El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día
- Автор: Ротфусс Патрик
- Серия: Crónica del Asesino de Reyes #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día». Краткое содержание книги:
El temor de un hombre sabio empieza donde terminaba El nombre del viento: en la Universidad. De la que luego Kvothe se verá obligado a partir en pos del nombre del viento, en pos de la aventura, en pos de esas historias que aparecen en libros o se cuentan junto a una hoguera del camino o en una taberna, en pos de la antigua orden de los caballeros Amyr y, sobre todo, en pos de los Chandrian. Su viaje le lleva a la corte plagada de intrigas del maer Alveron en el reino de Vintas, al bosque de Eld en persecución de unos bandidos, a las colinas azotadas por las tormentas que rodean la ciudad de Ademre, a los confines crepusculares del reino de los Fata. Y cada vez parece que tiene algo más cerca la solución del misterio de los Chandrian, y su venganza.
– También es cierto, excelencia.
Alveron me miró largamente, y luego suspiró.
– Entonces te creo -dijo-. Pero son noticias extrañas y amargas -murmuró, casi como si hablara para sí.
– Desde luego, excelencia.
Me lanzó una extraña mirada calculadora.
– ¿Qué opinas tú?
Antes de que pudiera contestar, se oyó una voz femenina en los aposentos exteriores. Alveron dejó de fruncir el ceño y se irguió en el asiento. Yo oculté una sonrisa detrás de la mano.
– Es Meluan -anunció Alveron-. Si no me equivoco, nos trae esa pregunta que te he mencionado antes. -Sonrió con picardía-. Creo que te gustará: es un asunto muy desconcertante.
Capítulo 139
Stapes acompañó a Meluan a la salita mientras Alveron y yo nos levantábamos. Iba vestida de gris y azul lavanda, y llevaba el cabello, castaño y rizado, recogido de forma que realzara su elegante cuello.
Seguían a Meluan dos sirvientes que cargaban con un baúl de madera. El maer tomó a su esposa por el codo mientras Stapes daba instrucciones a los sirvientes para que dejaran el baúl junto a la butaca de Meluan. El valet de Alveron los hizo salir rápidamente de la salita y me guiñó un ojo antes de cerrar la puerta tras él.
Todavía de pie, me volví hacia Meluan para saludarla con la reverencia de rigor.
– Me alegro de tener la ocasión de volver a verla… ¿milady? -No estaba seguro de cómo debía dirigirme a ella. Las tierras de los Lackless habían sido un condado independiente, pero eso había sido mucho antes de la rebelión sin sangre, cuando todavía controlaban Tinué. Además, su matrimonio con Alveron complicaba las cosas, pues yo ignoraba si existía una contrapartida femenina al título de maershon.
Meluan agitó una mano quitándole importancia al asunto.
– «Señora» es más que suficiente entre nosotros dos, al menos cuando no estemos en público. No necesito ceremonias por parte de una persona a la que tanto debo. -Le cogió la mano a su esposo-. Por favor, siéntese.
Hice otra reverencia y me senté, y observé el baúl con toda la indiferencia de que fui capaz. Era del tamaño de un tambor grande, hecho de madera de abedul bien ensamblada y reforzado con latón.
Sabía que lo correcto era iniciar una conversación intrascendente hasta que alguno de los dos sacara a colación el asunto del baúl. Sin embargo, me venció la curiosidad.
– Me habían dicho que iba a traernos usted una pregunta. Debe de ser una pregunta de gran importancia, o de lo contrario no la guardaría con tanto celo. -Apunté con la barbilla al baúl.
Meluan miró a Alveron y rió como si su esposo acabara de hacer un chiste.
– Mi esposo me ha asegurado que usted nunca deja un rompecabezas sin resolver.
Esbocé una sonrisa un tanto avergonzada.
– Sí, eso va contra mi naturaleza, señora.
– No quiero que luche contra su naturaleza por mí. -Sonrió-. ¿Sería tan amable de acercarme el baúl?
Conseguí levantar el baúl sin lastimarme, pero si pesaba menos de sesenta kilos, soy poeta.
Meluan se inclinó hacia delante sin levantarse de la butaca.
– Lerand me ha contado el papel que desempeñó usted en nuestra unión. Se lo agradezco, y estoy en deuda con usted por ello. -Sus ojos castaño oscuro denotaban seriedad-. Sin embargo, también considero saldada gran parte de esa deuda por lo que me dispongo a mostrarle. Puedo contar con los dedos de las manos a las personas que han visto esto. Con deuda o sin ella, jamás se me habría ocurrido mostrárselo a usted si mi esposo no me hubiera garantizado su absoluta discreción. -Me miró de forma significativa.
– Le aseguro por mi mano que no hablaré con nadie de lo que vea -prometí tratando de disimular mi impaciencia.
Meluan asintió con la cabeza. Entonces, en lugar de sacar una llave, como yo esperaba, presionó los costados del baúl con ambas manos y deslizó ligeramente dos paneles. Se oyó un débil chasquido, y la tapa quedó entreabierta.
«Sin candado», me dije.
Al abrirse la tapa, reveló otro baúl más pequeño y más plano. Era del tamaño de una panera, y la placa de la cerradura de latón no tenía un ojo de cerradura propiamente dicho, sino solo un círculo. Meluan sacó algo que llevaba colgado al cuello de una cadena.
– ¿Me permite ver eso? -pregunté.
– ¿Cómo dice? -preguntó Meluan, sorprendida.
– Esa llave. ¿Me permite verla un momento?
– ¡Maldita sea! -exclamó Alveron-. Pero si todavía no hemos llegado a la parte más interesante. ¡Te ofrezco el misterio de una eternidad y tú te quedas admirando el envoltorio!
Meluan me puso la llave en la mano, e hice un examen rápido pero concienzudo, dándole vueltas con los dedos.
– Me gusta abordar los enigmas capa a capa -expliqué.
– ¿Como una cebolla? -se burló el maer.
– Como una flor -repliqué, y le devolví la llave a Meluan-. Gracias.
Meluan introdujo la llave y abrió la tapa del segundo baúl. Volvió a colgarse la cadena del cuello, la ocultó bajo la ropa y se arregló la ropa y el pelo, reparando cualquier desperfecto que la operación hubiera podido causarle a su aspecto. Todo eso le llevó una hora, o eso me pareció.
Por último, alargó una mano y levantó algo del baúl con ambas manos. Sosteniéndolo lejos del alcance de mi vista, detrás de la tapa abierta, me miró e inspiró hondo.
– Esto ha sido… -empezó.
– Déjale verlo, querida -intervino Alveron con amabilidad-. Siento curiosidad por saber qué piensa. -Rió un poco-. Además, temo que al chico le dé un síncope si le haces esperar un minuto más.
Con gran reverencia, Meluan me acercó un trozo de madera oscura del tamaño de un libro grande. Lo cogí con ambas manos.
Era una caja desmesuradamente pesada para su tamaño, de una madera lisa como la piedra pulida. Al pasarle las manos, descubrí que los costados estaban tallados. No de una forma marcada que atrajera de inmediato la vista, sino con tanta sutileza que mis dedos apenas detectaron el tenue dibujo de relieves y surcos en la madera. Deslicé las manos por la parte superior y descubrí un diseño similar.
– Tenías razón -dijo Meluan en voz baja-. Es como un crío con un regalo de Solsticio.
– Todavía no has visto lo mejor -replicó Alveron-. Espera y verás. Este chico tiene una mente como un martillo de hierro.
– ¿Cómo se abre? -pregunté.
Le di vueltas con las manos y noté que algo se desplazaba en el interior. No se veían bisagras, ni siquiera una juntura que revelara la presencia de una tapa. De hecho, parecía un taco de madera maciza, oscura y pesada. Pero yo sabía que era una caja. Sentía que era una caja. Que esperaba ser abierta.
– No lo sabemos -dijo Meluan. Quizá hubiera continuado, pero su esposo la hizo callar con dulzura.
– ¿Qué hay dentro? -Volví a inclinarla y noté que el contenido se desplazaba.
– No lo sabemos -repitió ella.
La madera ya era interesante por sí sola. Era lo bastante oscura para ser roah, pero tenía una veta de color rojo oscuro. Es más, parecía madera de lindera. Olía débilmente a… algo. Era un olor familiar que no acababa de identificar. Acerqué la cara a su superficie y aspiré hondo por la nariz. Algo parecido al limón, desesperadamente evocador.
– ¿Qué madera es esta?
Su silencio fue respuesta suficiente.
Levanté la cabeza y miré al maer y a su esposa.
– No puede decirse que estén dispuestos a ayudarme mucho, ¿verdad? -Sonreí para suavizar cualquier ofensa que mis palabras pudieran causarles.
Alveron se inclinó hacia delante.
– Debes admitir -dijo con una emoción débilmente velada- que esta es una pregunta excelente. Ya me has mostrado tu habilidad para resolver adivinanzas en otras ocasiones. -Sus ojos grises destellaron-. Dime, ¿qué adivinas sobre esto?