Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– ¿Qué ha pasado? -preguntó.
La puso al corriente. Mientras el sargento Nkata la informaba de la situación, la voz de Isabelle Ardery los interrumpió con un «Sargento Havers», que pronunció con un tono que no indicaba bienvenida ni agrado, a pesar de sus órdenes de que Barbara debía presentarse en el cementerio a toda prisa. Nkata y la agente se volvieron y comprobaron que la superintendente se acercaba a ellos. Ardery se movía amenazadoramente, no caminaba ni paseaba. Su rostro era una máscara pétrea.
– ¿Está tratando de ser graciosa? -preguntó.
Barbara sabía que su expresión era una página en blanco.
– ¿Eh?-dijo.
Miró a Nkata. El sargento parecía estar igualmente desconcertado.
– ¿Es ésta su idea de profesionalidad? -preguntó Ardery.
– Oh. -Barbara echó un vistazo a lo que podía ver de su atuendo. Zapatillas deportivas rojas de caña alta, falda azul oscuro que colgaba unos diez centímetros por debajo de las rodillas, camiseta con la leyenda Habla con mis nudillos porque mis oídos no te escuchan y un collar de cadena, cuentas y un pendiente adornado con filigranas. Comprendió al instante cómo podía tomarse Ardery su vestimenta: como una venganza-. Lo siento, jefa. Es todo lo que pude conseguir. -Vio que, junto a ella Nkata, se llevaba la mano a la boca. Sabía que el muy cabrón estaba tratando de ocultar una sonrisa-. Es la verdad -añadió-. Usted dijo que viniese pitando, y eso fue lo que hice. No tuve tiempo de…
– Es suficiente. -Ardery la miró de arriba abajo con los ojos entornados-. Quítese el collar. Créame, sargento, no mejora en nada su aspecto.
Barbara obedeció. Nkata se apartó unos pasos. Sus hombros se agitaban ligeramente. Tosió un par de veces. Ardery le preguntó casi gritando:
– ¿Qué ha conseguido?
Nkata se volvió hacia ella.
– Los chicos que encontraron el cuerpo ya se han ido. Los policías locales los llevaron a la comisaría para que hicieran una declaración completa. Pero conseguí algo de información antes de que se marcharan. Son un chico y una chica.
Nkata recitó el resto de lo que había podido averiguar: dos adolescentes habían visto a un chico que salía del lugar del crimen; la descripción se limitaba por ahora a que «tenía un culo enorme y los pantalones bajados», pero el adolescente dijo que probablemente podría ayudar con el retrato del sospechoso. Eso era todo lo que pudieron aportar, porque, evidentemente, se dirigían al anexo de la capilla para tener relaciones sexuales y «probablemente no habrían reparado en la crucifixión aunque se hubiese producido delante de sus narices».
– Queremos tener acceso a cualquier declaración que esos chicos hagan ante la Policía local -dijo Ardery. Puso a Barbara al corriente de los detalles del crimen y llamó al fotógrafo para que les enseñase las imágenes digitales. Mientras Nkata y Barbara miraban las fotografías, Ardery añadió-: Una herida arterial. Quienquiera que lo hiciera, estaría, literalmente, cubierto de sangre.
– A menos que la sorprendieran por la espalda -señaló Barbara-. La cabeza cogida, echada hacia el agresor, el arma clavada por detrás. De ese modo tendría sangre en el brazo y en las manos, pero muy poca en el cuerpo. ¿Correcto?
– Es posible -dijo Ardery-. Pero a uno no pueden cogerle por sorpresa en el lugar donde estaba el cadáver, sargento.
Barbara podía ver el edificio auxiliar desde donde estaban.
– ¿Pudieron sorprenderla y luego arrastrarla hasta allí? -preguntó.
– No hay señales de que haya sido arrastrada.
– ¿Sabemos quién es la mujer?
Barbara alzó la vista de la pequeña pantalla con las imágenes.
– No hay ninguna identificación. Estamos realizando una búsqueda en todo el perímetro, pero si no conseguimos encontrar el arma o algo que pueda decirnos quién es la mujer, convertiremos todo el lugar en una cuadrícula y examinaremos el terreno por secciones. Quiero que usted esté al frente de esa operación…, coordinada con la Policía local. Quiero que se encargue también de una inspección casa por casa. Concéntrese primero en las terrazas que bordean el cementerio. Encárguese de eso y volveremos a reunirnos en la central.
Barbara asintió mientras Nkata decía:
– ¿Quiere que me quede a esperar el retrato del sospechoso, jefa?
– Haga eso también -le dijo Ardery a Barbara-. Quiero que se asegure de que la declaración de esos chicos llegue a Victoria Street. Y quiero ver si puede conseguir algo más de ellos.
– Yo puedo… -dijo Nkata.
– Usted me llevará en coche -le cortó Ardery.
Miró hacia el perímetro del claro donde se alzaba la capilla. Los agentes de la Policía local dirigían la búsqueda en esa zona. Avanzarían en círculos hasta que encontrasen -o no- el arma, el bolso de la víctima o cualquier otra cosa que pudiese constituir una prueba. Era un lugar de pesadilla que podía producir mucho o absolutamente nada.
Nkata estaba en silencio. Barbara vio que tensaba un músculo de la mandíbula. Finalmente, el sargento dijo:
– Con el debido respeto, jefa, ¿no quiere que un agente la lleve en el coche? ¿O incluso un voluntario?
– Si quisiera un agente o un voluntario, habría pedido uno -dijo Ardery-. ¿Tiene algún problema con el trabajo que le he asignado, sargento?
– Me parece que yo podría ser más útil…
– Como yo decida -le interrumpió Ardery-. ¿Ha quedado claro?
Nkata permaneció callado un momento. Luego dijo:
– Sí, jefa -educadamente, asintiendo.
Bella McHaggis estaba completamente empapada en sudor, pero en excelente forma. Acababa de terminar su clase de yoga con sauna -aunque «cualquier» clase de yoga se habría convertido en yoga con sauna con semejante tiempo- y se sentía poderosa y a la vez relajada. Todo gracias al señor McHaggis. Si el pobre hombre no hubiese muerto sentado en el retrete, con el miembro en la mano y la chica de la página tres [8] extendida con sus grandes pechos en el suelo delante de él, probablemente ella estaría en la misma forma física, que aquella mañana cuando descubrió que él se había marchado en busca de su recompensa eterna. Pero el hecho de ver al pobre McHaggis de esa manera había sido como una llamada a filas. Mientras que antes de la muerte de su esposo, Bella no era capaz de subir un tramo de escaleras sin perder el aliento, ahora podía hacer eso y más. Estaba particularmente orgullosa de su flexible cuerpo. Era capaz de doblarse desde la cintura y apoyar las palmas de las manos en el suelo. Podía levantar la pierna a la altura de la repisa de la chimenea. No estaba mal para una mujer de sesenta y cinco años.
Estaba en Putney High Street y se dirigía a su casa. Aún llevaba puesto su atuendo de yoga y la esterilla debajo del brazo. Pensaba en gusanos, específicamente en los gusanos del abono que vivían en una pequeña planta de compostaje de su jardín trasero. Eran una criaturas realmente asombrosas -benditas sean, comían cualquier cosa que les diese-, pero necesitaban algo de cuidado. No les gustaban los extremos: ni demasiado calor ni demasiado frío; si no, se marchaban a la gran pila de abono en el cielo. De modo que estaba calculando cuánto era demasiado calor cuando pasó junto al estanco que exhibía un anuncio de la última edición del Evening Standard.
[8] Tradicionalmente, la página 3 de los tabloides británicos está reservada para fotografías de chicas desnudas, de ahí la expresión «Page Three girl».