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El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día

Электронная книга - «El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día». Краткое содержание книги:

Músico, mendigo, ladrón, estudiante, mago, héroe y asesino. Kvothe es un personaje legendario, el héroe o el villano de miles de historias que circulan entre la gente. Todos le dan por muerto, cuando en realidad se ha ocultado con un nombre falso en una aldea perdida. Allí simplemente es el taciturno dueño de Roca de Guía, una posada en el camino. Hasta que hace un día un viajero llamado Cronista le reconoció y le suplicó que le revelase su historia, la auténtica, la que deshacía leyendas y rompía mitos, la que mostraba una verdad que sólo Kvothe conocía. A lo que finalmente Kvothe accedió, con una condición: había mucho que contar, y le llevaría tres días. Es la mañana del segundo día, y tres hombres se sientan a una mesa de Roca de Guía: un posadero de cabello rojo como una llama, su pupilo Bast y Cronista, que moja la pluma en el tintero y se prepara a transcribir…
El temor de un hombre sabio empieza donde terminaba El nombre del viento: en la Universidad. De la que luego Kvothe se verá obligado a partir en pos del nombre del viento, en pos de la aventura, en pos de esas historias que aparecen en libros o se cuentan junto a una hoguera del camino o en una taberna, en pos de la antigua orden de los caballeros Amyr y, sobre todo, en pos de los Chandrian. Su viaje le lleva a la corte plagada de intrigas del maer Alveron en el reino de Vintas, al bosque de Eld en persecución de unos bandidos, a las colinas azotadas por las tormentas que rodean la ciudad de Ademre, a los confines crepusculares del reino de los Fata. Y cada vez parece que tiene algo más cerca la solución del misterio de los Chandrian, y su venganza.
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– Creo que voy a tener que pedirte que me des unos puntos, Bast -dijo Kvothe-. Si no es demasiada molestia.

– Reshi -repitió Bast-, ¿qué ha pasado?

– Devan y yo hemos discutido -respondió Kvothe apuntando con la barbilla al escribano- sobre el uso correcto del modo subjuntivo. Al final nos hemos acalorado un poco.

Cronista miró a Bast, palideció y dio unos pasitos hacia atrás.

– ¡Lo dice en broma! -se apresuró a decir levantando las manos-. ¡Han sido unos soldados!

Kvothe rió, pese al dolor que le causó la risa. Tenía sangre en los dientes.

Bast barrió la taberna con la mirada.

– ¿Qué has hecho con ellos?

– Nada, Bast -contestó el posadero-. Seguramente ya deben de estar a varios kilómetros.

– ¿Tenían algo raro, Reshi? ¿Como el de anoche? -quiso saber Bast.

– Solo eran soldados, Bast-dijo Kvothe-. Dos soldados del rey.

– ¿Qué? -dijo Bast palideciendo-. Reshi, ¿por qué les has dejado hacerte esto?

Kvothe miró a Bast con incredulidad. Soltó una risotada breve y amarga y paró, esbozando una mueca y aspirando entre los dientes.

– Es que parecían unos chicos tan limpios y virtuosos… -dijo con tono burlón-. Y he pensado: ¿por qué no dejar que estos dos buenos chicos me roben y me hagan papilla?

Bast lo miraba con profunda consternación.

– Pero tú…

Kvothe se limpió la sangre que amenazaba con metérsele en un ojo y miró a su pupilo como si fuera la criatura más estúpida que respiraba sobre la capa de la tierra.

– ¿Qué? -preguntó-. ¿Qué quieres que diga?

– ¿Dos soldados, Reshi?

– ¡Sí! -gritó Kvothe-. ¡Ni siquiera dos! ¡Por lo visto, basta con un solo matón con los puños duros para dejarme medio muerto! -Fulminó a Bast con la mirada y levantó ambos brazos-. ¿Qué tengo que hacer para que te calles? ¿Quieres que te cuente una historia? ¿Quieres oír los detalles?

Bast retrocedió un poco ante aquel arrebato. Palideció aún más, y el pánico se reflejó en su cara.

Kvothe bajó bruscamente los brazos.

– Deja ya de esperar que sea alguien que no soy -dijo respirando entrecortadamente. Encorvó los hombros y se frotó los ojos, esparciéndose la sangre por la cara. Dejó caer la cabeza con gesto de cansancio-. Madre de Dios, ¿por qué no me dejas en paz?

Bast estaba quieto como un ciervo asustado, con los ojos muy abiertos.

El silencio se apoderó de la estancia, denso y amargo como una bocanada de humo.

Kvothe inspiró lentamente; nada más se movía en la sala.

– Lo siento, Bast -dijo sin levantar la cabeza-. Es que estoy un poco dolorido. Esto ha podido conmigo. Dame un momento y lo solucionaré.

Sin levantar todavía la cabeza, Kvothe cerró los ojos y respiró profunda y lentamente varias veces. Cuando alzó la vista, parecía apesadumbrado.

– Perdóname, Bast -dijo-. No era mi intención saltar así.

Las mejillas de Bast recobraron algo de color, y desapareció la tensión de sus hombros. Compuso una sonrisa nerviosa.

Kvothe le quitó el trapo húmedo a Cronista y volvió a limpiarse la sangre del ojo.

– Siento haberte interrumpido antes, Bast. ¿Qué ibas a preguntarme?

Bast titubeó, y al final dijo:

– Hace menos de tres días mataste a cinco escrales, Reshi. -Señaló la puerta-. ¿Qué es un matón comparado con eso?

– Escogí con mucho cuidado el momento y el lugar para los escrales, Bast -repuso Kvothe-. Y tampoco salí ileso del lance.

Cronista levantó la cabeza, sorprendido.

– ¿Te hirieron? -preguntó-. No lo sabía. No me pareció que…

Una sonrisilla irónica empezó a insinuarse en Kvothe.

– Las viejas costumbres tardan en morir -dijo-. Tengo que proteger mi reputación. Además, a los héroes solo nos hieren en condiciones adecuadamente dramáticas. Si te enteras de que Bast tuvo que darme diez palmos de puntos después de la pelea, la historia pierde mucho encanto.

Al entenderlo, el rostro de Bast se iluminó como un amanecer.

– ¡Claro! -dijo con profundo alivio-. Se me había olvidado. Todavía no te has recuperado de la pelea con los escrales. Sabía que tenía que ser algo así.

Kvothe bajó la vista; cada línea de su cuerpo expresaba desánimo y cansancio.

– Bast… -empezó a decir.

– Lo sabía, Reshi -dijo Bast enérgicamente-. Era imposible que un matón hubiera podido contigo.

Kvothe inspiró superficialmente y soltó el aire por la boca.

– Seguro que es eso, Bast -dijo-. Si hubiera estado en forma, supongo que habría podido con los dos.

El rostro de Bast volvió a reflejar incertidumbre. Miró a Cronista.

– ¿Cómo has dejado que pasara esto? -preguntó.

– Él no tiene la culpa, Bast -dijo Kvothe distraídamente-. Yo he empezado la pelea. -Se metió unos dedos en la boca y se la palpó con cuidado. Cuando los sacó, los tenía manchados de sangre-. Creo que voy a perder esa muela -reflexionó en voz alta.

– No perderás la muela, Reshi -dijo Bast con vehemencia-. Ni hablar.

Kvothe movió ligeramente los hombros, como si quisiera encogerlos implicando mínimamente al resto del cuerpo.

– En realidad no tiene tanta importancia, Bast. -Se aplicó el trapo a la cabeza, lo retiró y lo examinó-. Y seguramente tampoco voy a necesitar los puntos. -Se enderezó en el taburete-. Vamos a cenar y a retomar la historia. -Clavó la vista en Cronista y arqueó una ceja-. Si todavía tienes ánimo para eso, claro.

Cronista se quedó mirándolo con gesto inexpresivo.

– Estás hecho un desastre, Reshi -dijo Bast, preocupado. Alargó una mano-. Déjame verte los ojos.

– No sufro una conmoción, Bast -dijo Kvothe, irritado-. Tengo cuatro costillas rotas, un zumbido en los oídos y una muela suelta. Tengo unas cuantas heridas superficiales en la cabeza que parecen más graves de lo que son en realidad. Me sangra la nariz, pero no está rota, y mañana seré un tapiz enorme de cardenales.

Kvothe repitió aquel débil movimiento con los hombros.

– Pero he estado peor otras veces. Además, esos tipos me han recordado algo que estaba a punto de olvidar. Seguramente debería estarles agradecido. -Se palpó el mentón y se pasó la lengua por toda la boca-. Aunque quizá no calurosamente agradecido.

– Necesitas los puntos, Reshi -dijo Bast-. Y necesitas que haga algo con tu muela.

Kvothe bajó del taburete.

– No te preocupes. Masticaré con el otro lado unos días.

Bast agarró a Kvothe por el hombro y lo miró con unos ojos duros y oscuros.

– Siéntate, Reshi. -No era una petición. Habló en tono bajo y abrupto, y su voz sonó como un trueno lejano-. Siéntate.

Kvothe se sentó.

Cronista asintió en señal de aprobación y se volvió hacia Bast.

– ¿Cómo puedo ayudarte?

– Apártate y no me estorbes -dijo Bast con brusquedad-. Y no dejes que se levante hasta que haya vuelto. -Subió por la escalera a grandes zancadas.

Hubo un momento de silencio.

– Bueno -dijo Cronista-. El modo subjuntivo.

– Es superfluo -dijo Kvothe-. Complica innecesariamente el idioma. Me ofende.

– ¿Cómo puedes decir eso? -replicó Cronista, ligeramente ofendido-. El subjuntivo es el fundamento de lo hipotético. En buenas manos… -Se interrumpió al entrar Bast en la estancia, con el ceño fruncido y con una cajita de madera en las manos.

– Tráeme agua -le dijo imperativamente a Cronista-. No de la bomba, sino del barril de agua de lluvia. También necesitaré leche de la fresquera, miel caliente y un cuenco hondo. Luego recoge todo esto, apártate y no me estorbes.

Bast le limpió el corte de la cabeza a Kvothe; a continuación enhebró un pelo que se arrancó del cabello en una aguja de hueso y le dio cuatro puntos al posadero, con más arte que una costurera.

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