo solución. Me señaló una renta más que decorosa – siempre fue hombre desprendido, eso sí-y marchó a su provincia a servir a la causa de la canalla… Después fue diputado socialista, ¡fíjense ustedes, socialista!, director general de no sé qué, subsecretario de no sé cuántos y luego de las elecciones de febrero del treinta y seis, lo sé de buena tinta, estuvo a punto de ser ministro… Antes de esto, en 1935, me ofreció el divorcio. Aunque me repugnaba, lo acepté. ¿Qué iba a hacer? Me dijo que no pensaba volver a casarse, que lo hacía por mí… Siempre un caballero, eso sí, para evitarme la humillación de recibir una renta mensual, me cedió una parte de su fortuna, que me ha permitido siempre vivir con gran holgura… Y llegó julio de 1936. Nosotros veraneábamos en San Sebastián y él, naturalmente, quedó en Madrid, con los suyos. Durante toda la guerra ocupó cargos de gran responsabilidad política en el Gobierno. Ni fue militar ni se manchó las manos de sangre, de eso estoy bien segura, pero se mantuvo en su puesto hasta última hora.