Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
Las cintas de videovigilancia muestran a tres chicos, identificados más tarde como Michael Spargo, Ian Barker y Reggie Arnold, acercándose al local de McDonald's a las 12.51. Llevaban más de dos horas en el centro comercial. Sin duda estaban hambrientos y, si bien podrían haber mitigado el hambre con las bolsas de patatas que habían cogido del kiosco del señor Gupta, su intención parece haber sido quitarle la comida a algún cliente de McDonald's y darse a la fuga. Tanto el relato de Michael como el de Ian coinciden en este punto. En todas las entrevistas, Reggie Arnold, sin embargo, se niega a hablar de McDonald's. Ello se debe, probablemente, al hecho de que, no importa de quién fuese la idea de llevarse a John Dresser de aquel lugar, fue Reggie Arnold quien cogió al niño de la mano cuando los chicos se dirigieron hacia la salida de Barriers.
Al mirar a John Dresser, Ian, Michael y Reggie debieron ver la antítesis de ellos mismos en el pasado. En el momento de su secuestro, el niño iba vestido con un flamante peto de invierno azul oscuro, con patitos amarillos en la parte delantera. El pelo rubio estaba recién lavado y aún no se lo habían cortado, de modo que le caía alrededor de su redonda cara hasta formar la clase de rizos angelicales que se asocian con los querubines del Renacimiento. Calzaba brillantes zapatillas deportivas blancas y llevaba su juguete favorito: un pequeño perro marrón y negro con las orejas colgantes y una lengua rosa parcialmente descosida fuera de la boca, un animal relleno que más tarde fue hallado en el camino que tomaron los chicos una vez que se llevaron a John de McDonald's.
Este secuestro se llevó a cabo sin ninguna dificultad. Fue cosa de un momento y la cinta de videovigilancia que documenta la abducción de John Dresser presenta una visión escalofriante. En ella se puede ver claramente a los tres chicos entrando en McDonald's (que, en esa época, no disponía de un circuito cerrado de cámaras de vigilancia propio). Menos de un minuto después, todos salen del local. Reggie Arnold aparece primero llevando a John Dresser cogido de la mano. Cinco segundos después le siguen Ian Barker y Michael Spargo. Michael come algo de un envase en forma de cono. Parece tratarse de patatas fritas de McDonald's.
Una de las preguntas formuladas una y otra vez después de los hechos fue: ¿cómo pudo Alan Dresser no darse cuenta de que se estaban llevando a su hijo? Existen dos explicaciones para ello. Una de ellas es el ruido y la cantidad de gente que había en el local en ese momento, que ahogaba cualquier sonido que John Dresser pudo haber hecho cuando se acercaron a él los tres chicos que se lo llevaron de allí. La otra es una llamada al teléfono móvil, llamada que Dresser recibió de su oficina cuando llegó a la caja para hacer su pedido. El desafortunado tiempo que duró la conversación le mantuvo de espaldas a su hijo más de lo normal en otras circunstancias y, como hace mucha gente, Dresser bajó la cabeza y la mantuvo en esa posición mientras escuchaba y respondía a su interlocutor, probablemente para evitar distracciones que habrían dificultado aún más su concentración en un ambiente tan ruidoso. Para cuando hubo acabado su llamada telefónica, hubo pagado por la comida y hubo regresado con ella a la mesa, John no sólo había desaparecido, sino que probablemente lo había hecho hacía casi cinco minutos, tiempo más que suficiente para que le llevasen fuera de Barriers.
Al principio, Dresser no pensó que alguien había cogido a su hijo. De hecho, con el local abarrotado de gente, eso fue lo último que pasó por su cabeza. En cambio pensó que el niño -inquieto como había estado en la tienda Stanley Wallinford- había bajado del carrito, atraído quizá por alguna cosa dentro de McDonald's o por algo fuera del local de comidas, pero todavía en el interior de la galería comercial. Esos minutos fueron vitales, pero Dresser no lo consideró así. Primero, compresiblemente, buscó dentro de McDonald's antes de comenzar a preguntar a los adultos allí presentes si habían visto a John.
Uno se pregunta cómo fue posible. Es mediodía. Es un lugar público. Hay otras personas, tanto niños como adultos. Y, sin embargo, tres chicos son capaces de acercarse a un niño pequeño, cogerle de la mano y marcharse con él sin que nadie aparentemente repare en ello. ¿Cómo pudo ocurrir algo así? ¿Por qué ocurrió?
El cómo de este hecho, en mi opinión, hay que buscarlo en la edad de quienes perpetraron este crimen. El hecho de que ellos mismos fuesen niños les volvió prácticamente invisibles, porque la acción que cometieron estaba más allá de la imaginación de la gente presente en McDonald's. La gente simplemente no esperaba que la maldad llegase en el envoltorio en el que se presentó aquel día. La gente tiende a tener retratos mentales predeterminados de los secuestradores de niños, y esos retratos no incluyen a escolares.
Una vez que se hizo evidente que John no estaba en McDonald's y que nadie le había visto, Dresser amplió el campo de su búsqueda. Fue sólo después de haber inspeccionado las cuatro tiendas más próximas a McDonald's cuando Dresser buscó a los agentes de seguridad de la galería comercial y se transmitió un aviso a través del sistema de megafonía, alertando a los clientes habituales de Barriers de que estuviesen atentos a la presencia de un niño pequeño vestido con un mono azul. Dresser pasó la hora siguiente buscando a su hijo en compañía del gerente del centro comercial y el jefe del equipo de seguridad. Ninguno de ellos consideró necesario examinar las cintas de videovigilancia porque, en aquel momento, ninguno de ellos quería pensar lo impensable.
Capítulo 5
Barbara Havers tuvo que utilizar su identificación para convencer al agente de que era una policía. El hombre le había gritado: «¡Eh! El cementerio está cerrado, señora», cuando se acercó a la entrada principal, después de haber encontrado finalmente un lugar donde aparcar su decrépito Mini justo detrás de un contenedor, donde estaban rehabilitando un edificio en Church Street.
Barbara lo atribuyó a su atuendo. Hadiyyah y ella habían acordado la compra de esa prenda básica de todo guardarropa -la falda acampanada-, pero eso era todo. Después de haber devuelto a Hadiyyah a la señora Silver, Barbara se puso la falda deprisa; comprobó que era unos centímetros demasiado larga, pero decidió usarla de todos modos. Sin embargo, no hizo nada más con su aspecto, aparte de ponerse el collar que había comprado en Accessorize.
Cuando le dijo quién era, el agente de la Policía local se quedó atónito antes de recobrar la compostura y balbucear que estaban dentro. Después le ofreció la hoja de registro para que firmase.
«Qué jodidamente servicial», pensó Barbara. Volvió a guardar su identificación dentro del bolso, sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno. Estaba a punto de solicitar amablemente un poco más de información acerca de la ubicación precisa de la escena del crimen cuando una procesión que se movía lentamente emergió de debajo de los plátanos que se alzaban a corta distancia de la verja del cementerio. Estaba formada por el equipo de la ambulancia, una patóloga con una bolsa profesional en la mano y un policía uniformado. Los hombres de la ambulancia llevaban una bolsa para cadáveres sobre una camilla metálica, que habían estado cargando como si fuese una camilla sin ruedas. Se detuvieron un momento para bajar las patas y luego continuaron hacia el portón.
Barbara se encontró con ellos justo detrás de la verja.
– ¿La superintendente Ardery? -preguntó, a lo que la patóloga señaló vagamente con la cabeza hacia el norte.
– Hay agentes uniformados en el camino.
Aquélla fue la máxima información que le dio, aunque añadió: «Ya los verá. Búsqueda de huellas». Parecía indicarle que habría suficientes policías que podrían orientarla si lo necesitaba.
Tal y como se desarrollaron los acontecimientos, no fue necesario aunque le sorprendió ser capaz de encontrar la escena del crimen, considerando que el cementerio era un auténtico laberinto. No obstante, al cabo de unos minutos, el capitel de una capilla apareció ante ella y muy pronto vio a Isabelle Ardery en compañía de un fotógrafo de la Policía. Ambos estaban inclinados sobre la pantalla de su cámara digital. Cuando Barbara se acercó a ellos, oyó que alguien la llamaba. Winston Nkata salió de un camino secundario junto a un banco de piedra cubierto de liquen; agitaba una libreta de notas de cuero en la que, Barbara lo sabía, habría apuntado observaciones bellamente legibles con su letra rabiosamente elegante.