Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El Rostro De Un Extraño - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Rostro De Un Extraño

Электронная книга - «El Rostro De Un Extraño». Краткое содержание книги:

Su nombre es William Monk, su profesión, detective de la policía. Eso, al menos, es lo que le dicen cuando despierta en un hospital londinense, ya que él no recuerda nada. Al parecer, el carruaje en que viajaba volcó y como consecuencia de este accidente el cochero murió y él quedó malherido. Tras pasar tres semanas inconsciente y otras tantas de convalecencia, Monk recupera la salud, pero no la memoria. Su primer caso cuando se reincorpora en el cuerpo de policía es el brutal asesinato de Joscelin Grey, un héroe de la guerra de Crimea que fue golpeado hasta morir en sus aposentos. Se trata de un asunto delicado, pues la familia de la víctima no está dispuesta a que un simple plebeyo hurgue en sus intimidades. Sin embargo, Monk no se deja amilanar y, mientras busca una clave que ilumine su propio pasado, empieza a investigar entre las amistades de Grey.
1 ... 19 20 21 22 23 24 25 26 27 ... 97
Перейти на страницу:

– Nadie tiene más de una vida que perder, señora, y todos somos iguales ante la ley o por lo menos deberíamos serlo.

– ¡Eso es una bobada! Hay personas destinadas a mandar y a hacer una contribución a la sociedad, pero no son mayoría. Mi hijo era uno de ellos.

– Algunos no tienen nada que… -comenzó a decir.

– ¡Por algo será! -le interrumpió ella-. De todos modos, no estoy de humor para oír sus consideraciones filosóficas. Siento piedad por los que están en el arroyo por los motivos que sea, pero se trata de gente que no me interesa. ¿Puede decirme qué hace para detener al loco que mató a mi hijo? ¿Sabe quiénes?

– No sabemos…

– ¿Entonces a qué esperan para descubrirlo?

Si aquella mujer abrigaba algún sentimiento debajo de su apariencia exquisita, al igual que tantas generaciones de los suyos había aprendido a disimularlo y a no dejarse llevar por la debilidad ni la vulgaridad. El valor y el buen gusto eran sus dioses lares y no les escatimaba sacrificio alguno, ni ninguno le parecía desmedido. Los hacía a diario y sin rechistar.

Monk ignoró la amonestación de Runcorn y se preguntó de paso cuántas veces habría hecho lo mismo en ocasiones anteriores. Había detectado cierta aspereza en el tono con el que Runcorm se le había dirigido aquella mañana, un tono excesivo para la contrariedad que el caso o la carta de lady Shelburne hubieran podido provocarle.

– Creemos que el asesino es alguien que conocía al comandante Grey -le respondió Monk- y que tenía planeado matarlo.

– ¡Qué tontería! -fue su respuesta inmediata-. ¿Por qué tiene que ser un conocido de mi hijo el que lo matara? Mi hijo era un hombre encantador, todo el mundo lo quería, incluso los que sólo lo conocían de manera superficial. -Se levantó, y se acercó a la ventana dándole la espalda a Monk-. Tal vez a usted le cueste entenderlo, porque usted no lo conocía. Lovel, mi hijo mayor, posee la sobriedad, el sentido de la responsabilidad y el don de saber manejar a los hombres. Menard es excelente en lo que a hechos y números se refiere, y sabe sacar provecho de lo que sea. Pero Joscelin era encantador, sabía deleitarte y hacerte reír. -Se le había quebrado la voz, era evidente que sentía un dolor auténtico-. Menard no canta como Joscelin ni Lovel posee su imaginación. Será un magnífico señor de Shelburne, administrará estupendamente la propiedad y se mostrará justo con todos, tanto como dicte la prudencia… ¡pero Dios mío! -se produjo un súbito calor en su voz, algo que casi rozaba la pasión-, comparado con Joscelin, ¡es tan aburrido! De pronto, Monk se sintió identificado con la sensación de pérdida que descubrían las palabras de aquella mujer, la soledad, aquel sentimiento de algo perdido irremediablemente en su vida, un ser amado que ahora sólo podía rememorar volviendo la vista atrás.

– ¡Cuánto lo siento! -dijo Monk, profundamente compadecido-. Sé que con esto no podremos recuperar a su hijo, pero encontraremos al asesino y será castigado.

– Ahorcado -dijo ella con voz monocorde-. Despertado de madrugada y colgado de una cuerda.

– Sí.

– A mí no me beneficia en nada -dijo volviéndose hacia Monk-, pero es mejor que nada. Procure que así sea.

Tales palabras equivalían a una despedida, pero Monk todavía no estaba dispuesto a marcharse. Aún había otras cosas que quería saber. Se levantó.

– Eso es lo que me propongo, señora, pero aún así necesito su ayuda…

– ¿Mi ayuda? -Su voz expresó sorpresa y también descontento.

– Sí, señora, tengo que saber quién odiaba tanto al comandante Grey como para decidir matarlo por la razón que sea. -Captó la expresión del rostro de la dama-. Mire, señora, las personas más distinguidas pueden inspirar envidia, codicia, celos por causa de una mujer. También podría tratarse de una deuda de honor que no se podía saldar…

– Sí, tiene usted razón. -Parpadeó y al mismo tiempo se tensaron los músculos de su delgado cuello-. ¿Cómo se llama usted?

– William Monk.

– Muy bien. ¿Y qué quiere usted saber acerca de mi hijo, señor Monk?

– Para empezar, me gustaría conocer al resto de la familia.

La señora levantó las cejas levemente divertida y con fría sorpresa.

– ¿Se figura que mis opiniones son parciales, señor Monk, que no le he dicho toda la verdad?

– A menudo sólo mostramos a los demás las facetas más halagadoras de las personas que más amamos o que más nos aman -replicó Monk con voz tranquila.

– Me parece una observación perspicaz.

La voz de lady Shelburne era penetrante, Monk habría querido adivinar toda la pena que se escondía detrás de aquellas palabras.

– ¿Cuándo puedo hablar con lord Shelburne? -preguntó Monk-. ¿Y con cualquiera que pudiera conocer bien al comandante Grey?

– Si lo considera necesario, no hay inconveniente en que lo haga. -Volvió a la puerta-. Espere un momento y le diré que lo reciba si a él le parece conveniente.

Abrió la puerta de par en par y la atravesó sin volverse a mirarlo.

Monk se sentó casi enfrente de la ventana. Por delante de la misma pasó una mujer vestida con un sencillo traje de paño que llevaba una cesta colgada del brazo. Durante un brevísimo instante le sobrevino otro destello de memoria. Vio mentalmente la figura de una niña de negros cabellos y en aquel momento supo que la calle empedrada situada más allá de los árboles conducía al agua. Le faltaba algo y, tras hacer un esfuerzo, supo que era el viento y los chillidos de las gaviotas. Era un recuerdo de felicidad, de seguridad absoluta. Era la infancia… tal vez su madre, tal vez Beth…

Pero se esfumó. Se esforzó por recuperarlo, por cernirlo con más precisión a fin de percibir los detalles, pero no consiguió ver nada más. Él era un hombre adulto y había ido a Shelburne para ocuparse del asesinato de Joscelin Grey.

Esperó otro cuarto de hora antes de que volviera a abrirse la puerta y entrase lord Shelburne. Tenía alrededor de treinta y ocho o cuarenta años, era más corpulento que Joscelin Grey a juzgar por la descripción que de él tenía y por las prendas que había visto, pero Monk hubo de preguntarse si también Joscelin tendría aquel aire de seguridad y de ligera superioridad, por muy involuntaria que fuera. Tenía la piel más oscura que la de su madre, y en su rostro había un equilibrio diferente, mayor seriedad, ni una pizca de humor en la forma de los labios.

Monk se puso en pie en señal de cortesía… aunque al mismo tiempo se odió por haberlo hecho.

– ¿Usted es el policía? -dijo Shelburne frunciendo ligeramente el ceño y permaneciendo de pie, lo que obligó a Monk a seguir también de pie-. Bien, ¿qué quiere? De veras que no entiendo que lo que yo pueda decirle acerca de mi hermano le sea de utilidad para localizar al loco que forzó la entrada de su casa y lo mató, pobre desgraciado.

– La entrada de su casa no la forzó nadie, señor -lo corrigió Monk-. Quienquiera que fuese entró en casa del comandante Grey porque éste le franqueó la entrada.

– ¿En serio? -Las cejas se le levantaron apenas-. Lo encuentro poco probable.

– Será porque no está al corriente de los hechos, señor. -Monk estaba furioso ante los aires de condescendencia y arrogancia que se daba aquel hombre que presumía de conocer el trabajo de Monk mejor que él mismo por el simple hecho de pertenecer a un estrato superior.

¿Siempre le había costado tanto soportar a aquella clase de gente? ¿Había sido un hombre de temperamento vivo en otro tiempo? Runcorn había aludido a cierta falta de diplomacia, pero ahora no recordaba exactamente sus palabras. Sus pensamientos volaron hasta la iglesia que había visitado el día anterior, a la mujer que había vacilado al pasar junto a él a través del pasillo. Podía ver su rostro tan nítidamente, aquí en Shelburne, como en la iglesia; oía el crujido del tafetán, percibía el perfume sutil, casi imperceptible que la envolvía, sus grandes ojos. Era un recuerdo que le hacía latir el corazón con más fuerza y la emoción le ponía un nudo en la garganta.

1 ... 19 20 21 22 23 24 25 26 27 ... 97
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)