El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día
- Автор: Ротфусс Патрик
- Серия: Crónica del Asesino de Reyes #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día». Краткое содержание книги:
El temor de un hombre sabio empieza donde terminaba El nombre del viento: en la Universidad. De la que luego Kvothe se verá obligado a partir en pos del nombre del viento, en pos de la aventura, en pos de esas historias que aparecen en libros o se cuentan junto a una hoguera del camino o en una taberna, en pos de la antigua orden de los caballeros Amyr y, sobre todo, en pos de los Chandrian. Su viaje le lleva a la corte plagada de intrigas del maer Alveron en el reino de Vintas, al bosque de Eld en persecución de unos bandidos, a las colinas azotadas por las tormentas que rodean la ciudad de Ademre, a los confines crepusculares del reino de los Fata. Y cada vez parece que tiene algo más cerca la solución del misterio de los Chandrian, y su venganza.
– Abre la boca -le ordenó entonces; miró dentro y frunció un poco el ceño mientras le palpaba una muela con un dedo. Asintió en silencio.
Le dio el vaso de agua a Kvothe.
– Enjuágate la boca, Reshi. Hazlo un par de veces y escupe el agua en el vaso.
Kvothe obedeció. Cuando terminó, el agua estaba roja como el vino.
Cronista volvió con una botella de leche. Bast la olfateó y vertió un poco en un cuenco hondo de arcilla. Añadió una gota de miel y la removió hasta mezclarla bien. Por último, metió un dedo en el vaso de agua sanguinolenta, lo sacó y dejó caer una sola gota en el cuenco.
Bast volvió a remover el contenido y le dio el cuenco a Kvothe.
– Toma un sorbo de esto -dijo-. No te lo tragues. Aguántalo en la boca hasta que yo te diga.
Con expresión de curiosidad, Kvothe se llevó el cuenco a los labios y tomó un sorbo de leche.
Bast también tomó un sorbo. Luego cerró los ojos y permaneció largo rato concentrado. Abrió los ojos, le acercó el cuenco a la boca a Kvothe y señaló en él.
Kvothe escupió la leche que tenía en la boca. Estaba perfectamente blanca.
Bast se acercó el cuenco a la boca y escupió un líquido espumoso y rosado.
Kvothe abrió mucho los ojos.
– Bast -dijo-, no deberías…
Bast hizo un ademán brusco; sus ojos todavía tenían aquella dureza.
– No te he pedido tu opinión, Reshi.
El posadero agachó la cabeza, turbado.
– No tienes por qué hacer esto, Bast.
El joven moreno estiró un brazo y le acarició la mejilla a su maestro. Por un instante pareció extenuado. Sacudió lentamente la cabeza, entre confuso y afligido.
– Eres un idiota, Reshi.
Bast retiró la mano, y el cansancio desapareció de su cara. Señaló la barra, donde Cronista estaba de pie observando.
– Trae la comida. -Apuntó a Kvothe y añadió-: Cuenta la historia.
Giró sobre sí mismo, volvió a su silla junto a la chimenea y se sentó en ella como si fuera un trono. Dio dos fuertes palmadas.
– ¡Distraedme! -dijo esbozando una sonrisa de loco.
Y los otros, desde la barra, vieron la sangre en sus dientes.
Capítulo 137
Si bien el alcalde de Levinshir parecía aprobar cómo había tratado a los falsos artistas de troupe, yo sabía que las cosas no eran tan sencillas. Según la ley del hierro, era culpable de al menos tres crímenes atroces, cualquiera de los cuales habría bastado para castigarme con la horca.
Por desgracia, en Levinshir todos sabían mi nombre y mi descripción, y me preocupaba que la historia viajara más deprisa que yo por el camino. Si así era, podía darse fácilmente el caso de que llegase a un pueblo donde los alguaciles cumplieran con su deber y me encerraran hasta que acudiese un juez itinerante para juzgar mi caso.
Así que me propuse llegar cuanto antes a Severen. Caminé dos días a buen ritmo, y luego pagué un asiento en una diligencia que se dirigía hacia el sur. Los rumores viajan deprisa, pero acelerando el paso y durmiendo poco puedes evitar que te adelanten.
Llegué a Severen después de tres días de viaje agotadores. La diligencia entró en la ciudad por la puerta del este, y por primera vez vi la jaula de que me había hablado Bredon. El espectáculo de aquel esqueleto dentro de la jaula de hierro no redujo mi ansiedad. El maer había metido allí a un hombre acusado de bandidaje. ¿Qué sería capaz de hacerle a alguien que había matado a nueve artistas itinerantes en el camino?
Estuve tentado de dirigirme directamente a Las Cuatro Candelas, donde esperaba encontrar a Denna pese a los vaticinios del Cthaeh. Pero llevaba encima la mugre y el sudor de varios días en el camino, y necesitaba darme un baño y asearme antes de hablar con nadie.
Nada más entrar en el palacio del maer le envié un anillo y una nota a Stapes, pues sabía que esa era la forma más rápida de concertar una entrevista privada con Alveron. Fui a mis habitaciones sin entretenerme, aunque eso implicara dejar plantados a unos cuantos cortesanos por los pasillos. Acababa de dejar mi macuto y enviar a buscar agua caliente cuando Stapes apareció en la puerta.
– ¡Joven maese Kvothe! -me saludó con una sonrisa radiante, y me cogió una mano para estrechármela-. Me alegro de volver a verlo. Divina pareja, estaba muy preocupado por usted.
Su entusiasmo me arrancó una sonrisa cansada.
– Yo también me alegro de estar aquí, Stapes. ¿Me he perdido muchas cosas?
– ¿Muchas cosas? -Soltó una carcajada-. De entrada, la boda.
– ¿La boda? -pregunté, e inmediatamente lo comprendí-. ¿La boda del maer?
Stapes asintió con énfasis.
– Fue espectacular. Es una pena que tuviera que marcharse, precisamente usted. -Me lanzó una mirada de complicidad, pero no dijo nada más. Stapes era la discreción personificada.
– No han perdido el tiempo, ¿verdad?
– Ya han pasado dos meses desde los esponsales -dijo Stapes con una pizca de reproche-. No es en absoluto inapropiado. -Vi que se relajaba un poco, y me guiñó un ojo-. Lo cual no quiere decir que no estuvieran los dos un poco impacientes.
Me reí. Llegaron los sirvientes con cubos de agua humeante. El ruido del agua llenando la bañera me sonó como la más dulce de las músicas.
El valet los vio marchar; luego se me acercó y dijo en voz baja:
– Se alegrará de saber que nuestro otro asunto pendiente ya ha sido resuelto de manera satisfactoria.
Lo miré sin comprender, indagando en mi memoria y tratando de adivinar a qué se refería. Habían pasado tantas cosas desde mi partida…
Stapes descifró mi expresión de desconcierto.
– Caudicus. -Torció un poco la boca al pronunciar ese nombre-. Dagon lo trajo dos días después de que usted se marchara. Se había escondido a menos de veinte kilómetros de la ciudad.
– ¿Tan cerca? -pregunté, sorprendido.
Stapes asintió.
– Se había refugiado en una granja, como un tejón en una madriguera. Mató a cuatro hombres de la guardia personal del maer y le sacó un ojo a Dagon. Para atraparlo tuvieron que prenderle fuego a la casa.
– Y ¿qué pasó? -pregunté-. Supongo que no hubo juicio.
– Ya ha sido resuelto -repitió Stapes-. Como era debido. -Eso último lo dijo con tono terminante. El odio le hacía entrecerrar los ojos, desprovistos de su acostumbrada amabilidad. En ese momento, el hombrecillo de cara redondeada parecía cualquier cosa menos un simple tendero.
Recordé a Alveron diciendo con absoluta serenidad: «Y córtale los pulgares». Dada mi experiencia con la fulminante y contundente ira de Alveron, dudaba que nadie volviera a ver a Caudicus.
– ¿Descubrió el maer por qué? -Aunque hablaba en voz baja, no especifiqué a qué me refería, pues sabía que Stapes no aprobaría que mencionara abiertamente el envenenamiento.
– No me corresponde a mí decirlo -dijo Stapes midiendo sus palabras y con un tono ligeramente ofendido, como dando a entender que yo no debía preguntarle esas cosas.
No quise insistir, pues sabía que no podría sonsacarle nada.
– Me haría un gran favor si le llevara una cosa al maer -dije, y fui hasta donde había dejado tirado mi raído macuto. Rebusqué en él hasta que encontré la caja de caudales del maer, casi en el fondo.
Se la di a Stapes.
– No sé con certeza qué hay dentro -expliqué-. Pero lleva su emblema. Y pesa mucho. Supongo que serán parte de los impuestos que robaron. -Sonreí-. Dígale que es mi regalo de boda.
Stapes cogió la caja con una sonrisa en los labios.
– Estoy seguro de que se llevará una alegría.
Llegaron tres sirvientes más, pero solo dos entraron con cubos humeantes. El tercero se dirigió hacia Stapes y le entregó una nota. Volvió a oírse ruido de agua en la otra habitación, y los tres chicos se marcharon echándome miradas de reojo al pasar a mi lado.
Stapes leyó la nota y me miró.