El Rostro De Un Extraño
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El Rostro De Un Extraño». Краткое содержание книги:
Imogen extendió la mano hacia Hester y apretó con fuerza la de ésta.
– No es nada -protestó, aunque en voz tan baja que el ruido producido por el traqueteo del carruaje, los golpes de los cascos sobre el empedrado y el alboroto de la calle lo hicieron apenas audible-, la muerte de papá, y sus consecuencias. Ninguno de nosotros ha conseguido todavía superar el disgusto y no sabes cómo aprecio que lo hayas dejado todo para venir a mi casa a hacerme compañía.
– No podía hacer otra cosa -dijo Hester con absoluta sinceridad, aunque su trabajo en los hospitales de Crimea la había transformado hasta un grado tal que ni Imogen ni Charles habrían podido siquiera suponer.
Había sido un profundo sentimiento del deber lo que la había empujado a renunciar a su trabajo de enfermera y aquel ardiente deseo de mejorar, reformar y curar que había movido no sólo a la señorita Nightingale sino también a muchas otras mujeres. Pero primero la muerte de su padre y, al cabo de poquísimas semanas, la de su madre, habían convertido en inexcusable la obligación de regresar a casa por amor del luto obligado y para ayudar a su hermano y a la esposa de éste a cumplir con todas las servidumbres que había que atender. Por cierto que Charles, naturalmente se había ocupado de todo lo relativo a negocios y finanzas, pero además había que cerrar la casa, despedir a los criados, responder a una interminable retahíla de cartas, distribuir ropa entre los necesitados, hacer llegar a sus destinatarios los legados de carácter personal y celebrar las interminables ceremonias sociales que era imprescindible observar. Habría sido una innegable injusticia dejar que Imogen cargara sobre sus espaldas tan pesadas responsabilidades.
Hester no había titubeado un solo momento y se había limitado a presentar sus respetos y, recogiendo su escueto equipaje, se había embarcado al momento.
El cambio había resultado extraordinario, después de los años de desesperación vividos en Crimea y de los inenarrables sufrimientos que se había visto obligada a presenciar, la agonía de los heridos, los cadáveres destrozados por las balas y los sablazos y, lo que para ella había sido todavía más desgarrador, la visión de aquellos en los que se había cebado la enfermedad, los acerbos dolores y las náuseas del cólera, el tifus y la disentería, el frío y el hambre. Y lo que ya la había enfurecido por encima de todos los límites posibles, la asombrosa incompetencia.
Como aquel puñado de mujeres, ella había trabajado hasta el agotamiento, limpiando los desechos humanos en lugares en que no existían instalaciones sanitarias, y los excrementos de los más desvalidos, que hacían sus necesidades en el suelo desde donde se filtraban sobre los desgraciados que yacían amontonados en los sótanos de las casas. Había atendido a hombres que deliraban a causa de la fiebre, víctimas de la gangrena, con los miembros amputados por disparos de mosquetes, de cañonazos, por golpes de sable, e incluso por la congelación en los desprotegidos y temibles vivaques de los campamentos de invierno, donde hombres y caballos habían muerto por millares. Había ayudado en el parto a mujeres hambrientas, abandonadas por el ejército, había enterrado a muchos recién nacidos y había tenido que consolar a los huérfanos.
Y cuando ya no podía seguir dispensando piedad, había dedicado sus últimas energías a manifestar su indignación y a denunciar la insensata y absurda ineficacia de los mandos, que a sus ojos no tenían ni el más mínimo atisbo de sentido común, y ni mucho menos capacidad de organización.
Había perdido a un hermano y a muchos amigos, el más íntimo de los cuales, Alan Russell, brillante corresponsal de guerra que había escrito en los periódicos de su país amargas verdades acerca de una de las campañas más valerosas y temerarias que se han librado jamás. Había compartido sus opiniones con ella y hasta se las había dejado leer, una vez escritas, antes de enviarlas por correo.
Presa ya de las agonías de la fiebre, le había dictado la última carta, que ella se había encargado de enviar. Cuando él murió en el hospital de Shkodér, impulsada por la profunda emoción que sentía, ella misma había escrito un despacho que había firmado con el nombre de Alan como si todavía estuviera vivo.
Su despacho fue aceptado y publicado. A partir de los relatos de heridos y enfermos, Hester fue conociendo detalles de las batallas, los asedios y los combates en el frente, las espeluznantes cargas y las interminables semanas de aburrimiento, y a aquel primer despacho siguieron otros, todos ellos firmados por Alan. En medio de la confusión reinante, nadie se dio ni cuenta.
Ahora, de vuelta en el hogar, en el más que sobrio, ordenado y respetable luto que reinaba en casa de su hermano por la muerte de sus padres, vestía de negro como si aquéllas fueran las únicas pérdidas que lamentar, sin tener otra cosa que hacer que llevar una vida tranquila dedicada al bordado, a la redacción de cartas y a discretas obras de caridad en las instituciones sociales locales. Y por supuesto, reducida a la obediencia de las continuas y un tanto pomposas órdenes que le daba Charles con respecto a lo que debía hacer, a cómo debía hacerlo y cuándo. Le resultaba casi insoportable. Era como estar impedida de movimientos. Estaba acostumbrada a ejercer la autoridad, a tomar decisiones y a encontrarse en el ojo del huracán, aunque fuera al precio del agotamiento, de amargas frustraciones, de sentirse llena de ira y piedad, y de sentir que los demás la necesitaban desesperadamente.
Pero Charles se exasperaba porque ni la entendía ni comprendía el cambio que se había producido en ella, en aquella muchacha reflexiva e intelectual que había sido en otro tiempo, y porque empezaba a perder la esperanza de que ningún hombre respetable se brindase a casarse con ella. La idea de que su hermana tuviera que vivir el resto de su vida bajo su mismo techo le resultaba francamente fastidiosa.
La perspectiva tampoco gustaba á Hester, aunque no entraba en sus planes que llegase a convertirse en realidad. Mientras Imogen la necesitara, no se movería de su lado, pero después pensaría en su futuro y en las posibilidades que le brindaba.
Sin embargo, sentada en el coche al lado de Imogen y mientras circulaban por sombrías calles, supo de pronto sin lugar a dudas que algo muy importante perturbaba a su cuñada, algo que por las razones que fuera Imogen mantenía en secreto sin la menor intención de decírselo ni a Charles ni a ella, algo cuyo peso soportaría ella sola. Era más que una pesadumbre, era algo que venía del pasado pero que se proyectaba hacia el futuro.
5
Monk y Evan estuvieron con Grimwade apenas unos instantes y después se fueron directamente a ver a Yeats. Eran poco más de las ocho de la mañana y esperaban encontrarlo desayunando o quizás antes incluso de que empezara a desayunar.
Les abrió la puerta el propio Yeats. Era un hombre bajito de unos cuarenta años, algo regordete, de rostro apacible y escaso cabello que le caía sobre la frente. Lo cogieron por sorpresa, llevaba en la mano un trozo de tostada untada con mermelada. Fijó los ojos en Monk no sin cierta alarma.
– Buenos días, señor Yeats -dijo Monk con decisión-. Somos de la policía y nos gustaría hablar con usted sobre el asesinato del comandante Joscelin Grey. ¿Podemos entrar?
Monk no avanzó ni un paso, pero dominó desde su altura la figura de Yeats, como si lo amenazase vagamente aunque con toda intención.
– Sí-sí, por supuesto -tartamudeó Yeats, haciéndose atrás y agarrando con fuerza la tostada-. Pe-pero le aseguro que no sé na-nada que ya no haya con-contado. Bueno, no a usted… pero sí a un tal señor Lamb… que era un…
– Sí, ya sé -dijo Monk siguiéndolo hacia dentro.
Sabía que se conducía de manera agresiva, pero no podía permitirse ser amable con Yeats teniendo en cuenta que seguramente había visto al asesino cara a cara y tal vez incluso se hubiera confabulado con él, voluntaria o involuntariamente.