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El reinado de witiza

Электронная книга - «El reinado de witiza». Краткое содержание книги:

El argumento arranca de un misterioso hecho acaecido en el cementerio municipal de Tomelloso. Antonio El Faraón, popular comerciante de vinos del pueblo, había abierto recientemente un nicho de su propiedad para que se aireara de cara a la inminente toma de posesión del mismo por parte de su señora suegra (todo un detalle de amor filial y de afición a la limpieza, sin duda). Pues bien, un día el susodicho nicho amanece tabicado. El Faraón acude a denunciar ante los municipales el tan extraño como vergonzoso atentado contra su patrimonio. Desplazados al lugar el Jefe de la Policía, su ayudante oficioso y el médico forense se ordena al encargado del camposanto romper la pared para comprobar qué sorpresa aguarda dentro. Y en el hueco -tampoco voy a engañar a nadie- aparece lo que cabe esperar que aparezca al abrir un nicho: un cajón con su correspondiente muerto incorporado. Empieza entonces en Tomelloso el llamado reinado de Witiza en recuerdo de aquella frase con la que los manuales escolares de la época comenzaban a evocar la figura de aquel monarca visigodo: Oscuro y tormentoso se presentaba el reinado de Witiza… Pues oscura, muy oscura y bastante tormentosa se presenta también para Plinio la investigación sobre la identidad de un cadáver anónimo, sobre la causa de su muerte y sobre sus posibles asesinos y, especialmente, sobre las razones que llevaron a darle sepultura de aquella forma.
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"En abril de 1939 embarcó para Méjico. Cuando regresamos a Madrid, el notario me entregó un poder suyo por el que me nombraba administradora de todos sus bienes. Y una carta de despedida en la que me rogaba que aceptase esta administración hasta su "pronta vuelta". ¡Pobre iluso! y le remitiera los fondos que necesitase a la dirección que en el momento oportuno me mandaría.

"Y para resumir: en Méjico permaneció hasta hace un par de años. Yo, ni que decir tiene que le enviaba puntualmente las liquidaciones y estado de sus negocios. Él me asesoraba lo que convenía hacer y todo marchó perfectamente… Por cierto, que en Méjico en seguida se abrió camino como médico. Explicaba en la Universidad y publicó varios libros importantes… Como les decía, regresó hacer un par de años y se quedó a vivir en Valencia, la tierra de sus padres. No nos hemos visto. Ni él me lo pidió, ni yo lo consideré nesario. En este tiempo pasé por Valencia un par de veces, pero no lo busqué. Nuestra relación administrativa sobre sus bienes de Madrid (que la mayor parte los tiene en Valencia) continuaba… Pero desde hace algo más de un mes dejé de tener noticias suyas. Un amigo nuestro, valenciano, hizo indagaciones en su casa y no le supieron decir dónde estaba. El portero ignoraba si había salido de viaje. Una buena noche no fue a dormir, y se acabaron las noticias…

– ¿Qué cree usted que puede haberle pasado? – preguntóPlinio.

– No tengo la menor idea – dijo la dama con aire meditativo.

– ¿De modo que lleva treinta años sin verle?

– Treinta y uno, va a hacer.

– ¿Y cómo puede usted reconocer, señora, en un cadáver amojamado, al que no ve hace tanto tiempo?

Doña Ángela no reaccionó. Sorprendida por la pregunta inesperada, se limitó a mirar al guardia con una fijeza zoológica, al tiempo que hinchaba las narices.

– Desde luego ese cadáver no es de Carlos – dijo de pronto María Teresa, la gordita vellosa, con voz lejana, que parecía salirle del subconsciente.

Al oír esto, sí que reaccionó doña Ángela sacudiendo dos bofetadas sonorísimas a la pobre gordita, que empezó a llorar como un niño.

Todos quedaron confusos. La misma doña Ángela parecía arrepentida de su arrebato.

– Si yo no quería decir eso…, si yo no quería…, si yo lo que quería decir era – balbuceaba la Mariatereseta gordeta y peludilla.

– ¡Tú te callas…! ¡Pobre retrasada!

A la otra hermana, boceto de la mayor, empezó a temblequearle el labio superior con tanto vaivén que parecía iba a caérsele.

– Si yo no quería decir eso… – repetía la llorona.

– ¡Calla, aparvada…! Tú no puedes acordarte de cómo era mi marido.

Volvió el silencio, aunque una hermana seguía con el labio vibrante y la otra con el sonlloro. Doña Ángela encendió otro cigarrillo y durante unos segundos, mirando al suelo, se dedicó a chupar y a largar humo con una energía desesperada. Por fin volvió a la carga con estas razones:

– Señor Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, yo, como católica, apostólica y romana, he sido mujer de un solo hombre en mi vida. ¿Está claro? Esto quiere decir, señor mío, que conservo en mi memoria… y en el fondo de mi alma, con tal fuerza la imagen de mi marido, que a pesar de los años, de la muerte, y de los mismos tizones del infierno que lo esperan, no puedo equivocarme. No lo dude ni un segundo, señor Jefe de la Guardia Municipal del Toboso.

– De Tomelloso, señora- corrigió Plinio.

– Es igual… El cadáver que hay en el Depósito Judicial de… Tomelloso, es el suyo. Y estoy dispuesta a recurrir a todas mis influencias, que son muchísimas y muy altas, para que se me haga justicia… Ya que no le basta mi palabra de señora.

Plinio se pasó la mano por la boca, se rascó luego la cabeza con la misma mano que se alzaba un poco la gorra y dijo con palabras muy lentas y entonadas:

– Comprenderá usted, señora, que los tomelloseros no tenemos el menor interés en quedarnos con ese cadáver. Muertos no nos faltan. Ahora bien, mientras yo corra con la responsabilidad de este caso, y según le dije antes en el Cementerio, hasta que no tenga pruebas definitivas de quién es ese caballero, no se lo entrego a nadie.

Doña Ángela, sin contestar palabra, dio unas palmadas enérgicas.

El camarero, que estaba sentado como un cliente más junto a una mesa no muy alejada y que había seguido con la mayor atención el episodio de las bofetadas a la gordeta, se acercó con mucha diligencia.

– ¿Llamaba, señora?

– Sí. ¿Pueden pedirse desde aquí conferencias a Madrid?

– Claro.

– Pues haga el favor de pedirme este número. – Y sacando un carnet de direcciones buscó un número que apuntó en una servilleta de papel-. Tome, por favor. Pídala en seguida.

– Está bien, señora – dijo el camarero mientras leía el número.

– Verá usted como así todo lo arreglamos – remachó doña Ángela a Plinio con tono aparentemente amable.

Plinio se puso en pie. Inmediatamente lo imitaron el médico y don Lotario. Y mientras se encajaba la gorra, dijo:

– Si no tiene usted otra cosa que añadir nos marchamos, que tenemos quehacer.

– ¿Supongo – fue su respuesta – que no habrá inconveniente en que esta noche nos quedemos mis hermanas y yo velando el cadáver de mi esposo?

– Lo consultaré con el señor Juez.

– No creo que pueda negarse.

– Él manda. Llámeme. Buenas tardes, señoras.

– Hasta ahora – respondió seca.

Sentados en el porche del Cementerio Católico aguardaban los dos periodistas, el Faraón, Matías, Maleza y Anacleto.

– ¿Trajo Albaladejo la ampliación de las manos? – dijo Plinio a manera de saludo.

– Dijo que las llevaría al Ayuntamiento a última hora – le contestó el cabo.

– ¿Y a qué llama él última hora?

– Supongo que a la de cenar.

– Jefe, ¿alguna novedad? – preguntó el de "El Caso".

– Ninguna hasta ahora.

– ¿Y esas señoras?

– Una de ellas dice que el muerto es su marido.

– ¿Y usted qué piensa?

– Hacen falta pruebas… No digo ni que sí ni que no.

– Vaya kermés que hemos armado, maestro-comentó el Faraón.

– Ya lo creo. ¿Hubo algo de particular? – preguntó Plinio a Maleza.

– No. Jefe. Curiosones y bacines.

– ¿Queda alguien dentro?

– Tres o cuatro… ya salen.

En efecto, poniéndose las boinas salían tres hombres hablando entre sí. Plinio les echó un vistazo. Ellos saludaron con timidez.

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