Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
Bella estaba acostumbrada a ver algún acontecimiento dramático reducido a tres o cuatro palabras adecuadas para que la gente entrase en el kiosco a comprar un periódico. Habitualmente, sin embargo, continuaba su camino hacia su casa en Oxford Road porque, en su opinión, en Londres había demasiados periódicos -tanto tabloides como diarios serios- y, más allá del reciclaje, estaban acabando con todos los bosques del planeta, de modo que no pensaba en contribuir a la deforestación. Pero este titular en particular hizo que se detuviese: Mujer muerta en Abney Park.
Bella no tenía idea de dónde estaba Abney Park, pero se quedó allí, parada en medio de la acera, mientras los peatones pasaban junto a ella, y se preguntó si era posible… No quería pensarlo… Odiaba la idea de que fuera posible. Pero puesto que podía serlo, entró en el kiosco y compró un ejemplar del periódico, diciéndose que al menos podría desmenuzarlo para alimentar a los gusanos, si resultaba que en esa historia no había nada interesante.
No leyó la noticia allí mismo. De hecho, como no quería parecer la clase de persona a la que se podía seducir para que comprase un periódico gracias a una táctica publicitaria, también compró unas pastillas de menta y una caja de ambientador de hierbabuena. Rechazó la bolsa de plástico que le ofrecieron para guardar estos artículos -en algún momento había que decir basta, y Bella se negaba a participar en el aumento de la suciedad y destrucción del planeta a través de las bolsas de plástico que se veían volando por las calles todos los días- y continuó su camino a casa.
Oxford Road no estaba lejos del kiosco; era una estrecha calle que discurría en forma perpendicular a Putney Road y al río. Se tardaba menos de un cuarto de hora andando desde el estudio de yoga, de modo que muy pronto Bella atravesó la puerta de entrada y sorteó los ocho cubos de basura de plástico que utilizaba para reciclar que había en su pequeño jardín delantero.
Una vez dentro de la casa se dirigió a la cocina, donde preparó una de las dos tazas de té verde que bebía cada día. Odiaba esa mezcla -imaginaba a lo que debía de saber el pis de caballo-, pero había leído numerosos artículos acerca del valor de aquella infusión. Como siempre, se tapaba la nariz y dejaba que el brebaje descendiese por su garganta. No fue hasta que hubo bebido la espantosa infusión que desplegó el periódico sobre la encimera y echó un vistazo a la primera página.
La fotografía no decía mucho. En ella se veía la entrada de un parque custodiada por un policía. Había una segunda foto, más pequeña, dentro de ésta, una toma aérea que mostraba un claro en medio de lo que parecía ser una zona boscosa. En el centro del claro, una iglesia con personas que llevaban batas blancas dispersas a su alrededor.
Bella leyó la historia que acompañaba las fotos buscando los datos relevantes: mujer joven, asesinada, aparentemente apuñalada, bien vestida, ninguna identificación…
Pasó directamente a la tercera página, donde vio un retrato, acompañado del epígrafe «persona sospechosa en busca y captura». Los retratos confeccionados por la Policía, pensó, nunca se parecían a la persona que estaban describiendo, y en este caso su aspecto era tan universal que prácticamente cualquier chico adolescente podría haber sido detenido en la calle e interrogado como consecuencia de ese dibujo: pelo oscuro cayendo sobre los ojos, cara regordeta, con una sudadera con capucha -al menos la capucha estaba bajada- a pesar del calor… Totalmente inútil en lo que a una descripción facial se refería. Ella acababa de ver a una docena de chicos con esa pinta en Putney High Street.
El artículo indicaba además que aquel individuo en particular había sido visto cuando abandonaba la escena del crimen en Abney Park. Bella buscó una vieja guía en la estantería del comedor. Localizó el lugar en Stoke Newington. Hizo una pausa. Entonces oyó que alguien abría la puerta principal y que unos pasos se dirigían hacia ella por el pasillo.
– ¿Frazer, cariño? -dijo, aunque no esperaba que le respondieran. Había decidido conocer las entradas y salidas de sus huéspedes: aquélla era la hora en que Frazer Chaplin regresaba de su trabajo matutino para refrescarse un poco y cambiarse de ropa antes de marcharse a su empleo vespertino. Le gustaba que aquel joven tuviera dos trabajos. Era esa clase de gente trabajadora a la que le gustaba alquilarle habitaciones en su casa-. ¿Tienes un momento?
Frazer llegó a la puerta del comedor cuando ella levantaba la vista de la guía. El joven enarcó una ceja -negra como su pelo, que era grueso y rizado y recordaba los árabes de España en el siglo xv, aunque el chico era irlandés- y dijo:
– Un calor sofocante, ¿eh? Todos los críos en Bayswater estaban en la pista de patinaje sobre hielo, señora McH.
– Sin duda -dijo Bella-. Echa un vistazo a esto, cariño.
Bella le llevó a la cocina y le mostró el periódico. Frazer leyó el artículo y luego la miró.
– ¿Y?
Parecía desconcertado.
– ¿Qué quieres decir con «y»? Una mujer joven, bien vestida, muerta…
Entonces Frazer pareció entenderlo y su expresión cambió.
– Oh, no, no lo creo -dijo, aunque sonaba ligeramente dubitativo-. De verdad, no puede ser, señora McH.
– ¿Por qué no?
– Porque ¿qué iba a estar haciendo ella en Stoke Newington? ¿Y en un cementerio, por el amor de Dios? -Volvió a mirar las fotografías. Miró también el retrato que había hecho la policía. Meneó la cabeza lentamente-. No. No. De verdad. Es probable que se haya marchado a alguna parte para tomarse un descanso y escapar del calor. Al mar o algo así, ¿no cree? ¿Quién podría culparla por eso?
– Lo hubiese dicho. No habría querido que nadie se preocupase. Ya lo sabes.
Frazer dejó de examinar las fotos del periódico y levantó la cabeza con una expresión de alarma en los ojos, un detalle que Bella advirtió con satisfacción. Había muy pocas cosas en la vida que aborreciera más que a alguien lento, y le adjudicó a Frazer una puntuación alta en relación con su habilidad para leer entre líneas.
– No he vuelto a romper las reglas. Quizá no sea el tío más listo del mundo, pero no soy…
– Lo sé, cariño -dijo Bella rápidamente. Dios sabía que en el fondo era un buen chico. Fácil de manejar, tal vez. Quizá se entusiasmaba demasiado cuando veía una falda. Pero, aun así, un buen chico en todo aquello que era importante-. Lo sé, lo sé. Pero, a veces, las chicas pueden ser auténticas barracudas, como has podido ver con tus propios ojos.
– No esta vez. Y no esta chica.
– Pero eras afectuoso con ella, ¿verdad?
– Como soy afectuoso con Paolo. Como soy afectuoso con usted.
– Cierto -dijo Bella, y no pudo evitar sentirse ligeramente halagada por su declaración de afecto-. Pero ser afectuoso nos da acceso a la gente, a saber lo que les ocurre en su interior. De modo que, ¿no crees que ella parecía diferente, últimamente? ¿No parecía como si hubiese algo que le preocupaba?
Frazer se frotó la barbilla con la mano mientras consideraba el asunto. Bella podía oír el sonido áspero de los pelos de la barba contra la palma. Tendría que afeitarse antes de ir a trabajar.
– No tengo mucho talento para interpretar lo que le pasa a la gente -dijo-. No como usted. -Volvió a quedarse en silencio. A Belle le gustaba esa cualidad de Frazer. No se lanzaba a dar opiniones sin fundamento, como hacían tantos jóvenes. Era un joven prudente y se tomaba su tiempo-. Podría ser (si efectivamente se trata de ella, y no estoy diciendo que lo sea, porque apenas tendría algún sentido) que haya ido allí a pensar. A un lugar tranquilo como un cementerio.
– ¿A «pensar»? -dijo Bella-. ¿Hacer todo ese viaje hasta Stoke Newington sólo para pensar? Puede pensar en cualquier parte. Puede pensar en el jardín. Puede pensar en su habitación. Puede pensar dando un paseo junto al río.