Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
Una vez que estuvieron dentro del cementerio y los guiaron a través de su laberíntico abrazo, Isabelle preguntó por las tallas que se veían en los troncos de los árboles. Su guía era un voluntario del cementerio, un jubilado de unos ochenta años que les explicó que allí no había cuidadores ni encargados de mantenimiento, sino comités formados por personas como él, miembros no asalariados de la comunidad dedicados a rescatar Abney Park de la invasión de la naturaleza. Por supuesto, el lugar nunca volvería a ser lo que había sido, explicó el hombre, pero ésa no era la cuestión. Nadie quería eso. En cambio, estaba destinado a ser una reserva natural. Podrían verse pájaros y zorros y ardillas y cosas parecidas. «El objetivo es mantener los senderos transitables y asegurarnos de que el lugar no representa ningún peligro para las personas que desean pasar un tiempo en compañía de la naturaleza. Hay que tener esa clase de cosas en una ciudad, ¿no está de acuerdo? Una evasión, ya sabe. En cuanto a esas tallas en los árboles, las hace un chico. Todos le conocemos, pero no podemos cogerle mientras lo hace. Si le cogemos, uno de nosotros se encargará de que no vuelva a hacerlo», prometió.
Isabelle lo dudó. El hombre era tan frágil como las bocas de dragón silvestre que crecían a lo largo del sendero que seguían.
El guía los llevó por senderos cada vez más estrechos en su camino hacia el corazón del cementerio. Allí donde eran más anchos, los senderos eran pedregosos, empedrados de modos tan variados que parecían representaciones de todas las eras geológicas. Donde eran estrechos, los senderos estaban cubiertos de hojas putrefactas, y el terreno era esponjoso y aromático, y desprendía el intenso olor del abono vegetal. Finalmente apareció la torre de una capilla y luego la propia capilla, una triste ruina de hierro, ladrillo y acero corrugado, su interior invadido de malezas e inaccesible por las barras de hierro de la entrada.
– Es allí -les indicó el jubilado de forma retórica. El hombre señaló un grupo de oficiales del cuerpo forense con batas blancas que se encontraban al otro lado de un prado de hierba seca. Isabelle le agradeció su ayuda y luego le dijo a Nkata:
– Busque a la persona que encontró el cadáver. Me gustaría hablar con ella.
Nkata miró hacia la capilla. Isabelle sabía que quería inspeccionar la escena del crimen. Esperaba que el sargento protestara o discutiese. No hizo ninguna de las dos cosas.
– Muy bien -repuso Nkata, y ella dejó que fuera a lo suyo. A Isabelle le agradó la respuesta del sargento. Le caía bien.
Luego se acercó a una pequeña construcción auxiliar que se alzaba contigua a la capilla, junto a la cual una bolsa para cadáveres esperaba al lado de una camilla de ambulancia volcada. El cadáver tendría que ser transportado a pulso sobre la camilla, ya que los accidentados senderos del cementerio hacían imposible que el transporte llegara hasta allí.
Los oficiales del Departamento Forense estaban dedicados a una intensa labor que incluía desde medir con cinta métrica hasta señalizar las pisadas, por inútil que resultara, teniendo en cuenta que había docenas de ellas repartidas por el lugar. Sólo una estrecha vía de acceso consistente en tablas colocadas de un extremo a otro permitía llegar al lugar donde se encontraba el cadáver de la víctima, e Isabelle se puso unos guantes de látex mientras se dirigía hacia allí.
La patóloga forense salió del edificio auxiliar. Era una mujer de mediana edad, con los dientes, la piel y la tos de una fumadora empedernida. Isabelle se presentó al tiempo que preguntaba:
– ¿Qué es eso? -preguntó mientras señalaba el pequeño edificio con la cabeza.
– No tengo ni idea -contestó la patóloga. No le dijo su nombre, e Isabelle tampoco quiso saberlo-. No hay ninguna puerta que comunique con la capilla, de modo que no puede haber sido una sacristía. ¿Quizás un cobertizo para el jardinero? -La mujer se encogió de hombros-. En realidad, no tiene importancia, ¿verdad?
Por supuesto que no tenía importancia. Lo que importaba era el cadáver, que resultó ser el de una mujer joven. Estaba medio sentada, medio tumbada, dentro del pequeño anexo, en una posición que sugería que había caído hacia atrás después de ser atacada, y que luego se había deslizado por la pared hasta el suelo. La pared estaba moteada por el paso del tiempo y, encima del cadáver, un grafito de un ojo dentro de un triángulo proclamaba: Dios es inalámbrico. El suelo era de piedra y estaba cubierto de basura. La muerte había venido a mezclarse con bolsas de patatas fritas, envolturas de bocadillos, papeles de chocolatinas y latas de Coca-Cola vacías. Había también una revista pornográfica, una muestra de basura mucho más reciente que el resto de los desperdicios, ya que era nueva y no estaba arrugada. También estaba abierta por la página donde resaltaba una brillante fotografía de la entrepierna de una mujer que fruncía los labios pintados de rojo, calzaba botas de charol, lucía una chistera y nada más.
Un lugar espantoso para encontrar la muerte, pensó Isabelle. Se agachó para examinar el cadáver. El estómago le dio un vuelco al percibir el olor que desprendía el cuerpo sin vida: un olor a carne que se pudría por efectos del calor, denso como una niebla amarilla. Gusanos recién incubados se retorcían en las fosas nasales y la boca, el rostro y el cuello -al menos en las partes donde podían verse- se habían vuelto de un rojo verdoso.
La cabeza de la joven reposaba sobre el pecho, donde se había coagulado una gran cantidad de sangre. Allí, las moscas también estaban haciendo su trabajo, y el zumbido que producían era como cables de alta tensión en ese espacio cerrado. Cuando Isabelle movió con mucho cuidado la cabeza de la mujer para dejar expuesto el cuello, una nube de moscas se alzó de una horrible herida. La carne estaba serrada y rasgada, lo que sugería el uso de un arma empuñada por un asesino inexperto.
– La arteria carótida -dijo la patóloga. Señaló las manos hinchadas del cadáver-. Parece que trató de parar la hemorragia, pero no pudo hacer mucho. Debió de desangrarse deprisa.
– ¿Cuánto cree que lleva muerta?
– Es difícil precisarlo, a causa del calor. El cuerpo está lívido y la rigidez cadavérica ha desaparecido. ¿Veinticuatro horas, quizá?
– ¿Sabemos quién es?
– No llevaba nada encima. Y tampoco hemos encontrado un bolso. Nada que sugiera quién es. Pero los ojos… le servirán de ayuda.
– ¿Los ojos? ¿Por qué? ¿Qué pasa con ellos?
– Compruébelo usted misma -dijo la patóloga-. Están nebulosos, como cabía esperar, pero aún es posible ver una parte del iris. Muy interesante, me parece a mí. Ojos así no se ven muy a menudo.
Según la declaración de Alan Dresser, confirmada más tarde por los empleados del local de comida para llevar, McDonald's estaba inusualmente lleno de gente aquel día. Puede ser que otros padres de niños pequeños también estuviesen aprovechando ese intervalo de buen tiempo para salir a dar un paseo por la mañana, pero, en cualquier caso, la mayoría de ellos parece haber coincidido en McDonald's al mismo tiempo. Dresser tenía a su hijo pequeño que no dejaba de quejarse, y él estaba, lo reconoce, ansioso por calmarle, alimentarle y ponerse en marcha para regresar a casa y acostarle a dormir la siesta. Dejó el carrito con el niño en una de las tres mesas disponibles -la segunda desde la puerta de entrada- y fue al mostrador a hacer el pedido. Aunque un análisis retrospectivo demanda un castigo para Dresser por haber dejado a su hijo desatendido durante treinta segundos, en ese momento en McDonald's había al menos diez madres y, en compañía de ellas, al menos veintidós niños. En un establecimiento público de esas características y en pleno día, ¿cómo iba a imaginar que un peligro inconcebible estaba al acecho? Efectivamente, si uno piensa en algún peligro en un lugar así, le vienen a la mente pedófilos que merodean por los alrededores en busca de oportunidades para actuar, no en tres chicos menores de doce años. Nadie de los presentes parecía peligroso. De hecho, Dresser era el único hombre adulto del lugar.