La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
– No, no, no -dije rápidamente-, no queremos insultaros, tan sólo hemos sido hospitalarios con este hombre. Para vosotros no significa nada. Os daremos oro.
Uno de los tártaros cogió a Ahmed por el pescuezo, y con un movimiento rápido y violento lo subió al lomo de su caballo, dejándolo tumbado boca abajo. El musulmán no intentó zafarse; tenía los ojos cerrados, apretados con fuerza, y le rezaba a Alá sin descanso. Me pregunté cuánto iban a aguantar los almogávares sin reaccionar.
– No queremos vuestro oro -dijo el tártaro escurriendo las palabras entre sus dientes amarillentos-. No de momento. Nos vamos.
Era evidente que los almogávares no les iban a dejar marchar.
– ¡Esperad! -dije desesperado. La imagen de un joven moro, colgando de la cuerda de su cinturón en una celda, se me presentó en ese preciso instante-. Permitidme acompañaros y negociar la compra de este esclavo directamente con vuestro caudillo.
La expresión de los tártaros cambió; me miraron interesados.
– ¿Qué sucede? -preguntó Joanot, mirando consecutivamente a los tártaros y a mí-. ¿Qué estás negociando ahora?
– Les he propuesto ir yo en lugar de Ahmed.
El valenciano enrojeció de ira. Me preguntó si me había vuelto loco, y afirmó que no iba a consentir semejante cosa.
Yo le respondí rápidamente en catalán; le dije que ésta era una buena oportunidad para aprender algo sobre esos hombres, que no eran cristianos, ni musulmanes.
No sabíamos nada sobre su vida o sus costumbres, ni teníamos experiencia alguna en su trato.
– No permitiré que te pongas en peligro para salvar a un turco. ¡Que se lo lleven!
– No -le repliqué-; tenías razón, no podemos darles esa ventaja, pero si les acompaño voluntariamente la ventaja será nuestra.
– No te arriesgarás de esa forma.
– Por Dios, Joanot, soy un anciano; ¿por qué iban a querer causarme algún mal?
Mientras hablábamos, yo no dejaba de mirar a los tártaros, y de mantener una sonrisa de tranquilidad en mi rostro.
– De acuerdo -dijo el tártaro que hablaba sarraïnesc-; vendrás también con nosotros. ¿Eres capaz de montar un caballo?
– No, no -le aclaré rápidamente-, no lo has entendido. Yo iré en lugar de vuestro esclavo, y negociaré su precio con tu jefe.
Entonces el tártaro me dijo que ambos le acompañaríamos hasta su ciudad.
– Si logras comprar al esclavo, podréis regresar juntos. ¡Basta de hablar!
Se lo expliqué a Joanot.
– No se saldrán con la suya -dijo el valenciano con las mandíbulas apretadas-. Mis arqueros los tienen a tiro, a los cinco; un gesto mío, y están todos muertos.
Intentando ocultar mi nerviosismo a los tártaros, le rogué a Joanot que no hiciera tal cosa, que estábamos en su tierra y que debíamos saber más de ellos antes de provocar un enfrentamiento. Esto pareció convencer de momento a Joanot. Pero al cabo de un instante dijo:
– De acuerdo, pero Sausi te acompañará.
Sin esperar a recibir la orden, Sausi Crisanislao montó en un caballo, tomó a otro por las riendas, y se acercó al grupo que formábamos los tártaros y yo mismo.
– Monta en éste, Ramón -me dijo.
Así lo hice.
Uno de los tártaros le gritó algo a Sausi en su incomprensible lengua. El búlgaro lo ignoró y el tártaro se colocó frente a él, interceptando su paso.
Pregunté al tártaro que hablaba sarraïnesc cuál era el problema.
– El guerrero no viene -dijo-. Sólo tú y el esclavo.
Sausi intentó esquivar al tártaro que tenía frente a él, y acercarse de nuevo a mí, pero éste, haciendo gala una vez más de un perfecto dominio de su montura, se colocó una y otra vez frente a él. Hastiado de aquel juego, Sausi descargó una patada contra el tártaro y su pequeño caballo, y a punto estuvo de derribarlos a ambos. Inmediatamente el hombrecillo se revolvió contra Sausi, y sacando una corta espada curva, intentó golpear con ella al búlgaro. Demasiado lento, el gigantesco Sausi lo sujetó por la muñeca, y lo hizo caer del caballo sin ninguna dificultad.
El tártaro se levantó rápidamente del polvo, y atacó a Sausi con su espada mientras lanzaba un horrible aullido. El búlgaro lo detuvo con una nueva patada, esta vez en el centro del pecho del hombre, que hizo caer al tártaro de espaldas.
Los otros cuatro tártaros observaban la escena con interés y expresión divertida.
Sausi desmontó, y se acercó a pie al hombrecillo que empezaba a levantarse de nuevo. No tuvo la oportunidad de hacerlo; el búlgaro le propinó un puñetazo en pleno rostro que lo lanzó rodando hacia atrás. Sausi llevaba puestos sus guanteletes de hierro, y cuando el tártaro levantó la cabeza del polvo, todos vimos cómo sangraba abundantemente por nariz y boca. El hombrecillo realizó un titánico esfuerzo por levantarse nuevamente, pero se derrumbó inconsciente de bruces en el polvo.
Uno de los tártaros había sujetado las bridas del caballo del caído, y se acercó a su compañero desvanecido. Desmontó, y con tranquilidad pasó frente a Sausi, levantó al tártaro del suelo, y lo subió a la montura. El hombre estaba medio inconsciente, pero se sujetó como pudo al cuello del animal. La sangre que manaba abundante de su nariz manchó la coraza de cuero y latón del animal.
El tártaro que hablaba sarraïnesc se había acercado a mi costado mientras todos permanecíamos atentos a la pelea, sacó su espada curva, y la apoyó en mis costillas.
– Tú vienes solo -me dijo-. Ordénale a tu compañero que se aparte y que nos deje pasar, o ahora mismo mueres.
Traduje sus palabras y Joanot ordenó a Sausi que se hiciera a un lado, lo que hizo el búlgaro a regañadientes. Sausi respiraba profundamente y tenía el rostro encendido, parecía sonreír, pero yo había aprendido que aquella mueca suya que mostraba los dientes nunca era una sonrisa.
Los cinco tártaros, el aterrorizado turco y yo, cruzamos frente a los impotentes almogávares y nos dirigimos hacia la niebla. Mis ojos se encontraron durante un breve instante con los de Joanot, y pude captar la mirada de furia contenida de éste. Yo no tenía ninguna duda de que si Joanot ordenaba atacar a sus catalanes, mi fin se iba a producir en ese mismo instante; pero era evidente que Joanot era consciente de eso mismo, y que de momento no iba a emprender ninguna acción contra los tártaros.
Nos alejamos al galope del campamento almogávar. Ya era noche cerrada y la tenue luminosidad de la luna apenas podía atravesar la niebla que nos envolvía.
Mientras cabalgábamos los tártaros permanecieron en silencio y yo sólo escuchaba, además del sonido de los cascos de los animales, el intermitente gemido y los rezos mahometanos de Ahmed, que tumbado sobre su vientre, en la grupa de uno de los pequeños caballos tártaros, debía de sentirse incómodo, dolorido y lleno de terror.
Una creciente y extraña luminosidad rojiza fue formándose frente a nosotros, enturbiada por los velos de niebla que se interponían en nuestro camino. Ante esta visión, los tártaros apresuraron el paso, y el turco empezó a llorar y a gritar con un temor creciente. Yo empezaba a sentirme tan aterrorizado como él, aunque ignoraba la naturaleza de aquella luz roja. Comprobé que mientras nos acercábamos a ella, la niebla se volvía más espesa, y su olor más penetrante. Un extraño y horroroso rugido, como el que proferiría alguna bestia maligna, nos llegaba precisamente de la dirección de aquel resplandor rojo. Mientras avanzábamos, el rugido aumentaba y se tornaba más ominoso.
Finalmente se descubrió ante nosotros una impresionante columna de fuego que parecía elevarse hasta tocar el cielo. Las llamas rojas se retorcían en enormes burbujas flamígeras que ascendían hacia lo alto filtrando un espeso humo negro. Aquel fuego parecía algo dotado de vida y entendimiento maléfico que ejecutara una obscena danza ante nosotros. Podía sentir el calor sofocante en pleno rostro y mis ropas eran agitadas por la presión que aquellos borbotones llameantes ejercían en el aire que lo circundaba. El horrible rugido, como de bestia enloquecida, también provenía de aquellas feroces llamas, recordándome las palabras del Apocalipsis que acudieron entonces a mi mente: