El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día
- Автор: Ротфусс Патрик
- Серия: Crónica del Asesino de Reyes #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día». Краткое содержание книги:
El temor de un hombre sabio empieza donde terminaba El nombre del viento: en la Universidad. De la que luego Kvothe se verá obligado a partir en pos del nombre del viento, en pos de la aventura, en pos de esas historias que aparecen en libros o se cuentan junto a una hoguera del camino o en una taberna, en pos de la antigua orden de los caballeros Amyr y, sobre todo, en pos de los Chandrian. Su viaje le lleva a la corte plagada de intrigas del maer Alveron en el reino de Vintas, al bosque de Eld en persecución de unos bandidos, a las colinas azotadas por las tormentas que rodean la ciudad de Ademre, a los confines crepusculares del reino de los Fata. Y cada vez parece que tiene algo más cerca la solución del misterio de los Chandrian, y su venganza.
– El maer confía en que pueda reunirse usted con él en el jardín a la quinta campanada -dijo.
Citarme en el jardín significaba una conversación formal. Si el maer hubiera querido hablar conmigo en serio, me habría convocado en sus aposentos, o habría venido a verme por el pasadizo secreto que conectaba sus aposentos y mis habitaciones.
Miré la hora en el reloj de la pared. No era un reloj simpático como los que yo estaba acostumbrado a ver en la Universidad. Era un reloj armónico, con péndulo y todo. Un mecanismo precioso, pero no tan preciso. Sus manecillas señalaban que faltaba un cuarto de hora para la cita.
– ¿Ese reloj va adelantado, Stapes? -pregunté, esperanzado. Con quince minutos quizá tuviera suficiente para quitarme la ropa del camino y engalanarme con ropa adecuada para la corte. Pero dadas las capas de suciedad y sudor acre que me cubrían, eso habría sido tan inútil como ponerle un lazo de seda a una boñiga humeante.
Stapes miró más allá de mi hombro y comparó la hora con un pequeño reloj de engranaje que llevaba en el bolsillo.
– De hecho parece que va cinco minutos atrasado.
Me froté la cara y evalué mis opciones. No se trataba solo de que estuviera desaliñado tras un breve viaje. Estaba guarro. Había caminado a buen paso bajo el sol veraniego, y luego había pasado días atrapado en un coche asfixiante. Aunque el maer no fuera una persona que juzgase las cosas únicamente por las apariencias, sí valoraba el decoro. No causaría una buena impresión si me presentaba sucio y apestoso.
El recuerdo de la jaula de hierro apareció espontáneamente en mi pensamiento, y decidí que no podía arriesgarme a causar una mala impresión. Y menos con la noticia que tenía que revelar.
– Necesito una hora como mínimo, Stapes. Si quiere, puedo reunirme con él a la sexta campanada.
Stapes adoptó una expresión rígida e indignada cuyo mensaje no dejaba lugar a dudas: no se cambiaba la hora de una cita con el maer Alveron. Él te convocaba, y tú acudías. Funcionaba así, y punto.
– Stapes -dije con toda la cordialidad que pude-, míreme. Huélame. He recorrido quinientos kilómetros en el último ciclo. No me voy a presentar en el jardín cubierto de polvo del camino y apestando como un bárbaro.
Los labios de Stapes dibujaron una mueca de desaprobación.
– Le diré que está usted ocupado.
Llegaron más cubos de agua caliente.
– Dígale la verdad, Stapes -dije mientras empezaba a desabrocharme la camisa-. Estoy seguro de que lo comprenderá.
Después de lavarme con esmero, peinarme y vestirme adecuadamente, le envié al maer mi anillo de oro y una tarjeta que rezaba: «Conversación privada cuando le resulte conveniente».
Una hora más tarde, el mensajero volvió con una tarjeta del maer que rezaba: «Espera a que te llame».
Esperé. Envié a un chico a buscarme la cena, y luego esperé el resto de la noche. Al día siguiente no recibí ningún mensaje. Y como no sabía cuándo podía llegar la cita de Alveron, me quedé otra vez atrapado en mis habitaciones, esperando a que me llamara.
Me vino bien tener tiempo para recuperar horas de sueño y darme un segundo baño. Pero me preocupaba que las noticias de Levinshir llegaran antes de que hubiera hablado con Alveron. El hecho de que no pudiera bajar a Bajo Severen a buscar a Denna también era motivo de irritación.
Era víctima de la reprimenda silenciosa tan habitual en los círculos cortesanos. El mensaje del maer estaba clarísimo: «Cuando te llamo, acudes. Mis condiciones, o ninguna».
Era una actitud infantil que solo podía darse entre la nobleza. Con todo, yo no podía hacer nada. Así que le envié mi anillo de plata a Bredon. Bredon llegó a tiempo para cenar conmigo y me puso al día de los chismorreos de la temporada. Los rumores de la corte pueden ser terriblemente insípidos, pero Bredon los seleccionó y los aderezó con muy buen criterio.
La mayoría de los chismes giraban alrededor del precipitado noviazgo y boda del maer con la heredera de los Lackless. Por lo visto estaban perdidamente enamorados. Muchos sospechaban que ya había un bebé en camino. En la corte real de Renere también había mucho movimiento. El príncipe regente Alaitis había muerto en un duelo, y gran parte del farrel del sur se había sumido en el caos, pues ciertos nobles habían hecho todo lo posible para sacar partido de la muerte de un miembro de la corte de rango tan elevado.
También había rumores. Los hombres del maer se habían ocupado de unos bandidos que actuaban en una región remota del Eld. Al parecer se dedicaban a atacar a los recaudadores de impuestos. Había malestar en el norte, donde sus gentes habían tenido que soportar una segunda visita de los recaudadores del maer. Pero al menos los caminos volvían a ser seguros, y los responsables habían recibido su justo castigo.
Bredon también mencionó un interesante rumor sobre un joven que había visitado a Felurian y había vuelto más o menos ileso, aunque con cierto aire fata. No era exactamente un rumor de la corte, sino más bien de esas cosas que oyes en las tabernas. Un rumor popular al que ninguna persona de alta alcurnia se dignaría prestar atención. Mientras hablaba, los ojos oscuros y penetrantes de Bredon chispeaban alegremente.
Coincidí en que esas habladurías eran muy vulgares, y que las personas refinadas como nosotros estábamos muy por encima de esas cosas. ¿Mi capa? Era bonita, ¿verdad? No recordaba exactamente dónde me la habían hecho. En algún lugar exótico. Por cierto, recientemente había oído una canción interesante sobre Felurian. ¿Le gustaría oírla?
También jugamos a tak, por supuesto. A pesar de que yo llevaba mucho tiempo sin acercarme al tablero, Bredon declaró que había mejorado mucho. Por fin estaba aprendiendo a jugar una hermosa partida.
Como podéis imaginaros, cuando Alveron volvió a citarme, acudí. Estuve tentado de llegar unos minutos tarde, pero me contuve, pues sabía que era demasiado arriesgado.
El maer paseaba a solas cuando me encontré con él en el jardín. Caminaba erguido, y parecía mentira que, poco tiempo atrás, hubiera necesitado de mi brazo o de un bastón.
– Kvothe -dijo esbozando una sonrisa cordial-, me alegro de que hayas encontrado tiempo para visitarme.
– Siempre es un placer, excelencia.
– ¿Damos un paseo? -propuso-. A esta hora del día, hay una vista muy agradable desde el puente del sur.
Me puse a su lado y empezamos a andar entre los cuidados setos.
– Veo que vas armado -comentó el maer sin disimular su desaprobación.
Inconscientemente, llevé una mano al puño de Cesura. La llevaba atada al cinto y no colgada a la espalda.
– ¿Supone eso algún inconveniente, excelencia? Tengo entendido que en Vintas todo hombre tiene derecho a ceñirse la espada.
– No es correcto -dijo, tajante.
– Creo que en la corte del rey en Renere ningún caballero osaría aparecer en público sin su espada.
– Pese a lo bien que hablas, no eres ningún caballero -me recordó Alveron con frialdad-. Harías bien en recordarlo.
No dije nada.
– Además, es una costumbre bárbara que, con el tiempo, le causará graves problemas al rey. No me importa cuál sea la costumbre en Renere, pero en mi ciudad, en mi casa y en mi jardín no te presentarás armado ante mí. -Giró la cabeza y me miró con dureza.
– Le ruego que me disculpe si lo he ofendido, excelencia. -Me paré y le ofrecí una reverencia más esmerada que la anterior.
Mi muestra de sumisión pareció aplacarlo. Sonrió y me puso una mano en el hombro.
– Puedes ahorrarte todo eso. Ven, mira la viuda de fuego. Las hojas pronto empezarán a cambiar de color.
Paseamos durante casi una hora, charlando amigablemente sobre cosas sin importancia. Me mostré indefectiblemente cortés y el humor de Alveron siguió mejorando. Si para mantenerme en buenas relaciones con él solo tenía que satisfacer su ego, lo consideraba un precio razonable a cambio de su mecenazgo.
– Permítame decirle que el matrimonio le sienta bien, excelencia.