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El reinado de witiza

Электронная книга - «El reinado de witiza». Краткое содержание книги:

El argumento arranca de un misterioso hecho acaecido en el cementerio municipal de Tomelloso. Antonio El Faraón, popular comerciante de vinos del pueblo, había abierto recientemente un nicho de su propiedad para que se aireara de cara a la inminente toma de posesión del mismo por parte de su señora suegra (todo un detalle de amor filial y de afición a la limpieza, sin duda). Pues bien, un día el susodicho nicho amanece tabicado. El Faraón acude a denunciar ante los municipales el tan extraño como vergonzoso atentado contra su patrimonio. Desplazados al lugar el Jefe de la Policía, su ayudante oficioso y el médico forense se ordena al encargado del camposanto romper la pared para comprobar qué sorpresa aguarda dentro. Y en el hueco -tampoco voy a engañar a nadie- aparece lo que cabe esperar que aparezca al abrir un nicho: un cajón con su correspondiente muerto incorporado. Empieza entonces en Tomelloso el llamado reinado de Witiza en recuerdo de aquella frase con la que los manuales escolares de la época comenzaban a evocar la figura de aquel monarca visigodo: Oscuro y tormentoso se presentaba el reinado de Witiza… Pues oscura, muy oscura y bastante tormentosa se presenta también para Plinio la investigación sobre la identidad de un cadáver anónimo, sobre la causa de su muerte y sobre sus posibles asesinos y, especialmente, sobre las razones que llevaron a darle sepultura de aquella forma.
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El casoWitiza, como llamaba el Faraón al muerto, era uno de esos revulsivos que quedarían en la memoria de las generaciones presentes como episodio chusco y lleno de color.

Plinioestaba cierto de que la historia le haría justicia. La historia olvida sin piedad o mitifica. Y él, Manuel González, estaba seguro que durante mucho tiempo sería un gran mito tomellosero.

En la estrecha vida de los pueblos no se repiten con facilidad las figuras excepcionales. Hay pueblos que pasan siglos sin tener un escritor, un artista, un científico, un político… y no digamos un policía que merezca la pena. Si aparece, sus contemporáneos, dada la pobre condición humana, procuran atenuarlo o destruirlo… Y después de su muerte, por esa misma condición, cuando el elegido ya no puede sentir satisfacción alguna, se le recuerda y magnifica. Ante el hombre vivo que destaca, el Juan particular se siente molesto. Cuando muere aquél, el Juan particular presume de su paisanaje.

Plinio, porque su profesión era, digamos, popular, fácilmente inteligible e incidía en un mundo de sensaciones primarias, tenía muchos y sinceros admiradores, pero también enemigos y miles de convencidos que simulaban ignorarlo totalmente. Él lo sabía y no le importaba. Los hombres que destacan en algo es porque, para ellos, su profesión, en vez de una carga, es la razón de su vida. Agradecía y daba por bien venidas las alabanzas y festejos que le dedicaban sus paisanos de buen natural y no le importaban las enemistades e ignorancias.

Plinio, por su conducta y quehacer era intocable. Pero en determinados momentos sus enemigos le buscaron el flanco político y religioso. Hombre reflexivo y equilibrado, solía mantenerse al margen de los bandazos de los fanáticos de todo signo que suelen conmover a las gentes del montón… En esos momentos de pasión y de ceguera que juegan las creencias y no las ideas,Plinio, invariablemente, era señalado con el dedo por éstos o por los otros. Entonces sentía lástima por la frágil condición humana que con tanta facilidad se deja inflamar por el tonto o el interesado, generalmente el interesado, de turno. Manuel González, en sus etapas de desgracia, que coincidían con los de tal o cual inflamación, procuraba callar y pasar inadvertido… Cuando las aguas volvían a su cauce, él se afirmaba más en sus teorías de no participación y sentía especial ternura al ver que sus paisanos deseaban olvidar la última mala fiebre.

Plinio volvió a pensar en el robo del cadáver y en aquel final chusco protagonizado por la pobre señorita María Teresa y su donjuán municipal.

Algo se movió junto al cristal de la ventana. Era una mariposa blanca. Quedó durante unos segundos inmóvil. En seguida llegaron más, blancas también. Serían mariposas nacidas a la vera y al olor de muertos párvulos y de muertas vírgenes. Mariposas tejidas con mortajas de impúberes y cabellos rubios de mocitas que en flor tuvieron la suerte de marchar a la otra ladera, donde siempre quedarán jóvenes intactas. Mariposas, últimos trasuntos de las viejas familias del lugar: Serranos, Torres, Laras, Cepedas que ahora formaban una rueda perfecta. Una rueda voladora que entró por la ventana entreabierta y quedó junto al cristal.

Plinio, preso de sus preocupaciones, las observaba con aire distraído… Hasta que de pronto un recuerdo le hizo fruncir el entrecejo. Miró con ahínco a las mariposas, que luego de posarse en el vidrio unos segundos tornaron a volar, siempre en rueda. Pero ahora, con un raro temblor, avanzaron hacia el policía en un parabólico movimiento de traslación.Plinio las seguía con la vista. Tuvo que girar la cabeza para no perder su curvo camino. Por un momento pasaron muy cerca del plato de su gorra, pero ya otra vez frente a la ventana, en el haz de los rayos del sol, rápidamente deshicieron su rueda y marcharon hacia los aires de adelfas y cipreses del camposanto.

Plinio, con cara seráfica, como del que ve una aparición, dio unos pasos hacia la ventana, y sacando fuera buena parte del cuerpo vio cómo se alejaban, se diluían entre los átomos fulgentes del sol.

Cuando las perdió de vista, con los labios apretados y los ojos guiñados, no queriendo creerse sus propios pensamientos, empezó a dar paseos menuditos por la "Sala Depósito".

En éstas estaba, cuando lo despertaron de sus reflexiones el ruido de un coche que se detenía en la puerta del Cementerio y los comentarios en voz alta de los que estaban fuera.

Tiró el cigarro, cerró la ventana, y componiendo el gesto salió a ver qué pasaba.

Allí estaba elJaguar de doña Ángela. Pero quien hablaba con Anacleto y don Lotario era la otra hermana: doña Paloma.

– Buenos días, señorita.

– Buenos días, Jefe. Vengo a relevar a mi hermana María Teresa. Yo velaré ahora un poco… La pobre Ángela está muy fatigada y vendrá luego.

– Pues no hay nada que velar.

– ¿Cómo que no hay nada que velar?

– Está noche han robado el cadáver.

– ¿Cómo? ¡Qué horror! Y María Teresa, ¿dónde está? ¿La han robado también?

– No. Creo que está ahí dentro, en la cocina del camposantero.

– ¿Pero quién ha sido? ¿Cómo ha sido?

– No sé… El policía que dejé aquí de guardia se durmió. Pase y pregunte a su hermana a ver si ella sabe algo.

Plinio la acompañó hasta la vivienda de Matías y corriendo la cortina le ofreció paso.

María Teresa, sentada en una silla baja arrimada a la chimenea, con la cara entre las manos, sonlloraba. Al oírlos entrar se descubrió. Tenía los ojos hinchados y la cara con churretones de carmín.

Plinio dejó entrar a Paloma y marchó. Le daba lástima hablar con aquella pobre gordita. No quería pensar en lo que le esperaba.

Sacó el reloj del bolsillo y consultó la hora.

– Bueno, don Lotario, son más de las seis y media. Nos da tiempo a hacer un viajecito que tengo pensado. Desayunamos primero en casa de la Rocío y después a la carretera. Y tú, Matías, ni una palabra a nadie de lo que aquí ha pasado. Cierras el Depósito. Dices que ha sido orden mía. Oficialmente el muerto sigue ahí dentro. ¿Estamos? Y tú, Anacleto, te vienes con nosotros a la trena.

– ¡Qué caras cuestan siempre las mujeres!-rezongó.

– No lo sabes tú bien.

– Y si viene la otra fiera y ve lo que pasa, ¿quién la calla?

– ¿Te refieres a doña Ángela?

– Claro, ésa arma el escándalo del siglo.

Plinioquedó pensativo, mirando al suelo. Por fin, muy decidido, se dirigió a la vivienda de Matías.

– Vamos a ver…

En la cocina, la gorda seguía lloriqueando, mientras la otra hermana, sentada a su lado, la contemplaba con cara de no entender.

– Señoritas, por favor, escúchenme un momento.

María Teresa lo miró de reojo, sin quitarse del todo las manos del rostro.

– Deben marcharse al Hostal ahora mismo. Y aconsejar a su hermana que no se mueva de allí. Creo que es conveniente para todos guardar el mayor silencio sobre lo que ha pasado aquí esta noche. ¿No cree, María Teresa?

La pobre empezó a llorar más fuerte.

– Si se sabe una cosa, en seguida se sabrá la otra. ¿Está claro? Y conviene mantener esto en secreto a ver si hay suerte y podemos saber pronto qué ha pasado con ese muerto.

Ellas no contestaban.

– …Yo no puedo hacer otra cosa… De modo que, por favor, márchense, que aquí, ni ustedes, ni su hermana pueden resolver cosa alguna.

– Vamos, María Teresa – dijo Paloma, poniéndose de pie.

María Teresa empezó a llorar con todas sus ganas.

Plinio hizo una seña a Paloma para que abreviase. Ésta tomó del brazo a la gordita:

– Vamos, María Teresa.

Y sin levantar los ojos del suelo, ni dejar de llorar se levantó.Plinio fue abriéndoles camino.

El chófer, al verlas aparecer, se bajó del coche y les abrió la puerta. En él entraron sin mirar a nadie. Anacleto, un poco apartado, les echaba ojos bajo la visera. El coche arrancó suavemente.

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