La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
– ¿Quién eres?
Su único ojo brilló de leve ira y dijo:
– No estás aquí para formularme preguntas, sino para responder a las mías. Viajas hacia Oriente en compañía de trescientos asesinos. Todo viaje tiene un destino, y ese destino es lo que deseo conocer.
– Si eres quien creo que eres -dije-, entonces no puedes ignorar cuál es nuestro destino.
La criatura se incorporó hasta quedar sentada en la litera de cuero, extendió su mano derecha y sus dedos se engarfiaron en el pecho de mi gonela; tiró de mí con una fuerza inusitada hasta que mi rostro quedó a pocas pulgadas del suyo.
– Hablarás, esclavo -dijo, y sentí su aliento en mi cara como una bocanada de aire que escapara al abrir una tumba.
Era como si su disfraz de viejo marchito se hubiera difuminado por unos instantes para mostrarme su verdadera naturaleza de bestia maligna y llena de ira.
Entonces, en su proximidad, vi algo que me llenó de horror y repulsión; su ojo marchito y traslúcido se animó durante un breve instante como si algo se moviera dentro de él.
Con morbosa fascinación miré el interior de aquella cuenca, a través de la fina telilla que era todo lo que quedaba del ojo original, y vi algo semejante a un gordo gusano blanco retorciéndose en aquel estrecho espacio. He visto parásitos introducir sus huevos en el interior de insectos, y éstos ser devorados por los retoños recién nacidos hasta sólo dejar su caparazón, como un fantasma repleto de gusanos.
El chamán me soltó entonces, y yo me aparté rápidamente de su horror y su pestilencia. De repente parecía muy cansado, y volvió a tumbarse en su litera.
– Hablarás, esclavo -repitió con voz débil-, suplicarás por hacerlo.
No vi que hiciera señal alguna, ni pronunciara otra palabra más, pero en ese momento, como respondiendo a una orden silenciosa, Yeda y el gog corpulento entraron y me sacaron de allí.
Me empujaron dentro de otra yurta cuyo suelo estaba cubierto de paja, y cerraron la entrada tras de mí. Una gran jarra de barro en el centro era el único objeto en toda la tienda. La levanté, y derramé algo de su contenido sobre el suelo de paja. Mojé mis dedos y lo probé con precaución; era agua. Tenía sed y bebí hasta casi agotar su contenido. Estaba solo por primera vez desde que había abandonado el campamento almogávar, y me sentía agotado en cuerpo y alma por todo lo que había visto y por todo lo que mi corazón había sentido.
Me tumbé en el suelo e intenté dormir. Pero no pude hacerlo, obsesionado por las palabras del chamán. Tenía la seguridad de que había estado en presencia del mismísimo Maligno.
Esa noche las cigarras no cesaban en su monótono canto, y una enorme luciérnaga se movía por uno de los palos que sujetaban la yurta, como un navío lejano navegando durante la noche. Apenas podía escuchar a mis guardianes gog hablando entre sí, en voz baja, frente a la entrada de la yurta, cuando de repente turbó aquel silencio casi perfecto una extraña mezcla de sonidos musicales, que vibró un momento y se disipó.
Antes de que tuviera tiempo de incorporarme, resonó de nuevo la música, entremezclándose los sonidos, formando unos compases extraños y agradables, como si un niño jugara con las teclas de un manubrio. Escuché atentamente, conteniendo la respiración, aquel extraño ritmo que a veces se detenía para volver a empezar y detenerse con igual presteza. Poco a poco, y casi sin percibirse iba llegando hasta la entrada de la yurta el ruido de numerosas pisadas en el suelo blando.
La entrada se descubrió en ese momento, mostrando un grupo de oscuras formas que se destacaban contra el fondo formado por la luz de las antorchas. Los mangos de marfil de sus espadas relucían al describir curvas en el aire cuando los guerreros gog alzaban y bajaban los brazos siguiendo el ritmo de la danza. De repente, los danzantes desaparecieron en la oscuridad para reaparecer de nuevo, momentos después, ante la luz de las antorchas que proyectaba sus oscuras siluetas. Ahora cuatro de ellos llevaban sobre sus hombros una plataforma sobre la que se sentaba la cadavérica figura del chamán. Su silueta retorcida destacó como una sombra de profunda negrura contra la turbia niebla que oscurecía la noche.
Los guerreros volvieron a danzar al compás de las extrañas melodías de un sonoro instrumento y de las débiles palmadas que salían de los porches de las yurtas que producían un sonido parecido al de las olas.
Mis guardianes me ordenaron que saliera, y yo me acerqué lentamente a aquel cuadro y distinguí que los danzarines y el chamán ocupaban el centro de un semicírculo presidido por Dorga y el hereje nestoriano, y que había muchos más gog sentados en la oscuridad. El terreno frente a las yurtas estaba lleno de viejos de ambos sexos y niños de todas las edades. Apareció una vez más la fila de danzarines ante la luz de las antorchas, y el que iba delante, llevaba un calabacín del que sobresalían unos juncos; soplaba por uno de ellos al mismo tiempo que pasaba los dedos por los otros, como si se tratase de una flauta, y su pecho se dilataba y contraía normalmente, a pesar del soplar continuo que iba convirtiendo en embriagadora música.
Cesó de repente la danza y la música, y se fue estrechando el semicírculo de indígenas, que se arrastraron boca abajo sobre el polvo, alrededor de la plataforma del chamán, mientras proferían alaridos espantosos y lúgubres que resonaron en la noche.
El anciano se puso en pie, apoyándose en los fuertes y peludos brazos de dos de sus acólitos, y me llamó con un hipnótico gesto de su mano. Sentí entonces cómo, por primera vez, toda la atención de aquellas gentes se concentraba en mí. Uno de los acólitos se situó a mi espalda y vendó mis ojos con una gruesa tela de lino.
Momentáneamente cegado, fui obligado por ese mismo acólito, a avanzar unos pasos en dirección al aullante semicírculo en cuyo centro estaba el chamán, y me vi rodeado al instante de una espectral luz cenicienta, que no proyectaba sombras, y que iluminaba el espacio central del semicírculo, permitiéndome ver mágicamente a través de la venda. Era como si las luces de las antorchas se hubieran convertido en oscuridad, y las sombras de la noche en luces. Las piedras del suelo fosforecían en violento contraste con las estrellas del cielo que ahora parecían simples puntos negros, como partículas de carbón. Uno de los acólitos, convertido ahora en una imagen espectral de sí mismo, con los tonos y colores de su cuerpo invertidos, colocó un taburete de madera frente a mí, y me indicó con un gesto que me sentara. Cosa que hice, como si algo impulsara mis acciones por encima de mi voluntad y raciocinio.
La pegajosa fosforescencia que me rodeaba se fue haciendo más espesa hasta que no pude ver más allá de cinco codos por delante de mí. Era como una niebla luminosa, que hacía daño a los ojos y me obligaba a entrecerrarlos. Mis ojos lagrimeaban y mis párpados temblaban por el esfuerzo de mantenerse entrecerrados. Podía estar en el interior de una estrecha habitación, o en el centro de un inmenso desierto, imposible saberlo pues era incapaz de distinguir distancia alguna a través del irreal resplandor que me envolvía. Un mefítico olor a corrupción que me rodeó, haciéndose más intenso a cada instante, y llenando, asfixiante, mis narices obligándome a respirar por la boca.
Entonces escuché un ruido terrible y vi unas formas vagamente humanas aparecer entre la luz y adquirir rápidamente una esencia sólida.
Avanzaron hacia mí envueltas por jirones de niebla. Siete jinetes de largos cabellos negros, llevando armaduras de combate, con dos alas como dos escudos metálicos a la espalda. Agitaban estas alas y producían un ruido ensordecedor mientras se acercaban a mí. Las armaduras, también tenían colas semejantes a las colas de un escorpión, pero de metal brillante. Las colas se agitaban a la espalda de los jinetes como si tuvieran voluntad propia. Avanzaban lentamente, abriendo la niebla con sus cuerpos, como si ésta se apartara para no tocarles. Sus monturas también llevaban armadura, con una pequeña corona dorada sobre cada una de las cabezas de los caballos.