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El Rostro De Un Extraño

Электронная книга - «El Rostro De Un Extraño». Краткое содержание книги:

Su nombre es William Monk, su profesión, detective de la policía. Eso, al menos, es lo que le dicen cuando despierta en un hospital londinense, ya que él no recuerda nada. Al parecer, el carruaje en que viajaba volcó y como consecuencia de este accidente el cochero murió y él quedó malherido. Tras pasar tres semanas inconsciente y otras tantas de convalecencia, Monk recupera la salud, pero no la memoria. Su primer caso cuando se reincorpora en el cuerpo de policía es el brutal asesinato de Joscelin Grey, un héroe de la guerra de Crimea que fue golpeado hasta morir en sus aposentos. Se trata de un asunto delicado, pues la familia de la víctima no está dispuesta a que un simple plebeyo hurgue en sus intimidades. Sin embargo, Monk no se deja amilanar y, mientras busca una clave que ilumine su propio pasado, empieza a investigar entre las amistades de Grey.
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Monk le dedicó una amplia sonrisa y la saludó con una discreta inclinación de cabeza: lady Callandra había sido la única persona de Shelburne que a Monk le había gustado de manera instintiva.

– Por supuesto, señora, y gracias por… -vaciló tratando de no resultar tan obvio como para usar «sinceridad»- el tiempo que me ha dedicado. Le deseo que pase un buen día.

Ella lo miró con aire irónico y, haciendo un ligero ademán, lo dejó para meterse en el cuarto de los arneses y, una vez dentro, llamó con voz estentórea al mozo de cuadra.

Monk volvió hacia el camino de entrada y atravesó la verja calado por la abundante lluvia que caía, tal como ella había pronosticado. Siguió la carretera de tres millas hasta el pueblo que, recién lavado por la lluvia e iluminado ahora por los rayos del nuevo sol, le pareció tan bonito que hasta le provocó una especie de añoranza, como si pensara que cuando lo hubiera perdido de vista ya nunca más podría volver a recordarlo con suficiente claridad. De cuando en cuando asomaba el verde intenso de algún soto, que se elevaba sobre una extensión de hierba y formaba un montículo que se recortaba sobre el cielo y, más allá de las distantes murallas de piedra, resplandecía el oro intenso de los campos de trigo, con las henchidas espigas ondeando al viento como las olas del mar.

El paseo le llevó casi una hora, y la paz que le proporcionó consiguió desviar su atención del asunto contingente del asesino de Joscelin Grey a la cuestión, de mayor enjundia de averiguar qué clase de hombre era él mismo. Aquí nadie lo conocía; por lo menos esta noche podría conducirse haciendo tabla rasa de todo acto anterior que pudiera estorbarle o ayudarle. Quizá tendría ocasión de saber algo del hombre que llevaba dentro una vez que lo librara de cualquier expectativa. ¿En qué creía, qué cosas valoraba de verdad? ¿Qué lo movía en la vida del día a día… aparte de la ambición y de la vanidad personal?

Pasó la noche en la hospedería del pueblo y por la mañana hizo algunas preguntas discretas a algunas personas de la localidad que no vinieron a añadir nada significativo al retrato que se había hecho de Joscelin Grey, si bien descubrió que los hermanos Grey, cada uno según su propia manera de ser, gozaban de considerable respeto. No disfrutaban de simpatías -mantenían un vínculo demasiado estrecho con hombres cuyas vidas y posición eran tan diferentes-, pero merecían confianza. Encajaban en lo que se esperaba de las personas de su clase, se observaban pequeñas cortesías, se respetaba un código mutuo.

El caso de Joscelin, sin embargo, era diferente. Era un hombre al que se podía querer. Todo el mundo lo consideraba una persona extremadamente afable y se recordaban muchas de sus generosidades como algo acorde con su posición de hijo de la casa. Si alguien pensaba o sentía otra cosa, a buen seguro no iba a decírselo a una persona desconocida como Monk. Además, había sido militar y esto le granjeaba al difunto un cierto honor.

Monk se mostró no sólo educado, sino también amable. Nadie se sintió cohibido -aunque, siendo como era un policía, mantenían, ciertamente, las distancias-, ni despertó aversiones personales, pues todos deseaban tanto como él mismo encontrar a la persona que había asesinado a su héroe.

Almorzó en la taberna local con algunos próceres locales, con quienes se las arregló para entablar conversación. Sentados junto a la puerta del establecimiento, con el sol entrando a raudales y la sidra, la tarta de manzana y el queso, las opiniones empezaron a fluir con rapidez y sin reservas. Monk tomó parte activa y su lengua no tardó en poner al descubierto lo mejor de su personalidad, su franqueza, su sarcasmo, su sorna. Sólo más tarde, cuando ya se ale jaba del lugar, cayó en la cuenta de que aquella lengua suya podía a veces ser también ruda.

A primera hora de la tarde se encaminó a la pequeña y silenciosa estación, desde donde emprendió regreso a Londres en un tren estruendoso y asfixiante de vapor.

Llegó poco después de las cuatro y, tras tomar un cabriolé, se dirigió inmediatamente a la comisaría de policía.

– ¿Y bien? -inquirió Runcorn levantando las cejas al verlo-. ¿Ha conseguido tranquilizar a Su Señoría? Espero que haya sabido conducirse como todo un caballero.

Monk volvió a percibir en la voz de Runcorn aquellos resabios de impaciencia y aquella sombra de resentimiento que le había detectado anteriormente. ¿Cuál era la causa? Se desesperó tratando de recordar un detalle por mínimo que fuera, cualquier conjetura que le permitiera adivinar qué podía haber hecho él para provocar aquel tono. ¿No sería únicamente una cuestión de malas maneras por su parte? Pero encontraba extraño que hubiera cometido la estupidez de mostrarse grosero con un superior. Con todo, ningún recuerdo acudía a su memoria. Era algo que importaba, importaba y mucho, ya que Runcorn tenía en sus manos la llave de su trabajo, la única cosa segura de su vida, en realidad su medio de vida. De no tener trabajo, no sólo se convertiría en una persona completamente anónima, sino que pasaría a ser un indigente en el término de muy pocas semanas. Entonces se encontraría como cualquier otro pobre: abocado a la mendicidad y a la amenaza implícita del hambre o de la cárcel por vagabundeo. O del asilo. Y bien sabía Dios que eran muchos los que consideraban el asilo como el peor de los males.

– Creo que Su Señoría ha comprendido que lo estamos haciendo lo mejor que podemos -respondió Monk-. Y que primero teníamos que descartar todas aquellas opciones que parecían más probables, entre ellas la de que se tratara de un ladrón callejero. Ha entendido que ahora contemplemos la posibilidad de que el asesino sea una persona que lo conociera personalmente.

Runcorn refunfuñó.

– Supongo que le habrá hecho preguntas sobre el difunto, ¿verdad? ¿Le habrá preguntado qué clase de hombre era?

– Sí, pero como es natural las opiniones de ella son sesgadas…

– Por supuesto -admitió Runcorn con acritud, levantando las cejas-, aunque usted habrá sido lo bastante perspicaz para ver más allá de sus palabras.

Monk ignoró la pulla.

– Parece que era su hijo favorito -replicó-, el que ella tenía en mayor estima. En esto coincide la opinión de todos, incluso de la gente del pueblo. Aun descartando aquellos que no hablarían contra el difunto, ni contra el hijo mayor de la casa, aun así, parece que era un hombre con un encanto fuera de lo común, que poseía un excelente historial como militar y no tenía especiales vicios ni debilidades, salvo el de no ser muy diestro en el manejo de sus haberes. Tenía algún acceso de cólera de cuando en cuando y poseía un gran sentido del humor si le daba por demostrarlo. De todos modos, era generoso, recordaba los cumpleaños y los nombres de los criados y sabía divertirse. Empieza a dar la impresión de que uno de los motivos del asesinato podrían ser los celos.

Runcorn soltó un suspiro.

– Está todo muy liado -dictaminó al tiempo que empequeñecía el ojo izquierdo hasta dejarlo convertido en una rendija-. No me ha gustado nunca tener que escarbar en las relaciones familiares, y cuanto más alto subes, peor parado sales. -Se ajustó instintivamente la chaqueta pero ni así consiguió que le sentara mejor-. Así se porta la sociedad con uno; cuando se empeña, disimula las pistas mejor que cualquier criminal. Esta clase de gente no suele cometer errores pero por Dios bendito que el día que se equivoca la hace gorda. -Agitó el dedo en el aire en dirección a Monk-. Escuche bien lo que le digo, como aquí haya alguna cosa fea, será peor de lo que nos figuramos. No sé si usted tiene debilidad por las clases altas, amigo, pero le aseguro que cuando se trata de proteger a los suyos juegan sucio como el primero, se lo digo yo.

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