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Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIV. El `doctor iluminado`, el fraile medieval mallorquín Ramón Llull, acompaña a una partida de almogávares en una arriesgada expedición por tierras de Oriente.
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
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Realmente aquel hombre parecía tan viejo como yo; tenía las mejillas hundidas y le faltaban casi todos los dientes de la parte de arriba de la boca, su piel estaba arrugada y curtida y sus ojos eran los ojos de alguien que ha vivido mucho. Su mirada era extraña e indefinible, y contenía un sentimiento que no fui capaz de precisar. Pero el pelo de su cabeza y barba eran abundantes y de color negro, aunque ahora estaban completamente cubiertos de polvo y arena.

– ¿Mejor? -le pregunté.

– Sí, y si me libraras de estas cadenas -dijo alzándolas para que pudiera verlas-, la cosa mejoraría aún más.

– Temo que eso no esté en mis manos.

– ¿Por qué nos hacéis arrastrar estas cadenas? Mi gente está débil.

– Somos enemigos, y tenemos nuestras normas sobre cómo tratar a los enemigos.

– Nunca he visto a infieles como vosotros. ¿De qué parte del mundo sois?

– De Poniente.

Él preguntó extrañado:

– ¿De Al-Andalus?

– Estos hombres provienen del norte de Al-Andalus -le expliqué con cuidado-; de las montañas que limitan con el país de los francos.

Asintió de nuevo, y dijo que él no nos consideraba sus enemigos. Les habíamos salvado de los demonios y nos estaba agradecido. Ejecutó un saludo musulmán con sus manos encadenadas.

Le dije que, en ese caso, no le importaría responder a alguna de mis preguntas, y él me invitó con sus expresivos ojos a que preguntara.

– ¿Sabes lo que es esto? -dije tocando apenas el bulto de mi cuello. Cada vez dolía más; dolía sólo con rozarlo.

– Sí. Estás infectado por el Mal.

Le miré atónito.

– ¿Qué?

– El Mal está dentro de ti. No tardará en apoderarse de todo tu cuerpo.

– ¿De qué me estás hablando? ¿De una enfermedad? -No pude evitar un temblor en mi voz al preguntar.

– No -me miró directamente a los ojos-; hablo del Mal en esencia.

Le pregunté qué iba a ser de mí.

– Afortunadamente eres muy viejo -dijo-; el Mal no tendrá tiempo de apoderarse de tu alma, tu cuerpo degenerará y se marchitará mucho antes de que esto suceda.

Yo sólo podía comprender parcialmente lo que el sarraceno me estaba contando, pero una cosa estaba bastante clara a pesar de todo: mi vida estaba a punto de terminar. Y entonces comprendí el significado de su mirada; era misericordia, piedad, ¡aquel sarraceno encadenado y famélico sentía pena por mí!

Le pregunté si existía alguna posible cura, y él me dijo que, desafortunadamente, no; y su tono era el de quien pronuncia una sentencia de muerte.

– Mi nombre es Ramón Llull -le dije, intentando conservar la calma-, y soy muy viejo y ya he vivido más que suficiente. Hace mucho tiempo tuve una familia y disfruté de una buena situación mundana. A todo esto renuncié de buen grado a fin de honrar a Dios y exaltar nuestra santa fe. Aprendí el árabe, y muchas veces prediqué entre los sarracenos. Fui detenido, encarcelado y flagelado por la fe; no una, sino muchas veces. Aceptaré entonces cualquier destino que Dios tenga a bien enviarme.

El inclinó levemente la cabeza en una especie de saludo respetuoso, y dijo:

– Que Dios te proteja entonces, hermano del Libro.

Le pregunté cómo había llegado el Mal a estas tierras, y él respondió, mirando hacia un lado, que era una larga historia.

– Te puedo dedicar todo el tiempo que me quede -dije, mientras esbozaba una amarga sonrisa.

– Bien, te lo contaré entonces, pero me siento muy incómodo con estas cadenas y con toda la suciedad que se ha pegado a mi cuerpo.

Asentí. Gracias a los años que pasé con mi desafortunado esclavo moro, sabía la importancia que los sarracenos le daban a la higiene personal. Una importancia que para muchos cristianos es incomprensible pero que, debo admitir, se me ha contagiado en parte. Llamé al almogávar del exterior y pedí que nos proporcionara un barreño lleno de agua, cosa que hizo al instante, y le solicité que librara a Ibn-Abdalá de sus cadenas, a lo que se negó rotundamente.

El sarraceno se encogió de hombros, y aceptó aquello que había conseguido; se lavó lo mejor que pudo y me pidió algo para recortarse la barba y el pelo. Le di unas tijeras, sin pensar ni por un momento que aquel hombre pudiera usarlas como arma. Y no lo hizo. Después de lavarse y afeitarse, su aspecto había mejorado lo suficiente como para que empezara a mostrar la edad que auténticamente tenía.

Mientras se aseaba me dijo que él no había nacido en Rai, sino en Tánger.

– En el Lejano Poniente, como tú -añadió.

De joven estudió las leyes de Alá y de los hombres, y lleno del deseo de visitar los santuarios ilustres, dejó a su padre, madre y amigos y a los veintidós años partió hacia Oriente, solo, sin compañero con el que pudiera vivir familiarmente, sin caravana de la que formar parte. Fue vendedor de dátiles en Arabia, y traficó con esclavos en Kipchak. De los doctores de Damasco obtuvo la licencia para juzgar, y se convirtió en cadí al servicio del sultán de Delhi. La desgracia no se olvidó de él, ni las intemperies, ni los bandidos; varias veces lo perdió todo, su equipaje y su dinero…

– Pero nunca me detuve… hasta que esos demonios llegaron a estas tierras.

– ¿Quiénes son?, ¿de dónde vienen?

– Quién sabe. Una raza de criaturas bestiales. Viajan con los tártaros y tienen algunas de sus mismas costumbres, pero en otras cosas son muy diferentes.

Un anciano de Delhi le había contado la caída de Bagdad; como una nube negra apareció al este de la ciudad y la cubrió por completo. Al momento se originó un gran griterío; la gente trepaba a los terrados y a los alminares para intentar averiguar el origen de esa polvareda. Al fin descubrieron al ejército tártaro llegar oculto por esa niebla, su caballería, sus impedimentas y todo el convoy de equipajes que venía detrás; la faz de la tierra parecía en aquel momento totalmente cubierta de tártaros. Al frente de ellos, como punta de flecha, avanzaban los demonios peludos.

– Me los describió con detalle, pero no quise creerle… hasta que sitiaron Rai, donde yo me encontraba comerciando. Llegaron del mismo modo que el anciano me había narrado, envueltos en una nube pestilente y sometieron la ciudad por el hambre; fui testigo de cosas horribles durante aquellos meses de asedio; vi a mujeres disputarse la piel de un caballo muerto hacía semanas y a la gente arrollarse por beber la sangre de un buey al que se daba muerte, y a un hombre devorar un pie humano. Finalmente la ciudad, exhausta, se rindió al poder de esos monstruos y éstos, al penetrar por sus calles, cometieron las mayores atrocidades que la mente humana puede concebir.

– Dices que viajan con los tártaros, ¿pero acaso no lo son ellos mismos?

– Conozco a los tártaros y son temibles, casi inhumanos. Exterminan poblaciones enteras y esclavizan a los niños, haciéndoles trabajar hasta morir. Pero esas criaturas son mucho peores; llevan el Mal consigo, y eso, además de su aspecto, es lo que las hace diferentes.

Le pregunté qué era eso que él llamaba el Mal, e Ibn-Abdalá señaló el bulto en mi cuello y dijo que había visto a muchos hombres atrapados por él. Cambiaban lentamente y olvidaban su fe y sus recuerdos. Los demonios peludos les obedecían, aunque antes de ser infectados por el Mal, estos hombres fueran sus esclavos. Durante una ceremonia demoníaca, siempre en la oscuridad, el Mal les era transmitido y ocupaba el cuerpo del desgraciado enturbiando su alma y sus ideas.

Yo no deseaba seguir hablando de eso, por lo que pregunté a Ibn-Abdalá:

– ¿Conoces bien estas tierras?

– He pasado mi vida recorriéndolas, he atravesado Anatolia, y navegado por el mar de los Jázaros, cruzando la estepa y llegando hasta Urgandi, Bujara y Samarcanda.

– ¿Conoces el camino hasta Samarcanda?

– Tanto como la palma de mi mano; ¿es ése vuestro destino?

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