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Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIV. El `doctor iluminado`, el fraile medieval mallorquín Ramón Llull, acompaña a una partida de almogávares en una arriesgada expedición por tierras de Oriente.
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
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El nestoriano tradujo mis palabras haciendo sonar en su garganta las gorjeantes sílabas del idioma gog.

Uno de mis captores, que había permanecido tras de mí en silencio hasta ese momento, habló rápidamente apenas el nestoriano terminó de traducir.

Entonces el gordo hereje se volvió hacia mí y dijo con evidente satisfacción:

– Yeda dice que mientes, que tus compañeros de viaje son lobos ocultos en pieles de comerciantes.

Así que el gog que hablaba sarraïnesc se llamaba Yeda.

– No queremos nada contra vuestro pueblo -dije con la voz más implorante que fui capaz de pronunciar. Al mismo tiempo le mostré al gordo caudillo mis manos desnudas, en lo que consideré que sería un aceptable gesto de buena voluntad.

Pero esto pareció, en cambio, enfurecerle. Dorga, arrojó a un lado lo poco que quedaba de la pierna de carnero, se puso en pie, y avanzó hacia mí profiriendo horribles gritos. Yo continué con la cabeza agachada, sin atreverme a mirarle, y él descargó una salvaje patada contra mis viejas costillas.

Durante un momento permanecí en el suelo cubierto de pieles, tumbado de costado, luchando por superar el dolor que sentía e inhalar una bocanada más de aire.

– Te aconsejo que no dirijas gestos hacia mi señor, ni le mires directamente.

– Acepto el consejo -tosí.

Dorga se plantó junto a mí, y me gritó con todas las fuerzas de sus pulmones. Yo me acurruqué aún más en el suelo, y cerré los ojos esperando un nuevo golpe en mis costillas. Pero el golpe no llegó, y el caudillo gog repitió su grito.

– Mi señor Dorga pregunta sobre tu papel en esa expedición. Dice que, desde luego, tú no pareces un guerrero; ni un comerciante.

Abrí los ojos, y vi el peludo pie del gordo caudillo a menos de un palmo de mi rostro. Estaba tan cerca, que pude distinguir las pulgas rojizas que correteaban por entre el pelo de sus tobillos.

– Soy un hombre de ciencia… y de Dios -dije sin atreverme a alzar la vista.

El nestoriano tradujo mis palabras, y luego se volvió hacia mí, evidentemente interesado, y me preguntó si era un sacerdote. Le respondí que pertenecía a la orden de los frailes menores, en su tercera regla.

– Un franciscano, ¡por supuesto! -exclamó-. He oído hablar de vosotros. La vuestra debe de ser una orden muy atrevida para enviar a sus hijos a las mismísimas puertas del Averno. -Y añadió-: En estas tierras puedes perder algo más que la vida.

– Luego admites que estás entre criaturas satánicas.

El nestoriano rió con su horrible boca desdentada y fatua, y dijo:

– Ni siquiera Dios logra distinguir con claridad los imprecisos límites entre el Bien y el Mal. ¿Quién eres tú para intentarlo?

– ¡Blasfemo! -le grité.

Dorga, harto de aquella discusión que no entendía entre el nestoriano y yo, dio una furiosa patada en el suelo, justo frente a mi rostro, e increpó a su esbirro. El hereje palideció más de lo que parecía posible, y se apresuró a traducir nerviosamente nuestras palabras. Por supuesto no pude ver la expresión del gog al escuchar la traducción, pero su reacción hizo evidente que todo aquel asunto estaba perdiendo interés para él. El caudillo regresó a su trono dorado, y profirió unas rápidas y guturales órdenes. Yeda y mis otros captores habían permanecido junto a la entrada de la tienda, guardando un respetuoso silencio, y al escuchar las órdenes de Dorga, se pusieron rápidamente en marcha. Me sujetaron por las axilas, y me pusieron de pie con un tirón brusco y doloroso. Sin demasiados miramientos, empezaron a arrastrarme hacia la salida.

– ¿Qué sucede ahora? -le pregunté desesperado al nestoriano.

Él ejecutó unos heréticos signos de bendición, y me dijo compungido:

– Te llevan ante la presencia del chamán. La deidad suprema de estas gentes es el cielo mismo, con todos sus astros, y los chamanes son los únicos capaces de comunicarse directamente con él. Te compadezco, terciario, porque nada de lo que puedas haber contemplado en toda tu vida puede haber preparado tu alma para lo que ahora vas a ver.

Y no dijo nada más, porque en ese momento mis captores atravesaron la entrada de la tienda, y me encontré, arrastrado por ellos, de nuevo en el exterior.

6

La yurta del chamán estaba situada en un extremo de la explanada central, a unos pocos pasos de la del caudillo que acababa de abandonar.

Esta vez, Yeda y los otros gog que se habían convertido en mis atentos vigilantes, no me acompañaron hasta el interior de la tienda. Se limitaron a apartar la piel de camello que cerraba la entrada, y empujarme dentro.

Caí de bruces en el oscuro interior, iluminado tan sólo por unas débiles brasas centrales. El suelo estaba cubierto por miles de pequeños huesecillos y plumas de palomo. A un extremo y a otro se amontonaban, unas encima de otras, jaulas de bambú repletas de aquellas aves que revoloteaban espantadas por mi entrada, levantando al hacerlo un nauseabundo polvillo que no era otra cosa que los restos resecos de sus excrementos.

Tosí, y tapé mi boca con una mano como si ésta pudiera evitarme el tener que respirar aquella porquería. Me incorporé lentamente y sentí, antes que vi, la presencia de la fantasmal figura que se acurrucaba al fondo de la tienda.

Caminé hacia ella con pasos cortos.

El chamán debía de ser la criatura más vieja que viviera sobre la Tierra. Eso fue lo que pensé mientras me acercaba a él. Tan vieja como un árbol reseco y arrugado.

Estaba tumbado sobre su costado, apoyado sobre su codo, sobre una especie de litera de piel. Estaba completamente desnudo y el color y la textura de su pellejo reseco era similar al cuero de la litera. Aquella piel desnuda y sin pelo se estiraba como un pergamino sobre sus huesos deformes. Tenía dos testículos atrofiados, pero su pene debía de haberle sido amputado hacía mucho, y tan sólo quedaba un orificio rodeado de cicatrices. Sujetaba un palomo entre sus dedos retorcidos por la artritis, y el pobre animal aleteaba desesperado. Aún no le había visto el rostro porque estaba inclinado sobre el ave.

De repente se acercó el palomo a la boca, y le arrancó la cabeza de un mordisco.

Elevó entonces su rostro hacia mí, y me sonrió con su boca manchada de rojo por la sangre del palomo.

– Te doy la bienvenida, extranjero -dijo en perfecto sarraïnesc-. Nuestras esferas se han mezclado como el fuego y el aire. Cada elemento se mueve inevitablemente hacia su lugar específico; el fuego sube a lo alto y el aire, más lento, viene después.

Retrocedí espantado. Su rostro era un absoluto horror. Su cara estaba carcomida en todo su lado izquierdo hasta el extremo de que el hueso amarillento de su cráneo y pómulo quedaba expuesto en ese lado. Sus labios también desaparecían en esa mitad de su cara, frunciéndose en una especie de mueca horrible que parecía una media sonrisa sardónica. No tenía oreja en ese lado, y su ojo izquierdo era una bolsa arrugada y sin color, medio traslúcida, como la crisálida abandonada de un insecto.

¿Qué extraña magia dominaba aquel lugar perdido?

El monstruoso anciano volvió a acercar el cadáver del palomo a sus labios, y bebió su sangre durante unos instantes, con evidente placer. Luego arrojó a un lado los restos del ave, y limpió la sangre de su boca con el dorso de la mano.

– Un estómago tan viejo como el mundo apenas acepta ya otra cosa que la sangre y la leche. -Su voz era sorprendentemente agradable. Grave y pausada, pronunciando las sílabas con cuidado y perfección, a pesar de sus deformados labios.

Le pregunté qué quería de mí.

– Quiero información, sólo eso -respondió mirándome intensamente con su único ojo sano-. Sabía que vendrías, pero no esperaba tan pronto tu llegada. Ha sido un afortunado azar el que cinco de mis cazadores te encontraran.

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