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El Rostro De Un Extraño

Электронная книга - «El Rostro De Un Extraño». Краткое содержание книги:

Su nombre es William Monk, su profesión, detective de la policía. Eso, al menos, es lo que le dicen cuando despierta en un hospital londinense, ya que él no recuerda nada. Al parecer, el carruaje en que viajaba volcó y como consecuencia de este accidente el cochero murió y él quedó malherido. Tras pasar tres semanas inconsciente y otras tantas de convalecencia, Monk recupera la salud, pero no la memoria. Su primer caso cuando se reincorpora en el cuerpo de policía es el brutal asesinato de Joscelin Grey, un héroe de la guerra de Crimea que fue golpeado hasta morir en sus aposentos. Se trata de un asunto delicado, pues la familia de la víctima no está dispuesta a que un simple plebeyo hurgue en sus intimidades. Sin embargo, Monk no se deja amilanar y, mientras busca una clave que ilumine su propio pasado, empieza a investigar entre las amistades de Grey.
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– Pero nos hemos enterado de algunas cosas que no sabíamos -prosiguió- desde que el señor Lamb se puso enfermo, y han puesto el caso en mis manos.

– ¿Ah, sí? -exclamó Yeats dejando caer la tostada y agachándose para recogerla, aunque ignorando la mermelada que quedó pegada a la alfombra.

La habitación era más pequeña que la correspondiente de casa de Joscelin Grey y estaba sobreamueblada con un impresionante mobiliario de roble cubierto de fotografías y tapetes bordados. Las dos butacas estaban protegidas con antimacasares.

– O sea que usted… -dijo Yeats, muy nervioso- usted… De todos modos, sigo sin ver en qué., pue-puedo…

– Tal vez si nos permite que le hagamos ciertas preguntas, señor Yeats. -Monk no quería asustarlo tanto que no fuera capaz de pensar o de recordar.

– Bien… si usted cree… Sí… sí… -Siguió retrocediendo hasta que, al tropezar con el sillón más próximo a la mesa, se dejó caer en él.

Monk también tomó asiento y notó que Evan hacía lo propio detrás de él, en una silla con respaldo de barrotes que estaba arrimada a la pared. Pensó fugazmente qué opinión debía de tener Evan de él, si lo tendría por una persona dura, excesivamente ambiciosa, movida por la necesidad de triunfar. Era muy posible que Yeats no fuera más que lo que aparentaba: un hombrecillo asustado a quien el infortunio había situado en el eje de un asesinato.

Monk comenzó a hablar en tono tranquilo, obedeciendo a un instantáneo e irónico antojo que le recomendaba moderar la voz no para tranquilizar a Yeats sino para ganarse la aprobación de Evan. ¿Qué sería lo que le había conducido a un aislamiento tan grande que hasta la opinión de Evan pudiera importarle tanto? ¿Había estado tan absorbido en aprender, escalar puestos y perfeccionarse que ya ni podía permitirse siquiera tener amigos, y mucho menos amor? ¿Existía algo que pusiese en juego sus sentimientos más elevados?

Yeats lo vigilaba como el conejo a la comadreja, demasiado aterrado para moverse siquiera.

– Usted tuvo una visita aquella noche -le dijo Monk con voz casi amable-. ¿De quién se trataba?

– ¡No lo sé! -A Yeats le salió una voz atiplada, casi un graznido-. ¡No sé quién era! ¡Ya se lo dije al señor Lamb! Vino a mi casa por error, no era a mí a quien buscaba.

Monk, sin apercibirse casi, levantó la mano intentando calmarlo, como quien trata de apaciguar a un niño o a un animal demasiado excitado.

– Pero usted lo vio, señor Yeats -dijo manteniendo baja la voz-. Tiene que recordar su aspecto, tal vez su voz. Debió de hablar con usted.

Mintiera o no, Monk no conseguiría nada rebatiendo lo que pudiese decirle, porque Yeats se atrincheraría cada vez más en la afirmación de que no sabía nada del asunto.

Yeats parpadeó.

– Pues… pues… no sabría decirle, señor… señor…

– Monk, debe usted disculparme -dijo Monk excusándose por no haberse presentado anteriormente:-. Y mi colega es el señor Evan. ¿El hombre era alto o bajo?

– Oh, alto, muy alto -afirmó Yeats instantánea mente-. Alto como usted y parecía corpulento; claro que llevaba encima un grueso abrigo porque la noche era muy mala, terriblemente húmeda…

– Sí, sí, lo recuerdo. ¿Cree usted que podía ser más alto que yo?-preguntó Monk, esperanzado, poniéndose de pie.

Yeats lo observó con atención.

– No, no, creo que no. Más o menos como usted, que yo recuerde. Pero de esto hace ya bastante tiempo -dijo moviendo la cabeza con aire desesperanzado.

Monk volvió a sentarse y vio que Evan, discretamente, iba tomando notas.

– De hecho, sólo se quedó un momento -protestó Yeats, sosteniendo todavía la tostada, que ya empezaba a desmenuzarse y a soltar migas sobre sus pantalones-. Simplemente me miró, me preguntó por mis ocupaciones y después, advirtiendo que yo no era la persona que buscaba, volvió a marcharse. Esto es todo. -Se sacudió torpemente los pantalones-. Debe creerme, si yo pudiera ayudarle lo haría. ¡Pobre comandante Grey! ¡Qué muerte tan espantosa la suya! -Se estremeció-. Era un joven encantador. La vida juega a veces muy malas pasadas, ¿no les parece?

Monk sintió en su interior un súbito destello de interés.

– ¿Conocía usted al comandante Grey? -dijo en tono casi desinteresado.

– No muy bien, no; -protestó Yeats, negando cualquier tipo de pretensión mundana… o de implicación-, sólo superficialmente, lo conocía de habérmelo tropezado alguna vez, ¿comprende? Pero era una persona muy educada, eso sí, siempre tenía una palabra amable, no como algunos jóvenes de ahora.

No era de esos que fingen que se han olvidado de tu nombre.

– ¿A qué se dedica usted, señor Yeats? No creo que me lo haya dicho.

– Quizá no. -La tostada seguía desintegrándosele en la mano, aunque no le prestaba atención alguna-. Comercio en sellos y monedas de gran rareza.

– ¿También era comerciante el visitante? Yeats pareció sorprendido.

– No me lo dijo, pero yo diría que no. Se trata de una actividad restringida, ¿comprende usted? Uno siempre acaba conociendo a todos los que se dedican a ello.

– ¿Entonces era inglés?

– ¿Cómo dice?

– Me refiero a que no era extranjero, en cuyo caso usted podría no haberlo conocido aunque se dedicase a su mismo negocio.

– ¡Ah, ya entiendo lo que quiere decir! -Yeats desarrugó la frente-. Sí, sí, era inglés.

– Y si no le buscaba a usted, ¿a quién buscaba?

– No… no sabría decirle. -Agitó la mano en el aire-. Me preguntó si yo coleccionaba mapas y le dije que no. Me dijo que lo habían informado mal y se marchó inmediatamente.

– Creo que no fue así, señor Yeats. Creo que entonces fue a llamar a la puerta del comandante Grey y en el curso de los tres cuartos de hora siguientes lo golpeó hasta matarlo.

– ¡Oh, santo Dios! -A Yeats le flaquearon los huesos y, al tiempo que se echaba atrás, se deslizó asiento abajo.

Detrás de Monk, Evan se levantó como si se dispusiera a prestarle ayuda, pero cambió de parecer y volvió a sentarse.

– ¿Le sorprende lo que le he dicho? -le preguntó Monk.

Yeats estaba jadeante, incapaz de pronunciar palabra.

– ¿Está usted seguro de que no conocía a aquel sujeto? -insistió Monk sin darle tiempo a recapacitar.

Había llegado el momento de presionarlo.

– Sí, sí, lo estoy. Para mí era un completo desconocido. -Se cubrió la cara con las manos-. ¡Oh, santo cielo!

Monk miró fijamente a Yeats. Aquel hombre había dejado de serles útil, el más profundo horror lo tenía atenazado o por lo menos eso fingía, muy convincentemente, por cierto. Se volvió y miró a Evan. El rostro de Evan estaba tenso debido a la impresión que le producía el hecho de que fueran testigos de la desazón de aquel hombre, desazón que posiblemente ellos mismos habían provocado.

Monk se levantó y oyó su propia voz como si viniera de muy lejos. Sabía que corría el riesgo de cometer un error y que lo hacía sólo a causa de Evan.

– Gracias, señor Yeats. Lamento haberlo perturbado tan profundamente. Una cosa más, ¿se fijó si aquel hombre llevaba bastón?

Yeats levantó su cara pálida como la de un muerto y su voz fue apenas un murmullo.

– Sí, un bastón muy bonito. Me fijé en él.

– ¿Grueso o delgado?

– ¡No, grueso, muy grueso! ¡Oh, no! -Cerró con fuerza los ojos como si de este modo hubiese querido evitar incluso pensar en lo sucedido.

– No tiene por qué asustarse, señor Yeats -dijo Evan desde detrás de Monk-. Estamos convencidos de que se trata de alguien que conocía personalmente al comandante Grey, no de un loco. No hay motivo alguno para suponer que hubiera podido atacarlo a usted. Me atrevería a decir que era al comandante Grey precisamente a quien buscaba cuando llamó a su puerta y descubrió que se había equivocado.

Hasta que estuvieron fuera Monk no comprendió que Evan debía de haberlo dicho simplemente para reconfortar al hombrecillo. Lo que acababa de decir no podía ser verdad en absoluto. El desconocido había preguntado por Yeats. Miró de reojo a Evan, que ahora caminaba en silencio a su lado bajo una fina llovizna. No hizo comentario alguno sobre el hecho.

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